jueves, septiembre 30, 2010

Chávez muestra como la victoria electoral roba la democracia -Simón estará orgulloso, seguro-

Después de castigar a toda mi lista de contactos en un día de una huelga que fue convocada porque, aunque ya no tocaba, ya estaba tardando, vuelvo a lo que habitualmente destilan estas endemoniadas líneas. Vuelvo a castigar sólo a aquellos que soportan ser castigados con ellas.
Y vuelvo a los lugares comunes de la ilógica formal y material del gobierno y el desgobierno del mundo. Vuelvo al conflicto eterno entre los que invaden una tierra falsamente basados en sus profecías y los que la defienden falsamente basados en las suyas; vuelvo a una Europa desgastada, desmotivada, preocupada de cuitas insignifciantes y que deja pasar ante sus ojos síntomas preocupantes; vuelvo a América, la América del Norte, con su ascendente Tea Party y su quiebra -¿cuantas veces van ya?- de la esperanza efímera de un gobierno distinto.
Vuelvo la vista a América y a la sinrazón. Y hoy por hoy, hablar de América y sinrazón, es hablar de Hugo Chávez.
Porque el caudillo bolivariano se ha visto atrapado en las redes de si mismo, se ha visto capturado y expuesto en el renuncio que nadie -y mucho menos él, que lo niega por activa y por pasiva- se puede permitir. Porque su afán por subir a los cielos marianos de su revolución, de ascender a las casas celestes de la historia y el recuerdo como alguien singular, le han puesto en el entredicho definitivo, aquel contra el que no puede discutir, contra el que no puede argumentar, contra el que sólo puede maldecir:
Ha ganado unas elecciones -eso no es nuevo- pero su victoria ha dejado de manifiesto lo que negaba. Las elecciones venezolanas han expuesto de forma lacerante y casi ridícula que, mientras Hugo Chávez gobierne, nadie que no sea él podrá ganar las elecciones.
Nunca ganar unos comicios había supuesto perder tanto.
Chavez ha perdido el habla -lo cual para el inagotable conductor de Allo, Presidente es casi un martirio bíblico- porque no hay palabra, no hay explicación que pueda hacer creíble lo que ha ocurrido en las urnas venezolanas.
El 52% de la población ha votado en contra de Chavez -o de su política, o de su revolución, que con el caudillo venezolano no se sabe donde acaba él y donde empieza todo lo demás- Y eso no ha podido negarlo, no ha podido custionarlo, no ha podido rebatirlo. La mitad de la población de su país puede ser para él "reaccionaria", pero ya no son "unos pocos", la mitad de la población de su país puede ser para él "antirevolucionaria", pero no son "unos cuantos elementos dispersos".
La mitad de Venezuela puede no saber, no poder o no querer entender los mensajes y las políticas de Hugo Chávez. Pero eso no hace que deje de ser la mitad de la población de Venezuela.
Eso no es extraño, puede pasarle a cualquiera -por muchos periódicos que se cierren, por muchas cadenas de televisión que se lleven a negro y por muchas emisoras de radio que se condenen al silencio-, es parte del juego democrático, es parte del riesgo democrático. Lo que mantiene mudo al ínclito y feroz promotor de supuesto anticaptilismo socialista furibundo del siglo XXI es lo que es incomprensible: que sigue en el poder.
No hay aritmetica electoral que pueda fingirse democrática que permita que alguien que ha obtenido el 48 por ciento de los votos -la matemática porcentual sigue diciendo que si alguien tiene 52 el otro sólo puede tener la diferencia hasta sumar 100, incluso en la Venezuela de Chávez- obtenga cien diputados más que aquellos que le superaron en votos.
En España, Aznar, ganó por 10.000 votos de diferencia y obtuvo apenas 20 diputados más que sus competidores y se tiraron hablando dos años de la dichosa Ley Dont de los restos.
Cuatro años después, Zapatero ganó por un porcentaje igual de ajustado y el debate se intensificó hasta limites insospechados. Que los que ganan por pocos votos tengan un puñado de diputados de más puede ser injusto y frustrante. Que los que pierden por cuatro puntos porcentuales obtengan cien diputados más sólo puede calificarse como flagrante.
Y por eso debe permanecer callado. Porque ya no puede decir que no ha manipulado la Ley Electoral en su beneficio, ya no puede afirmar a gritos, sermones, discursos y apariciones televisivas que La Constitución venezolana ha sido reformada en beneficio del pueblo y de la democracia.
Porque las elecciones han levantado la última bruma que hacía que Venezuela pareciera una democracia, porque las urnas han disipado la tenue niebla que ocultaba que Chávez es un dictador y Venezuela una dictadura.
Y por eso, sólo por eso, ya nada de lo que diga tiene sentido. Da igual que su teoría sobre la distribución mundial de la energía pueda ser acertada o no, da igual que sus críticas al sistema económico neocolonial de las multinacionales puedan ser justas o no. Chávez sigue teniendo derecho a mantener sus teorías políticas, a defenderlas y a buscar convencer a los venezolanos de ellas. Pero ha perdido el derecho a gobernar.
Hugo Chávez permanece callado porque ya ni siquiera puede tirar del Libertador, de su bolivarianismo mil veces repetido y tremolado. No puede hacerlo porque, en estas circunstancias, es posible que alguien recuerde que el 26 de mayo de 1826, el gobierno peruano de Simón Bolivar retiró a los municipios el derecho de elegir a los alcaldes, prohibió la convocatoria de los colegios electorales e intentó forzar la aprobación de una Constitucíón que le nombrara Presidente Vitalicio y, cuando La Corte Suprema del Perú se negó a hacerlo, la disolvió y proclamó sus "reformas" de manera unilateral.  
El Libertador se conviertió en dictador. Como siempre, como ahora. Alguien podría decir que es precisamente en este momento cuando Hugo Chávez es completamente bolivariano. 

Y él lo sabe. Por eso permanece callado, discreto en su victoria -algo impensable en el caudillo salvador impenintente-, silencioso en el triunfo de su dictadura encubierta sobre la democracia pretendida de su país.
Por eso y por otro error, por otra dificultad que ahora se le antoja insalvable, ineludible. Hugo Chavéz mira a izquierda y derecha y no ve a nadie. Está solo.
Muchos le han comparado con el PRI mexicano pero Chávez no es un partido, no es un club secreto -o no tan secreto- de oligarcas que se organizan para seguir campando a sus anchas mientras ofrecen una proyección en 3D de democracia.
El partido de Chávez es humo, solo sirve para agitar banderas, lanzar vítores y reir chistes. No tiene a nadie para cortar cabezas, para arrojar a los leones; no puede retirarse y poner a un hombre de paja para seguir mandando en la sombra. No tiene capacidad de movimiento, margen de maniobra, posibilidad de relevo.
Su mesianismo le ha impedido hacer su revolución, su personalismo le ha impedido gestionar su ridículo. Su victoria le ha impedido ocultar su dictadura.
Hoy Venezuela ya no es un estado democrático. Y nadie puede negarlo.

Elegía a los intentos

Hoy no lloro por mí.
Sería redundante que las saladas lágrimas que parten de mis ojos
tan sólo me sirvieran para anegar de nuevo los restos de mi alma.

Hoy no lloro por ellos.
Sería irrelevante que aquellos que las vieran no me las entendieran
y aquellos que aún pueden comprenderlas no quisieran ya verlas.
Hoy no lloro por ti, hoy no lloro por mi,
hoy no lloro por ella, hoy no lloro por ellos.

Hoy lloro por el mundo.
Y el mundo que soy yo,
que eres tú, que fue ella,
ya no llora conmigo.

Hoy lloro por nosotros,
aunque ya no existimos.

(en honor a la metaforfosis de un recuerdo, a la muerte anunciada de un intento y al caleidoscopio apagado de una idea)

miércoles, septiembre 29, 2010

Piquete informativo 4

"2. El contrato para la formación tendrá por objeto la adquisición de la formación teórica y práctica necesaria para el desempeño adecuado de un oficio o de un puesto de trabajo que requiera un determinado nivel de cualificación, y se regirá por las siguientes reglas:
a) Se podrá celebrar con trabajadores mayores de dieciséis años y menores de veintiún años que carezcan de la titulación o del certificado de profesionalidad requerido para realizar un contrato en prácticas".
 
¡Y vuelta la burra al trigo! O sea que acceden al mercado laboral en idénticas condiciones aquellos que ha apostado por la preparación que aquellos que no. O sea, que resulta que el que ya tiene una parte del camino de la formación recorrida (los contratos en prácticas) reciben la misma remuneración y las mismas condiciones laborales que los que, por unos motivos u otros, no la tienen (los contratos de formación). O sea, que seguimos considerando elitista potenciar la preparación y el esfuerzo y haciendo que la igualdad beneficie a aquellos no hacen nada por ganarla para los demás.
 
Pero, ¿qué motivo es ese para hacer una huelga? Yo ya no estoy en esas edades. A mi no me afecta ¿Voy a perder pasta por eso?
¡Eso, que los contraten y así no harán botellones que me molestan mientras estoy tomándome mis copas los viernes por la noche o echando mi polvete el sábado! ¡Que los otros no dan problema! ¡Y a mi que me importa el futuro de esa gente!

