domingo, noviembre 29, 2015

Esa sabia estrategia militar contra el falso Califato.

Vale, supongamos que me creo que la única solución a todo este estadio de la guerra que perdemos desde siempre, es tirar de lo militar a discreción. Hasta poniéndome a pensar como ellos les veo las vergüenzas, la soberbia, el error de persistir en el error.
Si ya nos hemos puesto a esto de la guerra: estrategia, estrategia, estrategia.
Sabemos o deberíamos saber que por mas plomo, fósforo y muerte que lancemos desde el aire no podemos matar así al Califato, por más banderas que sumemos a la colección de cazas de combate que bombardean sus posiciones en tres países, solo tienen que meterse bajo tierra y esperar a que pase o, lo que es peor para nuestra estrategia militar,  pueden marcharse a otro lugar desconocido o esconderse dentro de las fronteras del imperio para seguir causándonos bajas a destajo y hacer inútil y peligrosa para nosotros mismos esa estrategia. 
¡Ah, que ya lo están haciendo!
Así que sabemos que debemos pelear sobre el terreno.
Y ahí, por mas estrellas que luzcan nuestros egregios generales es donde cometen el error de persistir en el error, en los errores, para ser más exactos.
Arman a las tribus rivales del cruel Califato y rearman al régimen de Asad hasta los dientes.
Lo primero está bien, nunca ha fallado. No le falló a Roma con los britanos, vándalos y alanos que armó contra sus enemigos y luego asolaron su suelo y desmoronaron su poder; no le pasó a Inglaterra con los irlandeses que llevo a la guerra de Escocia en tiempos del mítico y eterno por el cine William Wallace, no le falló a Francia con los iroqueses, mohawk y adenakis a los que dio pólvora y mosquetes en su guerra americana colonial contra Inglaterra, no le fallo al imperio español con los católicos de Flandes.
Así que es de suponer que es una buena estrategia porque nunca ha fallado. Es de suponer que los kurdos, o las milicias sirias, turkmenas o libanesas no usarán el adiestramiento y el armamento que les damos para sus fines en lugar -o en el mejor de los casos, además- de para los nuestros.
¡Ah, que también están ya haciendo eso! ¡Que ya están haciendo limpiezas étnicas los unos con los otros, recrudeciendo la interminable guerra en Líbano atacando a quien no les dijimos que atacaran, limpiando el kurdistan de turcos y viceversa!
Y luego lo que parece más moderno, una estrategia más apropiada a nuestros tiempos. Otra que siempre la ha salido bien a nuestras mentes pensantes militares.
Resulto maravillosamente a Occidente contra Irán, armando y manteniendo en el poder a un Sadam Hussein que terminó arrojando misiles Scud sobre Israel cuando quisimos quitarle del poder, nos funcionó a la perfección contra la Unión Soviética en Afganistán, otorgando entrenamiento y recursos a los muyahidines que terminaron formando el ejército talibán y las filas de Al Qaeda. Eso solamente por poner los ejemplos más cercanos.
Que hablar de lo bien que nos fue cipayos y Marajás de la India, los caudillos bélicos de Laos y Camboya, los señores de la guerra africanos nos obliga a pensar en la historia y parece que hemos desarrollado una alergia especial que nos impide acercarnos siquiera a sus páginas, no vaya a ser que logremos aprender algo de ella.
¡Vaya por Dios!, ¡que Al Asad está utilizando los recursos de inteligencia y armamento que le da Rusia para perseguir a todo opositor que se le ponga por delante, masacrar población civil y recuperar el control de zonas de Siria que no están bajo el mando del funesto y furioso Califato!, ¡quien lo iba a decir. Con lo elegante que viste siempre el chico y lo guapa y atractivamente occidental que siempre fue su esposa!
Así que parece ser que la única manera de luchar sobre el terreno es mandar allí a los nuestros, a aquellos de cuya lealtad a nuestros intereses nos podemos fiar. De nuevo la historia nos demuestra que si se opta por la solución militar a corto plazo hay que enviar las legiones a Britania, los tercios a Flandes, los gloriosos casacas rojas a las colonias, los marines a Vietnam.
Invadir, conquistar y mantener tropas  en las tierras conquistadas y tener claro que tienen que seguir allí porque sino en cuanto nos demos la vuelta las cosas volverán a ser como son ahora.
Pero claro. Nosotros no somos el Imperio Romano, Español, Británico o Francés. Nosotros no estamos bajo el gobierno absoluto de un monarca al que no le importa lo que sus súbditos opinen de mandar a sus hijos a morir en el otro extremo del orbe conocido. Nosotros tenemos elecciones y una sociedad que solo se compromete con las cosas de palabra no con sangre, que llama a la lucha contra el Califato pero no se alista para ir a la guerra. Que no va a soportar más allá de un límite mínimo de bajas por muy dura que sea la guerra.
De modo que, aunque militarmente la única forma de lograr una victoria y mantenerla un mínimo tiempo histórico sea enviar a la Legión Extranjera, los marines, los SAS o la Legión Extranjera , es lo único que no nos plantemos de momento porque la muerte de uno de los nuestros resta muchos más votos que las de muchos desconocidos inocentes de otro sitio.
Claro que sin nos acordamos de Genserico y Varo en el boscoso Teutoburgo, Del Duque de Enghein y Francisco de Melo en Rocroi, del Barón de Chelmsford y Khoza en Isandhwana, de Abrahams y Duong Van Minh en Saigón o de los chicos de la infantería acorazada estadounidense en Irán y Afganistán a lo mejor nos damos cuenta que ni siquiera eso funciona mucho tiempo.
¡Vaya me habéis pillado!, no me he puesto en modo de pensamiento militar!
La solución bélica a corto plazo no funciona. No puede hacerlo. Se haga como se haga no hay estrategia que la permita funcionar.
No lo digo yo. Lo dicen tres mil años de historia y ni se sabe cuantos millones de muertos intentándola. 
Aunque siempre se puede cerrar a cal y canto el libro de la historia y la capacidad de pensamiento autónomo y seguir gritando a los cuatro vientos con las vísceras: "La guerra es la única solución". 
A lo mejor de repetirlo mucho se hace cierto.

