domingo, julio 24, 2016

Nous devrions être les hazares,lo digo para que conste

Ochenta personas muertas y doscientas treinta y una heridas mientras se manifestaban pacíficamente por las calles de Kabul, la eternamente golpeada por la guerra y la locura capital de Afganistán, lo digo para que conste.
La inmensa mayoría de ellos eran hazares. Pero no estaban en la calle por su rama, su culto, su tendencia o su interpretación religiosa del Islam. No gritaban Allahu Akbar, Allah Yafashla ni nada por el estilo, lo digo para que conste.
Se manifestaban para pedir algo tan básico y que nosotros no solemos pedir porque ya lo tenemos como es un suministro continuado de electricidad para sus casas y sus tiendas, lo digo para que conste.
Más de trescientas personas que han visto sus vidas quebradas o directamente eliminadas de la ecuación de la historia que eran y son padres de alguien, hermanos de alguien, hijos de alguien, sobrinos o nietos de alguien, lo digo para conste.
Tres centenares de seres humanos que ocupan un módulo en portada y una noticia de media página, no titulares a cinco columnas, no editoriales en páginas interiores, no sesudos debates de análisis en las ondas occidentales, no eternas conexiones en directo, mantenidas en nuestras pantallas de forma artificial con las mismas imágenes corriendo en bucle una y otra vez, sin datos, alimentando solamente el miedo y el morbo. Lo digo para que conste.
Ochenta muertos que ayer estaban vivos que no tienen a todas las agencias de seguridad mundiales buscando a sus asesinos, esculcando las redes buscando comunicaciones, revisando casas, promulgando leyes internacionales para detener a los autores, instigadores e ideológos de esta matanza; que no son prioridad de la Interpol, de la NSA, de la Sedece, del MI-6, del CNI ni de ninguna de las agencias de investigación o de inteligencia que hemos convertido en nuestras armas favoritas contra el yihadismo. Lo digo para que conste.
Centenares de viudas, huérfanos y deudos que no recibirán la solidaridad internacional con campañas mediáticas, concentraciones espontáneas o millonarias viralizaciones en las redes sociales con un #JeSuiHazar, #PrayForKabul o el sempiterno lazo negro en una bandera que muchos ni siquiera conocen. Lo digo para que conste.
Ocho decenas de familias que no recibirán en sus funerales la visita de políticos venidos de otros países, de legaciones diplomáticas de naciones amigas, que no verán las condolencias de candidatos a presidente del gobierno, monarcas y ministros subidas a toda prisa a las redes sociales, ni serán mencionados en discursos que hablan de la lucha contra el terrorismo, de valentía y de fortaleza. Lo digo para que conste.
Trescientas personas que no vivían ni han muerto en París, Niza, Munich o Bruselas pero que son la explicación más sangrienta de porqué estamos perdiendo esta guerra, de porqué ya la hemos perdido. Lo digo aunque no constará en ninguna parte.
Porque ellos no nos importan, porque creemos que los únicos importantes somos nosotros, que solo es relevante nuestro miedo, nuestra sangre y nuestra muerte. Porque hemos reaccionado tarde, mal y por los motivos equivocados.
Porque no estamos en guerra contra el terrorismo, contra el yihadismo, contra la locura o contra la injusticia y la barbarie. Solo estamos en guerra contra los que nos matan y si no nos matan no nos importa lo que hagan, donde lo hagan ni a quien se lo hagan.
Porque ya no somos lo que queríamos ser. Ya no somos los ingleses en Dunkerque, muriendo de espaldas al mar para que los franceses tuvieran una remota posibilidad de evacuación; ya no somos los estadounidenses cayendo como moscas del cielo un día de calor al poner el pie en las playas de Omaha o Gold para dar a Europa una posibilidad; ya no somos los 40 millones de rusos que inmolaron su grano y sus casas para atraer al ejercito de Von Paulus a una trampa blanca y helada y dar una oportunidad a un desembarco que sin su muerte no tenía la más mínima opción de éxito.
El Occidente Atlántico, atrapado en su egoísmo, su miedo y su incapacidad para asumir sus propias injusticias contra el mundo, ya no solo no pelea por otros, sino que simplemente ni siquiera se preocupa por ellos.
Hemos hecho real algo que se escribió para otro tiempo y otra situación: "ahora vienen a por nosotros y ya es demasiado tarde", como dijera el reverendo Martin Niemüller, que no Bertolt Brecht. Lo digo para que conste.
El falso califato mata a ochenta personas y hiere a doscientas treinta y una en Kabul con dos guerreros suicidas y esa es la principal batalla que hemos perdido, no la de Munich y un tirador de origen iraní inspirado en su locura por Internet y un libro que nunca debió llegar a caer en sus manos.
Y es nuestra peor derrota porque no nos importa haberla sufrido y ni siquiera la percibimos como una derrota.
Lo digo para que conste.