Piquete informativo 3

"Las empresas que contraten, hasta el 31 de diciembre de 2011, de forma indefinida a trabajadores desempleados entre 16 y 30 años, ambos inclusive, con especiales problemas de empleabilidad, inscritos en la Oficina de Empleo, tendrán derecho a una bonificación en la cuota empresarial a la Seguridad Social, de 800 euros durante tres años o, en su caso, por su equivalente diario.
A estos efectos, se considerará que tienen especiales problemas de empleabilidad a aquellos jóvenes que lleven inscritos como desempleados al menos doce meses y que no hayan completado la escolaridad obligatoria o carezcan de titulación profesional.
Cuando estos contratos se realicen con mujeres, las bonificaciones indicadas serán de 1.000 euros o su equivalente diario".
 
¡Anda, leches! osea que si mi empresa por motivos técnicos, de productividad o técnicos me tiene que despedir y luego comienza a irle bien a los seis meses. puede sustituirme por un Nini que ni siquiera haya completado la escolarización básica. nadie la obliga a volver a contar preferencialmente conmigo. Así que ya no sólo tenemos que soportar que nos los coloquen nuestros jefes por cuestiones de sangre o enchufe, sino que además les pagan por ello.
A lo mejor tengo que hacer la huelga para que se bonifique -si es que hay que bonificar a lguien- por contratar a los que se han esforzado por labrarse un futuro, a los que han perdido el tiempo y el ocio en adquirir una formación y no potenciar que no se haga nada y luego el estado te ayude a lograr un empleo.
A lo mejor hasta tengo que hacer la huelga para que no se penalice la preparación y la experencia y se permita que aquellos que han hecho de la irresponsabilidad su forma de enfrentarse al mundo se despierten de lo que sólo puede calificarse como el sueño de los injustos.
A lo mejor hay que hacer huelga para evitar que, cuando la destrucción de empleo afecta más estadísticamente a los varones se bonifique la contratación exclusivamente de mujeres.
 
¡Pero no! ¡yo no tengo hijos ni quiero tenerlos! ¡mi descendencia no se sentirá afectada por esa reforma! ¡Que hagan huelga los padres, las madres, los tíos y las tías, de aquellos que han estudiado y ahora se ven perjudicados por esa injusticia! ¡Yo no voy a perder mis 120 euros por ellos! ¡Yo soy mujer, sólo tengo que ocultar mi carrera en mi curriculum!

Piquete informativo 2

Articulo 54. Regulación de empleo
"c) Cuando concurra alguna de las causas previstas en el artículo 51.1 de esta Ley y la extinción afecte a un número inferior al establecido en el mismo (regulación de empleo).
Los representantes de los trabajadores tendrán prioridad de permanencia en la empresa en el supuesto al que se refiere este apartado."

Vamos a ver, o sea que da igual que el individuo en cuestión este adaptado a las nuevas tecnologías que implanto, que su puesto necesario, que sea capaz de hacerlo o que objetivmente -como se dice ahora- su puesto sobre. El se queda porque es representante sindical y los demás tienen que marcharse ¿es que no pueden elegir otro representante?, ¿es que alguien tiene que perder su puesto para que él lo mantenga?

Pues anda, ya que me caen tan mal los sindicatos, a lo mejor hasta tengo que hacer Huelga para que cambien eso y precisamente eso -que es algo que no han reformado-. A lo mejor tenemos que exigir que hacerse con un puesto en el Comité de empresa suponga una garantía que los demás no tienen. Aprovechemos que a los sindicatos se les ha pasado por alto.

Piquete informativo 1

Artículo 52. Motivos de despido
"Por faltas de asistencia al trabajo, aun justificadas pero intermitentes, que alcancen el 20 % de las jornadas hábiles en dos meses consecutivos, o el 25 % en cuatro meses discontinuos dentro de un periodo de doce meses, siempre que el índice de absentismo total de la plantilla del centro de trabajo supere el  2,5 % en los mismos períodos de tiempo.

Anda, eso escuece. Pues va a resultar que ahora me pueden poner de patitas en la calle por no justificar mis ausencias, por mis repentinos dolores de cabeza, por mis opornutas gastroenteritis, por mis atascos eternos, por las recaídas de mi parentela, por considerar que mi trabajo es sólo el tiempo que tengo que destinar a algo ingrato entre mi tiempo de ocio o de negocio.

Pues va ser que ahora si me empieza a picar el gusanillo de la huelga, pues va a ser que me parece injusto ¡Pues va ser que ya iba siendo hora! ¡Pues va a ser que si la reforma fuera sólo esto habría que dar palmas con las orejas! 

Manifestación 4

Artículo 2. Extinción del contrato de trabajo.

A efectos de lo dispuesto en la presente Ley se entenderá por despido colectivo la extinción de contratos de trabajo fundada en causas económicas, técnicas, organizativas o de producción.
Se entiende que concurren causas técnicas cuando se produzcan cambios, entre otros, en el ámbito de los medios o instrumentos de producción; causas organizativas cuando se produzcan cambios, entre otros, en el ámbito de los sistemas y métodos de trabajo del personal.
 
Este mola todavía más. o sea que si mi jefe decide que para la empresa es mejor que todos usemos Iphones, se gasta una pasta en ellos y nosotros ´no posamos de controlar el Nokia 4110. En lugar pagarse un curso de capacitación. Nos podrá echar y contratar a jovenzuelos que lo dominan con un contrato de formación o de promoción del empleo. También si cambiade forma arbitraria la organización del trabajo y nosotros no nos hacemos con esa nueva organización.
 
Pero como estamos a la última a nosotros eso no nos afecta. Como somos profesionales avanzados nunca puede ocurrinos ¡Estas gentes hacen huelga por nada! ¿a mi en que me afecta eso?
 

Manifestación 3

Artículo 2. Extinción del contrato de trabajo.
"A efectos de lo dispuesto en la presente Ley se entenderá por despido económico la extinción de contratos de trabajo fundada en causas económicas, técnicas, organizativas o de producción.
Se entiende que concurren causas económicas cuando de los resultados de la empresa se desprenda una situación económica negativa. A estos efectos, la empresa tendrá que acreditar los resultados alegados y justificar que de los mismos se deduce mínimamente la razonabilidad de la decisión extintiva".

Esto mola. Si la empresa está en una situación económica negativa puede despedir a sus trabajadores con una indemnización de 20 días por año trabajado -que tampoco vamos a agraver la situación de la empresa con grandes indemnizaciones. Lo que hay que presentar es la cuenta de resultados, pero si es negativa, nadie va a preguntar si se pueden ahorrar gastos de representación, cuantas de gastos, sueldos blindados de ejecutivos o cualquier otra cosa. Puedes gestionar tu empresa malamente y luego echar a tus trabajadores porque son caros.

Pero no nos preocupemos. Eso no puede pasarnos a nosotros. Nosotros tenemos nómina y sueldo. Así que está huelga está mal hecha y los sindicatos son una panda de borregos -que los son, por cierto-.

Manifestación 2

"Artículo 47. Suspensión del contrato por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción o derivadas de fuerza mayor.
El contrato de trabajo podrá ser suspendido a iniciativa del empresario por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción, con arreglo al procedimiento establecido en el artículo 51 de esta Ley"

O sea que me podrán suspender el contrato si el individuo que maneja mi empresa considera que organizativamente le sobro y encima tendré que estar a su disposición porque no podré trabajar en otra parte si no renuncio a ese contrato, en cuyo caso no percibiré indemnización alguna y además no podré obtar a la prestación por desempleo porque la decisión de excindir el contrato habrá partido de mi.

Pero mi jefe no me va a hacer eso. Yo tengo trabajo y esta huelga es por los parados. ¡Que la hagan ellos! A mi la reforma laboral no me afecta. No hay motivo para ir a la huelga.

Manifestación 1 (Como no me gusta gritar y tengo poquita voz me manifiesto así)

"Artículo 41.
Modificaciones sustanciales de condiciones de trabajo
1. La dirección de la empresa, cuando existan probadas razones económicas, técnicas, organizativas o de producción, podrá acordar modificaciones sustanciales de las condiciones de trabajo. Tendrán la consideración de modificaciones sustanciales de las condiciones de trabajo, entre otras, las que afecten a las siguientes materias:
a) Jornada de trabajo.
b) Horario y distribución del tiempo de trabajo.
c) Régimen de trabajo a turnos.
d) Sistema de remuneración.
e) Sistema de trabajo y rendimiento.
f) Funciones, cuando excedan de los límites que para la movilidad funcional prevé el artículo 39 de esta Ley".

O sea que, resumiendo, me pueden cambiar el horario, pueden convertirme un horario continuado en partido, uno diurno en vespertino... Pueden distribuirme las 40 horas en tres cuatro días de trabajo, pueden hacerme trabajar siete horas entre semana y luego forzarme a trabajar los sábados... Me pueden reducir la jornada y por tanto reducirme el sueldo, me pueden cambiar de turno y además modificar la forma de pagarme las horas extras -suponiendo que me las estén pagando- y me pueden comenzar a pagar por objetivos si les viene en gana. Todo ello sólo porque sus cuantas de beneficios no se comporten de la manera en la que ellos desean o porque hayan asumido más trabajo del que pueden moder para seguir ganando dinero.