viernes, noviembre 27, 2015

O votar la PP porque es lo que hay que hacer.

La elecciones se nos vienen encima como llega el invierno en la famosa serie.
Y en ese ejercicio a veces doloroso, a veces revelador y a veces divertido de ponerse en la piel del otro toca hacer una de esas de si yo fuera...
Si yo fuera votante del PP, uno de esos fieles impenitentes que tienen preparado el sufragio desde las pasadas elecciones me sentaría a hacer examen de conciencia. No de la mía que siempre está limpia, sino la conciencia política de la formación política a la que apoyo.
Digamos que soy el votante que cree firmemente en la economía liberal capitalista de mercado como el mejor sistema posible. La he fastidiado de cabo a rabo. 
Vale, no me importa el desempleo porque es necesario en una economía liberal y es cosa del mercado, pero las huestes genovitas que residen en Moncloa se han pasado el liberalismo por el arco del triunfo. No han controlado el déficit pese a todos sus recortes, no han modificado la estructura del Estado para liberar del gasto de las administraciones autónomas, han dejado que la deuda se dispare, han aumentado el PIB tirando de obra pública como el más puro de los regímenes estalinistas, no han apoyado la iniciativa empresarial permitiendo por desidia la destrucción de miles de empresas pequeñas y medianas, han manipulado los mercados permitiendo a las grandes compañías energéticas campar a sus anchas para alterarlo en su beneficio, han subido tasas e impuestos directos e indirectos, un anatema en la economía liberal...
En resumen, han ido al panteón en el que yacen Adam Smith, John Stuart Mill y Milton Friedman entre otros y han miccionado con fruición en sus muros.
Pongamos que soy el votante al que su moral y sus valores religiosos le importa por encima de todo. Pues voy aviado
Han aparcado la reforma de la ley del aborto, han suprimido ayudas a la familia, se han cargado de un plumazo con los recortes la posibilidad de que los colegios concertados católicos -y cualquier otro, pero a mi los otros no me importan porque mis niños no van a ellos- tengan desdobles, refuerzos, psicólogos y todos los profesionales que puedan ayudar a mis hijos si tienen problemas educativos, no han hecho nada para diferenciar la familia tradicional, la de verdad, de esas "otras" familias que dios no quiere y que le drenan recursos a los que siguen el plan de dios. Y por si fuera poco se han pasado por debajo de la cúpula de San Pedro las recomendaciones del Papa Francisco dejando que la pobreza campe a sus anchas, no haciendo nada contra el injusto reparto de la riqueza, no aceptando el cambio de actitud que pregona desde su púlpito romano...
Vamos, que han cogido la biblia, el evangelio, los hechos de los apóstoles y todas las encíclicas papales desde Nicea hasta nuestros días y las han escondido en un baúl antes de leerlas.
También puedo ser el votante conservador con más edad y cierta prevención a temer lo que se ha ganado en manos de esa "izquierda" radical. También estoy jodido.
Han recortado las pensiones, han hecho descender los salarios, han llevado el poder adquisitivo a niveles que casi tocan la Inglaterra de Dickens -hipérbole metafórica, aviso para los que sientan la tentación de rebatir numéricamente este punto en concreto-, han recortado derechos, han eliminado servicios sanitarios, han paralizado ayudas a la dependencia que facilitarían la vida a los más mayores y los que les cuidan...
En seis palabras: No han dejado nada que conservar.
Imaginemos que soy el votante que les otorgo mi sufragio porque creo que representan ese sistema que cree en el esfuerzo personal y el valor del esfuerzo para progresar. Me he caído con todo el equipo.
Han hecho de la corrupción su principal fuente de ingresos, han protegido a corruptos, han manipulado a jueces y fiscales para intentar salir impunes de sus cohechos y corruptelas, han puesto la privatización de lo público -un supuesto axioma liberal conservador- al servicio de sus amigos ,parientes y sus cuentas en Suiza, han perdonado a defraudadores, se han lucrado del Estado, han metido hasta saciarse la mano en la caja pública...
Vamos, que lo de la ética del trabajo y el progreso personal ganado con esfuerzo es un eco lejano de un tenue susurro que apenas si resuena en sus oídos.
Y por fin digamos que soy el votante patriota que antepone el orgullo nacional a cualquier otra cuestión y piensa que el Partido Popular es quien mejor lo representa y lo defiende. Ahí ya me hundo.
Han plegado nuestra soberanía nacional a las órdenes que provienen de una Unión Europea que en realidad es la correa de trasmisión de las necesidades económicas alemanas, han hipotecado la hacienda pública por un lustro para rescatar unos bancos que luego se niegan a abrir los créditos a los españoles que lo necesitan, han hecho una reforma laboral que transforma a los orgullosos españoles en trabajadores semi siervos de multinacionales extranjeras con la excusa de la competitividad, han permitido que las empresas que que obtienen beneficios en España se los lleven a otra parte tributando en Irlanda. Por no decir que desde mi patriótica perspectiva han sido blandos con el soberanismo catalán, pacatos con las provocaciones gibraltareñas, débiles con las nacionalizaciones argentinas, consentidores con los insultos venezolanos...
O sea, que han dejado que se arrastre el himno y la bandera dentro y fuera de nuestras fronteras.
Así que mirando el sobre de mi sufragio preparado para el próximo día 20 de diciembre tendré qué preguntarme si realmente voto al PP porque defiende lo que creo que es bueno en política y para mi país o porque he decidido hacerlo desde siempre y luego ya encontraré excusa para explicar porque lo he hecho.

