sábado, diciembre 31, 2011

Nuestro Rajoy despide el año con la más que curiosa invención de la solidaridad inversa -¡Allah Yafasllah!-

Cuando las cosas se vuelven turbias, se enfangan, se confunden y se enlodan, lo mejor es siempre tirar de lo seguro, de lo que ya está dicho y escrito.
Y eso es lo que ha hecho nuestro nuevo presidente del Gobierno, el nunca suficientemente ponderado Mariano Rajoy. Si hombre, ya saben, el primer presidente del Gobierno español desde Serrano Suñer -el cuñadísimo- que se preocupa más de lo que dice Alemania que de lo que opina su propio país.
El tipo, que está dispuesto a batir todos los records, se ha lanzado a una vorágine de acumular títulos honoríficos como si se tratara de Rafa Nadal en busca del perdido número uno del mundo.
Su mentor tardó legislatura y media en que se le pillara en un renuncio de esos de "lo sabías y no dijiste nada, cacho perro". Cierto es que fue de los de órdago a la chica cuando estás a falta de doce. "pero si sabías que no había armas de destrucción masiva, pero si sabías que los aviones pasaban cargados de prisioneros ilegales por nuestro espacio aéreo y repostaban en nuestros aeródromos camino de Guantánamo, pero si sabías que se estaba negociando con ETA".
Pues nuestro ínclito Mariano ha tardado tan sólo un periodo bíblico de creación del mundo en que se le descubra que sabía algo y no lo dijo. Sabía que el déficit se iba a ir al ocho por ciento, sabía que eso significaba que no hacían falta 16.000 millones, sino 36.000 para lograr el añorado e incomprensiblemente arcano necesario para la salvación 3 por ciento de déficit, Pero se calló miserablemente.
No es tan grave quizás como lo de la guerra, pero su mérito tiene.
Y nos preguntamos por qué y la respuesta es tan sencilla como lo suele ser todo en la manipulación social -y toda campaña electoral es una tesis doctoral de manipulación social-. Porque si no ocultaba ese dato no podía mentir de una forma creíble.
¡Y ese es el segundo record que ha batido Mariano, que ya se codea con Usain Bolt y otros grandes recordmen del mundo!
Su antecesor en el cargo, al que algunos recordarán como el más funesto presidente de la democracia española -eso es porque no se acuerdan de Leopoldo Calvo Sotelo y prefieren no acordarse de José María Aznar- necesitó siete años para que se le pillara en una mentira flagrante, una de esas rupturas de promesa electoral que parecen que no pueden producirse. Prometió no desmantelar el Estado del Bienestar y propuso y aprobó la Reforma Laboral que incluía el aumento de la edad de jubilación y las condiciones más stajanovistas de contratación que se recuerdan en este país.
Si, acordaos. Esa contra la que no movimos un jodido dedo, amparados en que los sindicatos eran unos pintas y nosotros teníamos derecho a ser egoístas y mirar solamente por nuestro propio culo -como es fin de año hago uso del comodín anual del lenguaje soez-.
Pues bien a Zapatero le hicieron falta siete años pero a Mariano, que debió competir en velocidad en sus años mozos en su colegio de pago y de curas, le han bastado siete días para incumplir flagrantemente sus promesas electorales.
Y no una o dos de las pequeñas, no de esas que se hacen aunque todo el mundo sabe que no pueden llevarse a cabo, no una de esas demagógicas como la de "prometo una España más segura" o "voy a acabar con las diferencias entre clases sociales", que todo el mundo aplaude entusiasmado en el mitin y en la conexión televisiva aunque saben que se quedará en agua de borrajas. Ni siquiera una de esas que se pueden interpretar de mil formas, de manera que el digo que dije entonces se transforma, por virtud de la magia electoral, en el diego que digo ahora.
Él ha incumplido en el tiempo en el que el dios de las barbas tardó en hacer el mundo todas sus promesas y además de las gordas.
Prometió no congelar sueldos funcionariales y lo ha hecho. Prometió no paralizar las reposiciones de funcionarios públicos y lo ha hecho. Juró y perjuró que no elevaría las tasas y lo ha hecho, gritó a los cuatro vientos que no asumiría la Ley Sinde -ya saben la ministra grupi que no le habla al cine español- y la ha asumido, que no tocaría las pensiones y sube las de unos un uno por ciento y baja las de los funcionarios porque elimina las aportaciones estatales a sus fondos de pensiones.
Y, sobre todo, prometió no subir los impuestos. La primera en la frente.
Los sube porque tiene que hacerlo, porque en su visión -que desde Alemania le dicen que es la acertada y la única posible- es lo único que puede hacer. Los sube porque el déficit está en un ocho por ciento, los sube porque ya no puede permanecer, como hiciera durante cada mitin y cada comparecencia electoral, paralizado en mitad de la escalera rezando para que nadie supiera si subía o bajaba.
Lo hace porque ocultar el dato y hacer la promesa le ha servido para acceder al gobierno pero no le sirven para gobernar. Lo hace porque, como todo político, cree que tiene derecho a mentir y ocultar la verdad -que es otra forma de mentira, aunque muchos se empeñen en ponerle matices- para acceder al poder y luego encontrar una forma de justificarlo.
Y con eso bate otro récord mundial.
Zapatero tardó dos años en inventarse eso de la discriminación positiva y la violencia de género unidireccional para justificar algo que sólo podía definirse como fascismo anticonstitucional; Aznar empleó cuatro años de su tiempo en inventarse al Movimiento de Liberación del Pueblo Vasco para quedar bien en el extranjero, mientras aquí ejercía de irreductible martillo de infieles independentistas.
Pero Rajoy, que parece ir a la carrera en todo después de no haberse movido de su sitio, oscuro y anodino, durante más de una década, de nuevo ha inventado un término que le justifica, que cree que le ampara, que cree que le explica. En solo 198 horas se ha inventado el término "recargo temporal de solidaridad" para intentar decorar su incumplimiento, ocultar su mentira, ignorar su promesa.
Pero aunque él cree que no. Aunque él y Montoro piensan que es solamente una frase gloriosa que decora su fraude, un concepto relativo que oculta su mentira, esta vez y sin que sirva de precedente Rajoy ha dado con su frase en el clavo.
Su "recargo temporal de solidaridad", nunca ha podido ser mas cierto. Porque si acudes al diccionario de la Real Academia de la Lengua -y esto explica un par de miles de líneas tarde el comienzo de este post- puedes leer:
Solidaridad: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
Y eso es lo que es esto. Eso es lo que es esta subida de impuestos. Una adhesión circunstancial -y en nuestro caso la circunstancia es que el gobierno nos obliga- a la empresa de otros -y en este caso son los grandes bancos, y las corporaciones-.
Nunca un eufemismo fue tan cierto.
Rajoy nos hace solidarios de la necesidad de que otros y las empresas de otros mantengan sus niveles de beneficio, mantengan sus ganancias que luego serán distribuidas, en forma de dividendos, entre sus accionistas, no reinvertidas. No reutilizadas en la creación de empleo, sino simplemente transferidas a cuentas en el BNP de Luxemburgo o en el Banco Internacional de Caiman Brac para uso y disfrute de los rentistas.