Pero no nos preocupemos, no hagamos huelga, no protestemos. Que eso a mi no me va a pasar. A mí la reforma laboral no me afecta ¡No hay que dar bola a los sindicatos!

martes, septiembre 28, 2010

Manifiesto de La Huelga General -el mío, por supuesto-

Me voy a ver en la obligación de retrasar al mes que viene una cena con una amiga; me voy a ver en la obligación de pasear con mis hijos por el parque un fin de semana en lugar de hartarnos a comida basura o de cine basura. Me voy a ver en la obligación de comprar tabaco y vino con antelación por si acaso no encuentro suministros, de calcular al segundo mis desplazamientos y aún así llegar tarde a todas partes. Me voy a ver en la obligación de no escribir mañana.
Me voy a ver en la obligación de perderme un concierto, cuatro copas, una ampliación de memoria -del ordenador, no mía-, una camisa de capricho, dos dvds clásicos y un fin de semana en quién sabe donde junto a quién sabe quién.
Me voy a ver forzado a contemplar los rostros adustos de aquellos que consideran un insulto personal que mi prioridad vital no sea su cuenta de beneficios, a compartir pancarta y paseo con individuos que ni me conocen ni les importa en lo más mínimo mi situación, aunque digan lo contrario; me voy a ver forzado a reconocer que no va a servir de nada, que nadie deroga una ley porque unos cuantos miles o unos pocos millones se lo pidan o se lo exijan.
 Me voy a ver en la tesitura de explicar a aquellos que pregunten mis motivos, de escuchar sus excusas, de discutir sus razones. Me voy a ver en la tesitura de zamparme con ojos y cerebro un texto legal tan ambigüo e ininteligible como lo son todos los textos legales, de meterme entre neurona y sinapsis trípticos propagándisticos tan mal redactados como pobremente construidos, de discernir artículos sesudos, declaraciones grandilocuentes, intervenciones moderadas y discursos encendidos.
Me voy a ver en la tesitura de tener que hacer cálculos mentales de medias aritméticas entre números inmensos y cifras ínfimas, entre incidentes nimios y agresiones intolerables, entre éxitos incuestionables y fracasos rotundos.
Se me va dar la circunstancia de sentirme pequeño cuando nada nos cambie, de notarme frustrado cuando lea la nómina, de saberme ignorado cuando lea el periódico. Se me va a dar la circunstancia de considerarme usado cuando nada se arregle, de verme utilizado cuando todo se acabe.
Y lo sé, y lo sabré y no lo negaré.
Me voy a ver en esas obligaciones, en esas tesituras y en esos sentimientos y por eso no hay nada que me convenza de que no debo participar en la Huelga General. Porque las molestías, los contratiempos, las decepciones y las excusas no exoneran a mi dignidad de cuidar de si misma.
Voy a ir a la huelga por López Bulla, por Joffa, por Michael Collins, por Ettienne Lampier, por Hardie y Wagner, por Rosa Luxemburgo y Lasalle ¡Coño, voy a ir a la huelga hasta por Espartaco, los ilirios, Kunta Kinte, los cimarrones y el puñetero tío Tom!
 Voy a ir a la huelga por lo que he de devolver. Porque mi estúpida dignidad y mi masoquista compromiso me impiden no delvover los favores aunque me los hayan hecho hace muchos siglos y sin conocerme.
Voy a ir a la huelga por Claudia, por Elena, por Gabriel, por la hija de mi compañero, por la nieta de mi vecina, por la hija de mi hermana, por el nieto de mi mejor amigo, por el sobrino de mi ex desaparecida, por el hijo del otro y la hija de la de más allá ¡Cojones, voy a ir la huelga hasta por el habitante número 11.000 millones, que nacerá dentró de una década y probablemente luzca un nombre acabado -o empezado, que siempre me he hecho un lio con eso- en Li o en Chu!
Voy a ir a la huelga por lo que he de regalar. Porque mi anacrónico sentido de lealtad y mi inconsistente e intermitente sentido de la responsabilidad me obligan a tener en cuenta a aquellos que nunca sabrán, que no querrán reconocer y que no estarán dispuestos a asumir que sus lodos vendrán de nuestros polvos -no solamente en el sentido sexual de la expresión-.
No haré la huelga por mi, por mis jefes, por mis sindicatos -que no lo son- ni por mis compañeros -que si lo son-. No haré la huelga por los parados de ahora, por los autónomos de ahora, por los contratos de ahora, por los empresarios de ahora, por los horizontes de ahora o por los recortes de ahora.
Hago la huelga no por lo que somos, sino por lo que fuimos y estamos llamados a ser.
Haré la huelga porque entre 50 y 80 euros -espero que sean cincuenta-, unos sindicatos funcionarializados e incapaces, una sociedad adormecida y egoista y unos individuos acomodaticios y temerosos del riesgo y el dolor que genera el compromiso no me van a impedir hacer mi trabajo. No me van a impedir trabajar por el futuro. Aunque no sirva de mucho. Aunque no sirva de nada. No me van a impedir intentarlo.
Como diría el torero ¡Va por ustedes! (Aunque ustedes no sepan o no les importe que vaya por ustedes)