martes, noviembre 24, 2015

John Carlin: Inconsciencia del falso realismo bélico.

"El idealista de izquierdas yerra al culpar a Occidente del yihadismo. Hay que tomar partido".
Así comienza John Carlin, ese escritor e historiador que se disfraza de otra cosa cada vez que habla de política, su último artículo de opinión en El País.
Aunque en su caso habla del nuevo líder laborista Jeremy Corbyn y su postura con respecto al terrorismo yihadista, esta frase es el resumen de la postura que muchos mantienen ahora que se han dado cuenta de que la guerra nos afecta, ns crea bajas y no podemos vanagloriarnos de haber inventando un modo de guerrear que no derrame nuestra sangre.
La frase parece contundente, irreprochable, parece un axioma de esos que los griegos antiguos enunciaban y que aún no han sido superados. Pero si tiene que parecerse a algún enunciado clásico lo sería simplemente a un sofisma.
Porque iguala dos términos que no tienen nada que ver y para más inri -que diría mi abuela- uno de ellos no pinta nada en la expresión porque se utiliza como falso sinónimo.
Me explico.
Buscar y analizar las causas de algo no significa no tomar partido. Cae en el más viejo error de pensamiento occidental: el maniqueísmo. 
Si yo digo que la culpa del auge del yihadismo está en los actos de Occidente eso significa que me pongo de parte del yihadismo, que quiero que ganen esta guerra, que considero que lo que hacen es justo y bueno, sobre todo bueno, que la división maniquea no existe sin el bien y el mal.
Pues lamento comunicarle a Carlin que eso es una mentira como un templo, un error de estructura de pensamiento del tamaño de la catedral de Burgos. Y eso siendo amable con usted porque, dado su nivel de inteligencia, me inclino a pensar que es un burdo intento de manipulación que toma a todos sus lectores por idiotas.
Que se analice, se descubra y se señale el origen de un mal -por seguir utilizando una terminología moral que parece ser la única que pueden entender algunos- no significa que se apoye o que uno se ponga de parte de ese mal, que no se defienda uno de él o que no intente evitarlo. 
Por poner un ejemplo religioso, ya que los que defienden esta teoría quieren vincular este problema falsamente a una religión en concreto: Que yo diga y sepa que Dios creó al Diablo no significa que me haga adorador de Belcebú y quiera que este triunfe en su batalla mitológica contra su inexistente creador.
Así que, se sea de izquierdas o de derechas o de lo que se quiera, nadie yerra al responsabilizar a las acciones de Occidente del nacimiento y auge del yihadismo y por supuesto nadie apoya lo que hacen por el hecho de analizar los hechos y llegar a esa conclusión. Carlin lo sabe pero creo que también sabe que encontrará más oídos dispuestos a escuchar lo contrario.
Porque ese argumento lo único que hace es tranquilizar conciencias, permitirnos enfrentarnos a un monstruo que nacido de las entrañas de nuestro egoísmo como si fuéramos inocentes, como si fuéramos los buenos. Y sobre todo mantiene a salvo de su responsabilidad a todos los gobernantes que han tomado las decisiones que nos han llevado a esto. Muchos de ellos están muertos y solo responderán ante la historia pero otros todavía están en sus palacios de gobierno y residencias presidenciales.
Y luego está lo de "Hay que tomar partido". ¿perdón?
Un sofisma, dentro de otro sofisma, dentro de una falacia, dentro de una mentira.