domingo, julio 17, 2016

Un rapado, un tanque y el egoísmo ex machina

Que tenía yo previsto hoy hablar de otra cosa en esto de la sistematización de mi pensamiento y mis ideas. Para ser más exacto tenía previsto hablar de lo mismo con un ejemplo y un nombre diferente. Llevo años en esto de intentar poner por escrito lo que creo que nos pasa y darle nombre a nuestros vicios y errores como individuos, como cultura y como sociedad, así que una digresión más no hará daño, espero.
Así que a esta nueva forma de eludir nuestra responsabilidad, de convertir en espera pasiva lo que debería ser un esfuerzo activo le llamaré:



El contra ejemplo otomano o el egoísmo ex machina
Una noche, un tipo rapado turco, con pinta de ser duro y abrir las latas de té moruno con los dientes escucha por la radio o ve por la televisión al presidente electo de su país anunciar que se está dando un golpe de estado y pidiéndole ayuda.
¿que hace el tipo? ¿es esconde bajo la cama?, ¿se dedica a clamar contra los conspiradores en las redes sociales?, ¿va casa por casa pidiendo a todos que se le unan?, ¿coge su coche, su dinero, su familia y un arma e intenta pasar la frontera?
No. el tipo, quizás porque viva cerca del aeropuerto o porque considere que allí es donde debe ir, llega a las instalaciones se coloca delante de un tanque, una masa de acero de varias toneladas pensada y diseñada con el único y poco loable objetivo de matar, y se planta delante de él. Y cuando los del tanque, armados hasta los dientes también de armas personales, le conminan a apartarse, se tumba frente a él. El tanque sigue quieto, su conductor dudoso, el que está al mando indeciso. Un tanque menos para el golpe de estado.
Eso sería el ejemplo otomano pero nuestra incapacidad para valorar el universo más allá de nuestras propias necesidades nos lleva a convertirlo en contra ejemplo.
Bloqueados desde hace tiempo el miedo al dolor, por el rechazo profundo del más mínimo de los sufrimientos, aunque estos sufrimientos vistos objetivamente no pasen de meras molestias, somos incapaces de adoptar ninguna decisión de riesgo aunque nuestro futuro esté en riesgo; aferrados a la divinidad que hemos asumido en nuestros propios olimpos persocéntricos no somos capaces de exponernos y recurrimos a varias frases que parecen explicarlo todo.

"Yo solo no puedo."
Es la excusa de los que son buenas personas, de aquellos que ven que el cambio es necesario, que perciben que la sociedad occidental atlántica se desmorona pero que no pueden, no quieren o no saben comprometerse, que llevan tanto tiempo preocupados solamente de su sistema orbital personal que no pueden asumir una forma de pensar universal que asuma un riesgo personal.
Y buscan alados, se refugian en la queja global que ha hecho pública la proliferación de las redes sociales pero no hacen nada. Reclaman a los políticos que lo hagan, a los policías que lo hagan, a los gobiernos que lo hagan, pero no hacen nada porque "ellos solos no pueden". Ignorando que sí pueden. Si un rapado con mala leche y determinación puede parar un tanque en el aeropuerto internacional de Estambul, ellos pueden.
Y no hace falta irse al extremos. No siguen una huelga porque que ellos solos la sigan no cambia nada, no se enfrentan a su jefe porque eso les pone en el disparadero y no solucionada, no dan un paso adelante para solucionar algo porque eso arroja sobre sus hombros la responsabilidad de arreglarlo.
Vamos, no se tiran delante del tanque porque los demás no lo hacen primero o como mínimo a la vez.

