viernes, mayo 20, 2011

Cuando la reflexión no nos impone la calma (el Día del Fin del Mundo)

Hay un individuo, Camping se llama el octogenario en cuestión, que afirma que el fin del mundo será hoy, día 21 de mayo. Puede que exagere, es seguro que lo hace. El 21 de mayo es solamente el día de reflexión para las elecciones municipales y autonómicas en España.
Pero ni el reverendo Camping -¿por qué será que no me sorprende que sea reverendo?, ni el San Juan del Patmos herbaceo del Apocalipsis, ni el dios de los cristinianos, ni ninguna deidad conocida o por conocer puede hacer que el mundo se acabe en un jornada de reflexión electoral.
La Junta Electoral Central no lo permitiría. 
Quizás sea por eso por lo que no deja que una plataforma masiva de jovenes, no tan jovenes, comprometidos y no tan comprometidos, hable de democracia el día de las elecciones -paradógico, ¿verdad?-; quizás es por eso que pretende impedir que se pida democracia el día en el que esta debe expresarse en las urnas, que se pida representatividad real el día en el que son eleigidos los representantes.
Quizás sea que el día de reflexión debe destinarse a pensar en quién ha de solucionar los problemas por nosotros, a quien le tendremos que echar la culpa dentro de cuatro años cuando no nos los haya resuelto y quién queremos que ponga la cara cuando arrojemos nuestros tomates o la cabeza cuando colguemos nuestros laureles.
Y, claro, que hay un millon y medio de familias sin ingresos en España, que la edad media de incorporación al trabajo estable y la emancipación familiar es de 31 años, que el sueldo medio no supera los 1.000 euros, que hay casi un setenta por ciento de licenciados que no encuentran trabajo acorde con su preparación, son cosas que no se han de tener presentes el día de reflexión electoral de unos comicios.
Que desde Jerusalén, desde Londres, desde Berlin o desde New York nuestros jóvenes compatriotas nos recuerden que están en el extranjero no por que sean aventureros, descastados o licenciosos sino por el simple hecho de que no encuentran trabajo dentro de nuestras fronteras no es algo que pueda hacerse en una jornada de reflexión electoral.
Que, desde el que fuera el centro neurálgico geográfico de este país, se nos vuelva a la mente el hecho de que no hay un solo empresario del ladrillo purgando sus estafas en prisión, ni un sólo banquero tapando sus agujeros negros financieros en la trena, ni un sólo político lavando sus dineros sucios en un celda, es algo que no es conveniente hacer en una jornada de reflexión.
Lo único que importa es el voto, lo único que se nos pide es el voto. Todo lo demás es lo importante, pero el voto es lo que les importa. Nada salvo el voto.
Porque todos esos datos, todos esos conocimientos, todos esos recuerdos que laceran nuestra dignidad como país, nuestro bolsillo como contribuyentes, nuestra confianza como ciudadanos y nuestras esperanzas como personas, no pueden ser expuestos ante nuestra conciencia y nuestra voluntad justo el día en el que hay que votar. Porque es posible que descubramos que nuestro voto no nos sirve a nosotros. Que nuestro voto, cualquier voto sólamente sirve a los votados. Es decir no nos sirve para nada.
Los chicos de la Puerta del Sol, de la Plaça de Catalunya y de todas las plazas de Valencia, Sevilla, Bilbao y todas las ciudades en las que han acampado no pueden recordarnos eso el día que está didicado a reflexionar para emitir un sufragio.
No pueden hacerlo porque entonces atentan contra el derecho inalienable que nos hemos concedido los habitantes del Occidente Atlántico de ignorar la realidad, conculcan el principio fundamental de aislamiento seguro en el que se ha refugiado nuestro egoismo y nuestra falta de sentimiento colectivo.
No pueden hacerlo porque entonces nuestros políticos, que están acostumbrados a que les concedamos nuestro voto por la comparación mediocre con sus contrincantes, se verían obligados a contestar a esos problemas mostrados y exhibidos en lugar de arrimar el ascua a su sardina, el soborno a su cuenta corriente y el cazo a sus amistades.
No pueden hacerlo porque entonces atentan contra la libertad de los medios de comunicación, vinculados en el todo y en la parte a las formaciones políticas, de desplegar  su capacidad de influencia, su posibilidad de manipilación. Porque ellos no controlan Twiter, no controlan Tuenti, son incapaces de gestionar Youtube y no pueden paralizar el eter, simplemente silenciando lo que a sus jefes políticos no les interesa que se difunda.
No pueden hacerlo porque hace tiempo que ellos han decidido que lo único sobre lo que podemos reflexionar -y además solamente podemos hacerlo un día cada cuatro años- es sobre quien está al mando del navío, no sobre la direccion que debe tomar ese navío, ni siquiera sobre el tipo de motor y de velamen que tiene que tener el bajel. Y por supuesto sin cuestionar la existencia misma del navío en cuestión.