Carlin y todos los que expresan de forma más o menos depurada esa línea de pensamiento igualan defenderse a tomar partido. Es una opción, por supuesto, pero no es una verdad necesaria.
Según él hay que hacerlo "porque cuando aparezca el yihadista con un Kaláshnikov en un bar o un teatro o un supermercado y empiece a liquidar a gente uno por uno, no preguntará si su siguiente víctima es de izquierdas o de derechas, progresista o neoliberal, imperialista o anti imperialista. Matará, como una peste, sin prejuicio y sin piedad"
Y tiene razón. Eso me obliga a defenderme de él pero no a estar a favor de lo que hacen todos los demás que dicen defenderse de él, ni a ir a atacarle en su casa, ni a justificar la matanza de civiles inocentes para darle caza, ni a participar en ella. 
Y desde luego no me obliga a decir que los que se enfrentan a él son los buenos y tomar partido por ellos.
Puede que las mentes maniqueas solo soporten la idea básica y sin matices de "quien no está conmigo está contra mi" o de "El bien es la única fuerza que se opone al mal" pero entonces son tan medievales, primarios, bárbaros y retrógrados como aquellos a los que se enfrentan.
Por supuesto que si tengo la oportunidad cortaré la garganta a un individuo yihadista que llegue a mi casa para intentar imponer la Sharia a mis hijas, pero si tengo esa misma posibilidad también la cortaré igualmente la yugular a un reclutador vestido con uniforme de gala que llame al timbre para llevarse a mi hijo a combatir en los eriales de Irak y los valles de Siria. Y en ningún caso sentiré que estoy de parte de un bando o de otro solo que me estoy defendiendo de dos males que se enfrentan por el control del mundo.
Creo que el ejemplo deja crudamente claro que defenderse no es igual que tomar partido.
Así que, desde mi punto de vista, vender que nosotros somos los buenos y nuestros enemigos son los malos puede ser un elemento eficaz de propaganda como lo ha sido en toda guerra para lograr la victoria.
Pero a estas alturas todos deberíamos saber que la historia nos demuestra que la victoria en una guerra es el germen del estallido de la siguiente y Carlin que se hace llamar historiador a veces debería tenerlo claro. Las guerras médicas, las púnicas, las cruzadas, la Guerra de los Cien Años, las guerras imperiales españolas, las guerras napoleónicas, las guerras indias, las dos conflagraciones mundiales...¡Por el amor de su dios!, ¿cuantos más ejemplos necesitan?
De modo que todos esos que van de realistas y pragmáticos y acusan de idealistas y utópicos a los que nos acusamos a nosotros mismos como civilización del surgimiento y auge del monstruo del yihadismo belicista e imperialista quizás deberían darse cuenta de que los inconscientes, en la más pura acepción de la palabra son ellos porque defienden repetir una y otra vez una solución que siempre falla -la simple victoria militar- en la esperanza que contradice a la historia y la estadística de que tenga un resultado diferente.
Es posible que ya solo nos quede el recurso a la defensa armada en esta guerra pero si no reconocemos sus causas y responsabilidades, si nos negamos a ver los errores como civilización y sistema económico que nos han llevado a ella no podremos evitar repetirlos y dentro de una década o de un siglo volveremos a estar en idéntica situación. 
Vamos, ganaremos una guerra para morir en la siguiente.

