miércoles, febrero 09, 2011

Trinidad Jiménez y las cruzadas en Hebrón

Mientras el mundo árabe se sacude a sí mismo, nuestra diplomacia, la española, es sacudida en Habrón. No es achacable a Trinidad Jiménez ni a nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores ese zarandeo, viniendo este de personas que están acostumbradas a ser protegidas por fuerzas armadas hagan lo que hagan y a no utilizar otra diplomacia que la del insulto y la inspiración divina -y los cañones de su ejercito, por supuesto-.
Así que los colonos de Hebrón, haciendo gala de ese gusto por la diplomacia que caracteriza a la ultraortodoxia religiosa -ya sea judía, musulmana o cristiana-, se dedican a gritar a nuestra ministra de Asuntos Exteriores y a recibirla con pancartas.
Los gritos son los clásicos.
La llaman antisemita. Porque todos sabemos que aquel que no de en todo la razón a los sionistas isrealies es antisemita. No existe la posibilidad de que les lleven la contraria porque esten equivocados, porque estén haciendo las cosas mal, porque no tengan razón o porque actúen contra el derecho internacional. Todo el que lleva la contraria a un judio lo hace porque es antisemita y le odia por el hecho de ser judío. Es un razonamiento preverso, pero es un razonamiento que la culpabilidad del Occidente Atlántico ha consentido y potenciado. Es un clásico.
Trinidad Jiménez es recibida bajo el apelativo de nazi. Tampoco es sorprendente. Porque todo aquel que está en contra de que una minoria armada hasta los dientes imponga sus criterios raciales y religiosos sobre una tierra que no les pertenece es un nazi. Porque todo aquel que se muestra contrario a que se utilicen políticas de ghettos, de segregación, de subordinación racial y de exterminio sistemático por hambre y bombardeo es un nazi. Porque todo aquel que no ve con buenos ojos que el sionismo armado israelí y la ultraortodoxia furiosa judía utilicen los mismos mecanismos, los mismos argumentos y los mismos modos que pusiera en accion el Partido Nacional Socialista Alemán tiene que ser un nazi. Otro clásico perverso permitido por aquellos que temen que algo le escueza al Estado de Israel.
Pero esos dos gritos son los argumentos típicos -si se tiene en cuenta que la única forma de argumentar que tienen estas gentes es gritar y solicitar exterminios a su dios-. Lo que es en parte original es lo que se lee en las pancartas.
Como España no tuvo mucho que ver con la Segunda Guerra Mundial, los colonos de Hebrón tiran de memoria histórica para justificar sus acusaciones y recurren a ese maravilloso mito histórico de la España Sefardí.
 "Hace quinientos años España echó a los judiós a Hebrón. La pregunta es ¿Quiere España ahora echar a los judíos de Hebrón?". Eso es lo que puede leerse en las pancartas que los ultraortodoxos tremolan ante la atónita y diplomática mirada de Trinidad Jiménez.
Y olvidan que los monarcas españoles católicos no les enviaron a Hebrón porque Hebrón nunca fue su tierra. Y olvidan la tilde. Pero ambas cosas son secundarias.
Lo principal es que esa frase hace de esta protesta otra vuelta de tuerca, otro giro dramático de la ultraortodoxia judía y el sionismo beligerante hacia la sinrazón, otro argumento absurdo y misteriosamente reversible que los sionistas y los fanáticos del dios de la zarza imponen a los demás y no aplican en sí mismos.
De un plumazo colocan en una línea de evolución ideológica inexistente La Revuelta de los Pastorcillos en Francia, la expulsión de Los Reyes Católicos en España, las persecuciones papales en Italia, El exterminio nazifascista de judiós en Europa, las deportaciones en Rusia...
Con sólo una pancarta y dos gritos pretenden crear un línea de evolución común que una al papa Jacobo Deuze, a Isabel de Castilla, a Musolini, a Hitler y a Stalin entre ellos y con Trinidad Jiménez, Mamud Abbas y todo aquel que se oponga a lo que hacen.
Con una sola frase pretenden unificar religión y odio racial, pretenden fundir fanatismo ideológico y religioso con la búsqueda del equilibrio mundial y de la justicia entre los pueblos.
Con una sola frase colocan a todo el mundo a un lado de la linea y a ellos y a su dios al otro. Y todavía los hay que dicen que Israel es un estado laico y no una teocracia encubierta y militarizada.
Pero lo más llamativo es que al recordar a Isabel y Fernando, a Torquemada y al Cardenal Cisneros, introducen un elemento que hasta ahora el Estado de Israel se había librado mucho de airear, de utilizar y de difundir en público: la persecución y las motivaciones religiosas.
El exterminio nazi estaba basado en que Hitler se había convencido a si mismo de que los judíos -y los negros, y los gitanos, y los latinos, y los árabes- eran una raza inferior que no merecía ser considerada humana -sus adlateres pensaban en el dinero, ya lo sabemos, pero esa era la excusa-.
Pero la expulsión decretada por Isabel, La Católica, vino motivada porque sus confesores la convencieron de que no podía albergar en sus reinos a los "asesinos del redentor" -sabemos que ella pensaba en sus deudas y el Tesoro Real, pero fue una excusa diferente-.
O sea que los colonos de Hebrón tiran de religión y no de raza, tiran de creencia y no de ideología. Abandonan el sionismo y acuden al Talmud. Y, como han hecho en los últimos años con la constante referencia a lo que los nazis hicieron con ellos, lanzan las piedras de sus lapidaciones contra Europa y las reciben en su mismo rostro.
Porque si está mal -que lo está- que la sudorosa Reina Isabel expulsara a los judíos porque su dios no quería que habitarán en tierra cristiana, es igual de inaceptable que 800 colonos ultraortodoxos pretendan, con el apoyo de miles de soldados de Israel, conventir en suya una tierra que no lo es por el simple hecho de que alguien escribió, hace cinco mil años, que su dios invisible les había otorgado esa tierra.
Porque si es reprochable -que lo es- que un monarca utilizara los relatos novelados de una crucifixión para privar a los judíos de sus propiedades y posesiones en beneficio de sus arcas y en sufragio de sus guerras, también lo es que un estado moderno prive a árbes y musulmanes de sus tierras, sus casas y sus ganados, en beneficio de judíos que tienen como único refrendo legal las alucinaciones de un patriarca en la soledad de un monte perdido hace cinco milenios.
Porque, una vez más los judíos ultraortodoxos y los políticos del sionismo militarista olvidan que,  si es insostenible que se expulse a alguien de una tierra por criterios religiosos como hicieron los Reyes católicos, lo es para todos, incluidos los judíos. Porque una vez más ignoran que si es indefendible que se invada la tierra de otros y se les asesine por motivaciones religiosas, como hicieron los cruzados, lo es para todos, incluído el Estado de Israel.
Porque, una vez más, comenten el error de pretender pasar por alto el hecho de que el exterminio nazi no es deplorable porque mató a judíos, sino porque mató a personas.
Porque, una vez más, ignoran que gritar ¡Dios lo quiere! no es en nada diferente de gritar a los cuatro vientos ¡Yahve Sebaot, Es la Voluntad de Yahve!
Es el mismo grito, es el mismo dios. Es el mismo delito.  

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