lunes, agosto 30, 2010

Cuando silencios y llantos son sólo una excusa - ¡matamé, pero no me pidas que cambie nada! -

Mientras los mineros chilenos, esos que deberán esperar tres meses a que les extraigan del vientre de La Tierra, hablan con sus familias; en tanto que Gadaffi, el impenitente e inmarcesible Gadaffi habla con sus nuevas valkirias sobre El Corán y la guerra; al tiempo que los conservadores del Tea Party estadounidense hablan -o más bien gritan- exigiendo más dios y menos Estado, más patria y menos justicia, los hay que no hablan. No les merece la pena hacerlo.
Los hay que se mantienen callados y tensos, que han hecho del fruncimiento de labios, el silencio contrariado y la postura erguida su única y hierática forma de comunicación con el universo que les rodea. Aunque ese universo amenace con convertirse en una montaña inmensa de cenizas una vez más.
Mientras el mundo habla -de sus cosas o de las de otros, que de todo hay- los halcones israelíes y los buitres yihadistas se niegan a hacerlo. Y, lo que es peor, se niegan a que otros lo hagan.
Unos y otros, aunque en este caso más los otros que los unos-es decir, los que han hecho de su fe un arma de destrucción masiva contra su propio pueblo- amenazan con ser los primeros que sean capaces de iniciar una guerra por tan plausible como es hablar.
Hasta ahora las guerras se acababan hablando, se evitaban conversando y se retrasaban dialogando. Ahora ya no. Los yihadistas han decidido que que otros hablen es tan buen motivo como cualquier otro para iniciar una guerra y los halcones sionistas han decidido que esa es una excusa tan buena como cualquier otra para seguir a sus enemigos en un juego al que quieren jugar porque piensan que sólo ellos pueden ganar.
Así que unas conversaciones de paz se han convertido en un motivo de guerra y además de guerra en un país, Líbano, que, en teoría, no tendría nada que ver con el conflicto con el que se intenta terminar.
Después de que El Cuarteto insistiera e insistiera en que Israel y Palestina se sentaran de una vez a hablar, cinco brigadas del ejercito libanés esperan en la frontera a que la guerra estalle. Después de que Obama diera un puñetazo encima de la mesa -él que no es de esas cosas- para que se conversara sobre todo y sobre todos, sin tabús ni condiciones previas, varios millares de milicianos de Hezbollah, armados hasta los dientes por Irán y Siria, velan armas en la linea azul que separa la cordura de la sangre, el odio de la resignación. Después de que Mahmud Abbas se bajara del burro de los asentamientos y Benjamín Netanyahu abandonara su enroque del bloqueo eterno, dos divisiones acorazadas, formadas por elite de los guerreros de Sión, aguardan, con las armas al hombro, esperando el momento en que sus coroneles y sus gatillos hablen por ellos.
Después de que medio mundo ha intentado que los enemigos, que los adversarios, puedan "sentarse a conversar, no a hablar" -como diría ese poeta guerrero triste británico de apellido Blunt-, los locos del paraíso prometido tras la muerte en combate y los fanáticos de la tierra prometida tras la diáspora eterna se empeñan en que eso no ocurra. No quieren que los demás conversen porque ellos no están dispuestos a hacerlo.
Hamás y Hezbollah saben hablar pero no quieren hacerlo. Hablan todos los días en sus madrassas, lo hacen todos los viernes en sus mezquitas. Los yihadistas saben oír. Cada día oyen los gritos de su gente, las maldiciones que el hambre y la desesperanza escupen en las calles de la franja, cada día escuchan los sonidos que el odio irracional, sembrado por sus rivales y sus errores, destila contra ellos en forma de amenazas o de insultos.
Pero no pueden arriesgarse a conversar.
Sin conversan no les servirá su hieratismo frío y distante; no les será posible mantenerse en silencio mientras ven pasar ante sus oídos los monólogos de aquellos -sean enemigos, aliados, neutrales, propios o extraños- que les exponen sus errores y sus incoherencias; no podrán contemplar con mirada fría y distante a los que intentan solucionar la situación y el drama que sus errores han ocasionado en la vida de aquellos a los que dicen querer y proteger.