sábado, noviembre 21, 2015

Y que el miedo nos mate sin sentido antes que ellos

Nada es más fuerte que el miedo decía alguien.
Y eso es precisamente lo que me da miedo, No es que yo sea de los que se dejan llevar por el pánico social ni nada de eso. Pero ahora hay un miedo que me susurra al oído cada vez que oigo a trozos una conversación de bar a bocajarro, que escucho un comentario a una noticia o que leo un tuit sobre esta guerra antigua que ahora descubrimos por las bravas como si antes no existiera.
¿Miedo al Estado Islámico, a sus acciones bélicas, a sus bombas, a que me considere su enemigo? 
No, no es eso. Al menos no del todo. Alguien me enseñó hace mucho tiempo que el final morimos. No nos gusta y no lo deseamos, pero al final morimos y el sentido de esa muerte no lo da que lo hagamos de viejos o nos maten, que suframos o lo hagamos sin dolor. El sentido a la muerte nos lo da como hemos vivido y eso, al menos en mi caso no depende de lo que haga o deje de hacer, un soldado fanático del Estado Islámico o la yihad.
A lo que tengo miedo es a que la gente tenga miedo. Demasiado miedo.
Porque se que ese miedo será inflado manipulado y acrecentado hasta el límite por aquellos que lo usan para asentar sus bases de poder, para justificar todas las acciones, las decisiones y los modos de hacer y de mandar que puedan pergeñar aquellos que gobiernan. 
Y ese miedo engrandecido hará que miremos a otra parte, hará que demos carta blanca a todo aquello que logré convencernos de que nos mantendrá a salvo, logrará que consintamos perder todo aquello que otrora ganamos por perder el miedo a luchar por lograrlo.
Tengo miedo de que el miedo nos recuerde lo que toda sociedad que se siente hegemónica alberga en sus entrañas. El miedo al diferente, al extranjero, a que vengan de fuera a quitarnos y matarnos lo nuestro sin pensar que lo nuestro es lo que antes les robamos y matamos a ellos. Miedo de que el miedo de que nuestro vecino se convierta en sospechoso, nuestro tendero en enemigo, nuestra compañera en sospechosa. Nuestro odio en nuestro único equipaje.
Qué ¿por qué sé que si el miedo nos toma y nos invade será usado hasta que el odio sea lo único que quede? Lo sé porque la historia me lo enseña.
Tengo miedo de que el miedo nos quite lo que somos, lo que quisimos ser aunque nunca llegamos a lograrlo y reste así todo sentido a nuestras muertes.
Tengo miedo de que el miedo nos mate entre nosotros sin que ellos y el correr de la historia se vean obligados a terminar de hacerlo.

martes, noviembre 17, 2015

Acotaciones molestas a la "Barbarie terrorista"

Hay una frase que tras el penúltimo capítulo en la escalada bélica entre el Occidente Atlántico y el Estado Islámico ocurrido en París se repite una y otra vez. Una expresión que encierra esa dicótoma perversa, esa realidad con dos caras de verdad y mentira que encierra siempre la guerra. Barbarie terrorista.
Es un sintagma que repiten una y otra vez los corresponsales y enviados especiales inútilmente destacados en la capital gala como si decir algo con el Arco del Triunfo o la Torre Eiffel a sus espaldas lo fuera a hacer más cierto o más real.
Y tienen razón. es una barbarie. Pero no como ellos quieren hacérnoslo ver, no con el significado que le damos hoy en día. Es una verdad en sentido etimológico estricto. Es una barbarie porque es un acto cometido por los bárbaros.
Aquellos que residen más allá de nuestras fronteras, de nuestro imperio. Por los extranjeros -sentido primero y primigenio de bárbaro-. Son bárbaros no porque maten, que eso también lo hacemos nosotros; no porque masacren a civiles, que de eso nosotros tenemos una amplia experiencia, ni siquiera porque se vanaglorien de ello, que eso también lo hacemos nosotros con conmemoraciones y monumentos. 
Son bárbaros porque están más allá de los límites del imperio, porque no aceptan ni respetan el status quo impuesto por nuestro poder ni las normas creadas ad hoc tan solo para beneficio del imperio y sus ciudadanos. Pero lo son sobre todo porque desde fuera nos atacan a nosotros.
Esa es la única barbarie real de toda esta guerra y por extensión de cualquier guerra. 
Porque si consideramos barbarie como sinónimo de crueldad también tendríamos que referirnos como barbarie al bombardeo aéreo de Homs y si la consideramos como sinónimo de asesinato indiscriminado también tendríamos que llamar barbarie a los actos de represalia bélica que en estos mismos momentos realiza la aviación francesa sobre la capital del Estado Islámico.
Y no queremos eso ¿verdad?
Y luego está la mentira flagrante. No es terrorismo.
Por definición, el terrorismo busca sembrar el terror para lograr un objetivo político. El Estado Islámico no busca eso. Busca diezmar las filas de su enemigo, busca devolver golpe por golpe, igualar los tantos de muertos en la guerra. Busca la victoria bélica.
Es una estrategia de guerra que nos puede parecer especialmente cruel -solo porque nos la aplican a nosotros, claro- pero no es terrorismo. Como no eran terroristas las SS, los pilotos del Enola Gay y aquellos que les dieron la orden de asolar Hiroshima, los carceleros de Abu Ghraib o  las fuerzas israelíes que sembraron Gaza de fósforo blanco. Son criminales de guerra, asesinos de masas o como se quiera calificar a los que en la guerra realizan actos atroces. Pero no es terrorismo.
Porque si lo es también los pilotos franceses son terroristas, los infantes acorazados estadounidenses lo son, los soldados israelíes lo son y todos los que han participado, ordenado o perpetrado matanzas durante esta y cualquier guerra lo son.
Y tampoco queremos eso, ¿no?
Al final lo único que pretende ese lenguaje es vender una realidad falsa. Por mucho que se pregone a los cuantos vientos la guerra al terrorismo, lo único que se busca es lo que se intenta en cualquier guerra: sustituir la información por propaganda.
Porque si de verdad nos muestran la verdad de que esto es una guerra entre dos centros de poder, el Occidente Atlántico y el Estado Islámico, que buscan mantener o adquirir la hegemonía sobre el mundo, nos colocarán a una respiración de hacernos la pregunta que nunca quieren que hagamos ¿Quien empezó la guerra?
Y la respuesta a esa pregunta nos pondrá a un centímetro escaso de la sedición. Lo cual es delito capital en tiempos de guerra, por cierto.

