lunes, junio 25, 2012

Higuera o la serena reconstrucción de nuestro Estado

Puede que ya esté todo dicho sobre lo que tenemos y lo que nos hemos buscado. Es más que posible que, como Casandras mitológicas, acomplejadas y modernas, estemos anticipando un desastre que por predecible no resultará menos doloroso.
Pero no todo está plantado en este jardín del bien y el mal en el que la medianoche de nuestra soberbia nos ha arrojado. Entre los surcos de De Guindos de los que los que se nos caen los recortes y las parras a las que nos han subido los gobernantes patrios y teutones, en una austeridad imposible e inviable, aún nos quedaba por plantar un árbol más, un árbol diferente: una Higuera. Una Higuera de La Serena por demás.
Un nuevo árbol al que subirnos para otear la crisis. Una nueva raíz que plantar en nuestras tierras maltrechas y que nos recuerda todo aquello que hemos olvidado y que nos conviene recordar.
Mientras los gobernantes se empeñan en desmontarnos y vendernos de saldo y por partes el Estado, mientras nuestras esperanzas se agotan en protestas baldías y temores eternos, los hay que han recordado lo que nunca debimos olvidar y han decidido que solo hay una forma de mantenernos, de lograr que lo que se ha obtenido con el esfuerzo y la historia de varias generaciones no se convierta en las tristes ruinas de lo que pudo haber sido y no fue.
En Higuera de la Serena se han acordado de que cuando el Gobierno no tiene salidas, el Tesoro no tiene dinero y el presente no tiene soluciones, aún nos tienen a nosotros.
Y sus vecinos se han puesto, así como quien no quiera la cosa, con la misma calma serena que les da su apellido y el humilde crecimiento imitado del árbol que les concede su nombre, a reconstruir el Estado. Así sin más, con esa proverbial tranquilidad pacense suya.
Porque cada vez que encalan gratis una pared desvencijada del polideportivo municipal están tiñendo de blanco luminoso el negro que una gestión en exceso optimista arrojó sobre su futuro; porque cada vez que, a golpe de buril y de martillo, remozan una balaustrada de recia madera de encina están apuntalando un Estado que ya no les podrán quitar ni echar en cara; porque cada vez que, parados y sin ingresos, hacen turnos de voluntariado en su piscina o en su biblioteca municipales sostienen un Estado que se tambalea porque durante mucho tiempo hemos dejado en manos de otros la labor de sujetarlo.
Porque han recordado que si se ponen a restaurar una fuente o a remozar un paseo o a limpiar una calle simplemente están regando los secos campos de nuestro compromiso con nosotros mismos, con los lugares en los que vivimos y con el futuro que deseamos para ellos.
La sombra que Higuera proyecta nos trae a la mente un conocimiento que sabemos nuestro pero que no queremos recordar. Nos recuerda que somos los dueños del jardín y que aunque esté asolado y agostado sigue siendo nuestro jardín y sigue siendo nuestra responsabilidad mantenerlo, cuidarlo e intentar restaurarlo. Nos dice con calma, sin excesos ni discursos que el Estado somos nosotros.
Higuera de La Serena y sus labores colectivas -¡vaya, ahora va a resultar que el colectivismo es eso y no un monstruo bicéfalo que devora la propiedad privada y la iniciativa individual!, ¡qué desilusión para las pesadillas de muchos!, ¿no?- nos muestra que podemos seguir escondiéndonos si queremos tras nuestros impuestos mal empleados, parapetándonos tras nuestros derechos o limitando a lo económico y lo fiscal nuestro compromiso con eso llamado Estado que hace siglos le conseguimos arrebatar a monarcas absolutos, prelados feudales y nobles vasalláticos.
Pero también podemos arremangarnos y arrimar el hombro a las maltrechas puertas de nuestra fortaleza para evitar que el ariete de los mercados, los gobiernos austeros con lo nuestro pero no con lo suyo y los analistas económicos terminen derribándola.
Los hombres y mujeres de Higuera de La Serena simplemente hacen lo que creen que tienen que hacer porque han descubierto que el orden de los factores sí altera el producto. Si queremos reclamar que no nos roben el Estado del Bienestar estamos obligados a trabajar, más allá de nuestro propio interés particular y de nuestro beneficio individual, por el bienestar del Estado.
Higuera de la Serena se ha convertido en la Corte de Versalles y cada uno de sus habitantes en el Rey Sol que puede, cansado y sudoroso, sentarse y contemplar el jardín, se halle este en el estado que se halle y decir con orgullo "L'État, c'est moi".
Porque el Estado son ellos. Lo están reconstruyendo con sus manos.
Quizás plantar Higueras por España sea el camino para hacer revivir nuestro plantío. O al menos para intentarlo. 
http://politica.elpais.com/politica/2012/06/22/actualidad/1340390883_839729.html

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