Si conversan no podrán levantarse, menear la cabeza con desaprovación ,y marcharse sin decir una palabra para refugiarse en el llanto desconsolado por los cadáveres cuya muerte han forzado y en los deseos de venganza por las tragedias que ellos mismos han forjado parcialmente.
Si conversan tendrán que hablar y eso les obligará a explicar las motivaciones,  los objetivos y las justificaciones de sus actos. Se verán abocados a permitir a los demás -tanto a los suyos como a sus enemigos- acceder a esa parte secreta de si mismos que no quieren hacer pública: a los porqués. 
Y eso es algo muy peligroso, eso es algo que te deja desnudo ante los otros, algo que te muestra como realmente eres, como realmente quieres ser.
Los guerreros de Sión -¡uy, perdón, de Israel! también saben hablar pero tampoco quieren arriesgarse a hacerlo. Hablan cada día en sus reuniones de coordinación, lo hacen cada sabbath en sus sinagogas. Y también saben oír porque oyen a su gente quejándose de la constante amenaza de que un loco -víctima del fanatismo y la desesperación- les haga saltar por los aires en un autobús o una pizzería -suponiendo que haya pizzerías aún abiertas en Tel Aviv-; porque oyen a sus aliados pidiéndoles que pongan fin a una violencia que ellos mismos comenzaron hace más de cincuenta años, amparados en la culpabilidad de muchos por la violencia que unos pocos habían ejercido contra ellos.
Pero tampoco pueden arriesgarse a conversar
No pueden hacerlo porque una conversación exige reconocer al interlocutor, porque una conversación exige el fin del secreto, de la ocultación, obligando a poner las cartas sobre la mesa, a buscar soluciones sin esperar a que el paso del tiempo haga que aquello que se está en la obligación de arreglar caiga por su propio peso, se arregle sólo o se desmorone completamente.
Una conversación hace imposible ignorar las palabras del otro con una mueca de desprecio o de condescendencia, imposibilita mantenerse apartado y en silencio para concluir poniendo los tanques encima de la mesa como única carta de negociación y las muertes en tus calles como única justificación.
Una conversación impide las declaraciones que se desdicen con el ruido de las armas, de los buldozers o de las excavadoras dos horas después, hace imposible eludir con un encogimiento de hombros interno o externo las responsabilidad sobre lo que está ocurriendo y de como tus acciones destruyen las vidas de los otros, aunque los consideres enemigos, y tus inacciones arriesgan la vida de los tuyos, aunque no quieras que eso ocurra.
Así que los buitres yihadistas y los halcones sionistas prefieran prepararse para la guerra, hacer saltar la guerra con atentados y provocaciones antes de arriesgarse a que otros -más realistas, quizás- solucionen los problemas en los que medran sentándose ante una mesa. Será en Libano, será en gaza o será en cualquier otra parte, pero es preferible el intercambio de monólogos de muerte entre el tableteo del stoner 63 y el repiqueteo del Ak 47 que cualquier conversación.
¿Por qué? La respuesta es tan obvia como desesperante. Porque conversar exige cambiar.
Y ni unos ni otros quieren que nada cambie porque ellos no están dispuestos a hacerlo. No están dispuestos a reconocer un sólo error, a cambiar una sola decisión, a reconocer que hay una mejor forma de hacer las cosas, a intentar una solución que no haya salido directamente de sus pensamientos y de sus apriorismos ideológicos.
Prefieren que nada cambie para no verse obligados a cambiar ellos, a intentarlo de nuevo, aunque sea en bien de ellos mismos, de sus pueblos y de sus países. Si nada cambia nadie les forzará a reconocer la necesidad de que ellos cambien, si de verdad les importa todo aquello que dicen amar, defender y proteger. Y si las cosas van a peor, siempre podrán -ante los demás y ante su propia conciencia- echarle la culpa a los otros.
No es que Abbas y Netanyahu estuvieran dispuestos a algo más que, como diría Wilde, intercambiar monólogos educadamente interrumpidos, pero los yihadistas y los sionistas prefieren iniciar otra guerra antes de arriesgarse a que eso cambie.
Cuando conversas siempre corres el riesgo de escuchar.