Pero, sobre todo, no pueden hacerlo porque si lo hacen, si piden una democracia real el día en el que tendría que haber ya una democracia real expresada en las urnas, están acabando con el mundo tal y como lo conocemos.
Y eso la Junta Electoral Central no puede permitirlo.
Están acabando con el mundo en el que nos podemos refugiar en el torcimiento de gesto y la protesta de bar pero no hacer nada para evitarlo; están acabando con el mundo en el que nuestro egoismo nos impide ver las injusticias cuando nos favorecen y nuestros egoismos nos ocultan las ilegalidades cuando engordan nuestros bolsillos.
Están acabando con el mundo en el que nuestra percepción de lo que va buien depende de que nos vaya bien a nosotros, ignorando todo aquello que no es nuestro mundo privado; en el que todas nuestras percepciones se anteponen a las realidades más brutales; están acabando con el mundo que consiente la hipocresía que permite a nuestros rotativos y nuestros canales televisivos  percibir como magnifica la búsqueda de la democracia por los jóvenes tunecinos o sirios y como un "dislate" la búsqueda de democracia real por parte de nuestros conciudadanos.
Y Los políticos no pueden permitir el fin de ese mundo, la Junta Electoral no puede permitir el fin de ese mundo. Y nosotros no queremos permitir el fin de ese mundo.
No tenemos claro si queremos democracia real porque esa democracia nos exige responsabilidad. La responsabilidad  diaria de preocuparnos por lo que pasa, la responsabilidad cotidiana de decididr sobre lo importar, la responsabilidad ciudadana de dar para poder exigir recibir. Y eso es algo que no estamos dispuestos a hacer o que, por lo menos hasta ahora no hemos estado dispuestos a hacer.
Y nos asusta porque no viene de los que viene siempre, viene de un sitio donde no tenía que haber nadie, donde nuestra inacción y nuestra complacencia social y personal parecía que había conseguido que no huibiera nada.
No viene de un político al que luego se le pueda reprochar un lío de faldas -o pantalones- o una corruptela, no viene de una ideología a la que luego se pueda encontrar una fisura filosófica o una incosistencia económica. No viene siquiera de un estallido furibundo callejero al que luego se le pueda echar en cara su agresividad o su violencia.
Viene de nuestra propia herencia. Viene de aquellos a los que habíamos dados por perdidos, de aquellos a los que nuestras formas de construir la sociedad deberían haber arrastrado a la indolencia. Viene de los Ninis.
Viene de la generación a la que traicionamos en la Huelga General por defender nuestro presente y no su futuro, de la generación a la que le vendimos la competitividad a cualquier precio, de la generación a la que dejamos en la estacada dándoles la preparación necesaria peron negándoles, con nuestra pasividad y nuestro individualismo, la posibilidad de utilizarla.
Y en respuesta a todos esos duelos y quebrantos, a todas esas protecciones  ridiculas, a esos egoismos de salón y oficina y a todas esas traiciones de cama y pasillo. Ellos han contestado.
No nos sirve.
Vuestro sistema de democracia representativa intocable no nos sirve; vuestra inmovil e inamovible constitución no nos sirve, vuestro sistema siempre salvado e insalvable financiero no nos sirve, vuestros principios de individualismo y egoismo a ultranza no nos sirven, vuestros tribunales politizados y vuestros procesos políticos no nos sirven.
Vuestro mundo no nos sirve.
Y ese repentino ataque de humanidad justiciera y reivindicativa que no nos esperabamos de aquellos que, hechos a la imagen y semejanza de nuestra indolencia y de nuestros complejos, de nuestros egosimos y nuestros miedos,  estaban destinados a sobrevivir sin ansiar otra cosa, nos deja al descubierto.
Hoy en este país somos todos ya  fariseos evangélicos que, afirmando que somos una cosa -en este caso demócratas- nos atrevemos a dar lecciones de lo que es la democracia a aquellos que sufren nuestra incapacidad para mantener la democracia que recibimos. O somos eso y estamos contra ellos  o estamos con ellos y cedemos por fin y en contra nuestra al cambio.
Al final, el bueno del octogenario reverendo Camping va a tener razón. El mundo se puede acabar el 21 de mayo.
Pero no será ni dios ni el profeta del fin de los días quienes lo finiquiten. Y desde luego no serán los políticos, los sindicalistas, los magistrados o los gobernantes los que acaben con él.
El mundo tal y como lo conocemos ha de acabar el 21 de mayo. Y somos nosotros los que tenemos que ponerle fin.
Y ni siquiera nos queda la excusa de que otros no lo hacen para intentar eludir el fin del mundo que tenemos que organizar.
Porque otros ya lo están haciendo. Aunque sea en la joernada de reflexión

