viernes, diciembre 28, 2012

Nos llevan los Santos Inocentes de Herodes a Delibes


Hay celebraciones tradicionales que no parecen tener mucho sentido al unir el fondo con la forma. Y si hay una que es prueba de ello es la que nos lleva en el día de hoy a celebrar con bromas pesadas de las que hay que exculparnos la mitológica muerte de numerosos infantes -de edad, no de realengo- a manos de un rey loco que quiso de esa forma eliminar de un plumazo cualquier amenaza posible o plausible a su trono Galileo.
Pero no se sabe si por ese afán revisionista de todo lo hecho hasta el momento o por su incombustible apego por la tradición más rancia en todas sus formas y expresiones, este nuestro Gobierno, parece que ha decidido cambiar también esta festividad de Los Santos Inocentes de contexto y significado.
Hoy tocaría hablar de los nuevos Herodes, de aquellos que cercenan la inocencia y sus edades. Hoy tendríamos que llevarnos a los labios, con el regusto amargo y asqueado de su existencia entre nosotros, a padres cordobeses presuntos asesinos, a madres asesinas confesas, a acosadores canadienses que guiaron la mano de Amanda Tood hasta su propia muerte, de francotiradores alcarreños que matan de un disparo lejano aquello que en su complejo y su enfermedad mental aseguran amar.
Hoy habría que recordar con el ceño fruncido y los puños crispados a quien quiera que sea que haya matado un bebé en Almería y haya dejado su cuerpo en una balsa de agua.
Los Santos Inocentes, como epítome trágico de la inocencia interrumpida con la sangre y la muerte, habrían de llevar nuestro recuerdo a los niños bombardeados en Siria o Palestina, o los tiroteados en Westboro o los muertos de hambre cada día en Mogadiscio o Addis Abeba.
Y no es que esos Herodes no hagan su perverso trabajo cortando la inocencia, pero aquí, en nuestras tierras nos han surgido otros, que lo hacen distinto, que lo extienden en el tiempo, que lo cambian de libro.
Hoy, 28 de diciembre del año del recorte de Mariano Rajoy, nos cambian los Santos Inocentes de Herodes a Delibes.
Porque como el tetrarca galileo hiciera en el mito cristiano, el líder genovita y actual inquilino de Moncloa nos saca a sus centurias para matarnos niños.
Les mata su futuro con una educación sesgada en lo social que pretende condenar a quien no tiene fondos propios a aprender solo las cuatro reglas y aquello del lenguaje necesario para saludar con decoro y respeto infinito a quien les de trabajo y, como el señorito de la novela de Miguel Delibes, se presente ante ellos con el orgullo y el poder de ser su empleador.
Les mata expectativas, cerrándoles el paso, poniéndoles barreras de transporte, de carencia de libros, de ausencia de becas para su futuro universitario para que ya no sean niños, ni jóvenes, sino siervos en ciernes que se humillen en agradecimiento de aquello que reciben por su trabajo cuasi esclavo en aras de la mayor fortuna del que tiene el dinero
Les asesina el tiempo y el espacio al quitar a sus padres derechos laborales, ingresos ganados con su trabajo y tratar de transformarlos en esos Régula y Paco de la obra de Delibes que ya solo pueden soñar con que sus hijos estudien para salir del círculo de miseria y humillada dependencia que otros han dibujado para ellos.
Nos los mata en el  tiempo porque ya no es la daga o el gladio del legionario el que corta su inocencia al tiempo que cercena su garganta, sino que es el decreto, la ley y a reforma del sistema, que les garantizaba una oportunidad si querían y tenían la capacidad y la voluntad para aprovecharla, lo que les impedirá seguir viviendo como deben vivir y les obligará a hacerlo como aquellos que han cambiado las reglas han decidido que sea la vida para ellos.
Los Santos Inocentes han cambiado de libro porque, mientras se pretende defender a los que no nacieron, se les corta la vida a los que sí lo hicieron. Con menos sanidad, con salarios más bajos, con impuestos crecientes, con pensiones menguantes y con todas las armas que hagan que su vida ya no sea la de un niño inocente, la de un adulto libre o la de un anciano tranquilo, sino la de un ser humillado en cualquiera de sus tiempos y edades que haga exactamente aquello que otros necesitan que haga para seguir engordando ad eternum sus amplios patrimonios.
Así que hoy es quizá el primer día de los Santos Inocentes en España en que el asesino de inocencias no recorre las polvorientas calles de un pueblo galileo exigiendo el tratamiento mayestático para con su persona, sino que transita por las cañadas valencianas, las calles madrileñas o las plazas catalanas, pavoneándose con su cartera y rango de ministro, exigiendo que nadie le aguante la mirada y todos le llamen señorito, como al inolvidable Iván de la película de Mario Camus sobre la obra de Delibes encarnado en Juan Diego.
Hoy, en nuestro país los Santos Inocentes que hemos de tener presentes no son los del relato mitológico y trágico de la pluma evangélica sino los que surgen del dramático cuadro de la Arcadia de la obra realista.
Pero, ya sea siguiendo el relato de Mateo o de Miguel Delibes, el juego al que juegan estos nuevos matadores de la inocencia que antaño fuera santa e intocable aún sigue siendo el mismo. El monarca evangélico los cercanos los cuellos por miedo a perder su corona y los actuales ocupantes del Gobierno en España les cortan la educación el futuro y, a la larga, la vida por miedo a perder su poder y riqueza si no los hacen siervos obedientes y sin expectativas.
Y por ello ya no toca coger nuestros pertrechos, hacernos con un asno y marcharnos a Egipto, sino coger la antorcha y quemarnos la Arcadia para reconstruirla sin señorito Iván ni majestad Herodes.

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