"¿Qué otra cosa puedo hacer?" 
Este es el lema, la bandera, el eslogan favorito de los que han decidido la pasividad absoluta como forma de existencia. De aquellos que ya no es que sean incapaces de asumir un riesgo aunque vean que es necesario, sino que simplemente consideran que es su derecho no asumirlos aunque eso haga que sus dinámicas de elusión de su responsabilidad se multiplique hasta el infinito.
Defraudan a Hacienda desgravando como residencia habitual una casa en la que no han vivido en quince años y dicen ¿no me llega el dinero, qué otra cosa puedo hacer?; viven a los cincuenta a costa de sus padres y se preguntan ¿qué otra cosa puedo hacer?; declaran a favor de su jefe en un juicio laboral en el que su compañero tiene una justa reclamación e inquieren ¿qué otra cosa puedo hacer?, utilizan la insinuación sexual para lograr un puesto de trabajo y elevan al cielo amargamente la cuestión ¿qué otra cosa puedo hacer? y así una tras otras en todas las ocasiones en las que deben anteponer el riesgo y la dignidad a la comodidad y el confort; el azar a la necesidad. La humanidad a la supervivencia.
Su fijación en sus necesidades, en sus propios ombligos universales, les hace justificar como un destino algo que es una decisión, les hace convertir su egoísmo social en una consecuencia determinista que les imponen las circunstancias externas y no su propia voluntad de medrar a costa de cualquier otra cosa. Pretenden que sus decisiones y elusiones son inevitables. Que su decisión de no asumir los riesgos personales que la dignidad, la justicia y los derechos de los otros les exigen es algo que viene impuesto desde fuera. Es el egoísmo ex machina en su máxima expresión
Estos no es que no se tiren delante del tanque, es que simplemente lo cargan de combustible para que el carro de combate pase fácilmente por encima del que intenta detenerlo y luego niegan que la gasolina sea un factor a tener en cuenta en ese avance.

"Yo me preocupo por los míos (o por mi)."
ese es el elemento que utilizan los más socialmente egoístas, aquellos que han llegado a la conclusión de que un mundo habitado por siete mil millones de mundos personales es bueno mientras su mundo personocentrico pueda seguir girando.
Reescribiendo y pervirtiendo el individualismo, que se desarrolló como teoría política y social para enfrentarse al dominio absoluto del Estado, afirman que todo está permitido con tal de mantener indemne e incólume su universo personal.
Y si tienen que mentir para asegurase el bienestar lo hace, si tienen que seguir a cualquiera que a ellos se lo otorgue a costa de otros muchos, lo hacen; si tienen que transformarse en delatores, informantes, válidos o soguillas de cualquiera para obtener esos beneficios que creen suyos por falso derecho de conquista, lo hacen y defienden que es una acto loable y que debe ser tomado como ejemplo por todos los demás.
Y en el plano afectivo y personal es mucho peor. Si tienen que mentir para lograr estabilidad, lo hacen; si tienen que fingir sentimientos para lograr compañía o refuerzo a sus egos, lo hacen, si tienen que huir para no afrontar una traición a una amistad o una ruptura o un engaño, lo hacen y piensan que es lo que deben hacer porque ellos están por encima de cualquier otra consideración, porque su universo es el único importante, porque el mundo debe organizarse de tal manera que sus órbitas personales nunca corran el riesgo de desmontarse por una inesperada colisión con la realidad o con la justicia.
Estos son los que empujan el tanque desde atrás o incluso se suben en él para facilitar que pase por encima de cualquiera con tal de no correr el más mínimo riesgo de que les pise a ellos. Y luego piden una condecoración por hacerlo.
Por eso que un tipo rapado se arroje frente a un tanque en un golpe de estado en Turquía nunca servirá a la sociedad occidental atlántica de otra cosa que de contra ejemplo. No es lo que nosotros podemos a hacer, es lo que hemos aprendido a eludir de mil formas distintas.

