miércoles, febrero 23, 2011

Gadaffi, el grupi, se bombardea a sí mismo

Durante unos días, otros trabajos y otros pensamientos me han alejado de estas endemoniadas líneas. Y vuelvo a ellas para encontrarme otro país en llamas, otro enclave magrebí ardiendo por los cuatro costados, otro estado musulmán muriendo y matando.
Ahora le toca Libia. La que, hasta ahora, era la Libia de Muhamar el Gadaffi.
Durante años, Occidente miró a Gadaffi con miedo. Era el sustentador de gran parte del terrorismo que asolaba Europa; era el sostenedor de guerras en África y el mantenedor de la capacidad de resistencia armada de ese molesto grano en la baja espalda de Israel que se empeñaba en ser Palestina.
Y que Occidente, esa civilización atlántica que sólo se respeta parcialmente a si misma, te tenga miedo significa que te respeta. Que, de alguna manera, te considera uno de los suyos.
Y no es para menos. Ahora Gadaffi bombardea a su pueblo desde el aire, le ametralla y le diezma. A algunos les parece increíble que aquel del que, pese a todo, se decía que tenía la visión del poder y del gobierno más moderna del Magreb -aunque equivocada, claro. Todo lo que se nos opone está equivocado- recurra a los métodos más sangrientos y primitivos para reprimir una revuelta irreprimible.
Pero no es extraño. Las revueltas en Túnez y en Egipto han triunfado porque sus pueblos son como una vez fuimos nosotros. La de Libia es un baño de sangre porque su gobernante es, en mucho, como nosotros, sus seculares enemigos, somos ahora mismo.
Desde que accediera al poder en 1969, Muhamar puso en marcha un sistema de gobierno basado en la revolución. En discursos infinitos alardeaba de la capacidad revolucionaria de su pueblo; en un inglés perfecto ante la ONU exhortaba a sus gentes a una constante vigilancia contra el imperialismo, en un francés de La Sorbona, aseguraba entre lágrimas que los libios eran el pueblo más sabio de La Tierra.
Gadaffí envió a los mejores de los hijos del Gran Erg a las mejores universidades de Francia e Inglaterra; pagó con el dinero del petróleo del pueblo a las mejores mentes mercenarias del mundo para que le aportaran los conocimientos bélicos y diplomáticos más avanzados. Gadaffí se empeñó en crear un pueblo que supiera luchar porque él sabía hacerlo, en un país que supiera pensar porque él había aprendido a hacerlo.
Pero llegó un día en el que el revolucionario dictador libio, amigo de frases crípticas y amenazas proféticas, dejo de pensar y pretendió que su pueblo dejara de hacerlo con él. Creyó que porque él había cambiado de visión, los demás debían de cambiar de visión con él. Pensó que por el simple hecho de que él dejara de pensar los demás tenían que dejar de hacerlo. Se volvió como nosotros.
Y ahora, cuando ese espíritu revolucionario que él amaba de su pueblo, se vuelve contra él, lo rechaza, lo condena, se permite el lujo de olvidar que fue lo que le llevó al poder.
Ahora, cuando esa capacidad de pensamiento, que él alentó con becas en Oxford y La Sorbona, le recuerda que el gobierno está sometido a escrutinio del pueblo, que el imperialismo es perverso aunque sea doméstico, la bombardea y la ametralla.
Comete el occidental error de creer que el libre pensamiento solamente es aceptable cuando lleva a las conclusiones que nosotros queremos que llegue y no cuando llega a las contrarias. Que si nuestros procesos mentales nos han llevado a una conclusión, los de todos los demás están obligados a llegar a una conclusión idéntica. Y, si no es así, nosotros siempre tenemos razón.
Gadaffi siembra de bombas el suelo de Trípoli porque no se responsabiliza de su cambio y de la incoherencia que este supone para aquellos que lo observan. Para aquellos que, en otro tiempo, eran amados por él por su capacidad para pensar, para oponerse a lo establecido.
Porque recurre al error, aprendido con toda seguridad en París o en Londres, de responsabilizar de sus acciones a hechos exteriores, a circunstancias vitales, al azar o a la necesidad.
Porque hace ver que los culpables de todo son aquellos que le arrebataron a sus hijas con una bomba inteligente arrojada en el centro mismo de su patio doméstico.
Porque permite que sus procesos personales de conversión mesiánica se antepongan a todo, ya que eso es lo que él necesita para sobrevivir.
Porque exige que esas circunstancias suyas se transformen en el nuevo paradigma axiomático por el que se rige el pensamiento de los demás.
Porque, como hacemos muchos en el mundo contra el que Gadaffi se enfrentó y del que aprendió, exigimos que los demás acepten lo que somos sin estar dispuestos a aceptar lo que los otros son y quieren que seamos. Porque nos creemos en el derecho de solicitar -e incluso exigir- que los demás acepten nuestras propuestas sin contrastarlas, cuando nosotros no estamos dispuestos a someterlas a crítica ninguna.
Porque, como sus enemigos de allende los mares, Gadaffi se ha convertido en un hijo del "todo o nada", del "conmigo o contra mí", del "sí o no". Porque es incapaz de admitir un "sí pero..."
En estos días, en los que la revolución y el pensamiento que el prócer libio alentó y amó en su pueblo mientras les conducían a las mismas conclusiones que a las que él había llegado, Muhamar el Gadaffi recurre a soldados de fortuna africanos para mantener su forma de ver Libia y el mundo porque ha confundido la lealtad y la amistad con el reiterado acto de dar palmadas en la espalda y susurrar al oído "¡qué razón tienes!", "¡cuánto sufres!", "¡qué perversos y miserables son aquellos que se te oponen!".
Abomina de  aquellos que siempre estuvieron a su lado porque le dicen que no puede hacerse caso solamente a sí mismo, que debe escuchar a los que piensan de otro modo. Porque quiere olvidar que él, en otro tiempo, les admiró y alabó por pensar, porque quiere ignorar que debe estar dispuesto a aceptar algunas de sus premisas.
No le importa cambiar la voz de aquellos que le dicen que no pueden seguir con él si no acepta unos mínimos previos por el asentimiento más mentiroso de tropas mercenarias, siempre y cuando acepten de acuerdo con su visión del mundo sin poner pegas, sin cortapisas.
Ben Alí fue el Alí Babá que huye con sus cuarenta ladrones en la noche cuando se da cuenta de lo difícil que se ha hecho seguir robando. Mubarak es el infantil Visir Jaffar que escapa en mitad del día cuando se da cuenta que el miedo y las alianzas secretas ya no son un arma al que pueda recurrir. Pero Gadaffi es un grupi. Un grupi mesiánico y con bombas, pero un grupi. Es como nosotros, como nosotros queremos ser, como nosotros creemos que tenemos que ser.
Es alguien que pretende que todo el mundo acepte sus cambios sin cuestionarlos, sin ponerlos en duda, sin ni siquiera tener que mostrarlos o explicarlos. Alguien que exige que todos aquellos que le rodean le acepten como es, sin estar dispuesto a hacer lo mismo por los ellos.
Alguien que pretende que nada de lo dicho, de lo defendido, de lo amado y de lo odiado es recordable, es válido, por el simple hecho de que ha decidido cambiar de avatar, de representación vital, en su existencia. Porque ahora es un mártil y no un revolucionario. Porque ahora es un padre doliente y no un financiador de grupos armados. Porque ahora es un mesías y no un gobernante.
Alguién que no es capaz de asimilar las reflexiones de los demás  si no si no llegan a idénticas conclusiones que las suyas y que cree que se deben asumir sus actos y sus motivaciones como inevitables, simplemente por el hecho de que son suyos y, siempre y por encima de todo, está su yo incuestionable e incuestionado.
Gadaffí bombardea Trípoli y ametralla y pierde Tobruk -la del mítico taxi cinematográfico- porque es incapaz de jugar a ningún juego si él no pone las reglas.
Gadaffí arroja misiles al pueblo que él creó, se bombardea a sí mismo, porque es como nosotros  somos en este momento de la historia. Con mas poder militar, más locura egocéntrica, más mesianismo de jaima desértica y más medievalismo de martirologio victimista, pero como nosotros. Incapaces de incorporar en el juego de nuestras vidas las reglas de otros. Ni siquiera sumándolas a las nuestras.