miércoles, mayo 11, 2011

La antidemocracia de la pancarta manuscrita

Si sabía yo que esto del sainete electoral de Bildu no iba a acabar. Por más que ignorara el hecho de que los medios de comunicación que tremolan banderas de España en sus portadas y constituciones en sus editoriales trataran de repente a los magistrados del tribunal Constitucional como una banda de delincuentes -Los seis del TC, los llaman-, esto no iba a acabar.
Por más que mis idas y venidas personales y profesionales me forzaran a obviar en estas endemoniadas líneas el ataque de fascismo que le ha entrado de nuevo al PP y a sus medios afines, defendiendo el maquiavelismo y la manipulación de la División de Poderes para obtener sus fines y sus réditos, esto no iba a parar. 
Por más que hiciera oídos sordos a los magnates del totalitarismo que, desde su condición de ex presidentes, han pasado de pedir bombardeos en Líbano a exigir al Gobierno que incumpla La Constitución y a acusarle de no ser lo suficientemente dictatorial como para lograr que los tribunales hicieran lo que los aznares, rajoys -¿o será rajoyes?- y mayores oreja quieren, desean e intentan imponer, esto no iba a terminar.
Un sainete se agota en un acto, es algo simpático, insustancial, pintoresco, surrealista y carpetobetónico, pero muere en su propio ridículo. Pero cuando pasa a ser un melodrama, necesita de incontables capítulos para agotarse porque el argumento se enreda en sí mismo y no sabe morir, no sabe terminar.
Y la postura españolista -ya no insultaré nunca más a  La Constitución llamando constitucionalista a ese bloque- se ha convertido en un melodrama. No un melodrama para Bildu, sino un melodrama para Euskadi y para España.
Ese segundo acto del españolismo a ultranza, de la antidemocracia militante lo han vuelto a protagonizar los medios de bandera bicolor y los fiscales que ya no lo son del Estado y sí lo son del gobierno -del que toque, claro está- para seguir con su guerra particular por los restos de los votos abertzales en Euskadi.
Un individuo condenado a 25 años de cárcel por pertenecer a ETA sale de la cárcel coge una pancarta de manos de sus familiares y pide el voto para Bildu. Y el melodrama se recrudece, se encrespa.
Las plumas del españolismo se lanzan a la palestra tremolando la foto y argumentando que eso desmiente la sentencia del TC, que eso demuestra que Bildu y ETA son lo mismo, que los etarras tienen y tenían Bildu en sus pensamientos.
Y el Fiscal del Estado vuelve a estudiar acciones legales contra Ander Errandonea y contra Bildu -siempre contra Bildu- por tan plausible motivo. 
Y los periódicos que no han aceptado la sentencia del Tribunal Constitucional -como no aceptaron la sentencia del 11M, como no aceptaron las sentencias de Estrasburgo sobre la tortura, como aceptan las sentencias de corrupción si son contra el PP- vuelven a defender la dictadura en lugar de la democracia, vuelven a exigir dinamitar el Estado de Derecho.
Es de suponer que si un tipo yankie, negro y buena persona puede hacerlo a ellos les dejarán jugar al mismo juego.
Y como en todo melodrama, como en toda obra de ficción, mienten y manipulan ignorando la realidad en aras de un guión impactante y aterrador -al fin y al cabo de lo que se trata es de sembrar terror para que la gente vote lo que ellos quieren que vote-. 
Como en todo melodrama la ficción de lo que se quiere contar supera a la realidad de lo que debería ser contado.
Para empezar ignoran que Ander Errandonea no es un etarra. Errandonea ha cumplido su condena por sus crímenes y por su pertenencia a ETA, ergo,y por definición, no es un etarra. Porque nuestra legislación dice que una vez que has cumplido tu condena se restablecen tus derechos civiles suspendidos y desaparece tu condición de delincuente. Puede que moleste pero es así. Y los constitucionalistas y los demócratas defendemos ese principio.
Así que puede que ayer, cuando durmió por última vez en una celda de Herrera de La Mancha, Errandonea fuera un etarra, puede que mañana, si se le detiene en una reunión de etarras, si comete un atentado o si pinta en una pared el logo de ETA, vuelva a ser un etarra, pero hoy Errandonea no es un etarra. En todo caso es un ex etarra.
Pero claro eso el españolismo radical no lo puede saber, no asume el concepto. Aznar lleva siete años siendo ex presidente, no se presenta a elección ninguna y siguen llamándole presidente.
Lo siguiente que ignoran es que esa fotografía en la que tanto se centran, no les da la razón. Se la da a ETA, se la da a Bildu o se la da a los dos.  Pero a ellos no se la da.
Desde luego no es que una banda de asesinos pueda tener razón en muchas cosas; no es que una pandilla de sicarios preocupados por su supervivencia y su poder y no por el futuro de un pueblo puedan estar en la verdad en muchos aspectos. Pero Errandonea y su arranque pancartístico les da la razón.
Porque ETA ha dicho que no quiere las armas y un ex etarra se pone en contra de la banda y pide el voto -algo a lo que tiene derecho, por otra parte, igual que cualquier español en un bar o que cualquier vasco en un batxoki- para aquellos que explícitamente han condenado y se han apartado de la violencia, pide el voto para organizaciones como Eusko Alkartasuna que han condenado los atentados de ETA cada vez que se han producido.
Un ex etarra pide el voto para alguien que está en contra de ETA. Eso solamente puede significar dos cosas: o que Errandonea sigue comulgando con ETA y está está efectivamente en contra de la violencia y por eso no le importa que se vote a Bildu o que Ander ya no comulga con los asesinos y que entonces Bildu, que nada tiene que ver con ETA, es la única alternativa abertzale que le queda.
En cualquier caso, nunca puede demostrar que Bildu es el brazo político de ETA porque si así fuera no habrían repudiado la violencia -y como formaciones independientes lo han hecho siempre. Como coalición no, pero claro, es que no habido atentados que repudiar desde que son coalición- y entonces sí sería normal que un etarra que aún lo fuera pidiera el voto para ellos.
Pero en lugar de explicar eso, es más sencillo apelar a la viscera para desgastar al Tribunal Constitucional -¡hermosa estrategia democrática, por cierto!- y fingir que una fotografia de un ex etarra apoyando a un partido democratico, que está en contra de la acción armada, de la violencia y de los actos terroristas, es algo negativo, algo que tiene que darnos miedo y que demuestra que ese partido es proetarra. 
Es una falacia, ellos lo saben y en el fondo nosotros también lo sabemos. Pero preferimos, por si acaso, hacer caso a nuestro miedo.
Es mucho más simple colocar una imagen de una pancarta en la que se leen las palabras Bildu y eta en la misma frase y dejar que la Teoría del Impacto Subliminal  y la absoluta ignorancia del euskera haga su trabajo sin explicar que en esa lengua eta significa "y". 
Saben que, por muy asesino que se sea, nadie es tan idiota,  tal y como está el patio, para hacer una pancarta en la que se diga que Bildu y ETA son lo mismo. Es una manipulación, ellos lo saben y nosotros tendríamos que saberlo. Pero nos viene mejor, por si las moscas, refugiarnos en nuestra viscera y nuestra incultura.
Y sobre todo saben que el hecho de que un individuo apoye a una organización no implica que esa organización le apoye a él y a la organización a la que otrora perteneció ese individuo. Saben que ese es un silogismo falso, que es una aplicación de la propiedad transitiva que dasafía toda lógica matemática, social, histórica y judicial, pero no les importa. Si se puede atacar los ciemientos de la democracia y del Estado de derecho para lograr votos en Euskadi y en España a traves del miedo, no se van a detener por unas nímias disquisiciones filosóficas o matemáticas.
Así que el Fiscal investiga, los medios populares manipulan y el Partido Popular miente directamente, sin importales que el melodrama que han orquestado esté dejando a Euskadi sin esperanzas de solución y España sin capacidad de conciliación. No importa que se imponga el odio, el miedo y la venganza. Eso da votos. Y eso es lo que cuenta. Es lo único que cuenta.
Me gustaría saber que hubiera ocurrido si Ander Errandonea y  su familia hubieran alzado el puño, cantado el himno al soldado vasco y gritado lemas combativos mientras exhibian una pancarta en la que pudiera leerse "PSOE, independentzia eta sozialismoa" o "PP, dependentzia eta popularitzoa" -es un suponer, claro, no sé como se dice populismo en euskera-.
¿Se hubiera considerado una demostración de que ETA estaba detrás de las propuestas electorales del PP y del PSOE por más que ellos abominaran de ella y se mostraran en contra de la violencia?, ¿hubiera iniciado la Fiscalía del Estado investigaciones y diligencias contra Errandonea y las dos formaciones en busca de su ilegalización y que no se les permitiera concurrir a las elecciones municipales y autonómicas?
Parecería ridículo, parecería un sainete surrealista, parecería lo que realmente es.
Y a lo peor, en ese caso la Fiscalía del Estado sí encontraría argumentos. Porque, hoy por hoy, los únicos partidos que utilizan en Euskadi y España el terror para sus fines son esos dos. Aunque sus fines sean lograr votos y su nacionalismo sea español.