domingo, noviembre 15, 2015

El lema real del día en que la guerra llegó a París.

Se siguen gastando ríos de tinta y terabites de datos para escribir sobre ello, se siguen dando discursos y llenando las redes sociales de crespones negros, banderas tricolores y símbolos reclamando paz.
Pero en realidad no hay nada que decir y todo lo que se diga llega tarde. La guerra continúa.
Y digo continúa porque la guerra no empezó ayer en París, ni siquiera empezó el primer día que los mirage de la aviación francesa arrasaron a 127 civiles intentando borrar de la faz de la tierra una posición de combatientes del Estado Islámico en Síria, ni cuando unos locos furiosos masacraron a los periodistas de Charlie Hebdo, ni cuando Hollande declaró la guerra al terrorismo. Ni siquiera empezó cuando Al Qaeda logró contra todo pronóstico convertir Nueva York, Londres o Madrid en teatros de operaciones bélicos o cuando el primero de los infantes acorazados  estadounidenses puso el pie en tierra iraquí.
Cuando nacimos -y algunos ya hace casi medio siglo de aquello-, está guerra ya existía. Esta guerra ha existido siempre.
Nuestra batalla, la que nos llega ahora a París, comenzó hace mucho tiempo, cuando decidimos que el mundo nos pertenecía, cuando decidimos que nuestro progreso era más importante que la  miseria de las tres cuartas partes de la tierra, cuando antepusimos o dejamos que alguien antepusiera impunemente nuestra necesidad de combustible, recursos, riquezas, mercados y poder a la justicia. Empezó cuando decidimos volver a actuar como un imperio.
Durante medio siglo hemos asistido, como ciudadanos romanos en los mentideros del Senado, como cortesanos del imperio dorado español de los Austrias Menores oyendo a los heraldos imperiales, a cientos de rumores lejanos de atisbos incomprendidos, de noticias que apenas escuchábamos y a las que no prestábamos ninguna atención que hablaban de la guerra, de esta guerra, de la guerra de siempre.
Líbano, Iraq, Palestina, Tel Aviv, Afganistán, Los Altos del Golán, Irán, Nigeria, Argelia, Mali, Indonesia... lugares lejanos que solo conocemos de pasada por los ecos que esa guerra que parecía mil guerras diferentes dejó en nuestros televisores. Durante medio siglo hemos torcido el gesto y pensado que ya se pasaría, que "pobres" los que estaban muriendo allende nuestro imperio, que no tenía que ver nada con nosotros.
Como ocurriera en los otros imperios con Parthia, Britania, Flandes, Swazilandia o Indochina, todos esos lugares donde la guerra presentaba sus primeras escaramuzas eran para nosotros inarmónicos distantes en la melodía de todas nuestras vidas y sabíamos o creíamos saber que nuestros chicos, nuestras legiones, nuestros marines, nuestra caballería, nuestros tercios, mantendrían a salvo las fronteras mientras nosotros podíamos dedicábamos a nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestras juergas, nuestros polvos o nuestros negocios.
Pero no ha sido así. Nunca es así.
Miles de personas intentaron avisarnos del error cometido, intentaron decirnos que ese no era el camino. Hippies, ecologistas, sociólogos, politólogos y hasta algún que otro economista intentaron decirnos que no podía ser así, pero nosotros no quisimos escucharles. Visionarios y sabios, profetas y activistas, profesores y estudiantes nos dijeron de frente y a los gritos que estábamos sembrando la semilla de nuestra destrucción y nosotros cerramos los ojos y los oídos como los monos sabios porque teníamos gasolina en el coche, repleta la nevera, el lecho caliente y el estómago lleno.
Todo estaba bien, todo tenía que estarlo.
Y ahora se nos quema París, como antes estalló Nueva York, murió Londres, o sufrió Madrid. La Ciudad de las Luces, el centro del mundo de nuestra libertad, el símbolo de la Liberté, Egalité y Fraternité, arde por los cuatro costados porque nosotros olvidamos que ese lema que costó tanta sangre era algo universal. No se aplicaba solo dentro de las fronteras de nuestro basto imperio.
Y tiramos de los mismos argumentos vacuos de los que tiraron hace milenios los patricios romanos y hace siglos los gentilhombres españoles: Barbarie, intransigencia, salvajismo, locura, futilidad...
Y claro al Estado Islámico eso no le sirve, como no le sirvió a Genserico a las puertas de Roma, como no le sirvió al Duque de Enghien en Rocroi o a Lubumba en el Congo o a Caballo Loco en Little Bighorn.
Porque toda esa barbarie, esa intransigencia, ese salvajismo, esa locura y esa futilidad la han sufrido y aprendido de nosotros durante siglo y medio y eso es lo que les ha convertido en nuestros enemigos.
Así que de todo lo que se ha dicho y se diga de lo ocurrido en París, de todos los lemas, las máximas, los iconos, que puedan inventarse y difundirse por las redes, solo hay una que responda a la realidad: "os hacemos lo que vosotros nos hacéis en Siria". Claro, que como eso lo grita nuestro enemigo no lo tendremos en cuenta.
Lo demás, los crespones negros, las banderas de Francia tapándonos la cara, los hashtag #TodosSomosParis, es simplemente falso. Bienintencionado y comprensible pero falso.
Porque obviamos el hecho de que la mejor paz no es acabar con la guerra sino nunca haberla empezado. Y eso poco o nada tiene que ver con un Estado Islámico que ni siquiera existía cuando decidimos iniciar nuestra batalla de esta guerra infinita de la historia.