Conseguimos para Ashtianí una horca y no una piedra -es un avance-

Mientras los sindicatos se preparan para una jornada de huelga general de dudoso éxito en España, mientras Hugo Chavez se refocila en su interpretación victoriosa de la pérdida parcial de su poder en Venezuela, mientras los isrelies vuelven a las andadas con los asentamientos y los bombardeos selectivos en Palestina, pese a las palabras dichas en las conversaciones de paz, mientras el Tea Party asedia los pasillos del poder en Washington, hay otros que preparan una cosa mas simple, un elemento más rudimentario, un invento más arcaico y ancestral.
Los mulahs iraníes preparan en Teherán, en el tiempo que les deja libre su programa nuclear, su propaganda incendiaria y sus discursos conspirativos en la Asamblea de Naciones Unidas, algo tan sencillo y demoledor como una soga, como un cadalso, como una horca.
Y no lo hacen porque quieran -ellos son más de hacer puntería con cantos afilados-; no lo hacen porque hayan metido el tiempo en una botella y la hayan agitado hasta conseguir que el transcurso de los siglos se vuelva del revés; no lo hacen porque alguien haya releido una sumna perdida para reinterpretar por enésima vez un texto sagrado como base de un ordenamiento jurídico.
Todas esas explicaciones pueden ser los comos, los dondes y los cuandos. Pero el porqué es otro muy diferente. Los Ayatolahs preparan una horca porque nosotros les hemos dejado que lo hicieran. De hecho, les hemos dado la excusa perfecta para que lo hicieran.
La soberbia, que se nos está haciendo innata, endémica, recurrente, nos ha impedido hacer lo que deberiamos hacer; la estrechez de miras, que se nos está haciendo insuperable, nos ha hecho fallar el objetivo una vez más, la falta de visión general, global, universal de las cosas, que se nos está transformando en ineludible, nos ha convertido en complices y hacedores de la muerte de Sakineh Ashtianí, ¿se acuerdan? esa mujer iraní a la que la presión occidental salvó de ser  enterrada en un agujero y brutalmente apedreada hasta su último aliento.
Pues bien, esa misma campaña va a acabar matándola, los que protestaron la han terminado llevando hasta los peldaños del cadalso, los que presionaron la han conducido hasta su ejecución. La van a matar por soberbia, la van a matar por ignorancia, la van a matar por incoherencia, la van a matar por todos los vicios occidentales que vuelven una y otra vez en estas cosas.
Teheran es la capital del integrismo yihadista y ayatolaico -si es que existe esa palabra-, pero desde luego no es la capital mundial de la estupidez. Y nosotros creímos que sí.
Los teocratas furiosos de la expiación y la guerra al infiel suspendieron la condena a lapidación por adulterio y nosotros, los occidentales, brindamos por el éxito, por la victoria, por la vida de Ashtianí. Ellos simplemente esperaron. Como hacen siempre, como aprendieron a hacer hace siglos cuando sus propios correligionarios, protegidos por Califas más cultos que los gobernantes de ahora, intentaban librarse de la lacra que para su gobierno y su fe suponían esas gentes de cerebro baldío y fe enfermiza.
Esperaron un error y nosostros los cometimos todos.
Cometimos el error de basar la campaña en el hecho de que la condenada era mujer. Como si no fuera importante que se lapidara a un hombre, como si los 130 varones muertos a pedradas por idéntico motivo en Irán y Afganistan en los últimos dos años no contarán. Les acusamos de machistas en lugar de acusarles de asesinos.
Tropezamos en el solecismo de poner el grito en el cielo porque el delito era adulterio. Como si las lapidadas por sodomía en Irán o prácticas impías en Afganistán no hubieran muerto, no importaran. Dijimos que no era un delito y ellos lo sabían y aún así condenaban a una mujer a muerte. Les acusamos de prevaricadores en lugar de acusarles de asesinos.
Caimos en la trampa de verter nuestras encendidas críticas porque el método era la lapidación, algo bárbaro y arcaico, cruel y doloroso. Como si morir colgado de una grúa en una plaza pública de Teherán por ser homosexual  fuera más humano, como si morir acuchillado por hereje en una calle de Kabul fuera más permisible. Les acusamos de bárbaros en lugar de acusarles de asesinos.
Tuvimos el desacierto de recurrir para parar la lapidación de Ashtianí a la crítica de los motivos religiosos de la condena, a la intransigencia dogmática de aquellos que imponen su religión con la sangre. Como si ser fusilado contra la pared de una celda por espía en la prisión de Evin no fuera relevante, como si ser decapitado ante una cámara de vídeo doméstica en una cueva de las montañas de Afganistan por ser un cambatiente enemigo no fuera algo que era necesario evitar. Les acusamos de fanáticos religiosos en lugar de acusarles de asesinos.
Y así evitamos la lapidación de una mujer. Evitamos su lapidación, pero contribuimos sobremanera a su muerte. En realidad, iniciamos el camino definitivo hacia su ejecución.
Los mulahs negros del chiismo iraní, los ayatolahs oscuros del yihadismo de Teheran esperaron y nosotros caímos en el error más grande de todos. Permitimos que vieran como no deciamos palabra cuando supimos que los nuestros son capaces de hacer lo mismo que ellos, como nuestro sistema judicial lo hace y a nadie le importa o a nadie parece importarle.
Teresa Lewis es ejecutada en silencio en Greensville y los mulahs se frotan las manos porque ya nadie podrá impedirles matar a Ashtianí. Porque la incoherencia de Occidente, la arrogancia de reservarnos lo que les negamos a otros y la incapacidad de cuestionar nuestras propias acciones y los fallos de nuestro sistema ahora nos obliga a callar.
Teheran anuncia que ahorcará a la mujer a la que no llegó a lapidar y nos vemos obligados a callar. Ya no hay campañas internacionales, ya no hay banners en Internet, ya no hay declaraciones de los líderes occidentales en apoyo a la condenada.
No las hay porque un tribunal estadounidense condenó y permitió la ejecución de una mujer por participar en la muerte de su marido, basándose en una confesión de la encausada, que apenas supera el límite de inteligencia autorizado para considerarla consciente de sus actos, lograda en oscuras circunstancias en una comisaría estadounidense ¿Como vamos a criticar que se ajusticie por idéntico motivo a una mujer que apenas entiende el idioma en el que se la enjuicia y que se ha declarado culpable ente las cámaras de televisión, aunque sospechemos que dicha confesión ha sido obtenida con torturas? No podemos, nosotros hacemos lo mismo.
Las campañas callan porque Lewis fue ejecutada después de que se desestimaran diez recursos y de que el gobernador de su estado y el presidente de su país le negaran el indulto y la clemencia ¿como vamos a criticar que el alto tribunal islámico se empecine en la ejecución de una sentencia de muerte, negándose a buscar un castigo alternativo ? No podemos, nosotros hacemos lo mismo.
Los activistas ya no exigen porque Teresa ha sido condenada por complicidad en un crimen del que no han sido encontrados ni detenidos sus supuestos principales responsables ¿como criticar que se ejecute a la complice y no al culpable de la muerte del marido de Ashtianí en un juzgado iraní? No podemos, nosotros hacemos lo mismo.
Todo el mundo permanece callado porque también estuvo callado durante el proceso, la condena y la ejecución de Teresa Lewis. Porque nuestra soberbia y nuestra cerrazón nos llevó a clamar en los medios y las redes ¡machismo!, ¡barbarie!, ¡crueldad! pero nos impidió gritar simplemente ¡asesinato organizado! Porque, en nuestra arrobada defensa de Ashtianí y en nuestro furibundo -y bien merecido, por cierto- ataque al régimen iraní se nos olvidó cuestionar el concepto mismo de la pena de muerte.
Pero claro, eso no podíamos hacerlo porque en eso estamos empatados. China ejecuta y les damos la mano cuando se habla de economía; Estados Unidos ejecuta y se les considera uno de los pilares de Occidente. Así que ahora callan. Ya no hay adulterio, ya no hay lapidación, ya no hay religión. Ahora hay asesinato, complicidad, ahorcamiento y crimen. Sakineh Ashtianí no es diferente de Teresa lewis. Y Teresa Lewis está muerta. Nosotros la matamos.
Y con su ejecución ajustamos la soga al cuello de una mujer iraní a la que, con la arrogancia infantil de aquellos que creen que las normas rigen para otros y no para ellos, intentamos salvar de la misma muerte que permitimos en muchos de nuestros estados y naciones. De una mujer cuya ejecución quisimos hacer diferente para evitarla en lugar de tratarla exactamente igual que cualquier otra, por cualquier otro motivo en cualquier parte del mundo para impedirlas todas.
Piedras y jeringuillas son lo mismo. No hay formas civilizadas de matar. Ashtianí y Lewis han muerto porque aún no hemos aprendido eso. Porque aún no estamos dispuestos a aceptarlo.  

viernes, septiembre 24, 2010

Objetos Perdidos, dígame: - Perdón,¿Ha encontrado una Huelga General?