viernes, mayo 06, 2011

Cuando en Euskadi y España son los que están y están los que son -aunque joda-.

Hoy empieza la campaña electoral. Hoy termina el sainete. Bueno, por lo menos termina el primer acto del sainete trágico que han sido, son y serán estas elecciones municipales y autonómicas.
Mientras aparecen los carteles con rostros sonrientes de personas que no tienen motivo alguno para sonreír ni para pedir un voto que ninguno ha ganado con sus actos, cae el telón sobre las dramatis personae que han protagonizado el primer acto de campaña de los partidos españolistas en Euskadi: la ilegalización de Bildu.
Y como toda buena obra dramática, como toda pieza épica, acaba en alto, dejando las cosas para el siguiente acto, para el final de la escenificación dantesca que ha sido este esperpento jurídico electoral durante el último mes y pico.
Si esto fuera una serie televisiva de prime time se impondría un continuará antes del rótulo sobre negro con el nombre del productor ejecutivo, si fuera un partido de fútbol sería necesaria la sobreimpresión del empate sin goles en la parte baja de la pantalla junto a un comentario del tipo "la espadas están en todo lo alto".
Pero como es política, como es justicia, como es futuro, como el algo que debería ser importante -que, de hecho, es importante- solamente hay una cosa que se pueda imponer. Se impone la vergüenza.
La vergüenza que da que diecisiete jueces -seis de la sala segunda y once del pleno del tribunal Constitucional- hayan tenido que estar reunidos hasta las dos de la madrugada para decidir lo que ya sabían que iban a decidir, lo único que se podía decidir: 
El sonrojo que provoca que todos esos magistrados no tuvieran claro desde el principio que la lógica matemática que aprenden los chavales de doce años de que la suma de A + B mantiene las propiedades de sus partes es algo que se aplica por definición a una coalición de partidos legales que, por tanto nunca puede ser ilegal.
El rubor que produce que, desde el prólogo de esta representación macabra de lo que es un sistema de justicia y derechos, la Abogacía y la Fiscalía del Estado, supieran que no tenían base ninguna para ilegalizar las listas de Bildu pero se limitaran a hacer lo que les pedían sus jefes, que también atesoraban desde el principio el mismo conocimiento pero se negaron a reconocerlo, poniendo por encima del futuro de Euskadi un puñado de votos, anteponiendo a la justicia y la razón, su manifiesta necesidad de aplacar los aullidos del victimismo vengativo y del españolismo doliente.
El oprobio que origina que toda esta farsa versallesca, este juicio de Dreyfus al futuro de un pueblo que está harto de que unos y otros se lo nieguen por vengar el pasado, se apoye en un guión de informes policiales que no aportan prueba alguna salvo interpretaciones de documentos de ETA, solo vistos por ellos, salvo informes de reuniones entre Garaikoetxea y ETA de las que tienen soplos pero ni una prueba.
El pudor ajeno que origina que, desde el principio de este sainete, el Tribunal Supremo supiera lo que iba a pasar, supiera que lo que estaba decretando era ilegal, era inconstitucional, era absurdo y además era un riesgo democrático, un atropello a la libertad en Euskadi y en España. Y el que levanta el hecho de que, aún así, sentenciara lo que sentenció, para dejar constancia de quién les ha colocado en tan alto estrado judicial, de los intereses electorales que defienden, de a qué linea ideológica sirven en lugar de a la justicia y a la equidad.
Todas esas vergüenzas se suman y restan para llevar el sinsentido a la justicia española, para convertirla en el brazo de aquellos, cuya acción de gobierno o de oposición les impide ganar los votos que pretenden robar en Euskadi, ilergalizando por sistema todo lo abertzale con la excusa agotada y ridícula de que ETA está detrás de todo lo que huela, aunque sea de lejos, a independestismo, a soberanismo o incluso -que también se dijo en su momento- a nacionalismo.
Todos esos oprobios se separan y juntan para justificar el maquiavelismo político que supone poner en cuestión el sistema de derechos y libertades que tanto dicen defender para acabar con algo que ya está agonizando y prácticamente muerto. Para seguir tirando del pasado y la venganza como arma de capitalizar conciencias y sufragios, en la absurda esperanza de que vuelva a funcionar  una estrategia que ya estaba agotada un año después de que el coche de Aznar aterrizara frente a la clínica Ruber. Ese lema interno que parece repetirse como un mantra o una psicofonía en los pasillos y despachos de Ferraz y de Génova: "el españolismo da votos", "el victimismo da votos",  "el terrorismo da votos", "ETA da votos". Y en esa letanía los derechos, el presente y el futuro de Euskadi no importan para nada.
Pero todas estas vergüenzas que se juntan en un pleno del Tribunal Constitucional que no matiza, no corrige, no puntualiza al Supremo sino que le elimina, le desautoriza y envía a sus integrantes de nuevo a la facultad a estudiar Derecho Constitucional, no son nada, ni siquiera un suspiro o un torcimiento de gesto, comparadas con el otro sentimiento que provoca la representación mediática de la ilegalización de Bildu.