Por eso somos solidarios. Porque nuestros sacrificios les producen beneficios a las empresas de otros. Beneficios que nosotros no veremos ni disfrutaremos.
Y aunque algunos de los amigos de siempre vean en esta afirmación mi ramalazo anarquista de entonces, intentaré explicarme.
Puede que controlar el déficit sea la solución. Y digo puede porque Brasil será en el primer trimestre de 2012 la quinta economía del mundo y su déficit y su gasto público esta once puntos por encima del de Grecia -la peor de los nuestros-; porque China es la primera economía del mundo -aunque digan que es la segunda- y nadie sabe si controla o no su déficit; porque Estados Unidos es el mayor generador de riqueza -no de reparto de la misma- del mundo y aunque el déficit federal se coloca en un asumible cinco por ciento, su déficit estatal -es decir, el que para nosotros sería autonómico- se dispara hasta el dieciocho por ciento.
Pero hagamos caso a la matrona alemana de furia pronta y memoria histórica huidiza y pongamos que hay que controlar el déficit.
Para eso necesitamos 36.000 millones de euros. Hagamos cuentas -Yo me hice de letras creyendo que la palabra y las ideas salvarían al mundo y ahora resulta que tengo que tirar de economía. ¡No sé qué haría sin la calculadora de Windows!-.
La banca española -sólo la banca- obtuvo el pasado año, después de impuestos 11.000.000 millones de euros de beneficios, según el informe del Fondo Monetario Internacional -para los escépticos-.
El dinero destinado a fundaciones sociales -que se desgrava íntegramente y a fundaciones culturales -que se desgrava en un cincuenta por ciento- fue de 8.000 millones de euros.
Veamos.
Si se les impiden las aportaciones a esas fundaciones que no son otra cosa que formas bellamente camufladas de eludir los impuestos -podemos pasarnos un año sin que Unión Fenosa sufrague la exposición de un individuo que clava con un hierro herrumbroso un trozo de carbón sobre un cacho de césped y le llama "Madre Asturias". Y es algo literal- tenemos unos beneficios de 19.000 millones después de impuestos.
Si les subimos un diez por ciento los impuestos -¿por qué?, porque somos el gobierno y si no le gusta que el Santander cierre todas sus oficinas en España y las abra en Madagascar, por ejemplo- , tendríamos que a ellos aún les quedan 15.000 millones de beneficios para repartir entre accionistas, sufragar exposiciones y fundar hogares de acogida para inmigrantes o potenciar la integración de discapacitados. Que no seré yo quien diga que todo eso no es necesario.
Pero nosotros, la España de andar por casa, que no somos ni discapacitados, ni artistas New Age, hemos ganado para nuestras arcas la no desdeñable suma de 4.000 millones de euros.
¡Estupendo, solamente nos quedan 32.000!
Y eso contando a los bancos, que otras corporaciones como Iberdrola, Telefónica o FCC también se encuentran en la misma situación y hacen la misma operación de cambiar impuestos por cuadros caros y supuestas acciones sociales que rara vez llegan a nada.
La solidaridad ha sido siempre -diga lo que diga la RAE- el compromiso de los que mas tienen con los que menos tienen, pero en este nuevo y rajoniano -¡como me gusta inventar gentilicios!- concepto es al revés.
Tres cuartas partes del esfuerzo solidario lo hacemos las clases medias y bajas, o sea los que trabajamos por un sueldo.
¿Y el capital? el capital aporta a nuestra tirita anti déficit 1.400 millones de euros.
Pero... ¡Un momento!. La bolsa, o sea el capital español, ha crecido en 25.000 millones de euros este año. Pese a la crisis de la deuda, pese a los bandazos, pese a la siempre aparente congoja de nuestros inversores y al perpetuo acojonamiento egoísta de nuestros accionistas, los beneficios bursátiles han experimentado 25.000 millones de euros de aumento.
Apliquemos un diez por ciento más de recargo impositivo sobre esas rentas -no un 0,5 como ahora-.
¿Por qué?, porque nos hace falta, porque no tenemos mas remedio. Porque los inversores y rentistas no pueden pretender que sus rentas sean intocables mientras nuestros sueldos no lo son, que sus ganancias sean sacrosantas mientras los réditos de nuestro trabajo disminuyen por el incremento del coste de la vida y de sus impuestos.
Bien, pues si aplicamos ese porcentaje, tenemos ni más ni menos -según un estudio realizado por el instituto Americano de Inversiones, nada sospechoso por otra parte de rojo, republicano, radical, revolucionario ni ninguna otra "erre" que se nos ocurra- que 6.000 millones más de ingresos en nuestras arcas públicas, marcadas por estigma del déficit cero, aquejadas por el síndrome psicológico del techo de déficit que Alemania necesita para que le cuadren sus negocios con Europa.
32.000 - 6.000 = 26.000. Esto es fácil hasta para uno de letras puras como yo. Si queréis os lo pongo en griego Koiné.
Y luego subamos los impuestos. Pero todos. De hecho, antes de subirlos hagamos que todos paguen sus impuestos.
Y para eso solo hay que hacer una cosa. Obligar a la donación del piso como único pago de las hipotecas.
Eso y hacer que los bancos paguen el impuesto de transacciones y las plusvalías.
Me explico.
Ahora mismo, según fuentes fiables del mercado hipotecario, los bancos españoles tienen casi un millón de viviendas que han sido obtenidas de los hipotecados que se han quedado a la luna de Valencia.
Pues bien. Los bancos no sólo no tienen la obligación de registrar esas viviendas a su nombre -lo cual sería una pasta-, sino que además no pagan el impuesto de trasmisiones patrimoniales cuando las venden.
No digo yo -que el optimismo social no es mi rango imperante- que vayan a vender todas en el próximo año. Pero si vendieran la mitad a un precio medio de 250.000 euros -que es también el estimado por el mercado inmobiliario- el pecunio nacional ganaría aproximadamente 11.000 millones, déjenme que lo repita, 11.000 millones de euros con el impuesto de trasmisión patrimonial y los gastos de escrituración nominal que ahora no pagan las entidades financieras.
Estábamos en 26.000 y le quitamos 11.000. Pues nos quedan 15.000 millones de euros para ajustar el presupuesto.
Y hecho todo eso, súbannos los impuestos, congelen nuestros sueldos, retiren sus aportaciones a nuestros planes de pensiones, hágannos trabajar dos horas y media más o beban nuestra sangre en un cáliz dorado y ofrezcan nuestros cuerpos en el altar de la expiación del déficit cero. Pero háganlo después de hacer pagar a todos, de apretar el cinturón de todos.
Si no es así,  no intenten convencernos de que debemos ser solidarios con aquellos a los que se les mantienen sus privilegios fiscales, sus dádivas y sus beneficios como si ellos no fueran los principales artífices del problema en el que ahora nos hayamos.
Así que, cuando este año se nos escapa con la invención sorprendente por parte de nuestro presidente del gobierno de la solidaridad inversa, sólo nos queda alzar nuestras copas, comer nuestras uvas y apurar nuestros cavas.
Brindemos.
Con 2011 se acaba la crisis. Se acaba la crisis y empieza la miseria.
Más vale que estemos borrachos para recibirla.