sábado, julio 16, 2016

Niza, Turquía mensajes y malas respuestas

Y de pronto Turquía. Otra vez Turquía.
Mientras nosotros continuamos, consternados, asolados, aterrados o cualquier otro calificativo trágico que queramos poner a nuestra reacción seguimos mirando a Niza, de pronto un golpe militar lo intenta y casi lo consigue en Turquía.
Y nosotros no vemos más allá. Seguimos con los ojos puestos en la matanza de Niza y no vemos más allá de la posibilidad de que nos estropeen las vacaciones o nos retrasen los vuelos.
No vemos más allá del modo y de la forma en el que la población turca reacciona y contribuye a evitar el golpe militar -algo sin duda impensable en la sociedad occidental atlántica inasequible al riesgo personal por cualquier motivo-. 
No vemos más allá de las similitudes de la situación con otro golpe que aplaudimos con las orejas cuando se produjo en Egipto hace unos años y que nos dejó con la incoherencia de ser "demócratas modernos" defendiendo un levantamiento militar contra un gobierno salido de unas urnas.
No vemos más allá de nada porque no analizamos los mensajes. Contamos los muertos, lloramos las lágrimas, sacamos la rabia y el orgullo pero nadie se sienta a analizar los mensajes.
Ni de Niza, ni de Turquía, ni de nada que nuestros enemigos hagan en esta guerra aciaga que estamos condenados a perder.
Atacan una y otra vez a la raíz más profunda de la educación occidental atlántica y siempre dan en el blanco. Atacan al miedo y el miedo nos paraliza, nos impide pensar más allá de los mensajes que los medios envían, que los gobernantes lanzan: son locos, son fanáticos.
Como si los locos y los fanáticos no pudieran ganar una guerra. Como si por ser locos y fanáticos no tuviéramos que entender que es lo que nos están diciendo a gritos con sus bombas y con nuestra sangre.
Con el 11S en Nueva York, el 11M en España y el 7J en Londres nos dijeron a gritos y sangre que la guerra había empezado y que se combatiría en nuestras calles y nosotros entendimos que los terroristas iban a atacar elementos emblemáticos de nuestra sociedad. Y los protegimos, los reforzamos, hicimos de los aeropuertos fortalezas. Respuesta equivocada.
Con las invasiones fallidas de Irak y Afganistán nos dijeron que no íbamos a lograr lo de siempre, mantener la guerra en el patio trasero del planeta sin que nos afectara. Que aunque fuéramos a sus bases, las bombardeáramos, pusiéramos gobiernos favorables en esos países no íbamos a encontrarles ni a poder mantenerles en sus reductos.
Llevan quince años enviándonos mensajes y nosotros seguimos hablando de religión, de Islam, de fanatismo, sin entrar en el verdadero contenido de esos mensajes.
Con Charlie Hebdo o la escuela judía de París nos dijeron que, al igual que la Convención de Ginebra había muerto también para nosotros como llevaba años enterrada para los civiles libaneses, palestinos, israelíes iraquíes y afganos. Que igualarían la lista muerte a muerte a muerte, que nuestros civiles eran tan prescindibles como los suyos, que los daños colaterales ya no estaban solamente en las películas estadounidenses.
 Y nosotros quisimos entender que iban a atacar nuestros símbolos culturales del laicismo y el cristianismo. Y también los blindamos, los defendimos, hicimos leyes para evitar la "islamización" de Europa. Respuesta equivocada.
Con la toma militar de zonas inmensas de Irak, Siria y hasta Turquía nos anunciaron que su objetivo era el gobierno, no la venganza, no el terrorismo, no loa conversión al islam, era puramente establecer un poder global hegémonico. Y nosotros quisimos interpretar que querían bases seguras en las que armarse y acumular sus bombas y explosivos.
Y los bombardeamos de nuevo, armamos a grupos tan peligrosos o más que ellos para enviarlos a combatir contra ellos, apoyamos a dictadores crueles para evitar su ascenso, les dimos aviones de combate, armamento pesado, entrenamiento militar y poder destructivo a todos los que están cerca o alrededor de ellos.
No nos dimos cuenta de que, con el paso del tiempo, terminarán combatiendo a su lado porque están más cerca en todo del falso califato que de ese Occidente Atlántico que siempre ha sido su enemigo. Respuesta equivocada.