Si siguiéramos viendo la serie de prime time este sería el momento de impresionarse por descubrir el giro de guión que nos cambia los malos y los buenos; si estuviéramos contemplando el choque fútbolistico sería el instante adecuado para el exabrupto ante el error arbitral que nos cambia el partido -¡vale, vale, no tuvieron que expulsar a Pepe-. Pero como esto no es ficción, no es el fútbol y es algo tan relevante que el futuro de todos se dibuja sobre ello, lo único que nos toca es la rabia.
La rabia que provoca que todo el sistema judicial supiera lo que tenía que hacer e hiciera lo contrario para seguir un guión establecido en virtud de unos intereses electorales.
La cólera que despierta que el gobierno jugara con las libertades políticas para ejecutar su guión electoral y que el PP, que ha seguido el suyo sin importarle esa constitución que afirma defender, siga haciendo lo mismo y clamando por aplicar un Estado de Sitio encubierto en Euskadi para acabar con el independentismo, no con ETA.
La exasperación que produce que el resultado de dos votaciones de las más altas instancias judiciales del país dependan de la correlación de fuerzas políticas y de las necesidades de aquellos que propusieron para un cargo u otro a los señores magistrados.
El coraje que da que hayan olvidado la ley, la justicia y La Constitución y solamente respondan a sus intereses partidistas. Porque, tanto los que han votado en contra en el Supremo y el Constitucional como los que han votado a favor en el segundo tribunal, sabían que esa ilegalización nunca tendría que haber llegado a juicio. Sabían que Eusko Alkartasuna es legal, que Alternativa es legal y ahí acababa todo.
La ira que origina que haya "razones" que consideren que "España ha perdido y ETA gana" ignorando el hecho de que el Tribunal Constitucioal ha dicho que ETA no estaba en el proceso y por eso Bildu es legal, ignorando el hecho de que para ser consitucionalista hay que respetar, asumir y cumplir las resoluciones del máximo organismo en materia de Constitución. Y el Tribunal Constitucional ha dicho que Bildu no es ETA.
Así que España gana, Euskadi gana y Bildu gana porque gana la ley, porque gana la Constitución, porque ganan los derechos y libertades y porque gana la lógica. Y debería ganar hasta La Razón.
La aversión que origina que haya rotativos alfabéticos que se atrevan a llamar "proetarras" a los integrantes de una formación que apenas seis horas antes el Tribunal Constucional ha dictaminado, aunque a ellos no les guste, que no son proetarras,que no tienen nada que ver con ETA y que tienen derecho a pensar lo que quieran y a defender políticamente lo que les de la gana. Como todos los demás en Euskadi y en España.
Así que, a estas alturas, los unicos defensores del terrorismo son aquellos que lo utilizan para sus fines, ya sea para lograr resultados electorales o para vender periódicos. Los únicos proetarras son los que quieren verla en todas partes, que Euskadi la vea en todos los sitios y que España la tenga siempre presente aunque no esté donde ellos la señalan.
Y la indignación que provoca que la Fiscalía y la Abogacía del Estado, tan prontas a la denuncia por injurias al rey cuando un abertzale dice una verdad incuestionable e innegociable como que "el rey es el jefe de los torturadores condenados por el Tribunal de Estrasburgo",  ahora permanezcan calladas y no corran ante quien corresponda para interponer demandas contra La Razón o contra ABC por acusar a las más altas jerarquías judiciales del Estado de connivencia con el terrorismo o de colaboración con banda armada. -no se me indignen: los torturadores son Guardias Civiles, La Guardia Civil es un Instituto armado militar, el rey es el Jefe Máximo de las Fuerzas Armadas, ergo y por definición...-"
Así que Bildu está en las elecciones no porque lo haya decidido uno u otro tribunal, no porque lo haya acordado uno u otro gobierno, no porque lo haya pactado una oposición u otra.
Bildu está en las elecciones porque ese es su derecho, siempre lo fue y no dejará de serlo solamente porque los partidos españolistas necesiten pervetir la ley D'Hondt y aprovecharse de ella porque les asignaría los restos de todos los abertzales a los que pretendían dejar sin ningún independentista al que votar.
Bildu está en las elecciones porque es el derecho de Euskadi y de los vascos, porque siempre han tenido el derecho de votar a quien quieran y de decidir si quieren ser abertzales o no, si quieren ser independentistas o no, si quieren ser soberanistas o no, si quieren ser nacionalistas o no e incluso si quieren ser españolistas o no y lo siguen teniendo aunque eso venga mal a algunos para sus recuentos, para sus venganzas o para sus ideologías.
Y Bildu está en las elecciones porque España se lo ha ganado. Se ha ganado el derecho a que cualquiera pueda pensar lo que le de la gana sin miedo a que le llamen terrorista. España se ha ganado el derecho a que se pueda expresar un ideario político sin necesidad de justificarse cada vez que se abre la boca, cada vez que se defiende una idea, cada vez que se realiza un programa o se crea un partido político.
Así que Bildu está en las elecciones porque hay elecciones en Euskadi y el independentismo es una opción política en esas tierras. Y todos los que han querido decir otra cosa son los únicos que pierden.
Bildu siempre ha estado en las elecciones autonómicas y municipales en Euskadi y Navarra. Y todo lo demás es basura banal y sin sentido. O sea propaganda electoral.