miércoles, diciembre 28, 2011

El francotirador que erró el tiro del maltrato

Siempre me ha costado entender cual es el motivo por el cual el asesitanto mítico de toda una generación de recién nacidos en la seca Galilea de hace un par de milenios se conmemora con bromas de mal gusto y noticias falsas en los rotativos. A lo mejor es porque para determinados fanáticos religiosos eso es tan recurrente -Egipto, Herodes, Qana-, que ya les hace gracia.
En cualquier caso, hoy es el día de Los Santos Inocentes, y por lo que se ve toca hablar de ellos.
Así que se supondría que ahora me tocaria aporrear el teclado con algo sobre los niños cordobeses desaparecidos, con algo sobre la mujer muerta a manos de su ex pareja ayer por la noche -y del novio actual herido de muerte, que esas cosas siempre se olvidan- pero no voy a hacerlo.
Podría hablar de Clarisse y Victorien, allá en la lejana Burkina Fasso -eso está en África, para quien le importe saberlo- y podría decir que la lencería femenina mata y esclaviza más niñas y mujeres en el mundo que La Internacional del Maltrato -si es que esta existiera-.
Podría decirles a las indignadas adalides del victimismo feminista, ultimamente calladas y acalladas por otras realidades y gobiernos, que su indignación contra Victoria Secret, Etam o cualquiera de las voluptuosas marcas de interiorismos humanos femeninos no debería centrarse en los turgentes pectorales ni los sólidos gluteos expuestos con fruición de sus modelos, sino en las varas de boabab y los camastros que las niñas de Burkina Fasso que recogen su algodón, o las de India o Sri Lanka, que lo convierten en tan excitantes prendas,  sufren cada mañana y cada noche a manos de Herodes forzosos que no tienen otra manera de sacar benficio a sus campos y a sus fábricas.
Podría decirles que sus maravillosos sujetadores y tangas rojos de Nochevieja han matado a más niñas que cualquier machismo en el mundo.
Pero no lo haré. Eso sería hablar de los inocentes. Eso sería intentar generar una urticaria recurrente a todas aquellas que sintieran el roce de su preciosa ropa interior en los pezones o los muslos. Eso sería machista.
Eso sería intentar quitarle a la mujer su más inalienable derecho: estar guapa a cualquier precio. Caiga quien caiga. Muera quien muera. Sufra quien sufra.
Así que, haciendo caso a aquellos que exclusivamente valoran mis escritos, más que por su poca o nula calidad, por su mayor o menor capacidad de tocar las narices, hoy, Día de los Santos Inocentes, voy a hablar de culpables.
Y para ello les presento a José Ángel Lozoya.
El hombre, de cuya buena intención no dudo en ningún momento, tiene en su haber la idea original -y esto lo digo sin el más mínimo sarcasmo-  de crear el primer grupo de hombres por la igualdad. Y eso es un mérito incuestionable no solamente por la idea, sino por haber conseguido, hace ni más ni menos que 26 años, que otros hombres la aceptaran y comulgaran con ella.
Claro, como no había ningún hombre en la firma de la Declaración Universal de Derechos que especificaba que "todo ser humano nace libre e igual"; como no estaba presente varón alguno en la elaboración del manifiesto sindical de las Trade Unions, allá por 1830, que afirmaba que "todo trabajador, sea cual sea su origen o condición, tiene derecho a un salario justo por su trabajo a título individual"; como no se puede encontrar rúbrica masculina ninguna en las conclusiones de los Estados Generales de Francia que, en el siempre recordado -o no tanto- 1789, sancionaron la abolición del Derecho de Pernada, del Derecho de dote y de La Sanción Matrimonial, es logico pensar que el bueno de José Ángel Lozoya pueda ser considerado el padre del primer grupo de hombres que se preocuparon por la igualdad a lo largo de los tiempos.
Por si no lo habéis notado, esto sí es sarcasmo.
Pero a lo que vamos.
A Lozoya por tan plausible motivo le entrevistan, le dan la posibilidad de decir lo que quiere y, como hacemos todos o casi todos cuando un periodista nos pone una grabadora delante para hablar de lo nuestro, se convierte en un francotirador. El tipo toma su AR 5 de mira teléscopica, se aposenta sobre el trípode del arma, se sube en la azotea de sus convicciones y dispara a matar.
"Si los hombres son el problema, trabajar con ellos debe ser parte de la solución".
Pero, quizás porque no está acostumbrado a estas misiones encubiertas que exigen disparar un solo tiro y dar en el blanco sin posibilidad de error, quizás porque no tiene bien calibrada la mira, quizás porque no tiene en cuenta el viento y la distancia, falla el blanco, yerra el objetivo. Y además lo hace por kilómetros, por millas.
Intenta eliminar al culpable, que es a lo que vamos, de un solo disparo y no acierta ni de lejos.
Falla por un par de palabras, un plural y una concordancia verbal copulativa pero falla. Y su error convierte su intento en algo baldío, improductivo, infinitamente carente de sentido.
Porque el hombre no es el problema. Algunos hombres son parte del problema.
En este país este año han muerto cien personas en numeros redondos a manos de sus parejas, de sus afectos o de sus antiguos afectos. Sesenta mujeres y cuarenta hombres.
En este país los celos, la incapacidad de aceptar el desamor, la venganza afectiva, la psicosis amatoria, la forma falsamente pasional y posesiva que tenemos de concebir el amor y las relaciones han llenado cien catafalcos, han originado un centenar de funerales.
Si nuestro concepto de amor es parte del problema, trabajar con nuestro concepto de amor debe ser parte de la solución.
En España se han producido más de 10.000 sentencias por agresiones dentro de la pareja -18.000 sin cotabilizamos las sentencias judiciales en contra de mujeres, que curiosamente siempre se eliminan de la estadística porque no son consideradas, claro está, violencia de género- y la inmensa mayoría de ellas se producen durante los procesos de divorcio motivadas por la perdida de propiedades, por la adjudicación de la custodia o del disfrute de bienes comunes, por el pago o no pago de las pensiones compensatorias o las asignaciones alimentarias. Es lo que tienen los juicios, que cuando alguien agrede a alguien tiene que explicar por qué. Los titulares nos permiten eludir esa molesta obligación, pero los juicios no.
Así que el hecho de que nuestra división y liquidación de gananciales esté legalmente vinculada a la custodia, que no se aplique de forma automática la custodia compartida, que se mantenga el arcaico concepto de pensión compensatoria -como si las mujeres no pudieran trabajar y ganarse la vida por el hecho de haber estado casadas-, que se permita a las mujeres sustuir sus obligaciones económicas para con sus hijos con el nebuloso concepto de "cuidado materno", parece, solamente parece, que forma parte del problema
Si la legislación matrimonial y de divorcio es parte del problema, trabajar con nuestra legislación matrimonial y de divorcio debe ser parte de la solución.
En este país 50.000 niños sufren agresiones en el entorno familiar -el setenta por ciento a manos de sus madres-, 15.000 sufren acoso escolar -por niños y niñas sin ningún distingo-, el 40 por ciento de los pleitos por tráfico tienen aparejadas denuncias de agresiones verbales o físicas de hombres y mujeres indistintamente, un treinta por ciento de las personas dependientes sufren maltrato por parte de aquellos que tendrían que cuidarles, se juzgan varios centenares de miles de juicios de faltas por peleas, agresiones menores, insultos, amenazas e injurias, se juzgan casi 10.000 denuncias sindicales y laborales por mobing o acoso laboral.
En este pais -y supongo que en otros muchos- el recurso a la violencia, a la agresividad es la primera cabeza de puente que establecemos cuando queremos solventar un conflicto, cuando nuestra paciencia llega a su límite, cuando creemos tener razón y nadie nos la da.
Si nuestra forma de concebir las reacciones, nuestra agresividad, es parte del problema, trabajar con nuestra tendencia a la violencia debe ser parte de la solución.
En España, según tres jueces decanos y la propia Fiscalia del Estado, el 85 por ciento de las denuncias de malos tratos no tienen base probatoria y son archivadas, un alto porcentaje son malintencionadas -no dire falsas para no caer en la trampa legal que supone que una denuncia falsa es una denuncia que amaña las pruebas, no solamente una en la que se miente-, los abagados recomiendan acusar de malos tratos para conseguir una orden de alejamiento automático y por tanto la custodia provisional y el uso de los bienes gananciales.
Hay mujeres condenadas por fingir agresiones, procesadas por fingir violaciones, encarceladas por perseguir a su antigua pareja con un cuchillo de cocina. Hay mujeres que creen que la venganza es el camino para la divorciada, para la abandonada, hay mujeres que se empeñan en negar la alienación parental mientras queman y esconden todos los regalos que un padre divorciado le hace a sus hijos, mientras lloran desconsaladas chantejeando a sus vátagos cada vez que se van de fin de semana con "ese cabrón que nos ha abandonado", que niegan a los abuelos paternos el acceso a sus nietos y, por definición, a sus hijos el acceso a sus abuelos.
Si determinadas actitudes y vicios de la mujer son parte del problema, trabajar con la mujer que demuestra esos vicios y esas actitudes debe ser parte de la solución.
Y en este país hay asociaciones, colectivos e ideologías que pretenden justificar todo eso de una forma u otra porque son mujeres.
Que intentan vendernos que puede haber una discriminación positiva aunque sea negativa para otros. Que defienden que todo eso está justificado por una supuesta deuda histórica. Como si una bisabuela maltratada fuera a descansar más cómodamente en la tumba porque ahora su bisnieta se aprovechara de leyes injustas y tuviera derecho a hacer cualquier cosa, a convertir la necesaria capa de la igualdad en el amplio sayo de la discriminación masculina, amparada en su pretérito sufrimiento.
Ideologías que defienden que la mujer debe estar presente en el poder por imperativo legal aunque no se lo haya ganado -que hay que ser muy perro o perra para llegar al poder-, que se puede disfrutar de un chulazo medio en cueros en un anuncio, pero no de un pivón semidesnudo en una valla publicitaria, que ellas pueden soñar con George Clooney o meter a un boys diez pavos en el tanga pero los hombres no pueden fantasear con Anastacia o plantar un billente de veinte en la solida nalga bamboleante de una stripper. Que es divertido que se humille a los hombres en la publicidad pero intolerable que se haga lo mismo con las féminas.
Si la perversión ideológica del feminismo militante es parte del problema, trabajar para eliminar esa perversión ideológica debe ser parte de la solución.
Y en este país -no se me olvida- hay personas, hombres y mujeres, que aún piensan que la mujer debe estar sometida al hombre, que el matrimonio es un remedo de esclavitud consentida, que el hombre tiene razón por el mero hecho de su sexo, que él es el que tiene que tomar las decisiones, que la mujer debe plegarse sin rechistar a sus deseos sexuales o de cualquier otro tipo, que la mujer no tiene derecho a negarse a nada, ni a ser independiente, ni a vestir como quiera, ni a abandonar a aquel al que ha dejado de amar.
Si el machismo reclacitrante es parte del problema, trabajar para erradicar ese machismo decimonónico de hombres y mujeres debe ser parte de la solución.
Y, por supuesto, en este pais hay hombres que definen su masculinidad por el grosor de su mata de pelo en el pecho y por la fortaleza de sus golpes. Que piensan que la agresión es la forma de imponerse, que ser hombres les da derecho a meterse entre las piernas de cualquier mujer, quiera ella o no, que para ser un verdadero hombre hay que rugir, golpear, humillar y mantener a los demás -sean mujeres o no- bajo su férula de mando.
Si algunos hombres son parte del problema, trabajar con esos hombres tiene que ser parte de la solución.
Claro que el bueno de Lozoya puede que no tuviera tantas balas en su fusil de francotirador, puede que su entrevistadora no tuviera tiempo ni ganas de permitirle recargar y apuntar en todas direciones para hacer de su misión algo productivo, algo real, algo que mereciera la pena ser apoyado.
Al fin y al cabo la entrevista iba destinada a un blog de mujeres. Y se supone que las mujeres no quieren leer eso. Como no quieren leer que sus minúsculos y sugerentes interiores matan y esclavizan niñas.
Para eso está la sección de Internacional. Para eso está el resto del periódico. ¡Que se preocupen de eso los periodistas masculinos. Nosotras, las expertas en igualdad, tenemos nuestras prioridades!
Pero a lo mejor, el pobre de Lozoya, simplemente no se ha dado cuenta de una cosa muy simple. Le han dado una carabina de largo alcance y le han mandado a una misión imposible en un día equivocado.
Alguien le ha cargado el arma y le ha arrojado a la jungla con su bonito uniforme de camuflaje para que mate al culpable y salve a los inocentes y al apuntar se ha dado cuenta -o debería haberlo hecho- de que, pese a la conmemoración que toca hoy de la locura infanticida del tetrarca galileo, no tiene nadie a quien salvar, no tiene nadie a quien proteger.
En esto de la violencia social que nos aqueja no hay Santos Inocentes. Todos somos culpables.