sábado, noviembre 14, 2015

Caemos y caeremos. Es lo que tiene la guerra

No son atentados, son actos de guerra. No son terroristas o activistas, son guerreros fanáticos y adiestrados; no son sus víctimas, son sus enemigos; No es Francia es el Occidente Atlántico. No son los muertos parisinos, somos todos nosotros.
Y da igual que no queramos verlo, da igual que pensemos que presentándolo de otro modo nos sentiremos más a gusto, da igual que nuestros políticos lo enuncien de formas altisonantes para ocultar la auténtica realidad: 
El Occidente Atlántico está en guerra con El Califato de la locura. Y la está perdiendo.
¿Hemos escuchado alguna vez al Estado Islámico pedir algo a cambio de nuestra vida y nuestra sangre?, ¿hemos oído alguna reivindicación sobre la independencia de tal o cual país, el derecho de tal colectivo o tal pueblo a esto o aquello antes de sus ejecuciones públicas y sumarias?
La respuesta es indefectiblemente no. 
Los grupos terroristas tienen reivindicaciones, los estados en guerra no. Los activistas violentos tienen un objetivo concreto de esa violencia. Los países en conflicto solo buscan la victoria, a cualquier precio, sin reivindicaciones, sin concesiones, sin tregua.
Y desde el coche bomba en Bagdad hasta el atentado en París, desde el avance en el frente sirio hasta el repliegue en el kurdistán turco, desde la ejecución en Palmira hasta la limpieza étnica en Tikric, todas las acciones del Estado Islámico siguen ese patrón de guerra abierta.
Como hicieran las falanges griegas de Alejandro, como hicieran las cohortes romanas, los tercios españoles, los granaderos ingleses o la legión extranjera francesa. Matar o morir, victoria o muerta, ampliar el imperio.
Nosotros les bombardeamos en Damasco ellos nos hacen volar por los aires en París, nosotros les hacemos replegarse en Turquía, ellos destrozan las lineas de control y presencia occidental en Irak. Nosotros detenemos a sus comandos infiltrados en Occidente, ellos ejecutan a nuestros operativos encubiertos en el Kurdistan. Es el ritmo y la cadencia de la guerra.
Lo de anoche en París no son los atentados de Al Quaeda en Nueva York, Londres o Madrid, no son acciones terroristas. Son el bombardeo alemán sistemático de Londres, el bombardeo aliado de Dusseldorf, el lanzamiento de la bomba de Hiroshima. Son acciones de represalia bélica.
Usan hombres porque no tienen aviones, usan armas automáticas y granadas porque no tienen tanques. Pero cuando los tengan los usarán.
O despertamos y comprendemos que El Califato es un incipiente imperio arcaico en periodo de expansión que no parará hasta asentar su poder y que siempre será nuestro enemigo por pura dinámica de sustitución histórica o no quedará mucho de Occidente cuando abramos los ojos.
O nos damos cuenta de que estamos en guerra y no podemos permitirnos el lujo de pensar que somos inocentes, que a nosotros no nos viene ni nos va, que es injusto que vengan a por nosotros y nos preocupamos de defendernos o no encontraremos a tiempo la forma de hacerlo.
O comprendemos que la religión o cualquier otra ideología es solamente el factor aglutinante que está usando una base incipiente de poder para amalgamar a su alrededor las masas suficientes para sustentar su imperio o no quedará ideología ninguna a la que recurrir para sustentar nuestra posición.
O nos damos cuenta de que somos sus enemigos o terminaremos siendo sus esclavos.
Estamos en guerra y en el inevitable continuum de la historia ya le hemos perdido. 
Y vamos a seguir muriendo, cayendo y sufriendo otros muchos. 
Es lo que tiene la guerra. Y nos guste o no estamos en guerra

jueves, noviembre 12, 2015

Absurdos y tontunas de todos en lo de Catalunya.