jueves, mayo 05, 2011

Schengen se ensaña con Europa

El cambio solamente es posible en los momentos en los que es necesario. No sirve de nada decir que se va a cambiar, no sirve decir se ha cambiado. Solamente sirve cambiar. Cambiar en la bonanza es sencillo, es fácil, solamente requiere algún ajuste de actitud, algún pequeño sacrificio que llega sin esfuerzo. pero la demostración del cambio, no de la voluntad de cambio, no de la esperanza del cambio, llega únicamente cuando es necesario, cuando la situación nos obliga a tomar decisiones a tirar de recursos.
Es entonces cuando nuestras elecciones, nuestras decisiones y nuestras acciones demuestran nuestro cambio. Es entonces cuando cambiamos. Aunque no lo hayamos dicho, aunque no lo hayamos prometido.
Y todo este prefacio, que pareciera destinado a un libro de auto ayuda o a una terapia de pareja, solo viene al caso por una circunstancia, por uno de esos mensajes subliminales que nos envían en estos días la prensa y los informativos a todos aquellos que estamos acostumbrados a leerlos y tratar de interpretarlos: Europa no ha cambiado, no sabe hacerlo; Estados Unidos no ha cambiado, no halla el modo de hacerlo; nuestro Occidente Atlántico no ha cambiado, no puede hacerlo. Nosotros no hemos cambiado, no queremos hacerlo.
Hemos tenido la oportunidad de hacerlo, pero no lo hemos hecho. Estamos teniendo la obligación de hacerlo, pero somos incapaces de asumirlo. Por más que lo dijéramos en los atriles electorales de Chicago, por más que lo firmáramos a los pies de las murallas de Maastrich, ahora tenemos la necesidad de cambiar y no sabemos como hacerlo. No queremos hacerlo.
Porque la realidad se empeña en ser cruel con nosotros. Cruel como lo es para la mayoría de los seres atlánticos aquel que nos dice la verdad sin importarle nuestros sentires, sensibilidades o padeceres; cruel como lo es el amigo o el amante que nos dice que lo estamos haciendo mal, que estamos siendo injustos, que no podemos ser como hemos decidido ser. Cruel como solo puede serlo la realidad y sólo puede serlo para nosotros, los adalides occidentales de la percepción por encima de todo.
La historia está siendo cruel con Europa porque le ha puesto en bandeja la oportunidad de cambiar. Porque ha sacado a la luz que el Viejo Continente -hoy más viejo que nunca- está incapacitado para mutar, para reconstruirse, para reinventarse. Para en definitiva hacer el cambio que se supone que había firmado hacer hace muchos años.
Eso significa Schengen.
Ya tuvimos la oportunidad, quizás era menos evidente, pero ya la tuvimos. La historia nos mando el primer aviso cuando el sistema económico que parecía vencedor, que parecía inalterable se vino abajo, se derrumbó con estrépito, obligándonos a hacer algo. Obligándonos a cambiar.
Y en esa ocasión pareció, solamente pareció, que habíamos cambiado. O al menos que estábamos haciéndolo. Irlanda cayó y fuimos en su ayuda, Grecia cayó y la apoyamos, Portugal cayó y la sostuvimos. Parecía que habíamos aprendido a actuar coordinadamente, a considerarnos un todo aunque algunos protestaran, a no eludir las responsabilidades de unos con otros, aunque muchos siguieran anclados en su nacionalismo egoísta de andar por casa y por urnas provinciales.
No tocamos el sistema, no lo cambiamos, no modificamos algo que ya había muerto, eso es cierto. Nos limitamos a insuflar dinero donde hacía falta, a salvar los bancos, a poner algún que otro control ya seguir adelante. Pero por lo menos parecía que algo había cambiado.
Por lo que se ve no fue lo suficiente para la realidad y para la historia que seguían con la mosca tras la oreja con respecto a ese cambio anunciado desde el principio del milenio que se suponía que iba a unificar Europa y hacernos a todos partícipes de un mundo más coordinado, más solidario.
Así que, como los dioses olímpicos ancestrales o como el karma oriental de las modas modernas, la historia y la realidad nos mandan otra prueba en forma de tunecinos, libios, argelinos, marroquíes, turcos, egipcios y toda una serie de seres venidos de tierras en guerra y en conflicto, que se acercan al patio de nuestra casa para huir de situaciones de las que, por desidia, interés o voluntad directa, el Occidente Atlántico es como poco parcialmente culpable.
Llaman a nuestra puerta y nos gritan: ¡Cambiad!
 Y nosotros, agotados por el ciclopeo esfuerzo de simular que hemos cambiado, derrengados por el titánico trabajo de prometer que íbamos a cambiar, ya no podemos hacerlo.
Cuando Europa necesita una solución solidaria, coordinada y global no para sí misma, sino para el resto del mundo, su incapacidad de cambio se hace patética y dolorosamente palpable.
Podíamos haber diseñado una forma de acogerlos, podíamos haber acelerado -incluso militarmente, no seamos hipócritas- el fin de sus conflictos, podíamos hasta haber cerrado nuestras fronteras externas -algo nada solidario, por cierto, pero innegablemente coordinado y global-, pero en lugar de eso nos limitamos a demostrar que no hemos cambiado.
Anulamos el espacio Schengen, nos cargamos la libre circulación de ciudadanos. Damos un siglo marcha atrás y nos enrocamos en el sueño de aislamiento seguro que nos ha hecho ser los artífices de dos guerras mundiales y ni se sabe cuantos conflictos locales, civiles, estatales e intracontinentales.
Creemos que podemos recuperar la opción de las aduanas y los controles fronterizos pese a que llevamos un cuarto de siglo afirmando haber hecho la elección de lo contrario. Ignoramos que, una vez que se hace una elección desaparecen, por pura coherencia, las oportunidades de vuelta a las otras opciones.
En lugar de afrontar la necesidad de cambio recurrimos a lo que somos, a lo que siempre hemos sido y anulamos lo único que nos hacía diferentes. Nos desdecimos y queremos volver al principio, pese a todos los eslóganes de cambio, pese a todos los discursos grandilocuentes de transformación, pese a toda la mutación anunciada, prometida y fingida.
Somos un grupo de tribus que sólo pelean juntas si les viene bien, que sólo caminan juntas si eso llena sus silos de grano y sus odres de vino, somos una caterva que cuando no hay enemigo común se dedican a buscarse las cosquillas a solventar los problemas por su cuenta, a proteger sus tierras y solamente sus tierras de los peligros y los problemas sin importarles las de los demás y mirando a otro lado cuando alguien pide ayuda o atención.
Somos los mismos que peleaban por el Helesponto entre ellos, que se enfrentaron por Alsacia y Lorena, que batallaron por las misiones guaraníes, que guerrearon por la cuenca del Rurh, por la marca hispánica, por las colonias indias o por la sabana africana.
No somos Europa porque nunca lo hemos sido. Somos las ciudades mesopotámicas,  las polis helenas. Somos las Tribus Godas
Pese a que juramos que habíamos cambiado, que eramos e íbamos a ser diferentes, cuando ha llegado el momento no hemos sabido cambiar. No hemos sabido dejar de ser nosotros mismos.
Como no dejamos de serlo cuando alguien nos deja claro que, por más que nos venga bien, no podemos ser como hemos decidido ser, como no dejamos de serlo cuando los crueles adalides de la realidad  -cada vez menos en esta sociedad nuestra- nos lanzan en brazos de nuestros defectos, nuestras incoherencias, nuestros egoísmos o nuestras necedades.
Nuestro continente, sus gobernantes y sus votantes, como nosotros mismos, se tapa los oídos y cierra los ojos a la realidad de lo que debería ser para conformarse con la percepción de lo que le viene bien ser. Un clásico.
¡Que cruel es la realidad con nosotros!, ¿por qué nos fuerza a estos esfuerzos? ¡Malhadada historia que deja al descubierto que no somos lo que decimos ser y nunca lo seremos!
Pero si la historia y la realidad están siendo crueles con Europa, con Estados Unidos, el otro eje vertical del Occidente Atlántico, están siendo realmente perversas.
Pero, como dirían los cuentacuentos infantiles: eso tendrá que ser contado en otra ocasión. Por ahora nos quedamos con el llanto europeo:
Y dos palabras lo demuestran, nos lo arrojan a la cara. Dos palabras que, en principio, mada tienen que ver. Dos palabras Schengen y Osama que hoy, para nosotros son una sola cosa, son sinónimos perfectos de un mismo síntoma mortal en nuestra civilización atlántica: inmutabilidad, incapacidad para el cambio. Dos palabras crueles.