martes, diciembre 27, 2011

Arvi Ran, Hamas, los arios y los cimarrones.

Que el fanatismo religioso es la base de las guerras pasadas, presentes y futuras en esas tierras aquejadas de la eterna parálisis del conflicto armado que llamamos Oriente Próximo es una mentira del tamaño del Templo de Salomón.
Y la mentira es tan grande que no nos cuesta creerla, que no tenemos el más mínimo problema en aceptarla sin pestañear porque nos viene bien, porque nos elimina de la ecuación, porque nos deja al margen.
Y decir esto, después de una invasión romana que dejó el susodicho templo para el arrastre, de una revolución en Masada que vio morir a sus protagonistas a sus propias manos cantando salmos, de trece cruzadas, dos contra cruzadas, una invasión otomana, una invasión sionista y una reacción yihadista, parece que es arriesgado.
Pero es palpablemente cierto.
Después de escuchar los panegíricos de los mafiosos de Hamas sobre sus falsos paraísos, después de soportar las églogas de los ultra ortodoxos sionistas sobre la Gran Israel y la Bella Sión pareciera que la religión es el motivo. Pero no lo es.
Desde siempre ha sido la excusa. Pero nunca ha sido el motivo. Y son los propios fanáticos que dicen defender a sus retorcidos dioses los que lo demuestran.
Hay un tipo en los territorios ocupados que se ha disfrazado de mesías, que se ha colocado el Inri sobre la cabeza y pretende que los palestinos carguen sobre su piel con las espinas de la corona que él se ha ceñido en la testa.
Se llama Arvi Ran y ha sido proclamado por la ultra ortodoxia judía como El Rey de Las Colonias. Ya tenemos Mesías. La excusa hebrea recurrente para la guerra a lo largo de los siglos.
Si Ran fuera realmente un ultra ortodoxo estaría tremolando la Tora en las calles de Tel Aviv, exigiendo que las israelíes abandonasen sus ajustados e insinuantes vaqueros, que se subieran en la parte de atrás de los autobuses, que los jóvenes cachorros de Israel no se cortaran el pelo en punta y dejarán crecer sus tirabuzones, que nadie saliera a la calle a la puesta de sol, que nadie diera más de 100 pasos los sábados por la noche, que los hombres de Sión arrastraran a su casa a las viudas de sus hermanos muertos y a su lecho en el caso de que estas no tuvieran descendencia.
Eso es lo que hacen los ultra ortodoxos de verdad, los locos furiosos de la religión al pie de la letra bíblica sin posibilidad de interpretación ni actualización. Esa es la guerra que han emprendido contra su propia policía y contra su propia sociedad aquellos que aún no han comprendido que Moisés solamente quería que los miembros de sus pastores permanecieran dentro de sus calzas y que se pudiera llevar una cuenta clara de las propiedades y las herencias cuando escribió, junto con su querido Aarón, ese compendio de leyes de hace tres mil años conocido como el Levítico.
Pero Arvi Ran no está en Tel Aviv escupiendo en los turgentes escotes de las jovencitas ni abofeteando a jovencitos de pantalones cagados y flequillo de punta. Está en los territorios ocupados hablando de Sión, de Yahvé, de los textos sagrados...
Y negándolos absolutamente todos con sus actos.
Porque su dios les dijo expresamente -ya sabemos que los judíos son los únicos que hablan con su dios directamente- que no pusieran el píe en Israel hasta que él se lo dijera.
Y se lo ha dicho la Sociedad de Naciones, se lo ha dicho el mundo Occidental, se lo ha dicho Estados Unidos pero, que sepamos, el bueno de Jehovah no se ha pronunciado aún al respecto.
Porque si el ex militar herido en combate Arvi Ran fuera realmente un fanático religioso y mantuviera su guerra por el control de Cisjordania por motivos religiosos como dice hacer, lo único que su dios le permitiría realizar sería mantenerse en la frontera exterior de los territorios ocupados, rezando a Yahvé, untándose el pelo de ceniza y rasgándose sus condecoradas vestiduras, mientras suplicaba a su divinidad que adelantara el día en el que literalmente -que para ser ultra ortodoxo hay que ser literal- hiciera descender el nuevo templo desde el cielo para anticipar la llegada de El Mesías y abrir las puertas de Sión a los judíos para una nueva alianza sagrada -no sé cuántas han roto ya-.
Pero Arvi Ran y sus supuestamente ortodoxos seguidores no hacen eso.
Invaden, pueblan y defienden a tiros y ataques nocturnos sus asentamientos ilegales y sus colonias condenadas por todos los países de La Tierra.
¿Por qué? Porque su dios se la pela, se lo pasan por el arco del triunfo, les importa un carajo. Le utilizan de excusa descontextualizada, le mantienen en primera línea para que les sirva de parapeto y de escudo de otras cosas.
Porque hacen lo que se ha hecho siempre allá por las afueras de Jerusalén. Sacar a Dios a pasear para que no se escuche el ronco retumbar de otros pasos que tienen más difícil justificación.
Y ese sordo retumbar, esos pasos se resumen en una sola frase. En la idea central del ideario de este nuevo mesías autoproclamado de Las Colonias. Un pensamiento que no está en ningún texto talmúdico, un versículo que no se haya en copia alguna de La Torá.
"Cuando un árabe ve a un judío, lo único que debe hacer es inclinar la cabeza".
Y eso es lo que mueve toda su acción, toda su supuesta guerra religiosa, toda su falsa ultraortodoxia.
Eso es lo que le permite torear las exigencias de su dios e insistir en la ocupación de una tierra que no es suya simplemente porque cree o sabe que su país la necesita para evitar que dentro de cincuenta años su población sea una mezcolanza de tal proporción que sea imposible dictaminar quien es judío puro, quien forma parte del pueblo elegido de su dios, quien debe inclinar la cabeza ante quien. Quien es superior. Vamos, un país como todos.
Eso es lo que hace que pase por alto las mezquitas en sus ataques nocturnos, conformándose con unas pírricas -para él, claro está- pintadas con insultos pero incinere hasta los cimientos tiendas y negocios.
Porque el dinero que los palestinos obtienen de esa tierra debería ser para los judíos, porque ellos deberían trabajar por un mendrugo y un techo, como supuestamente hizo Israel en Egipto, para mayor gloria y riqueza de sus superiores hebreos.
Porque lo único que le importa de su dios es su creencia de que le creó superior a los demás.
Creo que he leído parecido en alguna parte pero los excesos navideños me han embotado algo la memoria y la actividad neuronal.
¿Lo he leído en La Tora?, no, creo que no. En algún texto talmúdico, me parece que tampoco. ¿Lo he visto en el Catecismo católico naranja?, ¿en El Corán?, en El Libro de Mao o en El Camino de Escrivá de Balaguer?. No, eso no me suena.
¡Mierda lo tengo en la punta de la lengua!, ¿cómo se llamaba eso?
¡Ah ya me acuerdo!. Se llamaba nacional socialismo y estaba escrito en Mien Kampf.
Así que, de repente, el bueno del Mesías de Las Colonias se ha convertido en un líder ario y sus jóvenes colonos de tirabuzoncitos curiosos en los camisas pardas.
Sorpresas te da la vida.
Pero el defensor de la raza aria judía llamado Arvi Ran y sus fascistas seguidores -escuece merecer el nombre de tus propios verdugos, ¿verdad?- no es el único que ha usado a su dios como excusa para otras cosas, para otros modos, para otras necesidades.
Los locos furiosos de Hamas también lo han hecho. También se pasan por la piedra todas las recomendaciones de su dios invisible, todas las explicaciones de su profeta, todos los mandamientos de sus divinidades y sus santos y los tremolan cuando lo que en realidad están buscando es otra cosa.
Si lo hicieran por religión no enviarían niños a la guerra y a hacerse estallar cuando su dios especifica claramente que aquel que provoca la muerte de un niño nunca entrará en el paraíso.
Si realmente fueran ortodoxos islámicos se dedicarían a recorrer sus calles poniendo velos, prohibiendo usar el verde en cosas profanas y vistiendo de negro a todo aquel que no hubiese alcanzado el nivel de santidad necesario para vestir de blanco. SI realmente se aferraran al Corán distribuirían turbantes obligatorios entre sus hombres, prohibirían recortarse la barba -¡que obsesión esta de las religiones semíticas con el bello facial masculino, por cierto- o cortarse la melena, obligarían a las autoridades a abrir los manicomios y dejar a los locos sueltos por la calle o impedirían que sonase música alguna que estuviera realizada en honor de dios o de sus actos -eso vale para poder cantar en las bodas, creo-.
Pero se dedican a mandar misiles Kasan a tierra israelí, se dedican a dinamitar procesos de paz, a matar a palestinos que defienden los puntos de vista de Fatah, a purgar sus filas, a traficar con armas en Estados Unidos, a dividir la tierra que dicen defender en dos, a utilizar población civil de escudos humanos.
Su dios les arrancaría la yugular con los dientes si los tuviera y su profeta -más pronto a la ira- no sería ni mucho menos tan piadoso con ellos.
Pero a ellos no les importa. Porque sus constantes rezos, sus perpetuas bendiciones y promesas de salvación para los suicidas y sus madrassas solamente sirven para ocultar su verdadera creencia, la única religión en la que creen.
De nuevo en Tierra Santa la religión oculta algo más bajo, más prosaico, más repugnantemente humano.
Como hicieran los cruzados con las rutas de los peregrinos y los Santos Lugares, como hiciera Tito con la estatua del divino cesar de turno, como hiciera Saladino con la mezquita del Profeta. La religión y la santidad son la excusa que oculta de los ojos la ambición y el dinero.
"El pueblo palestino debe saber que sin Hamas no hay posibilidad de progresar, no hay posibilidad de supervivencia, ni de resistencia ante el enemigo sionista de dios", puede leerse en uno de sus panfletos estratégicos internos.
Y esa sola frase nos explica porque hace tantos años que Ala no sale de la meca para poner el pie en Jerusalén -o ya puestos en Nablus o Jericó-.
Al igual que la aria reflexión de Arvi Ran, esta frase se me antoja conocida, se me antoja demasiado similar a otra que rezaba más o menos "los esclavos deben saber que sus señores son los únicos que les pueden proteger del hambre y del salvajismo que tienen en su propia naturaleza, deben comprender que solamente ellos pueden llevarles la auténtica fe y por tanto garantizar la salvación de sus paganas almas".
Pero una vez las libaciones etílicas navideñas me embotan la memoria y no puedo recordar donde he leído esa frase, donde he escuchado esas palabras ¿Son un versículo del Corán?, ¿Forman parte del libro de las Revelaciones?, ¿están recogidas en la titanomaquia o en las metamorfosis de Ovidio?, ¿forman parte de la estructura de las memorias de Saladino o de las sunnas del suegro del profeta?
¡Ah, ya caigo! Era la carta que su majestad la reina niña Isabel II de España envió a los cimarrones sublevados en Cuba, allá por el año de Gracia de Nuestro Señor Jesucristo de 1840, conminándoles a la rendición.
Así que los supuestos hijos predilectos del Islam se han convertido de repente en esclavistas y sus armados muyahidines en simples capataces de plantación.
La vida te da sorpresas.
Porque, según las cifras de la propia autoridad palestina, sin la ocupación acabara el producto interior bruto de palestina se multiplicaría por siente, si no hubiera guerra la renta per cápita de los palestinos se multiplicaría por tres, si Hamas no utilizase todos los recursos que gasta para su mantenimiento y armamento la situación económica de Palestina la haría subir trece puestos en la lista de recursos propios.
Y si todo eso ocurría los palestinos ya no tendrían que ser esclavos para sobrevivir.
Cierto es que ni israelíes, ni palestinos son culpables, sino más bien víctimas de todo ello. Y cierto es que los gobiernos de uno y otro país no son responsables -o al menos solamente lo son en parte- de que estos individuos utilicen de parapeto y excusa a sus respectivos dioses.
Pero quizás deberían hacer algo definitivo.
Quizás unos deberían utilizar el tristemente mítico Mosad para sacar a Arvi Ran de su cama y de su asentamiento y llevarle con los ojos tapados ante el monumento a los caídos del Holocausto, juzgarle sumariamente como a otros destacados arios a lo largo de la historia y condenarle a morir gaseado -sí, gaseado- por nazi.
Y los otros deberían enterrar hasta el cuello a algunos de los barbudos falsos profetas del islam que se esconden en Hamás y lanzar al galope a sus caballos alazanes entre ellas hasta que alguno les arrancara la cabeza de los hombros.
Puede que no sea una solución muy pacífica y civilizada. Pero empezaríamos a creernos que de verdad quieren la paz y no van a consentir que use la religión de excusa para demorarla o evitarla.