Hoy comienza el fin de semana, esas  56 horas que nos permiten sobrevivir el resto de los días, cuando la supervivencia exige el esfuerzo de ganarla. Ese espacio eternamente anhelado y perpetuamente desperdiciado en sus ritos y sus mitos; de las risas frenéticas hasta los revolcones corporales, desde los bailes etílicos en recuerdo de lo que fuimos  hasta las pausas reflexivas en busca de lo que somos, lo que queremos ser o lo que creemos ser. Y luego vendrán el somnoliento lunes y el resignado martes. Y luego vendrá  la Huelga.
Entre comentarios eruditos, entre pulsos de poder por los servicios mínimos, entre referencias a huelgas vecinas y a gobiernos cercanos, entre dimes y diretes, bailes de cifras que llegarán y reivindicaciones que se explican, no nos hemos dado cuenta de algo, de algo importante, de algo frustrante, de algo inevitable. 
Nuestros bioritmos revindicativos, sociales y sindicales están tan bajos como en una tarde de domingo, cuando nos damos cuenta que, sin comerlo ni beberlo, sin habernos percatado del hecho, hemos perdido el fin de semana antes de disfrutarlo, de vivirlo. Y eso es lo que hemos hecho con esta Huelga General nuestra -o de los sindicatos-. Hemos perdido la huelga antes de empezarla.
La hemos perdido porque llega ocho meses tarde, porque fue anunciada cuatro meses antes de tiempo. La hemos perdido porque los empresarios no evolucionan, los sindicatos se niegan a crecer, los gobiernos no progresan -aunque se llamen progresistas- y las oposiciones no avanzan. La hemos perdido por la crisis, la hemos perdido porque la opinión de trece especuladores mundiales sentados alrededor de un presidente de gobierno en una mesa neoyorkina es más importante que la de miles de empresarios con el agua al cuello y de millones de trabajadores con dos palmos de agua sobre la cabeza a punto de ahogarse en la cola del paro. La hemos dilapidado como dilapidamos un maldito fin de semana.
Hemos perdido la huelga -y no conseguiremos encontrarla o recuperarla o rescatarla- por todo eso. Pero sobre todo la hemos perdido por nosotros mismos.
Porque los funcionarios se indignan por perder 100 euros al mes pero no por ver las colas del INEM con cuatro millones de parados, porque hemos dividido nuestra acción sindical en compartientos tan estancos que sólo afectan a una empresa o incluso a un centro de trabajo, porque hemos querido especular y recoger beneficios con negocios cogidos por los pelos, pendientes del clavo ardiendo de nuestra avaricia.
La hemos dilapidado porque los sindicalistas solamente reclaman vales de empresa para la comida y más horas sindicales; porque los empresarios optan por el precio en la famosa relación calidad precio; porque recurrimos a la negociación en lo innegociable, porque los hay que quitan sus carreras universitarias de sus curricula para obtener trabajo, porque los hay que inventan actividades en sus empresas para obtener subvenciones.
Hemos tirado la huelga por el sumidero porque las consultas de los médicos de cabecera se llenarán el martes de migrañas, dolores de cabeza, tirones musculares y gastroenteritis para poder tener un día libre sin pagar por un día de huelga, porque los que hablan en nombre de los trabajadores no lo hacen en nombre de los pequeños empresarios que son tan trabajadores como ellos; porque recurrimos a la negociación individual de despacho y drama personal para lograr un horario, unas condiciones, unas prerrogativas laborales que no nos corresponden en detrimento de otros, mientras  rechazamos y eludimos  la reivindicación colectiva de los derechos de otros. Y además nos sentimos cómodos haciéndolo y lo justificamos. 
La hemos desperdiciado porque buscamos en el despido libre la forma de cubrir nuestras deficiencias de gestión, nuestra incapacidad empresarial, nuestro excesivo margen de beneficios, nuestra temeridad financiera; porque nos refugiamos en los expedientes de regulación para eliminar cincuenta puestos de trabajo en lugar de cercenar el puesto directivo que ocupa nuestro amigo o nuestro amante.
La hemos desperdiciado porque los autónomos no pueden hacerla, porque los asalariados que ya están contratados creen que mantendrán su puesto si no la hacen y no se preocupan de que pasará con ellos cuando su puesto caiga, porque los parados, aunque la hagan, no figurarán en las estadísticas; porque muchos empresarios seguirán cercenando puestos y no cuentas de representación. La hemos tirado a la basura porque, cuando miramos en el catálogo de lo demodé, de lo que no se lleva, de lo que no es rentable, de lo que no está a la última, de lo que está out hay una palabra que encabeza la lista: ética. Etica empresarial y ética del trabajo.
La Huelga General está perdida porque nos hemos vuelto bíblicos.
Recordamos aquello del "sudor de tu frente" y  consideramos que nuestro trabajo no forma parte de nuestra vida, que sólo es el molesto espacio entre nuestros ocios, que no tenemos más responsabilidad que cumplir el horario -si es estrictamente necesario- y salir del paso, que podemos eludir el trabajo aunque caiga sobre lo hombros de otros, que tenemos derecho a hacerlo; que podemos incrustar nuestras circunstancias personales en nuestros trabajos y porque nos molestamos cuando nos recuerdan que no puede ser así. Porque sólo nos preocupamos de nosotros y del presente y no miramos hacia los otros ni hacia el futuro.
La Huelga General está perdida porque nos hemos hecho feudales.
Porque creemos que nuestra empresa es nuestro castillo, que la recogida de beneficios es el primer mandamiento de la ley empresarial, que nadie tiene que decirnos como llevar nuestro negocio, que podemos utilizarlo para definir odios y devolver favores, que las plusvalias son propiedad exclusiva de nuestras cuentas corrientes, que la actualización no es una necesidad, que la reinversión no es una obligación, que los que trabajan para nosotros pueden ser sustituidos por otros más baratos -y que cobren en negro, si es posible-, que el horario flexible siempre lo es al alza y nunca a la baja; que podemos exigir dedicación exclusiva sin pagarla, que es más rentable un trabajador barato que uno preparado; que, si las cosas van mal, podemos retrasar el pago a los proveedores, eludirlo y hasta ignorarlo; que podemos decidir puestos y contratos mirando árboles genealógicos, agendas de contactos y fotos de familia en lugar de curricula, que es correcto conceder beneficios laborales teníendo en cuenta afectos, adulaciones y afinidades, sin preocuparnos de como afecta ese beneficio a la organización el trabajo en nuestra empresa, que tenemos derecho a ignorar los méritos y reconocer la sangre compartida o el consumo etílico -también compartido, es de suponer- a la hora de crear los organigramas empresariales.
Porque sólo nos preocupamos de nosotros y del dinero. No miramos hacia los demás y hacia la justicia.
Si la huelga fuera un lunes el seguimiento sería masivo e incuestionable -nadie rechaza un puente, no en los tiempos que corren-, pero siendo en miércoles nos obliga a elegir, a dar la cara, a saber por lo que paramos y por lo que hacemos huelga. Así que será un fracaso. Porque elegir, dar la cara y luchar por otros es algo que se nos da muy mal desde hace mucho tiempo.
Así que, como un fin de semana cualquiera, hemos perdido La Huelga General antes de disfrutarla, antes de vivivirla, antes de pelearla. Muchos nos han ayudado a hacerlo, pero la hemos perdido nosotros solitos. La hemos extraviado por lo mismo que estamos perdiendo todo últimamente -y ese últimamente incluye medio siglo más o menos-. Porque solamente nos miramos al espejo de nuestras necesidades y nuestros deseos y olvidamos que la imagen que devuelve un espejo siempre está invertida, por tanto, siempre es falsa.
A lo mejor me equivoco y la recuperamos, a lo mejor la gente sale a la calle y no se queda en casa aprovechando la fiesta inesperada, a lo mejor se llenan las manifestaciones y no los bares, a lo mejor escribimos pancartas y no nos colgamos de Facebook, a lo mejor el jueves los departamentos de personal no se llenan de justificantes médicos o de resguardos del transporte público, a lo mejor las oficinas y los centros de trabajo no se llenan el día siguiente de excusas sobre sindicatos traidores, gobiernos incompetentes y pérdidas de sueldo.
Pero me temo que no. Las pensiones están garantizadas, tenemos contrato, ganamos un sueldo y ahora no necesitamos esa huelga. No podemos sacarle partido. Nos sobra. Es como un fin de semana sin plan, como una noche de viernes sin copas, como una noche de sábado sin sexo. No importa que pase y se pierda.
Luego estarán los pocos que no la hagan por convicción y los muchos que la hagan por inercia.
Y finalmente estarán los que la hagan no por su presente, ni siquiera por su futuro, sino por su pasado y por el presente de aquellos que estarán en su situación cuando llegue el futuro.
No es un trabalenguas es simplemente pensar que no somos la última generación sobre la tierra. Aunque no hayamos contribuido genéticamente en nada a la formación de la siguiente generación, aunque esa generación no duerma en las camas o las cunas de nuestras casas. Cuando recordemos que una huelga se hace por el futuro y no por el presente nos encontraremos la Huelga General justo enfrente de nuestras narices. 
Pero a lo peor será tarde. Ya habrá pasado. Como un fin de semana. 

miércoles, septiembre 15, 2010

El Tea Party, los yihadistas, Sarkozy y El Bigotes -La hermandad del error perpetuo-