jueves, febrero 17, 2011

Cuando no moverte te impide salir en la foto -apuntes de Bahréin-

Mientras el gobierno y la oposición de este país se empeñan en congelar el tiempo de nuestra historia, intentando impedir la evolución democrática necesaria en Euskadi al tiempo que intentan que se revise la condena de Miguel Hernandez -como si al poeta muerto le importara lo más mínimo su memoria-, el mundo cambia.
Mientras nuestros políticos más cercanos se enredan en lo que más les gusta, que es, a la sazón, arrojarse los trapos sucios de sus respectivas metidas de mano en la caja pública, el mundo sigue cambiando. El mundo que está vivo, por lo menos.
Y ahora le toca el turno a Bahréin.
Casi no nos enteramos a tiempo de los motivos de Túnez y tardamos en comperender las circunstancias de Egipto. Pero lo que ocurre en el Reíno de Bahreín nos demuestra que somos incapaces de entender lo que está ocurriendo en el mundo, que no vamos a comprenderlo en mucho tiempo. Que no podemos enfrentarnos a ello.
La historia es movimiento y nosotros, el mundo occidental atlántico, permanecemos eternamente quietos como en una fotografia familiar, como en una cápsula criogénica. Como en una esquela mortuoria.
Bahréin estalla en una nueva revolución, la enésima en el mundo árabe. Y los esquemas se nos rompen, se nos deshacen. Y los lugares comunes se nos vuelven oscuros.
No tenemos nada a lo que recurrir para interpretar, en los treinta segundos que le dedicamos en el telediario, lo que pasa . No podemos echar mano de nada para explicar, en la media página del periódico que usamos para ello, por qué está pasando.
Porque Occidente hace mucho tiempo que ha recuperado ese impulso maniqueo que nadie -ni siquiera el más potente aparato eclesial de varios siglos de duración- logró arrancar de su inconsciente colectivo. Porque nos hemos vuelto a convertir al arrianismo y, en esa recuperada profesión de fé de los dos poderes enfrentados, no sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos. Y necesitamos saberlo.
En Bahréin un gobierno suní aplasta una incipiente revolución con tanques, disparos y vehículos pesados. Y los que piden justicia y libertad son los chiíes. Entonces los sunís son los malos y los chiíes los buenos. La cosa va bien.
Pero, de repente, la referencia crece, se contempla en su conjunto. Aparecen Irak, Irán, Yemen, Argelia, Marruecos, Jordania, Siria y todo comienza a volverse turbio. La película se nos lía, el argumento se nos pierde. El relato y el momento histórico se nos desdibujan.La cosa se nos complica. 
Deja de ser una cinta de acción de Hollywood, con sus buenos y sus malos, cada uno a un lado de la arriana línea del poder, para empezar a ser un culebrón venezolano, en el que nadie es bueno ni malo, sino exactemente eso mismo y todo lo contrario.
En Irak, los sunís son el gobierno que lucha contra la insurgencia chiíta, que pone bombas en los mercados; en Túnez, no sabemos quienes son chiíes y suníes, porque ambos combaten a un gobierno laico; en Egipto, son los chiíes los que capitalizan la transición política y forman parte de la revolución, en Iran, un gobierno de ayatolas chiíes aplasta la revuelta que los estudiantes suníes levantan en las calles de Teherán; en Libia, suníes y chiíes se levantan contra un gobierno en el que Gadaffi tiene a suníes y chiíes; en Argelia los chiíes ganaron las elecciones y ahora protagonizan la revuelta porque no les dejaron gobernar los militares, que pusieron un gobierno títere suní; en Marruecos todos son salifítas y se levantan contra un monarca salafí. En Yemen los suníes vuelven a ser el gobierno que aplasta a los chiíes y se niega a desalojar el poder.
En fin, que nos volvemos a aquellos que tienen que darnos las respuestas -porque nosotros hemos declinado hace tiempo la responsabilidad de pensar por nuestra cuenta en estos asuntos, que no nos afectan a las carteras ni a las gónadas- y preguntamos ¿quiénes son los malos?, ¿quiénes son los buenos?, ¿quiénes tienen razón?
Y el eco del silencio nos responde porque el poder occidental no lo sabe, no puede saberlo. El guión de maldad y bondad que el mundo atlántico dibujó minetras el Sha de persía era barrido de su trono y mientras la embajada de Estados Unidos en Irán era secuestrada se ha emborronado, se ha enredado. Ya no sirve.
Occidente decidió que el chiísmo era integrista y peligroso y el sunismo era un mal -siempre un mal- necesario y utilizable. Y por eso apoyó al, ahora llamado monstruo, Sadam Husein en la guerra contra los ayatolas iraníes; por eso se alío y alimentó de orgullo, dinero y cobertura  a las monarquías petrolíferas de Arabia Saudí, de Yemen, de Bahréin y los despotismos encubiertos de Egipto, de Tunéz.
Por eso impidió que el GIA accediera al poder en Argelia, por eso permitío un golpe militar en Turquía. Por eso ignoró a Marruecos y  permitió que Gadaffi se mantuviera en el poder, pese a haber sido tratado durante una década como el enemigo número uno de Estados Unidos. Todo vale contra el malvado.
Y todo eso dejó de servir cuando Sadam les dió la espalda; se mostró inútil cuando Bin Laden tiró abajo las Torres Gemelas, es antojó absurdo cuando los talibanes salieron de las cuevas de Kandahar para someter a un país al terror religioso; cuando el gobierno irakí permitío el aumento de la cristianofobia, cuando los monarcas saudíes recuperaron los juicios de la Sharia  y la monarquía jordana se transformó en el refugio de los perseguidos religiosos de la zona. 
Los que ejercen el poder en el Occidente Atlántico no pueden contestar a nuestra desesperada cuestión sobre el bien y el mal porque, en el fondo, saben que todo lo que ocurre es producto del diseño que, en su ataque de providencia divina, idearon para esa parte del mundo. Por acción o por reacción todos los gobiernos de la zona, todos los gobiernos árabes, magrabíes y musulmanes son producto de los manejos, los proyectos y los deseos de los grandes centros de poder occidental.
Así que la respuesta es sencilla: ¿quiénes son los malos? Nosotros. Al menos parcialmente.
El mundo árabe se mueve y se seguirá moviendo, ajeno a nuestras necesidades, inasequible a nuestros miedos, impermeable a nuestras divisiones maniqueas que servían para que nos lo explicasen los telediarios y los periódicos. Y nosotros veremos lo ocurre pero seremos incapaces de saber por qué está ocurriendo.
Porque ya no hay buenos y ya no hay malos. Porque ya no hay amigos y no hay enemigos. Porque esa parte del mundo -del mismo modo que el oriente más lejano- ya no nos mira y nosotros la miramos, pero no podemos verla en su totalidad ni en su esencia. Porque ya no respetan nuestros ritmos, nuestras pausas. Porque ya no se mueven según nuestros comandos y nuestras necesidades.
Porque ya no quieren ser nosotros y nosotros hace tiempo que hemos renunciado a ser algo distinto de lo que somos. Porque ellos cambian y nosotros necesitamos toda nuestra energía sólo para permanecer. Porque ellos han descubierto que la historia no es una fotografía. Es un vídeo de imagen en movimiento. Ahora saben que no moverse no es la mejor manera de salir en la foto de la historia.
Porque ya no quieren ser los buenos o los malos. Porque les hemos contagiado nuestro maniqueismo arriano y ven el mundo  dividido entre ellos y nosotros. Y, ahora, quieren ser ellos. Y eso nos da mucho miedo.