El miedo a la guerra justa al oeste de Greenwich

Podría hablar de cómo la concejala de Medio Ambiente con el medio ambiente más sucio de España ha logrado una alcaldía, de cómo la concejala de empleo con menos empleo del país ha conseguido por la puerta de atrás el bastón de alcaldesa sin que un solo madrileño la vote para tal cargo. Podría hablar de como la piña del nuevo gobierno se ha ido por el sumidero desgajada en piñones en cuanto Montoro ha empezado a afilar las tijeras de los recortes presupuestarios. Podria seguir mirandonos el ombligo, cada vez más arrugado y más sucio. Pero no voy a hacerlo. Nuestro ombligo ya ha sido suficientemente abrillantado con las fiestas y los fastos de las navidades y los cambios de gobierno.
Hoy voy a tomar la imagen de una mujer embozada -no velada- y voy a hablar del mundo, del de verdad. Del que está vivo y nosotros estamos permitiendo que muera.
Hoy voy a coger un grito de otra mujer que también oculta el rostro bajo unas telas y voy a hablar del mundo, del de verdad. Del que estaba parado y ahora cambia sin que nosotros hagamos nada para facilitarlo.
Hoy voy a hablar de Homs. Hoy voy a hablar de Yihad.
Machacados hasta un punto que un occidental no solamernte no podría soportar sino que ni tan siquiera es capaz de imaginar, por la autoridad falsa y supuestamente infinita que pusimos sobre ellos para que los controlara, para que los limitara, para que los manejara, los sirios se tapan la cara y van a la guerra, a su guerra.
A la guerra que nuestra política exterior, y por nuestra entiendo de Occidente -no se me subleve ministra saliente ni ministro entrante de Asuntos Exteriores-, ha originado con su intento absurdo y baldío de mantener el mundo árabe en una situación que no era la suya, con unas fronteras que no eran las suyas y con una historia que no les pertenecía.
Hoy, mientras nosotros nos forramos aún las tripas de alcaselsser para regular nuestras excesivas cenas y prolíficas comidas, las mujeres de Bam Amro se embozan, no se velan, para ir a la guerra. Para gritar "Yihad".
Y esta es la Yihad que más temememos. Y esta es la Yihad que más odiamos. Y esta es la Yihad que nos pone los pelos de punta, nos enchufa los miedos y nos desenchufa las razones.
Porque contra esta no podemos decir nada.
Contra esta no podemos tremolar como icono a ancianos barbudos de Sharia e intransigencia, a imanes apocalípticos de cinco rezos diarios y conversiones obligatorias; contra esta no podemos escrimir bombas en iglesias nigerianas, ni cadenas de atentados en mercados y sinagogas; contra esta no podemos usar de escudo las lapidaciones públicas, las ablaciones, los ahorcamientos ni ninguna de las otras barbaries en las que hasta ahora se han empeñado los intransigentes de El Corán mal entendido y el Profeta mal interpretado para definir la yihad, su yihad.
La Yihad por la que claman las mujeres embozadas de Siria, La yihad que ya luchan los hombres embozados de Homs no es nada de todo eso. Es una Yihad de libro.
Es una guerra justa cuando no queda otra salida que la guerra. Es, palabra por palabra, sumna por sumna y acento circumflejo por acento circumflejo, lo que dijo El Profeta.
Y por eso la Liga Árabe la tiene miedo, la intenta parar. Por eso actúa por primera vez como un organismo supranacional, por eso envía pírricos observadores a mirar como muere la gente desde sus camiones marcados para evitar ser considerados blancos.
Les envían a observar como se retiran docenas de cadáveres de las calles para hacer sitio a los que han de llegar, para comprobar como las casas desaparecen de la faz de la tierra bombardeadas por aviones que nosotros pusimos en los aeródromos del padre de El Asad para mantener ese absurdo equilibrio inventado por Metternich en el que parece que, sea lógico o no, tenemos que basar toda política internacional en cualquier rincón del globo.
Por eso les ponen en primer línea para observar como los niños no tienen comida, las madres no tienen leche y los padres no tienen agua pero tanto unos como otros siguen peleando, siguen luchando, más allá de lo que cualquier occidental atlántico está siquiera capacitado para soportar contemplar en una película de acción.
Porque tienen que parar la Yihad. Incluso dándoles la razón, pero tienen que pararla.
Porque si triunfan, si la guerra justa es el camino para librarse de aquellos que no tienen derecho a ejercer el gobierno y que lo hacen de una forma tan brutal y despótica que son abandonados hasta por sus propios servicios secretos, entonces los asientos de los emires, sultanes, reyes y jeques de La Liga Árabe tienen los días contados. Alguien se dará cuenta de que ni sus pueblos ni su profeta los desean en esos asientos.
Así que la Liga Árabe acude a Siria para darle a los sirios lo que quieren antes de que puedan ganarselo. Para cambiar un rey tiránico por otro benévolo en un último intento de evitar que alguien cuestione la monarquía.
Es tan antiguo como La Santa Alianza. Es tan antiguo como la Revolución Francesa. Es tan antiguo como la Yihad.
Y por eso la yihad siria les abre las carnes a sus seculares vecinos y enemigos. Por eso Israel, que presume y promete democracia a todo el que quiera ecucharla, envía al halcón Netanyahu a decir por el mundo que Siria no necesita democracia, que Siria no está preparada para la democracia, que El Asad tendría que seguir en su sitio o, en su defecto, otro como él.
Porque si una guerra justa contra la que nada se puede objetar triunfa, a lo mejor los libaneses pasan de Hezbolla y se dedican a liberarse del control de Israel, de Siria y de Iran en el valle de La Becah, en Beirut y en Sidón; a lo mejor los palestinos pasan de Hamás y sus falsos santones y paraisos y se dedican a hacer la guerra que tienen derecho a hacer por sus tierras, sus fronteras y su futuro; a lo mejor los jordanos pasan de sus ilustrados y benévolos monarcas y comienzan a reclamar aquello que siempre fue suyo y que ahora parecen haber olvidado que les pertenece; a lo mejor los ejipcios se embozan contra su ejército y en la Plaza de Tahrir, dan la espalda a los islamistas y recuerdan a su profeta con los ojos puestos en El Sinaí, el Jordán y Tel Aviv.
Es tan antiguo como el Estado de Israel. Tan antiguo como la guerra contra los Filisteos. Tan antiguo como las murallas de Jericó.
Por eso esta yihad deja a Rusía en un fuera de juego que no recordaban desde el famoso gol de Marcelino.
Por eso se aferran con el banderín en alto a El Asad, bloqueando para Occidente toda posibilidad de reacción, toda capacidad de castigo.
Porque, si está yihad es justa -que lo es- y triunfa, a lo mejor chechenos, kazajos, azaríes, turkmenos, uzbekos y tajikos tienen algo que decir sobre la poítica internacional de La Madre Rusia en Asía Central y descubren que si la guerra es justa hasta puede ganarse.
Es tan antiguo como la Rebelión de los Boyardos. Tan Antiguo como Rasputín. Tan antiguo como la Revolución de Octubre.
Y por eso la yihad embozada -que no velada- de las sirias en Homs, la yihad combatida -que no terrorista- de los sirios en Damasco, Palmira, y Bam Amro nos deja a nostros, los adalides de la democracia y la libertad del Occidente Atlántico, sin aliento, sin recursos, sin capacidad alguna de escapar del miedo a que los últimos 500 años, en los que hemos propuesto e impuesto la organización del mundo, estén acabando.
Porque escuchamos las maldiciones de las mujeres embozadas en Siria y sabemos que tienen razón, que son justas, que nunca hubo una Yihad más Yihad que la que ellas luchan contra los cuatro jinetes del hambre, la peste, la guerra y la muerte que nuestra marioneta, El Asad, ha desencadanado en cada calle, en cada esquina, en cada casa y en cada adoquín del pavimento del Califato.
“No tenemos ni agua, ni luz, ni gasolina”. “Hay 25 cadáveres sin recoger”. “Estamos siendo bombardeados”. “No hay leche para nuestros hijos”. Y sabemos que, después de eso, cualquier maldición es comprensible, cualquier venganza está justificada. Cualquier Yihad es justa.
“Que Alá castigue a Bachar y a todos aquellos que ha hecho pisible esto; que maten a sus esposos, que mueran sus hijos de hambre para que sientan lo mismo que nosotras”.
Y eso es lo que nos aterroriza. Ya no nos encoge de miedo la falsa yihad de los fanáticos del credo islámico. Ahora nos arruga de pánico a la verdadera guerra justa de los hombres y mujeres de Homs.
Porque si su dios les hace caso va a tener que pasar los próximos quinientos años llamando a muchas puertas al oeste del meridiano de Greenwich para cumplir su promesa de venganza.
Y nadie va a poder decir que no es justa.

sábado, diciembre 24, 2011

Ya lo hicisteis conmigo

Lo habéis hecho de nuevo.
Decoráis lo de fuera y escondéis lo de dentro.
Ablandáis las miradas, disfrazáis los acentos.
Escondéis lo que fuisteis, olvidando aquello que habéis sido.
Ya lo hicisteis conmigo.

Y cargáis en los hombros de un niño imaginado
el peso de una vida que no habéis conseguido,
 el canto del poema que no habéis recitado.
el miedo de mil sueños que os han arrebatado
Lo habéis hecho de nuevo. Ya lo hicisteis conmigo.

