lunes, noviembre 26, 2012

Hay días como hoy que se recuerdan


Hay días como hoy que se recuerdan.
Se recuerdan porque el mundo aclimata por una vez, sin intención alguna de hacerse precedente, precedente el ritmo de su movimiento, la cadencia inconstante de su giro, a la estúpida sonrisa que el comienzo de la felicidad dibuja en el rostro de aquellos que logran el instante de ser lo que han querido ser.
Hay días como hoy que se recuerdan
Persisten en el irregular tapiz de la memoria aunque lo sonrisa temprana mudara tiempo atrás en el rictus vacío del alma dividida, aunque el mundo volvía a girar en un ritmo tan lento que parara el latido, tan rápido que forzara a los cuerpos y almas a ser lo que no eran, tan constante por siempre en sus ritos y mitos que mudara la luminosa faz de aquello que se quiere para el otro por el cansado rostro  de lo que no supiste seguir dándole al otro.
Hay días como hoy que se recuerdan.
No escapan de la intricada cárcel del recuerdo porque en esa fecha, en esa jornada, en ese momento congelado por siempre de la pequeña historia que forma cada alma, la vida se reconoce a sí misma en las palabras, los gozos y las sombras. La existencia te deja ser tú mismo, desmontarte por dentro para dar lo que tienes.
Hay días como hoy que se recuerdan
No se borran del álbum de instantáneas de la vida aunque lo recibido se haya perdido y malgastado, aunque no se pudiera ver lo que se devolvía en pago voluntario por la entrega, aunque el goteo infinito de dar te vaciara, te llevara al olvido y aquello que llegaba de vuelta no te fuera mostrado, no sirviera para colmar de nuevo la reserva infinita de aquello que siempre habías dado.
Hay días como hoy que se recuerdan
Permanecen anclados al pecio bamboleante del recuerdo porque son solo un día. Porque un día de amor se dibuja en el alma con más fuerza que mil noches y pico de sexo sin contacto.
 Porque una noche de haber vivido todo como quieres vivir el resto de los días se te queda por dentro con más calor y fuego que meses de existencia negando lo que quieres, no dando lo que tienes y sin esperar siquiera que te regrese el alama para llenar el vacío que aceptaste dejar cuando decidiste entregarla.
Porque un día recordado te conduce a ti mismo, a lo que siempre fuiste y deseaste ser aunque la fecha que decora esa jornada no se imprimiera de igual modo en el recuerdo de quien la hizo distinta, aunque no se acordara nunca o ya no la recuerde.
Porque un solo susurro, dicho un día distinto donde el mundo empezaba, se imprime con más fuerza en la cara interior del corazón que docenas de gritos, que cientos de palabras sacadas con reproches, que miles de frases escritas con excusas baldías, que millones de párrafos cargados de explicaciones vanas y un acervo infinito de silencios sin espacio ni ganas de decir lo que ocultan
Porque un instante de amor pesa más en la balanza de oro, dolor y gozo del recuerdo que millones de segundos sumados con suspiros y gritos surgidos del placer vacío, que centenares eternos de jornadas de camino que se dejó volverse rutinario y continuo hacia el fiasco, que tres miles y pico de jornadas de la vida tiradas por dejar que los miedos cerraran los caminos de vuelta y las iras impidieran el cambio que desbrozara caminos diferentes para ser recorridos.
Porque el efímero tiempo empleado en emitir el sonido olvidado y hace inservible del sintagma que contiene un te quiero pesa más, aunque no  fuera devuelto en ese instante, en la mente, el alma y el recuerdo que veinticuatro millones de segundos pasados en silencio.
Hay días como hoy que se recuerdan aunque ya no habiten en la memoria de nadie a quien le importe.
Porque un día vivido, aunque no vuelva, es más grande y contante en la memoria que mil sobrevividos.
Por eso y mil cosas que callo, hay días como hoy que se recuerdan.

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