miércoles, febrero 16, 2011

Ruby nos demuestra que no somos Egipto

No voy a caer yo, después de años despachándome en estas endemoniadas y demoniacas líneas contra los linchamientos públicos y las crucifixiones privadas, en el error de declarar culpable a alguien antes de que lo hagan los tribunales.
No lo voy a hacer, no porque me merezca respeto el personaje del que hablo; no porque me merezcan respeto los modos y maneras en los que se imparte y se reparte la justicia en el Occidente Atlántico y civilizado. No voy a hacerlo, simplemente, porque me merece respeto mi propia coherencia.
Pero, pese a ello, hoy toca hablar de Il Cavaliere. Hoy toca hablar de un Berlusconi. De ese del que, cada día que pasa, hay menos gente se traga lo apropiado de su apodo.
El inventor y principal beneficiario de la dictadura mediática italiana está en horas bajas y lo está porque, por fin, su país le ha dado la espalda, porque, por fin, el sistema judicial italiano ha encontrado un resquicio por el que meterle mano, porque, por fin, va a ser juzgado en un proceso ante un tribunal por uno de los muchos delitos de los que se le han acusado y que no se le han podido probar. Entre otras cosas porque él se ha encargado de que no se puedan probar.
E Italia se alza contra él. Las italianas se alzan contra él, los italianos se alzan contra él. Aquellos que murmuraban ahora gritan; aquellos que susurraban ahora jalean. Aquellas que se indignaban ahora exigen.
Y por un momento parece que una jovencita de origen magrebí, unos cuantos democratas convencidos y unos escasos pensadores, insistentes, muy reputados y poco escuchados han logrado, por fín, hacer prender la llama de la justicia y la protesta en un pueblo tan cansado y adormecido como lo estamos todos los pueblos de esa civilización occidente incólume que se hace llamar Occidente.
Por un ínfimo instante, global y feliz, parece que han conseguido despertarnos y acercarnos a aquellos que se han desperezado antes que nosotros. Por un látido breve e ilusionado creemos que Italia se parece a Túnez, a Egipto, a Yemen y a todos esos pueblos resignados que de repente han dejado de serlo. Por un momento parece que incluso podría llegarnos a nosotros.
Pero, pasado ese momento de simil sentimental y esperanzado, nos damos cuenta de que no. De que hemos errado el tiro por miles de kilómetros de distancia, por cientos de años de historia. Por varias toneladas de desidia.
Nos damos cuenta de que, pese a la similitud, la deseable y aparentemente inminente caída de Il Cavaliere no nos acerca un ápice al Egipto que ha derribado a Hosni Mubarak ni al Túnez que ha expulsado a Ben Alí. Comprendemos que, en realidad, nos aleja irremisible e infinitamente de ellos.
Porque lo que le está ocurriendo a Berlusconi, sus horas bajas y su posible descabalgamiento del alazan revoltoso del poder en Italia, es lo contrario de lo que les ha ocurrido a los despotas árabes y magrebíes en el enfrentamiento con sus pueblos.
Esas muchedumbres enfervorecidas y airadas protestaban contra sus gobernantes, contra sus gobiernos y contra los vicios públicos e injustos de esos gobiernos y nosotros, en este caso, Italia, no lo hemos hecho.
Nosotros hemos recurrido a un vicio privado, a una perversión inconfensable, para encendernos contra un mal gobernante que lo era y lo había demostrado ser, mucho antes de que se le acusara de introducir en su lecho de sexo y poder a una mujer menor de edad. Una vez más hemos dado más importancia a lo privado que a lo público. Aunque lo público fuera igual de depravado que lo que podía llegar a ser lo privado.
Porque Mubarak ha caído por alterar la constitución egipcia en su beneficio, por mantener el Estado de Excepción, por manipular el sistema judicial para que emitiera las sentencias que a él le convenían en cada momento .L o ha hecho y ha sido rechazado por ello.
Y Silvio lo ha hecho y lo ha querido hacer durante años, modificando leyes fundamentales a su antojo amparado en sus mayoría parlamentarias, desprestigiando a los tribunales y fiscales que le acusaban de cualquier falta o crimen, refugiándose en su condición de Primer Ministro para eludir presentarse en los tribunales y responder de sus supuestos delitos. Y el pueblo italiano no le ha descabalgado de su sillón del Quirinal.
Porque Ben Alí ha sido expulsado porque los ciudadanos de su país se han cansado de ver como la economía de Túnez se estructuraba solamente para el beneficio personal del gobernante, como los réditos del el trabajo de todos, en forma de divisas por el turismo, iban directamente a engordar las cuentas cifradas de los familiares, amigos y afectos al gobernante.
Y Berlusconí lo ha hecho también durante varias legislaturas, creando un sistema en el que los beneficios del oro publicitario de los medios de comunicación públicos y privados iban directamente a sus bolsillos sin posibilidad de competencia. Poniendo en marcha un entramado que le permitia engrosar su pecunio privado a través de leyes y acciones ejercidas desde su cargo público que, en teoría, tendría que estar al servicio de todos y no de él mismo. Y el pueblo italiano no ha hecho nada en su contra, amparandose en el axioma de la vana esperanza de que si su gobernante ganaba dinero no tendría que robarlo y sin querer darse cuenta de que estaba ganando dinero porque ya lo estaba robando.
Así que aunque Il Cavaliere, que ahora tiembla en su silla de montar, haya hecho lo mismo que los dictadores depuestos, nosotros -y digo nosotros porque Italia es como nosotros, como todo el occidente  civilizado y moderno- no hemos hecho lo mismo que esos pueblos. Aunque termine cayendo como ellos ya ha demostrado que nosotros no somos capaces de actuar en lo colectivo como los pueblos que ahora arden en cambios y revueltas
Porque Mubarak sobornaba secretamente y amenzaba publicamente para mantenerse en el poder y ha sido depuesto por eso y Berlusconi ha sobornado publicamente y amenazado en privado para eludir una moción de censura ye Italia le ha permitido ha seguido gobernando.
Porque Ben Alí manipulaba las elecciones y no las convocaba para evitar que los sufragios le desposeyeran del poder y Berlusconi no ha tenido que hacerlo. Porque pese a hacer lo mismo que los otros, e incluso actos peores, era reelegido sistemáticamente.
Porque Egipto y Túnez han expulsado a los que regían sus destinos porque han demostrado ser malos gobernantes. Pero Italia y nosotros damos por sentado que eso es normal, que no tenemos motivo alguno reaccionar contra ello. Sólo reaccionamos cuando nuestro gobernante demuestra que es una mala persona.
Porque estamos tan adocenados y ensimismados en nosotros mismos que no reaccionamos ante la injusticia pública más notoria y flagrante y sí lo hacemos ante el cotilleo más miserable y decadente que afecta a la vida privada de otros.
Así que Il Cavaliere, aunque caiga, nunca podrá ser Mubarak porque nosotros, aunque mejoremos, aún no tenemos la fuerza, las ganas y la conciencia colectiva necesarias para ser Egipto.

lunes, febrero 14, 2011

Sinde recoge el Goya para Hannah Montana

¡Habemus gala!, ¡Habemos Premios Goya! y habemus lo que teniamos que tener, teniendo el Gobierno que tenemos. Que es justamente el que nos merecemos.
Y nos lo merecemos porque es el reflejo de nosotros mismos, de los que somos, de lo que creemos ser y de lo que queremos ser.
Lo tenemos porque nos hemos convecido de que tenemos derecho inalienable de ser como somos, de hacer lo que hacemos.
Lo tenemos porque, una vez más, como siempre ha sido y como siempre será, las urnas -encumbren a quien encumbren- son un espejo de lo que somos.
Ángeles González Sinde demostró ayer, entre el glamour y los vestidos de diseño, entre el espectáculo y los esmoquines -que yo no son smoking, faltaría más-, que ningún gobierno, ningún minsitro, ningún político puede sustraerse al mágico influjo de ser como todos los demás, de compartarse como un ciudadano más. De ignorar sus responsabilidades.
Mientras defendía su ley, González Sinde podía ser injusta, pero era ministra; mientras discutía su posición ideológica, la ministra podía ser intransigente, pero era política; mientras ordenaba cerrar páginas de descargas la política podía ser recalcitrante, pero era adulta.
Es posible que ayer María Ángeles González Sinde hiciera por acercar el cine a los escolares más que cualquier otro titular de la cartera de Cultura. 
Al fin y al cabo, en la noche de los Premios Goya en el  Teatro Real, transformó el desfile por una alfombra roja con escotes, tacones, plexos solares y bellezas sólo para adultos en el recreo del patio de un colegio. En el cambio de clase de un instituto.
Ayer se transformó en una adolescente, en una grupi. Y lo hizo por lo mismo que lo hace siempre está civilizada sociedad atlántica nuestra. Por anteponerse ella y lo suyo personal a todo lo demás. Eso es lo que le permitió olvidar que es ministra, que es política. Eso le hizo obviar el hecho de que es una mujer adulta.
Porque Marí Ángeles -y la llamo así porque a los adolescentes les suele gustar que les llamen por su nombre de pila- olvidó que su presencia en ese estallido de glomour y autocomplacencia industrial e institucional de una industria que, en estos momentos, tiene poco en lo que complacerse, no estaba diseñada para lucir su estupendo vestido púrpura; no estaba pensada para que se la calificara de "elegante a la vez que discreta"; no estaba estructurada para que castigara con el látigo de su indeferencia a sus rivales en la lucha por la popularidad en los pasillos del instituto.
Ignoró que su aparición en la alfombra roja la imponía el deber de ejercer de ministra. Sólo eso. Nada más que eso.
Porque Marí Ángeles -y la llamo así porque los adultos siempre terminamos usando el mari para referirnos a las jovencitas- omitió en sus pensamientos el hecho de que el político está obligado a la cortesía para con las instituciones que se relacionan con él; que el gobernante esta formalmente impelido a la diplomacia con aquellos miembros de su ciudadanía que piensan de forma distinta a él y que critican su forma de gobernar.
Porque Marí Ángeles se permitió el lujo de arrinconar en su mente y sus recientemente recuperadas visceras de adolescente ofendida la molesta circunstancia de que una ministra es designada por el Presidente del Gobierno y que un Presidente del Gobierno es elegido por los sufragios de los ciudadanos.
Y todos esos pequeños y comprensibles olvidos, originados por la decepción de la pobre Marí Ángeles para con su amigo Alex, por la impermeabilidad adolescente de Marí Ángeles hacia las críticas de Alex, la permitieron pasar por alto la inconveniente realidad de que la alfombra roja del Teatro Real no es el patio de recreo de un colegio de primaria; que el fotocall de los Premios Goya no es un pasillo de instituto por el que pasear estupenda para dirimir y poner al descubierto sus desavenencias personales.
 Todo ello,y su repentina regresión a la adolescencia ofendida -si es que alguna vez salió de ella-, la impidieron comprender que, cuando un adulto es invitado a una casa de otro adulto, lo primero que hace es buscarle y saludarle y, si no quiere encontrársele de frente, sencillamente declina la invitación, asumiendo el mensaje definitivo y demoledor que eso supone.
Y sobre todo, esos olvidos y omisiones, le permitieron mostrarse incapaz de comprender que , cuando le nagaba el saludo a Alex de la Iglesia, estaba escenificando como once millones de españoles -los votantes de su gobierno- le negaban el pan y la sal a su cine. Y, por supuesto, lograron que pudiera negarse a recordar que eso es más importante ella, su decepción y sus rabietas.
Ni la Ley Sinde, ni su defensa y aprobaciópn, ni su posible injusticia tendrían que obligar a la ministra de Cultura a la dimisión. El hecho de que sea incapaz de comportarse como una adulta quizás sí. Para ser cargo público hay que ser mayor de edad.
Pero la ministra González Sinde -vale, reconozcámosle el cargo- no es un caso especial. No es una rareza psicológica o incluso psiquiátrica. Quizás, después de todo, sea una bien elegida ministra de Cultura.
Porque es precismente esa cultura la que esta mantando todo y nos esta mantando.
La cultura en la que, como nosotros somos el centro de todos los universos posibles e imposibles,  conocidos y por conocer, podemos mezclar lo profesional y lo personal, podemos dirimir nuestras frustaciones personales en los entornos profesionales. Podemos convertir nuestras divergencias profesionales en decepciones afectivas.
La cultura en la que no importa que el mundo se consuma hasta las cenizas con tal de que nosotros permanezcamos en su centro.
La cultura que permite a Ángeles González Sinde desairar a Alex de la Iglesia es la misma que nos permite creer que nuestros amigos están obligados a darnos la razón en todo. La misma que nos concede el derecho de exigir que aquellos que nos aprecian no nos critiquen, nos apoyen en todo y se vuelvan ciegos a nuestros defectos y nuestros errores.
Es la misma forma de pensar y de sentir que permite a la ministra desairar a un amigo de siempre porque no piensa como ella y correr a recibir el sonriente apoyo de sus nuevas amistades.
Es la cultura que le hace acercarse a aquellos que la arropan en su error y posan sonrientes junto a ella; aquellos que la dan palmaditas en la espalda en los pasillos del Congreso, que, probablemente, justifiquen, en las antesalas del Consejo del Gabinete, todas las cosas que hace o piensa su nueva amigita y que le susurren explicaciones a la oposición de Alex de la Iglesia con palabras como traición o envidia.
Aquellos que, con toda probabilidad, abominaran de ella cuando sus posiciones ideológicas ointerese no coincidan y que, seguramente, la utilicen -si no la están utilizando ya- como cortina de humo para distraer la atención de sus propios errores y sus propios fracasos.
La cultura que ayer representó González Sinde en la alfombra roja del Teatro Real  es la misma cultura que hace que nos sintamos en el inalienable derecho de exigir a los demás, a los que nos aprecian, que renuncien a lo que són y lo que piensan en aras de apoyar lo que nosotros somos y pensamos, sólo porque son amigos. Mientras nosotros nos negamos a hacer lo mismo -ni siquiera a planteárnoslo- pese a que nos hacemos llamar amigos suyos.
Es la forma de ver las cosas, egoista y egocéntrica, que impide observar a la ministra que Alex sigue llamándola amiga, incluso después de que le haya negado el saludo; que De la Iglesia se ha quemado intentando encontrar una solución intermedia entre ella y sus rivales y opositores.
La misma cultura que nos ha hecho olvidar como personas y como sociedad que la responsabilidad de la amistad y del afecto es seguir ejerciéndolos pese a las desavenencias. Es hablar abiertamente de errores y responsabilidades. Aunque moleste, aunque pique. Aunque duela.
Alex de la Iglesia puede estar equivocado, pero ha hecho lo que tenía que hacer. Ha defendido su postura, ha intentado llegar a un punto intermedio y ha recurrido a su coherencia y a su dignidad para no seguir representando a un cine que no piensa como él. Ha actuado como un adulto. Quizás equivocado, pero como un adulto.
Y lo ha hecho mientras su ministra, nuestra ministra, ha hecho lo contrario. Ha defendido su ley y, cuando esta fue rechazada, ni siquiera hizo el gesto formal de responsabilizarse de ella, sino que recurrió al pasillero para sacarla por la puerta de atrás, para tener razón, para ganar. Y luego, anclada en el orgullo de la falsa victoria, ha rechazado y ofendido a todos aquellos que se han opuesto a ella, sin reconocerles el derecho a relacionarse con ella si no piensan que ella no puede equivocarse. Que ella nunca se equivoca.
Ángeles González Sinde no ha hecho lo que tenía que hacer. Ha defendido su ley, ha intentado implicar en ella un juego de amistades y apoyos ideológicos y, cuando le ha salido el tiro por la culata, se ha pillado una rabieta. Ha actuado como una grupi de instituto. Puede que tenga razón, pero se ha comportado como una grupi.
Así que, después de todos estos duelos y quebrantos, puede que anoche la ministra sí estuviera en el sitio adecuado y que sólo un error protocolario impidiera que hiciera lo que había ido a hacer en el Teatro Real de Madrid. Puede que la crónica de su presencia deba ser reescrita:
"Ángeles González Sinde, ministra de Cultura, que lucía un impactante vestido púrpura con la espalda descubierta, convirtió anoche la entrega de los Premios Goya en un capítulo de Los Magos de Waberly Place y acudió a la ceremonia para recoger el Goya Honorífico a la mejor actriz infantil , del que se ha hecho acreedora por su interpretación del papel de Hanna Montana.
Algo muy de moda en nuestros días entre muchos y muchas."