Y sentáis en la mesa y el alma
dulzuras de un banquete que no habéis degustado,
 parientes de familias que nunca fueron ciertas.
Y llenáis las posadas del camino no andado
con  sendas escondidas que no habéis recorrido,
con llamadas tardías a amores olvidados.
Lo habéis hecho de nuevo. Ya lo hicisteis conmigo.

Os paráis las batallas, os calláis los dolores.
Os vendáis las heridas, os mojáis las derrotas
y os regáis los rencores.
Excusáis los fracasos, eludís lo perdido.
Os tapáis las traiciones, os tragáis las congojas
e inventáis los amores.
Lo habéis hecho de nuevo. Ya lo hicisteis conmigo.

Porque hoy es Nochebuena, ese tiempo baldío.
Y no os nacéis de nuevo como lo hace el invierno
como lo hice de niño en el mito perdido.
Sólo hacéis lo de siempre, lo que habéis aprendido,
lo que hicieron mis padres en el cuento maldito.
Eludir el esfuerzo de enfrentar las verdades
y huir, embozados en miedo, en la noche hasta Egipto.
Hace unos cuantos siglos, ya lo hicisteis conmigo.

No nacéis como el niño al que luego matasteis.
No aguantáis en el frío, no gritáis las palabras,
no arregláis lo pasado, no escapáis de "lo mío".
No limpiáis el pesebre, no enfrentáis vuestra vida.
Os subís al pollino e iniciáis el camino.
Os cargáis las alforjas con sueños postergados,
con vapor de licores, con odios contenidos,
con besos de emergencia, con coitos escondidos.
No nacéis, sólo huimos. Ya lo hicisteis conmigo.

martes, diciembre 20, 2011

El Presidente Rajoy ya es uno de los nuestros

A Estados Unidos le crece una retirada de tropas a toda prisa y por la puerta de atrás -aunque no tanto como en Vietnam, todo sea dicho- donde hace nueve años había una hipotética y aplastante victoria. A Pionyang le crecen los tiranos y la muerte y la historia le sustituyen a un dictador cansado, anciano y sin ganas de casi nada por otro joven, pletórico y ansioso de ganarse un puesto junto a sus antecesores en la galería de la fama de la amenaza y la crispación mundial. A Europa le crece una unión fiscal en el desastre en la misma jardinera en la que debería estar creciendo otra cosa que hiciera referencia a éticas y pueblos y no a dineros y mercados. A Sudamérica la crece una unión económica que ya empieza a ser, como la nuestra, más económica que unión. Y a África no le crece nada. Nada salvo la guerra y el hambre, claro está.