Que me resistía yo a escribir de esto de la secesión catalana porque está el patio tan lleno de incongruencias que resulta difícil discernirlas.
Vayamos por partes. 
Aquí todo el mundo habla de democracia. 
Pues para empezar, el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, no es demócrata ni por aproximación lejana, al menos en este asunto en concreto.
Porque quien se opone a la Constitución para separase de ella no se opone a la democracia. Hace uso de ella para crear otro estado democrático que nada tiene que ver con España -algo que aunque en su mente unionista sea inconcebible, en el mundo real es posible-. Y él lo sabe. Mas no quiere la Constitución española, pero eso no significa que no sea constitucionalista -de otra constitución, la catalana, pero constitucionalista-. 
Y desde luego no se puede decir que los independentistas son dictatoriales porque hay un amplio porcentaje de catalanes que no quieren la independencia. La democracia se basa en la mayoría, aunque esa mayoría sea de un solo voto. Esas son las reglas del juego. Y quien no las acepta cuando no es a su favor es quien no es demócrata.
Pero sobre todo no es demócrata porque él es quien tiene la potestad de convocar un referéndum para escuchar la auténtica voluntad de los catalanes y se niega a hacerlo.
Pero no hagan sonar los independentistas las campanas de la Basílica de Montserrat porque Artur Mas tampoco es demócrata.
Por la sencilla razón de que la voluntad popular catalana nunca ha sido consultada con la respuesta única y directa de sí quiere la independencia o no. Que diga que sigue "el mandato popular del pueblo catalán" porque ha ganado unas elecciones y en su programa figura esa hoja de ruta es tan tendencioso y manipulador como afirmar que la Alemania de 1931 legitimaba los campos de exterminio porque votó a Hitler en unas elecciones manipuladas, tendenciosas y sin la mitad de los partidos en liza.
Así que en esto, ninguno de los dos ha demostrado ser demócrata y ninguno de los dos tiene derecho a intentar arrimar el ascua de la democracia a la sardina de su ideología.
Todos hablan de manejos, cortinas de humo y distracciones.
Los unionistas acusan a Mas de usar el independentismo como cortina de humo para ocultar la corrupción de Convergencia y se preguntan ¿quieren los catalanes la independencia de manos de un corrupto?. Pero no hacen la pregunta reversible ¿quieren los unionistas defender la unidad territorial de la mano del líder del partido más corrupto de la historia de la democracia española?
Empate sin goles.
Artur Mas oculta sus corruptelas, Rajoy su pésima gestión, Mariano lo usa de parapeto para la insostenible corrupción de su partido, Artur para ocultar la ineficacia de un gobierno autonómico que es el peor desde los tiempos del cólera, que diría el literato.
Y para terminar la faena de momento, unos matices de esos que escuecen porque nadie quiere caer en ellos.
Primero.
El independentismo es una ideología, pero el unionismo también lo es. Rajoy vende la unidad de España como una realidad indiscutible que debe defender todo español por el hecho de haber nacido dentro de las fronteras de la antigua región romana de Hispania. Es mentira, lo repito, es una mentira del tamaño de la Catedral de Santiago de Compostela.
El unionismo es una ideología política como lo es el federalismo o el independentismo. Y si se me apura es una ideología más perversa y dictatorial porque no cuenta con la opinión de los ciudadanos.
Segundo.
El respeto de la legalidad vigente es un argumento tan absurdo como cambiar de tumbona en el Titanic. Todo país que se secesiona rompe con la legalidad vigente, debe hacerlo, es su obligación, es inherente al hecho de la secesión. Desde los visigodos del Concilio de Toledo que rompieron con el Imperio Romano, hasta las Juntas que se sublevaron contra el gobierno de José I, rey legítimo de España impuesto por los franceses -por poner dos ejemplos muy patrios y españolistas-.
Y tercero.
Un proceso de independencia o cambio no se vincula a una persona por definición. Lubumba encabezó la independencia del Congo y fue apartado por la tremenda del mismo, Marat, Danton y Robespierre vieron drásticamente interrumpidas sus existencias cuando aún no se había concluido el proceso revolucionario francés, El Che se apartó del proceso revolucionario cubano -que en realidad era una independencia encubierta de los Estados Unidos- mucho antes de que concluyera- Así que Artur Mas no tiene derecho a vincular la secesión a su persona.
En esto gana Rajoy dos a uno. Pero seguro que Mas consigue en breve empatar en incongruencias y forzar la prorroga.

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