jueves, febrero 10, 2011

Algernón agresivo y el rayo de Aldous Huxley

Hay muchas formas de desayunar y la que me ha tocado hoy es cuando menos sorprendente.
Hoy me he desayunado con la noticia de que hay tres individuos de mentes aceradas y conocimientos científicos enciclopédicos que se dedican en California a investigar como activar y desactivar la agresividad, iluminando algunas partes del cerebro con un rayo.
No es que me sorprenda que se practique en los soleados dominios de Gobernator, allá en los lejanos Estados Unidos; no es que me maraville que hayan sido ya capaces de realizar parcialmente ese proceso en ratones -cada vez que leo algo sobre experimentos con ratones me viene a la memoria esa mítica pieza literaria llamada Flores Para Argernón, cosas mías-. 
Lo que me resulta inquietante es que se sepa que tres científicos están descubriendo la forma de desconectar la agresividad del cerebro humano y medio planeta lo celebre, pensando en La Naranja Mecánica en lugar de indignarse recordando Un Mundo Feliz.
Lo que me preocupa es que seamos más de Burguess que de Huxley.
Porque inmediatamente todo el mundo comienza a hablar del control de los violentos, de la posibilidad de volverlos personas "normales", de lo maravilloso que sería poner fin al acoso escolar, al racismo, a las peleas callejeras y por supuesto, en primer lugar, a la violencia de género.
Y todo el mundo olvida o parece olvidar un hecho que resulta fundamental y que, pese a nuestro egocentrismo y nuestra incapacidad de percibir nuestra propia naturaleza, no deberíamos pasar por alto: eliminar la agresividad de un ser humano es eliminar al ser humano en si mismo.
Quitarle a un individuo -o "individua"- sus rasgos de agresividad supone convertirle en algo o alguien que no es humano. Puede que sea mas pacífico, más manejable y menos peligroso o peligrosa. Pero no es humano.
Y utilizo, algo poco habitual en mi prosa, la dicotomía de sexos -de género, que dirían algunas-en el párrafo anterior, porque ya las hay que han comenzado a interpretar estos experimentos como algo que no se puede aplicar a la parte femenina de la especie. De ninguna especie, ya que, según ellas, por todos es sabido que la agresividad animal es algo sólo achacable al sexo masculino.
Me limitaré a recordarles, antes de seguir adelante, que en la mayoría de las especies de depredadores es la hembra la que caza para las crías (agresividad predatoria), es la hembra la que las defiende (agresividad antipredatoria); que en la mayoría de las especies de rumiantes, las hembras compiten de manera agresiva por aparearse por el macho dominante de la manada (agresividad sexual); que tanto en herbíboros como en predadores las hembras participan en la defensa de los pastos y de la caza y compiten entre ellas por lograr los mejores alimentos para ellas y para sus crías (agresividad territorial); que son las encargadas de defender los nidos y las madrigueras. Es decir, que son tan agresivas y recurren tanto a ese elemento como los machos.
Se puede ser feminista, pero para hablar de animales hay que saber de qué se está hablando. Y, si se tercia, leer a Humbold y Conrad Lorenz, aunque sean hombres. O incluso a Dian Fossey, que es mujer.
Hecha esta salvedad, prosigo con el verdadero motivo de mi desazón: ese gusto humano y actual que esta investigación demuestra por restar a los seres humanos un elemento de su propia naturaleza.
Y ahora es cuando se me echan encima y me dicen que la agresividad es perjudicial, que genera violencia, que sólo seremos plenamente humanos si la erradicamos, si la eliminamos de nuestra base genética -si es que está allí- y de nuestro cerebro -donde seguro que está-.
Y ahora es cuando me veo obligado a recordar que somos humanos. No somos el Emilio, ese buen salvaje de Rosseau, Somos humanos y somos agresivos. Y es nuestra responsabilidad aprender a vivir con ello.
¿Eso es malo? Como diría Conrand Lorenz, ha sido el puritanismo y la desidia lo que ha transformado la agresividad en un "pretendido mal". Ha sido nuestro gusto por deshacernos de aquello que nos molesta, que nos exige esfuerzo y concentración lo que ha originado que veamos la agresividad como un problema, como un elemento cercenable de nuestro cerebro y de nuestra existencia.
¿Suena raro? No lo es.
Gracias a la agresividad de unos pocos hace unos siglos, ahora todos trabajamos ocho horas al día, gracias a la agresividad de unos pocos no somos esclavos, no somos siervos, tenemos derechos individuales y colectivos.
Gracias a la agresividad de unos pocos -o de unos muchos- la Plaza de La Liberación de El Cairo está llena día y noche, las calles de la capital de Túnez han dejado de ser el feudo de Ben Ali, los sindicatos franceses colocaron contra las cuerdas a un gobierno que, sin agresividad ninguna, había sido marcadamente injusto en sus leyes y sus normas, los estudiantes británicos acorralaron a su gobierno por imponerles unas tasas abusivas y elitistas.
Gracias a la agresividad sacamos adelante el día a día de nuestras vidas. Porque la resistencia ante lo injusto -colectiva o individualmente- también es agresividad, porque el afán de superación también es agresividad, porque esa, tan reclamada y renombrada, competitividad, que debe organizar nuestros horizontes profesionales -según se dice-, también es agresividad.
Porque sacar fuerzas de flaqueza es agresividad, porque remar contra viento y marea es agresividad, porque plantar cara a la adversidad es agresividad. Porque todos esos tópicos y lugares comunes que forman parte de lo que hace o puede estar obligado a hacer un ser humano para vivir, más allá de la supervivencia, necesitan, precisan y exigen agresividad.
Porque, por más idílico que queramos pintarlo, lo opuesto a la agresividad no es la paz ni la bondad, es simple y llanamente la mansedumbre.
Y en eso es lo que nos convertiría el rayito de marras que están diseñando los científicos californianos -con toda su buena fe, supongo y todo su espíritu competitivo agresivo en busca del Nobel, imagino-.
Los principales beneficiados de la posibilidad de cercenar la agresividad de nuestro hipotálamo no serán los seres humanos acosados, los maltratados o los violados. Serán los Mubarak, los Ben Ali, los LePenn, los Chávez, Los Grupos de Davos que están ahora y que quedan por llegar a lo largo de la historia.
Y el mundo será de Aldous Huxley. Será feliz. Lo será con cualquier cosa que le den o le hagan porque será manso. Porque habrá perdido los mecanismos para enfrentarse a la injusticia. Y, en contra de la máxima evangélica: los mansos perderán la Tierra. La tierra y la libertad.
Y aún muchos dirán que el rayo californiano está bien si solamente se aplica a los psicópatas, a los maltratadores, a las maltratadoras, o aquellos y aquellas que acosan, persiguen o hacen daño. Y ciertamente puede parecer una solución.
Y se antoja un proceder limpio y ciertamente indoloro pero, por decirlo de alguna manera, no estaría dentro de lo que debería ser el "modo humano" de hacer las cosas.
Tirar de rayo "desagresivizador" -el desagresivizador que los desagresivice, buen desagresivizador será-, es lo mismo que tirar de pastilla en la depresión, de llanto en la crítica, de desmayo en la vergüenza, de puñetazo en la discusión, de borrachera en la contrariedad, o de cocaína en el cansancio.
Es eludir el problema, es buscar la solución que nos permita saber que no tenemos que preocuparnos ni que esforzarnos para controlar, encauzar y encaminar nuestra agresividad como individuos y como sociedad.
El gusto por ver esos desarrollos científicos como soluciones a los problemas es, simplemente, el producto de nuestro más puro egoísmo irresponsable.
La consecuencia de esa necesidad que tenemos, en este mundo atlántico nuestro, de que nadie nos pueda exigir que participemos en algo que no redunda en nuestro inmediato beneficio -si puede ser económico o sexual, mejor-, aunque sea necesario para el bien común.
Porque el único modo alternativo al rayo de California para controlar y encaminar la agresividad es un clásico: la educación.
Y en eso tenemos que participar todos. Todos tenemos que generar los modelos; todos tenemos que ser coherentes con ellos; todos tenemos que responsabilizarnos de usar nuestra agresividad de forma constructiva -la mayor parte de las veces- y de forma destructiva, sólo cuando la injusticia colectiva y objetiva lo requiere.
Y eso nos obliga a no discutir a gritos en los mercados, a no insultar a voces en los campos de fútbol, a no clavar puñales por la espalda en las oficinas o los despachos, a no insultar en nuestras casas, a no pelear en los bares, a no despellejar en los cafés, a no maldecir en los atascos, a no amenazar en las manifestaciones, a no conspirar en los pasillos, a no saltarnos los semáforos, a no cruzar en rojo...
Es demasiado esfuerzo sólo para que otros no caigan en el acoso, el maltrato o la más absoluta psicopatía. Porque la educación nos obliga a ponernos el mono de trabajo y no quitárnoslo nunca y el rayito de Algernon no.
Es el mismo egoísmo social y personal que hace que recetemos Lexatín en lugar de enseñar a no deprimirse; que tiremos de asentimiento,  palmadita en el hombro y catarsis lacrimógena en lugar de enseñar a asumir las críticas y el cambio que esas críticas proponen; que recurramos a compañías de blindaje contra multas en lugar de enseñar que las normas de circulación están para cumplirse.
Es la misma irresponsabilidad que nos hace preferir soluciones farmaceúticas a todo, que no requieren esfuerzo alguno, en lugar de soluciones educativas, que precisan el constante trabajo y compromiso de todos.
Por eso nos gusta el rayo desagresivizador de California. ¡Qué se aplique a quien se tenga que aplicar y a mí que no me molesten! ¡Qué yo tengo que ocuparme de lo mio! Es la solución perfecta. Como el Orfidal, como DeMultas. Como los Clinex.
Pero olvidamos que en La Naranja Mecánica de Burgess el rayo falla y olvidamos que el rayo de California también puede aumentar la agresividad en lugar de cercenarla. Olvidamos que, de un modo o de otro, la luz de ese rayo ilumina solamente el mundo de Aldous Huxley.