miércoles, mayo 04, 2011

Bin Laden nos mata a nosotros

Cumplimentados los fastos reales británicos y los nefastos futbolísticos españoles parece que toca volver, que toca despertarse de los sueros y los sueños que nos lanzan las pantallas para caer directamente en las pesadillas que nos imponen los informativos.
Y la última de ellas es la ansiada, esperada, deseada y exigida por América -la de los estadounidenses, claro está- muerte de Osama Bin Laden.
Tras diez años de operaciones encubiertas, detenciones, invasiones y declaraciones un comando estadounidense ha matado a Bin Laden, ese loco yihadista y fanático que no inventó la guerra, pero que la llevó a América.
Y como con la muerte de otros tantos que han muerto pero no han sido muertos, que han caído pero no han sido derribados o que han sido derrotados pero no han perdido, con la muerte del ideólogo y fundador de Al Qaeda han perecido muchas realidades.
Con Osama Bin Laden ha muerto muchas cosas.
Pero otras muchas no.
Desde luego, pese a las alegrías arrebatadas frente a La Casa Blanca y en La Zona Cero, pese a las declaraciones contenidas y las sonrisas disimuladas, el furor yihadista no ha muerto, la rabia asesina de un dios malentendido y perversamente interpretado no ha muerto.
No ha muerto porque no puede morir, porque ningún comando puede matar eso, porque dos helicópteros y un puñado de hombres armados no son suficientes para acabar con eso. Porque Occidente, el Occidente Atlántico que tanto se se congratula del fin de Bin  Laden, sabe que no puede acabar con ello, que no quiere acabar con ello.
Porque no quiere, no puede o no sabe matar a dios.
El yihadismo necesita de un dios, del que sea y si no lo tuvieran se lo inventarían. Porque es el fanatismo religioso lo que fuerza la guerra de la sangre santa, lo que fuerza la muerte paradisiaca. Porque es el mesianismo y la furia religiosa la que a lo largo de la historia ha llevado a todas las civilizaciones a la locura y la guerra.
Y Bin Laden no inventó eso. Y los ayatolahs iraníes no inventaron eso. Eso lleva mucho tiempo inventado. Se inventó con Sanson, con Saúl, con Pedro, el hermitaño, con Urbano II, con Surhak, el mameluco.
Eso se practicó en Sumeria, en Jerusalén, en Bizancio, en Antioquía, en Jericó, en Granada, en Afula...
Eso se ha llevado a cabo sobre los campos ensangrentados de La Tierra en la batalla del Puente Milvio, en los montes de Hattín, en los campos de Guadalete, en la noche de San Bartolomé....
Y la muerte de Bin Laden no cambia ni acaba con nada de eso porque, aunque él lo llevara a América, él no lo inventó.
Pero tampoco muere el terrorismo que se fundamenta en su visión empobrecida de su dios y febril de su realidad.
Porque Al Qaeda no necesita a Bin Laden; porque el yihadismo no necesita a Al Queda; porque el choque de civilizaciones, casi ni necesita el yihadismo. Porque el fanatismo religioso ni siquiera precisa de la civilización.
Nada de eso se termina con la muerte den Bin Laden. Porque los salafistas han hecho arder Djemma el Fna sin el loco visionario saudí; porque los habitantes de Oregón seguirán quemando coranes sin que Bin Laden lo vea por la tele; porque los insurgentes irakíes pueden seguir sin él llenando su país muerte y bombas; porque los fundamentalistas cristianos de Brooklyn no necesitan a Bin Laden para quemar escuelas islámicas en las que estudian niños; porque las iglesias coptas de Egipto seguiran ardiendo sin que nada tenga que ver Bin Laden con ello; porque las mezquitas en Bélgica seguirán siendo pintadas con heces sin que Osama se esconda en ellas; porque los cristianos seguirán siendo expulsados por los ayatolahs iraníes sin necesidad de que el saudí loco les acompañe a la frontera; porque las estudiantes universitarias seguirán siendo desfiguradas en Londres por llevar hiyab sin necesidad de que paseen por Oxford de la mano de Bin Laden.
Porque el fatanismo religioso se ha desatado y ya no necesita de nadie para seguir creciendo entre acusaciones e intransigencias. Ni siquiera a Bin Laden.
Así que, si ni el terrorismo, ni el yihadismo, ni el choque de civilizaciones, ni el fanatismo religioso ha muerto con los dos tiros que le han dado a Osama Bin Laden los chicos de la Infantería de Marina Estadounidense -¡uaaaa!- ¿qué es lo que ha muerto?
Pues muy sencillo. Hemos muerto nosotros.
Ha muerto la última esperanza de que pudiéramos ser diferentes a esos enfebrecidos peligrosos y asesinos a los que Bin Laden alimentó de dinero y fanatismo a lo largo de su vida.