Dice mi hija mayor -que en estas fechas parece debatirse entre el deseo adolescente de ignorarme y la necesidad, también adolescente, de aborrecerme- que tengo el vicio de la tragedia y la presciencia -ella no lo dice así, por supuesto-, es decir, que me empeño en fijar mi mirada y mi reflexión en  aquello que puede pasar dentro de mucho tiempo si lo que ocurre ahora evoluciona de la peor manera posible. Pues va a ser que tiene razón -que a su edad también está necesitada de tenerla-.
Y el último de esos accesos de presciencia trágica me llega al hacer una lectura cruzada -diagonal se llama ahora, creo-  de las noticias y los datos que, más allá de sus signos ideológicos y sus sellos políticos, publican diarios y periódicos nuestros y de allende nuestras fronteras -si lo sé, leer nunca ha sido una actividad recomendable-.
Leo que el Tea Party estadounidense -hasta hace poco un conjunto de intransigentes político religiosos más o menos peleones y llamativos- convoca a un millón de personas en Washington al grito de más dios y menos estado y gana las primarias en Delaware; que una asociación en defensa del islam -de su islam, claro está- pide la eliminación de la libertad de expresión en un país en el que incluso está permitido insultar a su monarca -siempre y cuando se haga educadamente, eso sí-; que la Francia de Sarkozy se enroca en la dinámica de la prohibición de todo -empezando por el velo integral de 2.000 mujeres- y en la expulsión de todo -comenzando por los gitanos-; que la Alemania de Merkel acepta con desinterés y apatía que la mano derecha de su canciller eche la culpa de la Segunda Guerra Mundial a las movilizaciones del ejército polaco en febrero de 1939 dimita y se quede tan ancha; que el vicario blanco de la iglesia católica acusa a los medios de comunicación de una conspiración por no callarse y ocultar los crímenes y abusos de los miembros de su jerarquía...
Y leo que en España un 57 por ciento de la población está en contra del Islam, el 68 por ciento contra los gitanos, el 35 por ciento contra los judíos -aunque este último dato debería darse contra los sionistas, me temo- y así sucesivamente; que los socialistas están preocupados del caso Matsá y los populares del caso Gurtel; que los catalanistas siguen intentando eludir el caso Liceo; que los nacionalistas vascos se ajustan y desajustan las corbatas intentando que no se les atraganten las relaciones de su consejero de Sanidad, Rafael Bengoa, con diversas empresas sanitarias...
Mis ojos se fijan total o parcialmente en todo eso y tiendo a unificarlo, a buscarle una referencia conjunta, a contextualizarlo como parte de un todo. Debe ser otro vicio. Pero ya ni siquiera me repito angustiado la pregunta que se hiciera el monarca tolkiniano de Rohan. ¿como hemos llegado a esto? Mi pregunta es mas digamos presciente ¿como vamos a salir de todo esto?
Y mi respuesta es -y aquí llega de nuevo el análisis de la mayor de mis vástagos- más trágica. No vamos  salir de esto. 
Todo está relacionado, todo es producto del mismo sentimiento, de la misma imposibilidad y, hoy por hoy, estamos incapacitados para abandonarla. Los Tea Party estadounidenses ascienden como la espuma porque el estadounidense medio de antaño -o sea, blanco, anglosajón y protestante- ha dejado de ser el héroe y el ejemplo nacional para convertirse en aquel que carga con el peso de todo lo malo que genera su país.
El medievalismo yihadista y fanático se engrandece porque la condición de creyente ha pasado a ser lo único que para ellos dignifica la existencia de muchos que ven que el resto de las facetas de su vida están al borde de la aniquilación o del absurdo.
El "expulsionismo" y el "prohibicionismo" de Sarkozy se asienta sobre los pilares de una sociedad que ve que sus opciones se agotan, que sus caminos se cierran por intentar llevar a cabo los ideales utópicos que aquellos que pensaron la nación les dejaron en herencia.
La apatía alemana se fundamenta en el cansancio de décadas de tener que demostrar su identidad ética y de pedir disculpas por algo de lo que solamente fueron responsables parcialmente y a lo que contribuyeron muchos otros.
La ofendida rabia pontificia está justificada -al menos para él- en décadas de la aceptación de que la pervivencia y la buena imagen de una institución que se niega a cambiar eran más importantes que la vida y la dignidad de aquellos que se suponía que integraban esa institución.
Y lo de España. Lo de España es tan viejo como las sanjuanadas, como la picaresca, como el mito y el rito del sálvese quien pueda y barramos para casa. Como el refrán aquel que dice el que parte y reparte se queda con la mejor parte.
Y no vamos a escapar de esto. Nos vamos a enterrar hasta los hombros en ello, nos vamos a rebozar en ese lodo hasta que seamos incapaces de oler, de respirar otra cosa. Lo vamos a hacer porque hay un factor que somos cada vez más incapaces de reconocer, de aceptar, de asumir: el error.
Los Tea Party se hacen ultrareligiosos y ultranacionalistas porque sus integrantes y sus seguidores son incapaces de asumir sus errores. El americano medio está es la situación en la que está, no porque los negros les quitaran nada, no porque los musulmanes hayan creado un lobby -imitando a los judíos, por supuesto- para colocar a todos los suyos en buenas posiciones con el fin último de islamizar Estados Unidos, no porque los ateos de izquierda para ellos sospechosos de agentes de comunistas -como si el comunismo estuviera en posición de pagar agentes a diestra y siniestra- estén minando los valores de los padres fundadores de la nación, no porque hayan sido explotados por lo que han dado en llamar "la oligarquía de Washington".
El americano medio está como está porque durante generaciones ha ignorado la necesidad de educación, ha menospreciado la necesidad de evolución social y personal, ha creído que el hecho de ser americano era un pasaporte inagotable hacia el bienestar, ha dado la espalda a la necesidad de mirar más allá de sus necesidades para comprometerse con las de su vecino, ha creído que agitar su bandera y cantar su himno eran actos suficientes para mantener su país por el buen camino. Los errores son suyos, pero no los reconocerán, ahondarán en ellos.
Los grupos yihadistas, las organizaciones terroristas fanáticas del Islam mal entendido, los grupos y congregaciones más integristas de esa religión se hacen numerosas, fuertes y cada vez más sangrientas por el simple motivo de que sus reclutas no pueden asumir sus errores. El islam está como está, sometido a la presión constante del fanatismo religioso más radical, no porque occidente haya iniciado una nueva cruzada contra ellos, no porque no se les respete y se les persiga, no porque los infieles pretendan imponer sus criterios, no porque Israel pretenda arrebatarles sus tierras, no porque un insignificante pastor se empeñe en quemar cuarenta coranes en los campos de Florida.
El mundo musulmán está como está porque durante décadas han permitido que sus gobernantes dilapiden el dinero que proviene de sus recursos en fiestas, viajes y lujos en lugar de utilizarlo para sacar a sus poblaciones del estado medieval en el que se encontraban; porque han permitido que sus mulahs y sus imanes les convencieran para acudir a las madrassas y no a las universidades, porque han apoyado sus revoluciones y sus reclamaciones en la religión y no en la justicia, porque ha creído que el rezo y la peregrinación les iban a conceder algo que tenían a mano gracias a los ingresos energéticos de muchas de sus naciones y les era negado por alguien diferente a su dios, porque han mirado al jeque y a su serrallo con envidia, no con indignación. Los errores son suyos, pero no serán capaces de verlos, se perpetuarán en ellos.
Sarkozy y la Francia que lidera se convierten en adalides de las deportaciones masivas de gitanos, defensores de la retirada de la nacionalidad a los delincuentes de origen no galo, obsesos de la prohibición del burka porque la población que defiende esas medidas no puede reflexionar sobre sus errores. Francia está como está, no porque los extranjeros desafíen las leyes de inmigración, no porque los musulmanes se empeñen en llevar lo que los franceses consideran un símbolo religioso en su sociedad laica; no porque los gitanos delincan y no paguen impuestos, no porque la inmigración les quite el trabajo, no porque los que llegan de fuera se dediquen a realizar acciones criminales además de quitarles el empleo.
Francia está como está porque sus gobiernos y sus habitantes han sido incapaces de escapar de si mismos, han insistido en el error napoleónico de integrar individuos ignorando sus peculiaridades y sus grupos de referencia, porque sus sindicatos -muchas veces admirados en estas líneas- han negado concesiones que debían hacer, porque se han olvidado de su fraternité, porque no han mirado a la sociedad y han observado en exceso al individuo, porque no han querido hacer lo que otros están dispuestos a hacer por menos sueldo que ellos. Los errores son suyos, pero no quieren saberlo, se revolcarán en ellos.
Y lo mismo la Alemania que no ha sabido decir basta ya y salir de su complejo ético, que no ha sabido compartir la unificación en lugar de dividirla, que no ha sabido dejar de pedir perdón. Y lo mismo la iglesia católica que no ha sabido purgar a sus ovejas negras, actualizar sus normas o modificar sus dogmas para evitar que eso y otras cosas ocurrieran.
Y por supuesto España. España no está como está porque la clase política sea especialmente perversa o porque los extranjeros nos utilicen de punto de entrada en Europa. España está como está, con sus partidos -todos sus partidos- mirando de reojo a los tribunales y los casos de corrupción, porque hemos hecho de eso una forma de vivir, porque quisimos convertirnos todos en especuladores inmobiliarios, porque no hemos sabido denunciar nuestros salarios en negro, nuestras facturas sin IVA, nuestras falsas tasaciones de viviendas y nuestros fraudes a Hacienda.
Estamos así porque les hemos mandado a aquellos que tienen la posibilidad de llevar esa orgullosa picaresca a un más alto nivel el mensaje de que podían hacerlo, de que no nos importaba. Que les envidiábamos pero no les rechazábamos, que nosotros haríamos lo mismo si pudiéramos. Estamos como estamos por nuestros errores, pero nunca lo reconoceremos, profundizaremos en ello.
Así las cosas, toda esta lectura diagonal me lleva a una conclusión. No saldremos de esto. Si no nos concentramos en un cambio radical de ver la vida y el error, acabaremos enterrados en ellos.
Acabaremos atomizados en sociedades en las que cada grupo verá el problema -desde la escasez hasta la falta de oportunidades- en la acción del otro no en la inacción o el error propio; divididos en tribus en las que cada contratiempo -desde la sequía hasta la enfermedad- se percibirá como producto de la impiedad del otro y no de la falta de previsión propias; secesionados en clanes en los que cada fallo será ignorado para mantener la pureza de la idea o la norma que nos sustenta y será cargado sobre los hombros del vecino -y por entonces ya enemigo- más cercano.
Si seguimos así, negando el error y por tanto la posibilidad de enmendarlo, acabaremos en la barbarie. Pero, en contra de los bárbaros originales, habremos perdido el impulso, la fuerza y la humildad necesarias para salir de ella. Y este debe ser el momento de presciencia trágica al que se refiere la mayor de mis hijas. ¡Que se le va a hacer!

martes, septiembre 14, 2010

¡Para una vez que hace falta que exista dios!