Y entre tanta germinación cuasi primaveral en pleno invierno aterido y griposo a nosotros nos crece lo de siempre.
A nosotros nos crecen los enanos. ¡Uy perdón, los gobiernos!.
El otrora moderado y moderable Rajoy, que fuera delfín, que fuera ministro, que fuera líder de la oposición, ya es Presidente del Gobierno. Falta el trámite de la votación pero, a estas alturas, en España las votaciones son cada vez más un trámite prescindible, según se ve.
Y se nos torna épico y estético, se nos vuelve arrojado y valiente, se nos presenta incendiario y locuaz. Concreto no -que por muy presidente que sea no ha dejado de ser gallego-, pero todo lo demás sí.
Y en su discurso de investidura clama en el vergel de su mayoría absoluta para que todo el mundo le escuche, por aquello que hay que hacer, que no se ha hecho y que se hará. En un discurso digno del mismísimo Trillo -¡manda huevos!- nos pinta y nos dibuja el pasado, el presente y las necesidades del futuro. No el futuro en sí mismo. No la realidad de ese futuro sino lo que él querría que fuera esa futuro.
Y para lograrlo nos da tres pinceladas, tres normas fundamentales, tres primeros acercamientos al nuevo prisma por el que, al parecer, tendremos que pasar nuestra nueva realidad.
Y esas tres pasadas cromáticas de pintor de brocha gorda no nos dan solamente una imagen de lo que es Rajoy, de lo que será la política del gobierno del PP los próximos cuatro años, de lo que es la base ideológica en lo económico y ética en lo político de las huestes y los mandos de Génova, ahora en La Moncloa. Esos tres brochazos nos muestran lo que somos, lo que queremos ser y el motivo por el cual Rajoy ha sido aupado con nuestros sufragios al lugar que ocupa con toda legalidad.
Esos tres manchones nos demuestran que no queremos cambiar, que no lo hemos hecho y que hemos puesto al mando a alguien que quiere asegurarnos que no tengamos que hacerlo.
Para empezar a bombo y platillo, entre aplausos ensordecedores y constantes a los que solamente les falta la ola y el ritmo de las palmas tango, anuncia que subirá las pensiones.
Y eso parece bueno. Eso desde luego es bueno para los pensionistas. Nunca una campaña electoral para la reelección empezó tan pronto.
No voy a ser yo el que clame por una rebaja pero deja claro que hemos decidido pensar en el presente y abandonar a su suerte al futuro.
Recortamos salarios funcionariales, ajustamos plantillas, estudiamos condiciones de contratación con menos ingresos -y eso ya lo hacen los gobiernos autonómicos del PP, no es una profecía- pero subimos las pensiones. Damos en el presente intentando salvar el ahora, ignorando el futuro.
Porque con una población cada vez más vieja, con el 25 por ciento de nuestros jóvenes en pleno estado de doble Generación Nini -ni estudian ni trabajan, ni están, ni se les espera-, con nuestra lívido natalicia prácticamente al nivel del Estado Vaticano y claramente por debajo del de La Meca, cada céntimo, cada euro que salga ahora en dirección a las paupérrimas cuentas corrientes de pensionistas y jubilados es uno menos que dentro de diez o quince años tendrán para pagar a los que entonces extiendan su cartilla bancaria exigiendo lo que sus cotizaciones y su trabajo de este presente debería garantizarles en su vida por llegar.
Puede que Rajoy lo haga por electoralismo anticipado, puede que el PP crea que lo hace con convicción económica y puede que los pensionistas de hoy crean que se hace por justicia, pero en realidad Don Mariano, el señor Presidente del Gobierno, lo hace porque es como nosotros.
Porque es el espejo en el que se refleja esa sensación de que somos los últimos que vamos a habitar este planeta, de que toda la historia y todos los recursos deben destinarse a nuestro bienestar actual y presente. De que somos los únicos que tenemos derecho a la vida porque nuestros antecesores ya están muertos y nuestros vástagos aún no han nacido y nunca nacerán.
Mariano sube las pensiones actuales poniendo en riesgo las futuras por lo mismo por lo que nosotros firmamos hipotecas millonarias -en euros- apoyados en la posibilidad de una herencia futura, por lo mismo por lo que sacrificamos relaciones que exigen responsabilidad para no tener que privarnos de las copas del viernes por la noche o del polvo con fin de semana romántico en spa de cuatro estrellas de los sábados, por lo mismo que nuestro nivel de ahorro es el más bajo de Europa o que nuestro recurso a la liquidez continuada facilitada por los progenitores parece un derecho inalienable garantizado por La Constitución.
Por lo mismo que nos negamos a compartir la vida con nadie hasta que no haya un solo atisbo de riesgo de que algo salga mal, por lo mismo que hemos antepuesto unos miserables cien euros en la nómina de un mes a la estabilidad laboral de aquellos que vendrán tras nosotros, por lo mismo que hemos inmolado los derechos laborales de todos los que trabajaran o intentarán hacerlo dentro de una década para no poner en riesgo nuestro puesto de trabajo actual.
Mariano, al igual que otros hicieron antes que él, nos ha dado simplemente el reflejo de nuestro egocentrismo más absoluto, de nuestra falta de compromiso con las generaciones pasadas y futuras. De nuestro egoísmo.
Y esa es solamente la primera.
La segunda pincelada adelantada por Mariano también nos dibuja a nosotros mismos. También nos convierte en partenaires de la danza en el espejo que nuestro nuevo presidente baila con nosotros mismos.
El ínclito Rajoy ahorrará 16.000 millones de euros. Así para empezar.
Y claro, los perdedores -con muy mala baba, pensarán algunos- le preguntan que de dónde los va a sacar.
Don Mariano se resiste y permanece como buen gallego durante horas en mitad de la escalera para que no se sepa si sube o baja, se mantiene firmemente parado justo en la esquina para que nadie pueda intuir si va a seguir de frente o girar en alguna dirección.
Pero al final tiene que hacerlo. Es lo que tiene ser presidente. No puedes dejar de hablar cuando te viene bien.
Y es entonces cuando el proceloso gallego recientemente investido comienza a parecerse un poco más a lo que somos.
Habla de congelar y recortar sueldos funcionariales y lo hace después de considerar cuando se sentaba al otro lado de la bancada, buscando sufragios como un poseso, que era injusto hacer caer sobre los funcionarios el peso de la crisis; habla de no sustituir las vacantes de funcionarios cuando eso iba a paralizar la administración estatal si lo hacían sus antecesores; habla de una reforma laboral que flexibilice el mercado -no sé a estas alturas cual es el índice de flexibilidad del pobre mercado laboral antes de que se astille por el mismo centro- cuando en el fiasco sindical de mayo hizo incluso que sus seculares aliados de la conferencia episcopal llamaran a la huelga ante una reforma laboral que obligaba mucho menos a arquear su dolorida y artrítica espalda a nuestro mercado laboral; habla de eliminar administraciones redundantes cuando puso el grito en el cielo ante la propuesta de sus antagonistas en plena campaña electoral de eliminar las diputaciones provinciales.