miércoles, febrero 09, 2011

Trinidad Jiménez y las cruzadas en Hebrón

Mientras el mundo árabe se sacude a sí mismo, nuestra diplomacia, la española, es sacudida en Habrón. No es achacable a Trinidad Jiménez ni a nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores ese zarandeo, viniendo este de personas que están acostumbradas a ser protegidas por fuerzas armadas hagan lo que hagan y a no utilizar otra diplomacia que la del insulto y la inspiración divina -y los cañones de su ejercito, por supuesto-.
Así que los colonos de Hebrón, haciendo gala de ese gusto por la diplomacia que caracteriza a la ultraortodoxia religiosa -ya sea judía, musulmana o cristiana-, se dedican a gritar a nuestra ministra de Asuntos Exteriores y a recibirla con pancartas.
Los gritos son los clásicos.
La llaman antisemita. Porque todos sabemos que aquel que no de en todo la razón a los sionistas isrealies es antisemita. No existe la posibilidad de que les lleven la contraria porque esten equivocados, porque estén haciendo las cosas mal, porque no tengan razón o porque actúen contra el derecho internacional. Todo el que lleva la contraria a un judio lo hace porque es antisemita y le odia por el hecho de ser judío. Es un razonamiento preverso, pero es un razonamiento que la culpabilidad del Occidente Atlántico ha consentido y potenciado. Es un clásico.
Trinidad Jiménez es recibida bajo el apelativo de nazi. Tampoco es sorprendente. Porque todo aquel que está en contra de que una minoria armada hasta los dientes imponga sus criterios raciales y religiosos sobre una tierra que no les pertenece es un nazi. Porque todo aquel que se muestra contrario a que se utilicen políticas de ghettos, de segregación, de subordinación racial y de exterminio sistemático por hambre y bombardeo es un nazi. Porque todo aquel que no ve con buenos ojos que el sionismo armado israelí y la ultraortodoxia furiosa judía utilicen los mismos mecanismos, los mismos argumentos y los mismos modos que pusiera en accion el Partido Nacional Socialista Alemán tiene que ser un nazi. Otro clásico perverso permitido por aquellos que temen que algo le escueza al Estado de Israel.
Pero esos dos gritos son los argumentos típicos -si se tiene en cuenta que la única forma de argumentar que tienen estas gentes es gritar y solicitar exterminios a su dios-. Lo que es en parte original es lo que se lee en las pancartas.
Como España no tuvo mucho que ver con la Segunda Guerra Mundial, los colonos de Hebrón tiran de memoria histórica para justificar sus acusaciones y recurren a ese maravilloso mito histórico de la España Sefardí.
 "Hace quinientos años España echó a los judiós a Hebrón. La pregunta es ¿Quiere España ahora echar a los judíos de Hebrón?". Eso es lo que puede leerse en las pancartas que los ultraortodoxos tremolan ante la atónita y diplomática mirada de Trinidad Jiménez.
Y olvidan que los monarcas españoles católicos no les enviaron a Hebrón porque Hebrón nunca fue su tierra. Y olvidan la tilde. Pero ambas cosas son secundarias.
Lo principal es que esa frase hace de esta protesta otra vuelta de tuerca, otro giro dramático de la ultraortodoxia judía y el sionismo beligerante hacia la sinrazón, otro argumento absurdo y misteriosamente reversible que los sionistas y los fanáticos del dios de la zarza imponen a los demás y no aplican en sí mismos.
De un plumazo colocan en una línea de evolución ideológica inexistente La Revuelta de los Pastorcillos en Francia, la expulsión de Los Reyes Católicos en España, las persecuciones papales en Italia, El exterminio nazifascista de judiós en Europa, las deportaciones en Rusia...
Con sólo una pancarta y dos gritos pretenden crear un línea de evolución común que una al papa Jacobo Deuze, a Isabel de Castilla, a Musolini, a Hitler y a Stalin entre ellos y con Trinidad Jiménez, Mamud Abbas y todo aquel que se oponga a lo que hacen.
Con una sola frase pretenden unificar religión y odio racial, pretenden fundir fanatismo ideológico y religioso con la búsqueda del equilibrio mundial y de la justicia entre los pueblos.
Con una sola frase colocan a todo el mundo a un lado de la linea y a ellos y a su dios al otro. Y todavía los hay que dicen que Israel es un estado laico y no una teocracia encubierta y militarizada.
Pero lo más llamativo es que al recordar a Isabel y Fernando, a Torquemada y al Cardenal Cisneros, introducen un elemento que hasta ahora el Estado de Israel se había librado mucho de airear, de utilizar y de difundir en público: la persecución y las motivaciones religiosas.
El exterminio nazi estaba basado en que Hitler se había convencido a si mismo de que los judíos -y los negros, y los gitanos, y los latinos, y los árabes- eran una raza inferior que no merecía ser considerada humana -sus adlateres pensaban en el dinero, ya lo sabemos, pero esa era la excusa-.
Pero la expulsión decretada por Isabel, La Católica, vino motivada porque sus confesores la convencieron de que no podía albergar en sus reinos a los "asesinos del redentor" -sabemos que ella pensaba en sus deudas y el Tesoro Real, pero fue una excusa diferente-.
O sea que los colonos de Hebrón tiran de religión y no de raza, tiran de creencia y no de ideología. Abandonan el sionismo y acuden al Talmud. Y, como han hecho en los últimos años con la constante referencia a lo que los nazis hicieron con ellos, lanzan las piedras de sus lapidaciones contra Europa y las reciben en su mismo rostro.
Porque si está mal -que lo está- que la sudorosa Reina Isabel expulsara a los judíos porque su dios no quería que habitarán en tierra cristiana, es igual de inaceptable que 800 colonos ultraortodoxos pretendan, con el apoyo de miles de soldados de Israel, conventir en suya una tierra que no lo es por el simple hecho de que alguien escribió, hace cinco mil años, que su dios invisible les había otorgado esa tierra.
Porque si es reprochable -que lo es- que un monarca utilizara los relatos novelados de una crucifixión para privar a los judíos de sus propiedades y posesiones en beneficio de sus arcas y en sufragio de sus guerras, también lo es que un estado moderno prive a árbes y musulmanes de sus tierras, sus casas y sus ganados, en beneficio de judíos que tienen como único refrendo legal las alucinaciones de un patriarca en la soledad de un monte perdido hace cinco milenios.
Porque, una vez más los judíos ultraortodoxos y los políticos del sionismo militarista olvidan que,  si es insostenible que se expulse a alguien de una tierra por criterios religiosos como hicieron los Reyes católicos, lo es para todos, incluidos los judíos. Porque una vez más ignoran que si es indefendible que se invada la tierra de otros y se les asesine por motivaciones religiosas, como hicieron los cruzados, lo es para todos, incluído el Estado de Israel.
Porque, una vez más, comenten el error de pretender pasar por alto el hecho de que el exterminio nazi no es deplorable porque mató a judíos, sino porque mató a personas.
Porque, una vez más, ignoran que gritar ¡Dios lo quiere! no es en nada diferente de gritar a los cuatro vientos ¡Yahve Sebaot, Es la Voluntad de Yahve!
Es el mismo grito, es el mismo dios. Es el mismo delito.  