Desde que he vuelto a convertir en un acto de cotidianeidad -más o menos regular- el engrosar y engordar estas líneas virtuales, había asumido un cierto propósito de enmienda con respecto a abordar asuntos relacionados con el ser y el estar del círculo más elevado del poder de aquello que se ha dado en llamar jerarquía católica y que ha asumido -por inercia o por desidia- el título que los cristianos se reservan a si mismos, o sea la Iglesia.
No había renunciado yo a las críticas y las reflexiones eclesiásticas por miedo o respeto, sino, más o menos, por aburrimiento y vaguería: resulta muy cansado encontrar maneras diferentes de decir algo, cuando las formas de hacer y de pensar te obligan constatemente a repetir lo mismo.
Pero, en los últimos días, datos, declaraciones y gestos han desfilado ante mis ojos y mis teclas  y me han hecho renunciar parcialmente y temporalmente a esta firme decisión como haría naufragar un coro de playmates desfilando en cueros el más firme de los votos de celibato vitalicio  -he ahí uno de los fallos de mi carácter: la voluntad-.Así que allá voy.
Lo primero es el ineludible y omnipresente problema que parecen tener los ministros y miembros del clero secular y regular de la Iglesia católica con la famosa frase de "dejad que los niños se acerquen a mí" que pronunciara su profeta - o mesías, no empecemos tan pronto con disquisiciones-.
Se acumulan las denuncias, se suceden las informaciones, se superponen los registros, procesos, acuerdos y procesamientos y, desde Bélgica hasta Irlanda, desde Austria hasta Boston, salen a la luz casos, cada vez más continuados y masivos, de abusos sexuales relacionados con el clero y la curia.
Y las sociedades -que se visten de laicas sin creerlo demasiado y se disfrazan de creyentes sin pensarlo lo más mínimo- reclaman respuestas, castigos, explicaciones y culpables. Algo lógico por una parte y desmedido por otra, depende de quien abra la boca o coja la pluma en cada momento.
Sería absurdo acusar a la Iglesia católica de pederasta, como lo es acusar al Islam de terrorista suicida, al estadounidense de psicópata asesino o al español de maltratador. Aquellos que quieran criticar a las jerarquías eclesiásticas católicas tendrán otros motivos -razonables o no, pero seguramente más válidos- para pedir, reclamar, exigir o desear la disolución de ese estamento de poder y de influencia.
Pero, sin caer en la furia vengadora ciega, hay dos reflexiones que resultan ineludibles.
La jerarquía eclesiástica no es responsable de los pederastas que se esconden en ella, pero, a estas alturas del partido, resulta incomprensible y casi insultante que se empeñe en esconderlos y protegerlos. Hay momentos -y este se antoja uno de ellos- en que hay que dejar de volar en las alas de los ángeles benditos y poner los pies en el suelo.
Ni uno sólo de los argumentos que se utilizan sotovocce en los pasillos basilicales y los despachos obispales suena ya creíble y mucho menos defendible.
No los esconde porque su presencia y juicio público vaya a perjudicar la imagen de la institución porque, seamos sinceros, más perjudica a esa imagen que se descubran los actos y además los posteriores encubrimientos; tampoco resulta muy plausible el pensar que la ocultación se realiza en aras de una silenciosa curación de tales desviaciones -que eso sí que son desviaciones y no otras tantas, contra las que se argumenta constatemente en público desde púlpitos y cartas pastorales-, puesto que no parece el sistema de terapia más acertado el traslado a otras diócesis y destinos donde siguen manteniendo los pederastas intactas sus posibilidades de delinquir criminalmente.
Y ese creo que es el fallo radical que comete la jerarquía -y gran parte de la feligresía también-. Olvidarse del hecho de que viven en una sociedad que tiene reglas que, supuestamente, ellos asumen, que tiene leyes que ellos, como institución y como individuos, están obligados a cumplir.
 Que, empeñados en darle a dios lo que es de dios, siguen diciendo con la boca pequeña y en susurros la proposición de darle al cesar lo que es del cesar que completa esa oración evangélica en concreto.
La jerarquía eclesiástica debería poner los pies sobre la tierra y darse cuenta de que no tienen derecho a ocultar un delito, a silenciar un crimen, a apartar a los culpables de su castigo y a las víctimas de su vindicación. Deberían aparcar por un instante los rezos y sentarse a pensar. Deberían darse cuenta que ni su imagen, ni la obra de dios, ni las necesidades eclesiásticas son un bien mayor que la salud mental, sexual y vital de un niño. Deberían obviar el pecado y preocuparse por ayudar a castigar el crimen.  Sin excusas, sin peros, sin circunloquios, sin demoras.
Y tras de eso, hacer otra reflexión más dolorosa, más interior, más productiva. La jerarquía católica se encuentra en la tesitura de elegir si sigue haciéndose preguntas teológicas y disquisiciones metafísicas o se decide, por fin, a hacer la más mundana y efectiva de las preguntas que, por otro lado, muy pocos se atreven a hacerse en estos y otros casos: ¿por qué?
Cierto es que La Iglesia no es culpable de los actos individuales de cada uno de sus miembros, pero tiene una responsabilidad.
Estados Unidos es la sociedad en la que se desarrollan un mayor número de psicopatías asesinas y sus autoridades y expertos se preguntan por qué. Hacen estudios, analizan cifras, generan hipótesis; el Islam es, hoy por hoy, la religión que más tendencia tiene al fanatismo violento y sus responsables -a trompicones y como pueden o saben- se preguntan los motivos, intentan identificarlos y combatirlos -he escrito sus responsables, no sus autoridades, que no siempre es lo mismo-; en España los últimos gobiernos se han empeñado en que somos un país de maltratadores y hacen estudios y buscan los motivos -es difícil que los encuentren porque parece que la realidad se empeña en desmentirles- ¡Por el amor de su dios, si hasta France Telecom descubre que se han suicidado 21 de sus empleados e intenta identificar si alguna circunstancia de la empresa les ha conducido a ello!
¿Por qué las jerarquías católicas se niegan a hacer esa reflexión cuando la realidad les impone el hecho de que dentro de su estructura se acumula un mayor número de pederastas y pedófilos que en ninguna otra?. Todos tenemos algo en mente, pero no es necesario que sea cierto. Podría ser eso, cualquier otra cosa o nada. Pero, por si acaso, habría que buscarla.
Esa negativa a buscar si hay algo en su estructura formal o material que atrae a los pedófilos o algo en su organización o su doctrina que crea una tendencia a la pederastia es su mayor responsabilidad al respecto de este asunto.
Y en lugar de hacer eso, de concentrarse en ello como algo que es esencialmente una de las piedras angulares de su credibilidad y de su continuidad, sus jerarcas, el Gran Inquisidor Ratzinger en concreto, se lanza a una campaña de denuncia de como los medios de comunicación se empeñan en atacar y desacreditar a la Iglesia buscando esos casos.
Y no le falta razón, pero no es el más indicado para quejarse. Durante siglos la Iglesia ha utilizado los medios de comunicación públicos -desde los púlpitos y las hojas parroquiales, hasta las televisiones y las radios- para desacreditar a ateos, agnósticos, infieles, herejes, comunistas, materialistas y todos aquellos que se les oponían. En esta sociedad de falsa tolerancia y apática desidia, donde las dan las toman, quien siembra vientos...
Más allá de que los medios -algunos medios, al menos- estén realizando una campaña de desprestigio de la jerarquía católica siguiendo espúreos intereses -siempre quise utilizar esa palabra, espúreos, suena tan perverso-, está el hecho de que, si ellos no ampararán la pedofilia, no ocultarán la pederastia y se preocuparan por identificar las causas que la hacen existir en su institución, nadie podría utilizar eso en su contra. Que los medios de comunicación hagan mal su trabajo no es excusa para que la jerarquía eclesial no haga el suyo en absoluto.
Ojalá existiera un dios para que, cuando alzaran la mirada hacia él, les escupiera en el rostro -¿pueden escupir los espíritus puros?- por haberse negado a hacer lo que es debido.
Pocas veces deseo que haya un dios, pero esta es una de ellas. Las otras son para pedirle cosas que no está bien pedirle y que no querría concederme aunque existiera.