Ha muerto porque hemos observado sin pestañear como un individuo que tuvo la fortaleza para cerrar Guantánamo porque era injusto aunque le venía bien renuncie a sí mismo.
Ha muerto porque el mismo que colocó en su lugar a los halcones del sionismo victimista, en contra de los intereses económicos internos, el mismo que retiró sus tropas de combate de su guerra en contra de su orgullo nacional, el mismo que hizo pagar a los bancos sus riesgos y sus fracasos, se ha sentado en su sillón a observar, con gesto tenso, como si fuera la octava parte de un videojuego como ocho individuos le pegan un tiro en la cabeza a un hombre desarmado.
La muerte de Bin Laden nos ha convertido en cadáveres porque vemos como un director de un servicio secreto -con mucha menos prestancia que James Earl Jones y mucha menos flema que Judy Dench- ha afirmado que sin pudor que sus hombres tenían órdendes de matar a un hombre desarmado y solamente no hacerlo si exhibía una bandera blanca -algo que todo el mundo lleva encima, por cierto-.
Nos ha matado porque asentimos cuando los herederos de George Bush en el Senado y el Congreso de Estados Unidos afirman que los datos y los indicios se obtuvieron utilizando la técnica de la asfixia simulada, que más bien debería llamarse asfixia interrumpida y reiniciada porque el individuo que la soporta se asfixia cada vez hasta que deja de hacerlo, no lo olvidemos..
La caza de Osama ha acabado con nosotros porque nuestros periódicos titulan hablando de justicia cuando hombres armados y entrenados han tenido la posibilidad innegable de detener a un individuo y llevarle ante un juez y se han limitado a tirotearle; porque nuestros políticos hablan de lucha internacional y ocultan que la venganza de Estados Unidos -porque la caza de Bin Laden era sólo algo de Estados Unidos- ha perjudicado a la causa de la justicia común y del fin del terrorismo; porque los que hablan por las víctimas del terror afirman que para ser coherentes consigo mismos tienen que alegrarse de la muerte de Bin Laden y con ello dejan claro que no quieren justicia, que solamente ansían venganza.
Y seguiremos muriendo porque aceptaremos que no haya cadáver, porque creeremos cualquier cosa que nos digan o que nos cuenten, porque dentro de unos meses, cuando estén listas, nos creeremos las fotos que nos muestren del cadáver o de lo que sea, aunque sea irreconocible, aunque se demuestre que le dispararon una bala explosiva en el rostro.
Lo que eramos, lo que queríamos ser y lo que una vez pudimos ser, ha muerto con el fanático saudí porque hemos consentido que un entierro vikingo de un integrista islámico le coloque en el olimpo junto con Elvis, el Area 51, el incidente Roswell y todo ese cumulo de conspiraciones míticas que no solamente no eliminan un martir innecesario sino que nos crean un fastama inesperado.
Pero, sobre todo, hemos muerto con el ideologo furioso del yihadismo sangriento porque, en lugar de preocuparnos por nuestras torturas, nuestros asesinatos, nuestro maquiavelismo, nuestras injusticias y nuestras sinrazones, nos dedicaremos a airear el hecho de que Bin Laden había matado a 3.000 personas, de que había financiado multitud de atentados, de que había propagado su sed de sangre por el mundo árabe, de que había traido los muertos de la guerra a nuestra casa, a nuestro patio, a nuestra puerta principal -que en la trasera ya la teniamos desde hace tiempo-. ¡Como si eso importara!
Esto no era, no lo fue nunca, una guerra entre el yihadismo y Occidente, entre el pasado y el futuro, entre ellos y nosotros. Y la hemos perdido.
Ya no puede haber una guerra entre la libertad y el fanatismo, entre la justicia y el descontrol, entre la intransigencia y la tolerancia. Ya no puede haberla.
Esa era la guerra, por eso había que luchar, por eso había que pensar en contra nuestra, por eso había que demostrar que no eramos, que no queriamos ser, como los locos furiosos. Y todo eso es lo que hemos perdido con la caza de Bin Laden.
Aunque nunca se vean los restos del terrorista, aunque nunca tengamos pruebas reales de su muerte -algo que hubiera sido muy sencillo si hubieran consevado el cádaver de la misma forma que se conservan todos en un barco. En la cámara frigorífica- nunca podremos decir que no hemos visto el cádaver.
Con la muerte de Osama hemos visto el cádaver de la justicia, hemos visto el cádaver de Occidente, hemos visto el cádaver del futuro. Hemos visto el cádaver de Obama.
Hemos visto nuestro propio cádaver.
Ahora yo no existimos. El mundo está poblado de fanáticos. Ellos lo son de su dios. Nosotros ni eso. Nosotros sólo somos fanáticos de nuestro miedo.

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