lunes, febrero 07, 2011

Euskadi o el misterio de la novia inalcanzable

Lo que tiene la radio es que juega con ese principio universal de que las palabras se las lleva el viento. Hoy, siguiéndola a primera mañana, he escuchado una frase. Un sumario, reptido posteriormente, que no corre el riesgo de ser un error por la reiteración y que, sinceramnete, espero que sea arrastrado por el viento muy lejos de las fronteras de este pais y, si se tercia, del mundo entero.
Hoy he escuchado que "el Gobierno se reunirá hoy para diseñar la estratégica jurídica que le permita evitar la concurrencia a las próximas elecciones de la nueva formación política abertzale, que se ha presentado hoy en Bilbao".
Y me ha sorprendido. Me ha sorprendido y me ha preocupado. ¿Por qué debe el Gobierno diseñar estrátegica jurídica alguna en ese sentido?, ¿por qué debe querer el Gobierno que los tribunales competentes -El Supremo, el sempiterno Tribunal Supremo- falle en un sentido u otro?
No voy a caer en la ingenuidad de exigir independencia al poder judicial, algo que, a estas alturas, es tan improbable e imposible como que el reciclaje detenga el cambio climático o que Israel vuelva a sus fronteras de 1959. Lo que me resulta impactante no es el electoralismo de esa decisión, no es la incoherncia de la misma. Desgraciadamente, eso en la política de nuestro país se da por sentado, como el valor en La Legión.
Lo que me preocupa es el hecho de que puedan ser tan ciegos que sean incapaces de ver lo que ocurre. Lo que me aterra es que no tengan claro lo que quieren que ocurra.
Durante años, todos los años que ETA ha estado matando y suicidándose con cada asesinato y cada explosión, aquellos que se hacen llamar democrátas, luego constitucionalistas, han reclamado, exigido, gritado y manifestado muchas cosas. 
Pero, como en los bíblicos mandatos de la deidad, todas esas exigencias se resumían en dos: que los violentos dejaran de matar y aquellos que los apoyaban ideológicamente renunciaran de forma explicita al camino de las armas como forma de conseguir sus objetivos políticos. Aquellos que creían que esa era la solución para Euskadi lo pedían; aquellos que se parapetaban tras esa exigencia para atacar toda suerte de nacionalismo, soberanismo o independentismo, lo exigían; aquellos que no ansiaban solución alguna ni para Euskadi ni para España y sólo perseguían una solución para sus menguadas listas de sufragios, lo imponían. En resumen, todos lo decían.
Pues bien, ahora lo tienen. Ahora ha sido dicho, escrito, firmado y presentado en sociedad. Han ganado. Hemos ganado
¿Por qué necesitamos que la izquierda abertzale desvinculada oficial, pública e ideológicamente de la violencia no concurra a las elecciones?
Ahora, que tenemos lo que se suponía que los que ideológicamente defendían el enfrentamiento cobarde y aramado no iban a hacer nunca, nos negamos a hacer lo que se presuponía que nosostros, como democratas convecidos -dejenme que lo repita, democratas ¿convencidos?- nunca ibamos a dejar de hacer. Permitir que toda ideología participe en el juego democrático en Euskadi.
Ahora esos que hablaban de esas condiciones y de tolerancia y libertades democraticas convierten la libertad y la democracia en una doncella esquiva e inasequible y a Euskadi en el desesperado galán que nunca consigue sus favores.
Como una dama romántica y lejana impone sus condiciones para conceder sus favores -siempre me encantó el concepto, como si el galán no hiciera favor alguno a la dama, pero no desvariemos-, ahora los democratas cambian, aumentan y modifican sus exigencias para mentenerse siempre inalcanzables, siempre distantes.
Se pide que se deje de matar y se hace, se solicita que se abandone la lucha armada y se hace, se impone que se rechace la violencia y se hace, se exige que se desvincule ideológicamente de ETA y se hace, se conmina a que se rechace ideológicamente cualquier recurso a la utilización de la fuerza, la amenaza, la coacción y la violencia y se hace.
Pero de repente, cuando nos sorprende el hecho de que aquellos de los que no esperabamos que lo hicieran, lo hagan, subimos un peldaño más nuestras exigencias.
Me niego a yacer contigo -dice la doncella- porque no me dices que me quieres. Ya me has dicho que me quieres pero no me lo dices todos los días, ahora dímelo delante de la gente, ahora necesito que me lo escribas en bellos poemas, ahora que me lo cantes en hermosas baladas...
Y cuando, al final de tan dura jornada de requiebros,  el galán ya tiene la boca seca y la mente aturdida de tanto requerimiento, cuando ha cumplido por activa y por pasiva todas las exigencias de su amada, llega la exigencia definitiva, la imposible de cumplir, la barrera que no se puede saltar: no te concedo acceso carnal a mi añorada figura porque, aunque has hecho todo lo que te he pedido, lo que te exigido, lo que te he demandado como prueba de amor, no sé si lo sientes realmente.
Y ese último regate mantiene a la doncella distante para siempre,  aleja la normalidad democrática de las tierras vascas, deja al galán sin coito. Deja a Euskadi sin posibilidad de paz.
Cuando la izquierda abertzale hace todo lo que se le ha exigido, el Gobierno, la oposición y todo el bloque constitucionalista -¿españolista?- introduce un elemento que nunca había contado en este macabro juego entre la muerte y la libertad. La necesidad de asegurarse de que todo lo que hace la izquierda abertzale se haga de corazón y con la sinceridad más impoluta y cristalina.
Un requerimiento que, por más que se defienda por los abertzales, nunca podrá demostrarse, siempre dependerá de la percepción del oyente. Siempre podrá ser rechazado.
Y eso lleva al Gobierno - por una vez apoyado por casi todos. Salvo el PNV, lógico. Ellos sí piensan en Euskadi- a rechazar su participación en unas elecciones, ignorando o queriendo ignorar un hecho que debería resultar obvio. El hecho de que somos nosotros, España y Euskadi, quienes necesitamos que la izquierda abertzale participé en las próximas elecciones.
Porque cada voto dado en las próximas elecciones al partido de la izquierda abertzale será una rendición, será un reconocimiento de que ya no se cree en ETA; porque cada sufragio emitido en su favor será un refrendo de que los abertzales han comprendido que para ser lo que son no hay que ser violento; porque cada papeleta supondrá que hay un borroka menos -y sé que el término no es el apropiado en euskera, pero no conozco otro- y un activista más, un violento menos y un democrata más, un asesino menos y un independentista más, un etarra menos y un vasco más.
Y si no sabemos comprender eso es que no sabemos comprender la historia.
Nadie exigió al comunismo real sinceridad, cuando el PCE renunció al concepto de imposición de la dictarura del proletariado, en su transformación en IU; nadie exigió como signo de sinceridad a Alianza Popular que purgara a cargos e ideólogos que habían mantenido principios basados en la represión y la violencia de Estado;  nadie exigió sinceridad al PSOE cuando renuncio al concepto de resitencia armada contra la dictadura. Nadie ha exigido nunca a cualquiera de las múltiples falanges que pululan por el panorama microelectoral de nuestro país sinceridad, nadie a demandado sinceridad a todos los partidos supuestamente anarquistas, leninistas o stalinistas que decoran de forma anecdótica las mesas electorales en cada elección. De hecho, creo que nadie ha revisado jamás sus estatutos para asegurarse de que rechazan explicitamente la violencia como forma de conseguir objetivos políticos. Seguramente se llevarían más de una sorpresa.
Yo soy muy de Braveheart y recuerdo el momento en el que William Wallace exige a los pérfidos ingleses como condición para la paz que "recorran Escocia parando en cada pueblo y aldea para pedir humildemente perdón por cada gota de sangre escocesa derramada". No puedo sustraerme a la épica de ese momento.
Pero tampoco puedo sustraerme al recuerdo de que lo que busca Wallace con esa exigencia es comenzar una guerra no terminar con ella.
Como no me sustraigo al hecho de que es la historia el movimiento que cambia el mundo y es la visión histórica el punto de vista que permite percibirlo .
En Egipto y aquí, en Euskadi.