Hasta dice que hay que flexibilizar la estabilidad presupuestaria cuando antes era partidario de meterle al presupuesto una vara de avellano por el esfínter y mantenerlo clavado al parqué de La Bolsa de Valores en el cuatro por ciento de déficit hasta que se aviniera a razones.
Y a lo mejor -o a lo peor- todas ellas son acertadas y viables. Pero ese no es el problema. Eso no es lo que convierte a Rajoy en el reflejo oscuro de nosotros mismos. No es lo que le hace uno de los nuestros. Es el cambio de postura.
La misma ética dimórfica y viciada que nos permite criticar una actuación injusta cuando nos perjudica para luego apoyarla cuando, por un vuelco del destino, nos beneficia; lo mismo que nos permite decir digo donde antes dijimos diego sin que nuestra conciencia se pelee en lo más mínimo con la almohada, lo que nos permite cuestionar que otros reciban algo pero defender cuando nosotros recibimos lo mismo en idénticas circunstancias, lo que nos hace negociar nuestros salarios a espaldas de los demás, lo que no nos deja pensar en contra nuestra cuando reclamamos un enchufe y nos aprovechamos de él pero sí nos hace pensar en contra de otros cuando hacen lo mismo; lo que nos permite escurrir el bulto siempre que podemos pero indignarnos cuando los demás aplican la misma dinámica.
Rajoy cambia el paso con sus recortes y ahorros igual que nosotros lo cambiamos siempre que nos viene en gana; del mismo modo que en la pareja somos capaces de exigir niveles de compromiso o de amor que no estamos dispuesto a dar; de idéntica forma que en la familia somos capaces de pedir fronteras infinitas de respeto hacia nosotros y nuestra intimidad que luego, cuando nos viene bien, somos capaces de traspasar sin problemas en detrimento del respeto y la intimidad de los otros; en la misma medida en la que exigimos en la sociedad todo el peso de la ley y del castigo para otros pero luego, cuando nos toca a nosotros, pedimos comprensión y la misericordia.
Del mismo modo que exigimos a gritos la expulsión del que ha pisado al delantero de nuestro equipo en el círculo central y luego silbamos distraídos cuando nuestro defensa le arranca la tibia en el área al delantero contrario, igual que aprovechamos la injusticia de una ley con denuncias falsas y luego exigimos que no se nos tenga en cuenta cuando nos pillan, de igual forma que exprimimos los gananciales en nuestro favor y nos indignamos cuando alguien exprime la separación de bienes en contra nuestra, del mismo modo que consideramos que nosotros podemos defraudar a hacienda pero nuestro empleador no lo tiene a eludir sus pagos a la Seguridad Social, de la misma forma que nos indignamos cuando alguien nos utiliza para su placer y nos deja en el camino olvidando cuando nosotros hemos abordado el fin de semana anterior plexos solares masculinos torneados o turgentes senos femeninos con idéntica intención sin tenerles en cuenta en lo más mínimo.
El Señor Rajoy es en sus recortes, como hicieran en otros ámbitos sus predecesores, un brillante reflejo de la forma en la que contemplamos la ética de nuestras vidas en esta pequeña porción del Occidente Atlántico en la que nos ha tocado vivir. Es reflejo de nuestra incapacidad para la firmeza ética. De nuestra resistencia instintiva e incentivada a pensar en contra nuestra. De nuestra incoherencia.
Y en la tercera pincelada de su programa de gobierno -por cierto, ¿eso no tenía que presentarse antes de las elecciones? ¡Cómo cambia el mundo!- es cuando Rajoy nos devuelve completamente la imagen de nosotros mismos.
El Presidente del Gobierno va a quitar los puentes. ¡Todo por el bien de la competitividad!
Rajoy de repente descubre el vicio que nos aqueja con mayor profusión, con mayor asiduidad, que se extiende como una plaga por todos los ámbitos de nuestras vidas y nos lo imita.
Se hace buen rollista.
Él sabe o al menos tendría que saberlo que eso no va añadir demasiado a nuestra competitividad, al menos no tanto como si impusiera la jornada continuada con el ahorro de energía y gastos que ello supondría, no tanto como si controlara los sistemas de calidad y de producción de las empresas, no tanto como si estableciera unos límites mínimos de reinversión estructural en las empresas después de beneficios, no tanto como si obligara a la contratación curricular estableciendo titulaciones obligatorias y estudios forzosos para cada puesto, no tanto como si limitara las exenciones fiscales al capital y las ampliara a la inversión real, no tanto como si estableciera criterios obligatorios de modernización para las empresas industriales, no tanto como si limitara y controlara la intermediación económica en los procesos productivos y comerciales, no tanto como si regulara la subcontratación en niveles laborales y de calidad, no tanto como si impulsara o impusiera unos mínimos de I+D en las empresas productivas, no tanto como si...
Y lo sabe. Pero decide ignorarlo y proponer un gesto. Como hiciera su antecesor con otras cosas, con los homosexuales, con las feministas, con los ateos, con casi todo.
Deja todo en un gesto, el mismo gesto inoperante y baladí que en esta ocasión está destinado a gentes distintas pero con el mismo fin. Lo que busca Rajoy con la eliminación de los puentes es poder guiñarle un ojo en la próxima cumbre de Bruselas a la rotunda fémina germana que atisba por encima de su hombro y decirle. "ves, yo también me preocupo por la competitividad".
Buen rollo, vamos.
El mismo buen rollo que nos lleva a nosotros a pasar la mano por el hombro del que sufre para que no se dé cuenta de que su sufrimiento no nos importa, a sonreír y asentir ante alguien a quien aborrecemos mientras tarareamos interiormente lo más alto posible el último rapeo enloquecido de Eminem.
El mismo buen rollo universal que nos oculta la vida de los otros para no sentirnos culpables de sus males, para no ser partícipes de sus necesidades. El mismo buenrrollismo de libro de autoayuda que nos permite simular que comprendemos cuando no lo hacemos, que somos amigos cuando no somos ni conocidos, que somos pareja cuando no somos ni tan siquiera amantes, que estamos en el mismo barco remando en la misma dirección cuando en realidad hemos propinado un hachazo por debajo de la línea de flotación del navío y estamos buscando como locos una chalupa que nos salve del naufragio a despecho de todos los demás.
Así que, después de todo, Las tres primeras medidas de Rajoy demuestran a las claras porque dispone de una mayoría absoluta incontestable. Porque es como nosotros.
Egoísmo, incoherencia y buen rollo, el trípode sobre el que se asienta la decadencia de nuestra sociedad. Algo que no queremos cambiar. Que no sabemos cómo cambiar.
Mas de lo mismo. Los gobiernos no cambian si los pueblos no cambian.
Y los hay que dirán que confío poco en las personas -al menos en las de este Occidente Atlántico nuestro- pero se equivocan. Confío plenamente en las personas. Lo único malo es que cada vez me cruzo con menos por la calle.

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