domingo, agosto 29, 2010

Campanilla ya comienza a volar sobre Euskadi

Así, dicho, de pronto y sin anestesia ni nada, suena raro. Pero, visto lo visto, y sobre todo visto el acto realizado por esos chicos a los que se ha dado en llamar el entorno abertzale en mitad del Aste Nagusia bilbaíno, no me queda más remedio que decir que Campanilla -sí, Campanilla- voló sobre la Plaza Zabalburu.
Si nos paramos a pensarlo detenidamente, parece que se trata de uno de esos símiles de andar por casa cuyo recorrido se escapa, se agota, se hace incomprensible. Pero a los defensores de esa izquierda que no es izquierda y de ese independentismo que no es independentismo no les queda otra comparación posible que la que les une al femenino y reducido personaje del hada que reinventara, triste e infantilmente atractiva, el egregio Walt Disney y su emporio de ilusiones y beneficios.
Hace unos años podría haberse dicho de ellos -y de otros muchos- que eran Peter Pan. Empeñados en no crecer, empeñados en no ver como el paso del tiempo tintaba sus sienes de blanco, sus sueños de quimeras y sus reclamaciones de sinsentido. Emperrados en buscar enemigos piratas de garfio y tricornio en aquellos que nada tenían que ver con sus delirios de eterna juventud independiente cuando ya ni eran jóvenes ni nunca habían sido independientes. Enrocados en volver una y otra vez a las mismas soluciones -que no lo eran- porque eran las suyas y porque eran las únicas que habían salido de sus mentes, pese a que nunca les habían servido para avanzar ni un sólo paso en la dirección correcta y ni siquiera en la dirección en la que querían avanzar.
Pero ahora no. Ahora son Campanilla. Peter Pan no puede, no sabe y no quiere crecer. Campanilla, simplemente no quiere reconocer que ha crecido.
Ahora, como el hada minúscula de piernas adultas y corazón de egoismo infantil, se disfrazan de ellos mismos fingiendo ser otros, asumiendo que son el elemento de responsabilidad y de cordura en un país de Nunca Jamás que ellos mismos han creado y que se mantiene gracias a su incoherencia más absoluta.
Simulan no saber que han crecido para ocultar el hecho de que no querían hacerlo; la dolorosa verdad de que necesitan, ahora más que en ningún otro momento, la tierra de Nunca Jamás. Se disfrazan de responsabilidad pero siguen enamorados de aquellos que no quieren crecer. Necesitan a los niños perdidos, aunque se quejen de que no crezcan, aunque les oculten de la mirada de los otros, aunque escondan sus nombres y sus ubicaciones en aras de ese secreto adolescente que no deja claro si es protector o simplemente avergonzado.
Porque, como Campanilla, necesitan seguir volando, necesitan un lugar y un tiempo en el que el polvo de hadas les permita mantenerse por encima del suelo sin necesidad de pisarlo, sin necesidad de renunciar a esa eterna juventud perdida, reivindicativa e irresponsable a la que creen tener derecho porque el complicado mundo de la política real y la madurez personal les resulta demasiado oneroso e insatisfactorio.
Piden -por favor, eso sí- a sus niños perdidos que abandonen su actitud de violencia infantil, pero siguen revoloteando en los mismos mensajes que la fomentan. Mensajes sobre las torturas, sobre la dispersión de presos, sobre el Estado Español invasor, sobre las "condiciones humillantes" que se les imponen, sobre la represión españolista, sobre todo aquello que se les ocurrió en su día y que se niegan a abandonar; que se niegan a reconocer como algo que no se sustenta en la realidad de las cosas, como algo inútil para ellos y para todos los demás.
Exigen soluciones políticas a los gobiernos -que en este caso funcionan como Garfio, el capitán adulto condenado a lidiar por toda la eternidad con niños irresponsables y temerarios-, pero se niegan a erradicar de sus cartas de navegación la ubicación de Nunca Jamás porque es el único punto del mapa de sus ilusiones en el que aún pueden sentirse grandes sin necesidad de bajar a la tierra, a la realidad, a la madurez política y personal.
Así que, como el hada de la hoja de parra, en realidad, siguen tan perdidos como esos niños a los que dicen proteger, a los que piden templanza y tregua, a los que dejan realizar actos vandálicos, a los que, con carteles colocados en mitad de la noche bilbaína, quieren acercar a casa, pero no a sus casas reales, sino a esa sucursal de Nunca Jamás que han construido en el corazón de Euskadi.
Y lo hacen porque necesitan que siga existiendo. Necesitan un lugar donde funcione el polvo de hadas, un lugar donde la magia de la negación y de la eterna insatisfacción les permita seguir volando con esas alas minúsculas que ya no soportan sus cuerpos adultos.
No les importa que ese vuelo no les permita avanzar, les mueva siempre en círculos alrededor de las mismas soluciones que ya les han fallado una y mil veces a ellos y a todos los demás. No les preocupa que el efecto del polvo de hada cada vez dure menos y que, cuando se produce el picado y la caída derivados de su ausencia, el golpe sea cada vez más fuerte y demoledor. No les afecta el número de cadáveres -físicos, políticos, sociales o personales- que dejen atrás en su intento por mantenerse siempre revoloteando por encima de ese suelo real, que reclama su descenso por mera lógica gravitatoria y evolutiva.
No les importa que, cada vez que consumen esa droga del vuelo orbital e inútil en torno a si mismos y a la isla de la eterna infancia intransigente, se alejen más de lo que realmente podrían llegar a ser y les quede menos tiempo y menos credibilidad ante los demás y ante si mismos para poder llegar a serlo.
Ellos, con sus lemas, sus reivindicaciones y sus quimeras, siguen esparciendo polvo de hadas por las calles y las villas de Euskadi para no verse en la necesidad de reconocer que ya saben que han de arrancarse esas falsas alas que les mantienen flotando en el limbo de Nunca Jamás y que ya han descubierto que es preciso obligar a sus piernas a realizar el doloroso -aunque en muchas ocasiones satisfactorio- avance por el camino del compromiso político y de la realidad vital.
Como Campanilla, saben que esa falsa infancia y ese vuelo en círculos no son la solución, saben que ese no es el camino, saben que hay que crecer para poder ser feliz y permitir que los demás lo sean. Pero no les importa, no lo dicen y no se lo reconocen.
El común de los mortales tiramos de borrachera, de gimnasio, de alegría desparramada sin felicidad, de batuka, de coitos efímeros sin compromiso, de amigos con derecho a roce  o de pasiones arrebatadas sin amor para mantenernos en Nunca Jamás; para rechazar el conocimiento de que esa no es la auténtica vida que queremos vivir; de que, quizás, sólo quizás, deberiamos volver a intentar lo que relamente deseabamos y que nuestra impaciencia y nuestra arrogancia nos impidió culminar cuando todavía eramos Peter Pan. Pero ellos no.
Ellos, los chicos abertzales, necesitan contenedores ardiendo, estados opresores, carteles con el rostro de presos de ETA, treguas fallidas que ellos mismos hicieron fracasar para poder culpar a otros y reparto de ikurriñas en la Plaza Zabalburu para ocultarse a si mismos lo absurdo de no aceptar su crecimiento.
No reconocerán que han crecido hasta que se agote la última pizca del polvo de hadas. Aunque para entonces sea demasiado tarde.