sábado, febrero 05, 2011

Cuando la dispensa se hace causa de género

No se me ha olvidado. Todavía tengo algo que decir sobre la estulticia manifiesta de Igualdade de la Xunta de Galicia y lo haré. Pero dedicar dos entradas en estas endemoniadas líneas al mismo asunto en el mismo día iba a parecer paranoia. Y ya tengo bastantes dosis cercanas de paranoia persecutoria a diario como para insistir en el concepto los fines de semana.
Y hoy hay otro asunto, otro debate, relacionado con el genero y sus falsas guerras, con el sexo y sus supuestas violencias, que me resulta mas acuciante, más impactante. Más peligroso.
Se trata de un nuevo frente ideológico y, por supuesto, judicial -que en esto de la violencia afectiva todo termina redundando en algo judicial- que se ha puesto de moda.
Después de la negativa de las falsas denuncias, después de la campaña en favor de las retiradas de custodia preventivas, después de todo lo que han dicho y han querido decir, las ideólogas de la eterna persistencia de la violencia de género en nuestra sociedad se lanzan a una nueva palestra revindicativa.
Se trata de algo que podría definirse como la necesidad de obligar al sistema judicial a no hacer su trabajo. En beneficio de las mujeres maltratadas, claro.
El problema está en la dispensa de declaración, es decir, en la posiblidadi que se tiene de no declarar en contra de familiares allegados y personas con las que se mantienen relaciones afectivas estables -o aparentemente estables, que todo hay que matizarlo-.
Y esto supone que la mujer supuestamente maltratada puede negarse a declarar en el proceso judicial y, claro, si la supuesta víctima no declara y no hay pruebas objetivas, el enjuciamiento del presunto agresor no puede continuar  -fijémonos en la utilización de supuesta y presunto. Algo que se está perdiendo en nuestros días-.
Y realmente es un problema. No vamos a negarlo. Pero la solución es sencilla.
Es tan fácil como eliminar un precepto legal incluido en nuestra legislación hace dos siglos para evitar situaciones en las que alguien se veía obligado a declarar contra sus allegados.
Un principio que se sustenta en un falso sentido de la lealtad que antepone la familia a la verdad, que hace prevalecer los lazos de sangre, los afectos y las amistades sobre la justicia. Muy decimonónico.
Esto es lo que propone el Consejo General de Poder Judicial pero, ¿quieren esto las adalides de la lacra de la violencia de género? Pues va a ser que no.
Y ¿por qué? Pues muy simple. Porque eso carga la responsabilidad de la denuncia sobre la denunciante -atiéndase a la utilización de denunciante y no de víctima por el mero hecho de presentar una denuncia-. Sí, ya sé que eso es lo habitual y lo común. Salvo en las denuncias de malos tratos.
Si se elimina ese principio de forma universal, no solamente conseguiremos que se transforme ese sentimiento tan arraigado en nuestro país de que la familia y los amigos siempre tienen razón y de que los allegados deben apoyar de forma incontestable e incombustible a sus afectos, independientemente de que estos tengan o no tengan razón ,independientemente de que sean culpables o inocentes. eso ya de por sí sería un avance. pero eso no es lo que pone nerviosas a las ideólogas de género.
Lo que preocupa a las detractoras de esta medida no es ese doce por ciento de mujeres que se echan atrás cuando el juez les recuerda que pueden negarse a declarar en el juicio en contra de su marido o de su ex marido -sigo sin saber por qué motivo sigue considerándose una relación afectiva la condición de ex, pero ¡hay tantas cosas en esto que no entiendo!-. Para no variar, las que verdaderamente sufren no les importan. Les importa el resto.
Porque  si se elimina la dispensa de declarar y cualquier fiscal puede subir al estrado a cualquier denunciante de malos tratos es muy posible que las cifras cambien. Es más que probable que dejen de importar las denuncias falsas.
Es casi seguro que empiece a importar ese concepto tan medieval y deshonesto, eso tan sonoro llamado perjurio.
Porque en la actual situación, si la denuncia no se acopla a la realidad de los hechos, el sistema está obligado a tratarla como una denuncia errónea -¡como si fuera posible equivocarse al identificar a tu propia pareja en mitad de una acto de maltrato!- y no como una falsa denuncia en la que se presentan pruebas falsas -por eso existen tan pocas de las últimas-.
Pero si los fiscales llaman al estrado de forma obligatoria a las denunciantes y estas se niegan a declarar, las podrían acusar de obstrucción a la justicia y si su declaración resulta una mentira las tendrían que acusar, independientemente de su buena voluntad y su tendencia política, de perjurio. Lo dice la ley.
Así que las defensoras de la judicialización continua de las relaciones entre sexos no quieren que desaparezca el principio jurídico de dispensa.
No lo quieren porque si no existe ese mecanismo, las víctimas silenciosas dejarían de serlo para ser cómplices de un mal realizado contra su propia persona, porque si deja de aplicarse podría beneficiar a muchas inocentes, pero pondría en riesgo a un motón de mujeres falsarias y culpables. Y eso no puede consentirse. Si son mujeres  hay que serles leal y hay que protegerlas, aunque mientan y destruyan. Muy decimonónico.
Por eso lo que pretenden es que el sistema judicial no haga su trabajo. Que los jueces no las recuerden que pueden negarse a declarar -o que si no lo hacen, el proceso no sea invalido, como lo es ahora-, que no sea necesario que declaren o que declaren por escrito -negando la posibilidad de interrogatorio a las defensas de los acusados- o que, simplemente, se utilicen sus declaraciones en la comisaría -ignorando que en las declaraciones policiales no hay presencia de letrados, fiscales ni jueces, con lo que no hay garantía procesal ninguna para acusados ni para acusadores contra el error o la mala intención de los que participan en ese acto-.
En definitiva. Lo que se pretende es mantener a las mujeres y los malos tratos en la sombra, en el misterio, aunque se afirme y se grite lo contrario. De manera que se pueda ayudar a unas pocas -aunque no sé en que ayuda a nadie que se le permita no responsabilizarse de su vida y de su futuro- sin perjudicar a otras muchas que podrían quedar al descubierto y poner en entredicho un sistema que nació agonizante en su concepción y que se suicidó definitivamente en su ejecución.
Porque en su paranoia -otra vez la paranoia, últimamente no se aleja de mi- creen que el concepto de dispensa en la declaración se puede aplicar en lo que ellas llamarían ampulosamente "el ámbito de género" y que se les debe consentir no declarar publica y socialmente contra las mujeres que pervierten y manipulan el sistema en su propio beneficio. Porque una mujer no debe estar obligada a criticar a otra en estas cosas, por el mero hecho de que ambas son mujeres, ¡que eso une más que los afectos y la sangre! Muy decimonónico.

El mantra del Hemingway abertzale

Hay ocasiones en las que de tanto esperar algo, de tanto reclamarlo, de tanto desearlo y exigirlo, cuando por fin ocurre, nos pasa inadvertido. Se nos escapa repentinamente silencioso y corremos el riesgo de no escucharlo, como un sí susurrado en mitad de una florida y verborréica petición de matrimonio.
Pero ha sido dicho.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA, si la hubiera, en cualquiera de sus manifestaciones".
Vale, han tardado treinta años y varios centenares de muertos en decirlo, pero ya está dicho.
Y tenemos que escucharlo para que, si todo les va mal a aquellos que ahora inician un camino que deberían  haber transitado desde el principio, no puedan fingir que no lo dijeron, no puedan desdecirse de ello. No puedan abandonarse a sí mismos.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".
Y estamos obligados a oírlo para que, si todo les va bien a aquellos que han clamado por ello, que han hecho de ese objetivo su fin y de esa frase su sentencia, no puedan seguir pidiendo y exigiendo lo que ya se ha producido, no puedan refugiarse en ese lugar común para ocultar otros rechazos, otros odios y otras repugnacias que no tienen derecho a expresar.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones". 
Y no tenemos mas remedio que prestar oídos a esa afirmación para evitar que si aquellos que están llamados a construir una nación dentro de una patria o una patria dentro de una nación -que tanto da una cosa como la otra- no saben como hacerlo, no puedan actuar como si no hubiera sido dicho y eludir todas sus demás responsabilidades, todos los demás esfuerzos necesarios para construir y reconstruir la tierra en la que viven y gobiernan.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".
Y no nos queda otra que atender a ese grito y fijarlo en nuestra mente y en nuestra memoria para que, si todo se les tuerce a aquellos que han vividos pegados a la sangre y a la muerte en busca de poder, no puedan creer que no se ha dicho, que alguien aún les sigue el juego, que aún hay quienes creen que ganaran una guerra baldía que nunca ha sido tal, que aún pueden esconderse entre el pueblo de Euskadi.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".
Y hemos de entender el mensaje, para que, si algo se les niega a aquellos que han hecho de la memoria y la venganza, no puedan seguir insistiendo en que su odio no es suyo y ha de ser de todos, en que su venganza, por justa que se antoje, no ha de ser algo suyo y finito sino algo eterno y de todo el Estado.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".
Por fin ha sido dicho y hemos de escuchado para que, si todo sigue igual para aquellos que excusan su desidia y su falta de compromiso en el miedo, su inacción y su egoísmo personal y social en el temor, continúan igual podamos, ya no solo decirles que ETA ya no mata, sino que nadie apoya que lo haga. Que eso ya no sirve de excusa para apartar o tratar de no arrimar el hombro.
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".
Y después de lo dicho se puede seguir siendo violento, se puede seguir siendo intransigente, y se puede seguir fascista. Se puede seguir siendo radical y se puede seguir siendo extremista, se puede seguir siendo tremendísta y se puede seguir siendo victimisma. Se puede seguir siendo incompetente y se puede seguir siendo indolente.
Pero hoy, en Euskadi y gran parte de España, hay una excusa menos para ser todo eso.
La izquierda abertzale dice adiós a las armas disfrazada de Hemingway. Se imponen más adióses y muchos habrán de salir de nuestros propios labios mientras, como un mantra infinito, repetimos lo dicho:
"La izquierda abertzale rechaza y se opone al uso de la violencia o la amenaza de su utilización para el logro de objetivos políticos y eso incluye la violencia de ETA si la hubiera en cualquiera de sus manifestaciones".