Con las masacres de París y de Bruselas nos enviaron otro mensaje que nuestro miedo y nuestra estupefacción nos impidió comprender. Que no les hacían falta explosivos, que no les hacían falta suicidas venidos de allende de las fronteras de nuestra civilización, que no les hacían falta infiltrar nada ni nadie. 
Creímos entender que significaba que habíamos dejado de ser daños colaterales asumibles para convertirnos en objetivos prioritarios y que buscaban acumulaciones de gente para generar el máximo daño posible. Y era verdad. 
Pero ese mensaje ya había sido lanzado el fatídico 11S y habíamos tardado tres lustros en comprenderlo.
El mensaje que ignoramos es que no les hacían falta explosivos, que no les hacían falta suicidas venidos de allende de las fronteras de nuestra civilización, que no les hacían falta infiltrar nada ni nadie.
Pero nosotros sacamos las tropas policiales a la calle armadas hasta los dientes y las colocamos por doquier, protegimos las aglomeraciones, los actos en los que las multitudes se agolpaban buscando hombres armados, individuos sospechosos, tipos con aspecto árabe, vestidos de blanco y con el pecho demasiado abultado o la mano metida sospechosamente en el bolsillo. Respuesta equivocada.
Y ahora con Niza nos envían otro mensaje. Da igual que controléis las fronteras, que limitéis el tráfico de armas -o que lo intentéis-, que cacheéis a todo el mundo, que coloquéis arcos detectores en los estadios de la Eurocopa, que pongáis a la gendarmería en alerta y el Estado Francés en estado de emergencia. Podemos mataros con un camión, con un coche, con un burro o con nuestras propias manos  vamos a seguir haciéndolo sin que podáis evitarlo.
Y con Turquía nos envían otro. Los militares han intentado derrocar una democracia islámica moderada aliada de Occidente, de hecho obsesionada con entrar en la OTAN, y eso nos dice que los ejércitos de esos países empiezan a querer otra cosa, empiezan a valorar que están mejor alejados de nosotros, enfrente de nosotros. Que ven la posibilidad de establecer otro eje de hegemonía geopolítica en el mundo.
Pero nosotros ni siquiera nos preocupamos de Turquía, ni siquiera creemos que tenga algo que ver con nosotros.
Si Turquía cae no tendremos lugar donde escondernos. Y Ya apenas nos quedan. No podemos controlar todas las furgonetas de Occidente, todos los camiones de Occidente, todas las herramientas posibles para perpetrar matanzas. Es decir prácticamente todo lo que hay a nuestro alcance.
Y no vemos ninguno de esos mensajes porque despreciamos una cosa que es la única herramienta para entender el mundo: la historia. 
Todo lo que hacen ya lo han hecho y lo han sufrido antes. El fósforo blanco ya ha ignorado a los civiles en Ramala y Gaza, los AK 47 ya han tableteado en las calles de Tel Aviv y Jerusalem, los katiuska ya han silbado por los cielos palestinos e israelíes, los camiones ya se han llevado por delante a centenares de personas en Beirut y los civiles ya han sido masacrados por uno y otro bando, ya se han armado hasta a los dientes a aliados que luego se han convertido en enemigos en ese guerra enquistada que nosotros llamamos conflicto de Oriente Medio.
Pero claro eso no tenía nada que ver con nosotros.
Quizás nos demos cuenta de los dos últimos mensajes que nos han mandado en Niza y Turquía cuando una mañana despertemos con la noticia de que un pueblo perdido de Bélgica, Alemania, España o Francia ha sido masacrado durante la noche sin importar que no hubiera una acontecimiento importante, que no fuera un lugar emblemático o que no hubiera personajes relevantes o símbolos culturales en él.
O cuando caigan uno por uno todos los regímenes islámicos que consideramos aliados, desde Arabia Saudí hasta Qatar, desde Jordania hasta Yemen a manos de sus propios ejércitos. 
O quizás no lleguemos a darnos cuenta porque ya habremos muerto de viejos y sean nuestros hijos o nietos los que se pregunten como pudimos ser tan ciegos de no darnos cuenta cuando un avión se estrelló contra el World Trade Center y nos trajo la guerra a casa.
Y no nos confundamos, esto no se llama complejo de Casandra. Se llama Persia, Imperio Egipcio; Se llama Roma. Se llama historia.

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