lunes, septiembre 13, 2010

Hugo Chávez, cuando desconfias del pueblo al que gobiernas

Al final, como diría aquel, Hugo Chávez, el soldado bolivariano twiteador, ha hecho un pan como unas tortas.
Lo que no consiguió con sus intentos de golpe de Estado contra los gobiernos -siempre corruptos, que todo hay que decirlo- de Carlos Andrés Pérez y sus sucesores, lo que no logró con su revolución bolivariana, que comenzó como debería y evolucionó hacia un  gobierno vocinglero, de rogativa y espectáculo televisivo; lo que le fue imposible con las amenazas de una guerra interestatal sudaméricana -cosa que no se había visto nunca- parece que al final lo ha logrado con su última ley electoral. Chávez ha unido a los venezolanos -menos a los chavistas, e incluso a algunos de ellos- en un objetivo común.
Es de suponer que el hecho de que ese objetivo sea desalojarle del poder será algo secundario en su percepción del triunfo. Para alguien tan apegado al mesianismo como el caudillo bolivariano, el martirio debe ser algo tan natural como no reconocer los errores.
Loa analistas políticos, los comentaristas internacionales, los portavoces de un lado y de otro, encontrarán mil motivos para este auge unitario repentino de todos aquellos que en Venezuela se opnen -con todo el derecho del mundo, aunque a Chávez no le guste- a la visión, supuestamente bolivariana y socialista, del mundo y su país que tiene el actual gobernante de Venezuela.
Pero para este humilde demonio pegapalabras, por seguír en el entorno mesiánico y evángelico en el que suele moverse este personaje que pudo ser grande y se conformó con ser poderoso, todos estos errores, estos mandamientos democráticos incumplidos se resumen en uno: Chávez no ha confiado en Venezuela más que en si mismo.
Desde que lograra lanzar parcialmente la economía venezolana, amparado en la venta del petróleo -lo cual no es un delito, ni mucho menos- y en la recuperación o nacionalización de determinadas empresas clave -lo cual es una opción cuestionable, pero tampoco perversa-, Chávez ha confiado más en su visión del mundo que en la que le ofrecían sus datos, ha hecho mucho más caso de su reflejo en el espejo de lo que le comunicaba una buena parte del pueblo venezolano.
El gobernante de Sabaneta no ha confiado en Venezuela. No tuvo la suficiente confianza en que aquellos que pensaban como él, que compartían su visión política, fueran capaces de seguir su trabajo y por eso se enfrentó a propios y extraños en una reforma constitucional que tan sólo buscaba su reelección y su permanencia en el poder como única persona capaz de dirigir Venezuela a la situación en el que él la quería ver.
Mientras las calles de Caracas vivían inmersas en la sangre del crimen y el miedo a la noche, él no tuvo la suficiente confianza en que los votantes comprendieran sus nacionalizaciones y su pulso con los gobiernos regionales y recurrió a las militarizaciones de sus propios puertos y aeropuertos, al sitio armado de sus propias provincias.
Al tiempo que los ingresos del petróleo se diluían y la pobreza volvía a los estadios en la que el egregio bolivariano la había encontrado al llegar al poder, Chávez seguía sin confiar en Venezuela y por eso no creyó que su pírrico y casi burlesco sistema de comunicación de masas fuera capaz de convencerles de que los rigores y los errores eran necesarios para un futuro mejor. 
Así, para que todos entendieran este nuevo socialismo real de rosario y concesionarios nacionales de vehículos rodados, decidió acallar a todos aquellos que se mostraban en contra, cerrar los períodicos, llevar a negro y carta de ajuste con himno patrio sempiterno los canales televisivos, silenciar las emisoras de radio, en un intento de que los venezolanos sólo le escucharan a él, sencillamente, porque no confiaba en que si escuchaban otra cosa siguieran siendo capaces de creerle.
Y el último rocambole de desconfianza plena en su pueblo es la Ley electoral venezolana que una vez más es el producto de la continua pesadilla del profeta a no ser escuchado, del mesias a no ser seguido, del caudillo a no ser entendido. De Chávez a no ser elegido.
Con los obreros en huelga, las refinerias ardiendo, los presos amotinados por millares, los depositos de cadáveres convertidos en representaciones esperpénticas de los réditos que el crimen y el descontrol generan en las calles de Caracas, Chávez vuelve a preocuparse de su ombligo, vuelve a poner su atención en encontrar la forma de asegurarse el poder porque no confía en que Venezuela vuelva a otrogárselo.
De tanto no confiar en venezuela ha dajado incluso de confiar en si mismo.
Por ello Venezuela, desde los mercantilistas a los socialistas, desde los socialdemocratas hasta lo democrata cristianos, desde los comunistas hasta los militaristas se unen para intantar lograr que el aparto de desconfianza que Hugo Chávez ha arrojado sobre Venezuela para mantenerse en el poder caiga, se desahaga, se diluya. Y Chávez, el bolivariano que puedo ser un líder y se conformó con ser presidente vitalicio -que al final lo propondrá, seguro-, ya no las tiene todas consigo.
Cuando dejas de confiar en un pueblo con tanta arrogancia y tanto descaro, no es extraño que ese pueblo deje de confiar en tí. Lo dicho, un pan como unas tortas.

domingo, septiembre 12, 2010

Euskadi no puede ser el país de Nunca Jamás -más que nada por continuar con el símil-

Mientras los -por lo menos hasta ahora- integrantes del gobierno tripartito catalán recurren a la tragredia griega en plena Diada y optan por representar algo parecido a eso de las tres hijas de Elena, que ya sabemos todos como eran en el refrán, en Euskadi gobiernos nacionales y autónomicos, abertzales y españolistas parecen empeñados en llevar hasta sus últimas consecuencias la puesta en escena de otro producto literario.
Así escenifican en su tierra, sus tribunales, sus despachos y sus calles la fábula de James Matthew Barrie que, gracias a la factoría Disney, dejó de ser una llamada de atención desesperada y desesperante a los adultos para transformarse en una fantasía infantil.
Y claro, ahora que el entorno político independentista ha ejercido ya de Campanilla revoloteadora, que quiere que sus niños -en este caso sus más que violentos niños- se comporten bien, pero sin renunciar al Nunca Jamás  de una realidad superada hace años; ahora que ETA y sus encapuchados Peterpanes han aceptado a regañadientes hacer caso a sus Campanillas, pero siguen negándose a crecer lo suficiente como para reconocer que estaban equivocados, que prácticamente siempre lo estuvieron, y que tienen que abandonar Nunca Jamás para estrellarse contra los números en el mundo real; ahora que ha ocurrido eso, que Campanilla y Peter Pan ya están en escena, le toca el turno al Capitán Garfio.
No hay Nunca Jamás si un Capitán Garfio como es debido.
El Gobierno, los partidos, los tribunales toman la casaca enjaretada y el sombrero de fieltro y se empeñan en hacer un papel tan absurdo como innecesario, enzarzandose en un duelo de aceros, fintas y giros contra aquellos que quieren marchar - y han terminado marchando - por las calles de Bilbao para defender su derecho a seguir viviendo en Nunca Jamás.
Es más que posible que legalmente tengan la capacidad para impedirlo -la Ley de Partidos les da la posibilidad de prohibir casi cualquier cosa al entorno abertzale-, pero la lógica más directa y sencilla debería haberles hecho darse cuenta de que lo único que mantiene vivo a Peter Pan es su eterno combate con Garfio, de que lo único que justifica la presencia de Campanilla en esa tierra falsa y baldía es el miedo al corsario que ataca a sus niños.
En lugar de ignorarles, de dejarles que hagan lo que quieren hacer y que griten lo que quieren gritar; en lugar de permitirles exhibir sus pancartas, sus banderas y sus revindicaciones y actuar posteriormente si han incumplido alguna ley -que tal como está el patio legal con eso del enaltecimiento del terrorismo, seguro que lo habrían hecho-, las instituciones del Estado, el Gobierno y la Oposición y ni se sabe cuanta gente más se emboscan en denuncias, prohibiciones, recursos y demandas.
Se empeñan en repetir el sempiterno duelo entre la daga minúscula de la fantasía absurda de los Peterpanes abertzales y el estoque largo y difuso -nunca he sabido porque Garfio es el único pirata que lleva un estoque y no un sable, pero bueno- del ese Capitán Garfio cruel y desmedido como les gusta a los abertzales pintar al gobierno español.
Uno diría que, después de casi treinta años de participar en ese juego, los políticos y las instituciones tendrían que haber aprendido a no dar argumentos a estos habitantes de Nunca Jamás para seguir justificando su intento por la violencia y el enfrentamiento de imponer a todos los que ya han despertado y crecido su mundo fantástico e imposible.
Pero no lo hacen. Vuelven a caer en el mismo error, en el mismo duelo absurdo, en la misma danza de estocadas y fintas para evitar algo que no tendría que porque ser evitado: una manifestación. A lo mejor es que el gobierno vasco y el gobierno español necesitan a los abertzales tanto como los abertzales les necesitan a ellos; a lo peor es que ellos también necestan que Euskadi sea Nunca Jamás.
A lo mejor necesitan que los ojos de todos los que allí viven, luchan por prosperar y buscan su futuro estén vueltos hacia las alturas etereas en las que combaten Peter Pan y Garfio para que no nadie se de cuenta de que ninguno de los dos se preocupa en lo más mínimo por aquello que es importante en el mundo real de Donosti, Bilbao o Vitoria. Espero que no sea por eso.
  A lo peor es que la oposición españolista - y por más que se hagan llamar de otra manera, esa es su definición más adecuada- necesita que Euskadi siga creyendo que lo más importante para ella es sacar a esas gentes de Nunaca Jamás porque sabe que si desaparecen, sus tesis consevadoras no tendrán ni una sola oportunidad de prosperar contra un partido que a la vez es conservador y nacionalista.
A lo peor es que necestina que los peterpanes y las Campanillas abertzales sigan pinchando y revoloteando para que ellos puedan pescar réditos electorales con su garfio en esa mar revuelta y tempestuosa. Me temo que es por eso.
Por fortuna la realidad ha aterrizado de golpe en las calles de Bilbao y les haconducido a todos ellos de una patada en sus fantasioso glúteos fuera de su país inexistente para que sus nalgas perciban de golpe el duro asfalto de la Euskadi del mundo real.
Cuatrocientos individuos se han manifestado pese a las prohibiciones, las decisiones judiciales y los ríos de tinta legal, política y periodística vertidos sobre ellos. Esos cuatro centenares han coreado lemas a favor de la necesidad de vivir en Nunca Jamás, es decir, de la independencia de Euskadi -algo que tienen todo el derecho a hacer, hasta según la tan traída y llevada Constitución española-, han gritado exigencias de acercamiento de los presos de ETA a Euskadi -algo que, según nuestro sistema legal, también tienen derecho a reclamar- y se han ido a casa.
Sin quemar papeleras, sin gritar Gora Eta, sin enaltecer el terrorismo, ni atentar contra los símbolos y las instituciones del Estado. Vamos, como si hubieran crecido de repente.
Ahora sólo queda por ver si al Gobierno español, a la Oposición y al Gobierno Vasco le preocupa más Nunca Jamás o Euskadi. Deberían preguntárselo a los vascos pero, claro, eso nadie quiere hacerlo. Nadie decide en referendum en Nunca Jamás.

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