jueves, febrero 03, 2011

La Revolución de la Moneda Fracionaria

En estos días, los bares están llenos de arabistas con café y sin cigarrillo; los informativos están plagados de reportajes sobre libertades y despotismos, los periodicos están repletos de columnas sobre pasados coloniales y futuros yihadistas.
En estos días, todo el mundo habla de lo árabe, opina sobre lo musulmán y diserta sobre lo magrebí. Todos hablamos de revuelta y de revolución. Pero, como suele ser habitual en muchos casos, no siempre el que habla mucho de algo es el que más lo práctica - sé que la comparación sugerida es obvia, procaz y evidente. Lo siento, no he querido evitarlo-.
Las idas y venidas de las sublevaciones y las revueltas árabes, musulmanas y magrabíes nos tienen descolocados.
Entre los rabiosos perseguidores de Ben Alí, los opositores egipcios o los detractores de Alí Abdalá Saleh en Yemen no atisbamos el verde sempiterno del Islam; entre los sospechosamente marciales partidarios de Mubarak y los, no menos sospechasamente, indolentes policías tunecinos no contemplamos pañuelos con sumnas coránicas ni vestimentas negras; entre los gritos de los estudiantes de Hammamet, de los trabajadores cairotas y de los agricultores yemeníes no escuchamos ese mantra odiado y temido en Occidente de Allahu akbar que, para nosotros, pondría las cosas de nuevo en su sitio, las haría reconocibles aunque incomprensibles.
Si, como se nos ha dicho, lo que está destrozando el mundo islámico es el yihadismo, ¿por qué no vemos lapidaciones y no escuchamos los rezos de clérigos llamando a la Guerra Santa?; si lo que está volvienda loca y poniendo rabiosa contra nosotros a esa parte del mundo es el Islam, ¿por qué no vemos en Túnez mujeres escondidas tras sus burkas, en Egipto crisitanos crucificados y en Yemen quemas de Biblias?, si lo que está haciendo a Oriente próximo y El Magreb peligrosos para lo nuestro es la amenaza islamista, ¿por qué no escuchamos mulahs llamando a la vengaza contra los odiados y odiosos cruzados en los minaretes de Qayrawan? , ¿por qué no reconocemos tropas de muyahidines enfrentándose al ejército egipcio en Alejandría?, ¿por qué no vemos fotos de ayatolahs barbudos en las manos de las gentes que protestan en las calles de Sana?
 Alguien nos ha cambiado el peligro musulmán. Alguien nos ha dejado, otra vez, fuera de juego.
Y los políticos occidentales, los analistas internacionales, los gobiernos y los organismos de este mundo atlántico nuestro, se lanzan a explicar el fenómeno. Hablan de libertad, hablan de democracia, hablan de necesidad de cambio, de hartazgo por la corrupción y de gusto por el libre pensamiento. Hablan de lo que nosotros tenemos.
Hablan de gobiernos despóticos, de régimenes anquilosados y tiránicos, de administraciones nepoticas y cleptocráticas. Hablan de represión, de hostigamiento, de persecución. Hablan de todo lo que nosotros ya hemos dejado atrás.
Y así, por un momento, abrumados por las imagenes y seducidos por las palabras, llegamos a creer que todo este movimiento en el mundo árabe, todo este baño de sangre en el entorno musulmán, todo esta revolución en las tierra magrabíes, son producto de sus ganas de tener lo que nosotros ya hemos conseguido, de abandonar lo que nosotros ya hemos olvidado. Creemos que todos estos cambios les harán ser mucho más democráticos, más libres, más modernos, más occidentales -como si las revoluciones movieran los países en los mapas-. Les harán ser más como nosotros.
Y ese conocimiento tiende a dejanos tranquilos, a alejarnos fantasmas, a hacernos hablar de ello en los bares. Y ese mensaje comprendido y comprensible -¿quién no va a querer ser como nosotros?- nos hace cerrar el periódicos antes de llegar a la página treinta y cuatro, cambiar de canal antes de que el informativo  presente la sección de economía.
Esa tranquilidad nos impide recordar que el principal denotante de toda revolución se mide en moneda fraccionaria.
Porque, los siglos, la épica y la mística, nos han borrado de la memoria el hecho de que Francia y los franceses no se alzaron cuando Rosseau publicó su teoría de la Separación de Poderes, no se levantaron cuando Luis XVI les quitó su libertad -que nunca habían tenido- o cuando maria Antonieta les impidió votar -concepto que desconocían-. Los franceses se alzaron por tres céntimos de sol.
Porque la teoría política, la Guerra fría y la caída del Muro del Berlín nos han quitado del pensamiento el hecho de que Rusia y los bolcheviques no se alzaron en aras de la dictadura del proletariado, no se revolucionaron cuando Lenin repartía octavillas en la puerta del Teatro de la Opera de San Petesburgo o cuando su zar Alejandro y sus cosacos les violaban a las hijas. Rusia y los rusos hicieron su revolución por cinco kopecks, medio rublo.
Porque el nacionalismo, la historia y el falso orgullo nos han hecho olvidar que hasta nuestra revolución, al española,  más infructuosa y quijotesca, no comenzó por defensa de los hijos del rey, no se inció porque nos quitaran nuestros signos culturales, no arrancó porque fueramos sometidos a un monarca extranjero con tropas extranjeras. España y los españoles se alzaron por la pírrica suma de medio real de a ocho.
Como la continua afluencia de imágenes de Egipto, Yemen y Túnez y de explicaciones de occidente nos envían impresiones de cambio a las retinas y sonidos de libertad a los oídos, no  llegamos a la página treinta y cuatro del periódico y no sabemos que la FAO nos dice que no hay dinero en el mundo para pagar toda la comida que necesitamos.
Como los análisis de los expertos y las declaraciones de los políticos nos hablan de ansias democratizadoras y de libertad, no aguantamos hasta la sección de economía del informativo y desconocemos que los precios de los alimentos son los más altos de la historia y eso no hay país pobre que lo soporte.
Como nuestro orgullo nos decora la historia, nuestra épica nos esconde las causas y nuestra imaginación nos diluye los motivos, ignoramos que las revoluciones, desde la francesa hasta la bolchevique, pasando por el éfimero Motín de Esquilache, no se han hecho en aras del sufragio universal, la división de poderes o de la dictadura proletaria. Han estallado por tres céntimos, cinco kopecs y medio real de a ocho. Han estallado por la subida del precio del pan, la harina y el grano.
Y todo lo que vino después, desde la fraternite hasta el comunismo, desde la separación de poderes hasta los planes quinquenales, desde el partido proletario hasta el sufragio universal, sólo buscaba una cosa: que el pan, la harina y el grano no subieran de precio y no volvieran a subir. No lo lograron, vale. Pero hay ocasiones en que la intención sí es lo que cuenta.
Todas esas circunstancias, todas esas impresiones, todos esos olvidos y todos esos saberes nos impiden descubrir que los árabes y los magrabíes no quieren ser lo que somos, no quieren tener lo que nosotros ya tenemos.
Simplemente quieren no tener lo que nosotros nunca hemos tenido y ya hemos olvidado: hambre.
No podemos llegar a la página treinta y cuatro ni a la sección de economía porque entonces quizás descubramos que su hambre es nuestra riqueza; que por debajo de los tambores de la libertad suenan los rugidos estomacales de la miseria, que acallados por los gritos de rabia del magreb y el mundo árabe, están los suspiros indiferentes y egoistas del Occidente Atlántico.
Si llegamos a esas páginas y escuchamos esas cifras quizás descubramos que no hace falta un iracundo dios mal entendido y perversamente explicacado para tomar la fuerza y el impulso necesarios para desposeer a aquellos que te roban y derribar a aquellos que te explotan.
Quizás a nosotros nos de por hacer lo mismo que los tunecinos, los egipcios, los yemeníes y los que vendrán detrás. Aunque seamos democráticos, aunque seamos cicvilizados. Aunque no pasemos hambre.
Por eso nuestros gobiernos mantienen controlado el precio de los productos de primera necesidad. Por eso la inmensa mayoría de nosotros no recordamos un solo día en nuestra vida en el que no tuvieramos nada que llevarnos a la boca. Por eso lo necesario sigue estándo barato.
Y por eso lo importante, aquello que, en nuestra indolencia y nuestro egoismo, consideramos importante sigue estando fácil y  perpetuamente a nuestro alcance. Por eso el sexo, la televisión y el ego siguen siendo gratuitos -casi siempre-.
El recuerdo de Francia, Rusia, España y todos los que fueron y la vista de Egipto, Túnez, Yemen y los que llegarán, hace que, para nuestros gobiernos y nuestros gobernantes, eso sea una cuestión de superviencia. La suya, no la nuestra.

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