martes, agosto 24, 2010

Sarkozy vuelve del revés las clases de historia

Corre el año de Gracia de Vuestro Señor Jesucristo de 1306. Bajo las órdenes de los dignatarios feudales dependientes de los Pares del Reino y de Su Serenisima Majestad Felipe IV, El Hermoso, se ordena que un grupo de personas, que comparten unas costumbres, un credo y una innata tendencia a separarse del resto de los componentes de las sociedades en las que viven, abandone los teritorios que pertenencen a La Corona.
Esas personas, familias enteras, clanes completos, habitan mayoritariamente en los arrabales de las ciudadades, formando barrios cerrados y campamentos en los que reproducen sus costumbres, sus ceremonias y se implican poco o nada en el devenir cotidiano de aquellos turbulentos años en los que El Hermoso era llamado así por no ser llamado el "abofeteador de papas".
Los franceses, los de cuna y útero galos,  les miran con recelo. Les acusan de librarse constantemente de las lebas que sangran a la población en las guerras privadas y públicas de los nobles; les acusan de operar al margen de las leyes financieras y tributarias que Felipe, el rey Felipe, ha impuesto para sanear las cuentas y el tesoro del reino; les acusan de tener negocios turbios, de cubrir a delincuentes y herejes, les acusan de todo.
En la desesperación de la miseria y la falta de futuro, se vuelven hacia ellos y hacer recaer sobre sus hombros todos los males que la guerra y la escasez de cosechas han traido sobre una Francia que perece cada amanecer y cada anochecer entre los retortijones del hambre y los espasmos de las heridas de la guerra.
Los impuestos suben, las guerras continuan y Felipe, sus consejeros y su iglesia, deciden que si el pueblo cree que ese grupo de personas, que a lo largo de los siglos ha ido llegando de forma callada, casi invisible, a la tierra de Francia; que se han asentado sin pedir salvoconductos, si realizar juramentos vasallaticos, son los culpables de los males de Francia, ellos, por la Gracia de Dios -aunque dios no haya dicho nada al respecto-, les darán la razón.
Se les da un plazo exíguo para liquidar sus bienes que, en caso contrario, son confiscados, se les garantiza salvoconductos para atravesar el país y se les ofrece una indemnización de 150 ducados. Ni uno más. En ocasiones muchos menos. Se les permite conservar 100 luises por jornada de viaje -30 más por cada niño-.
Luego se les mete en aviones de la Fuerza Aérea Francesa y se les deporta a un país que ya no es el suyo porque, aunque hayan nacido allí, nunca ha sido su patria.
Y el rey Nicolas - ¿era Felipe o Nicolás? ¡Que más da!- le muestra al pueblo que será duro con aquellos que no cumplen las leyes y que se convierten en una carga para el Estado - o para La Corona-. Los labriegos, los siervos de la gleba, los parados creen que con eso habrá más espacio, más tierras, mas trabajo, más riqueza para ellos, más seguridad para ellos y votan masivamente al rey Felipe o aclaman por las calles al rey Nicolás.
Algunos, los más osados, bajo el mando del siempre tempestuoso Señor de Valois y de su fiel escudero Jean Marie Le Penn, se atreven a perseguir y acosar a aquellos de ese grupo de gente diferente y poco recomendable que se demoran a la hora de abandonar el país. Apedrean sus casas, queman sus caravanas y sus coches, destrozan sus campamentos y los persiguen por los bosques de Francia durante unos cuantos meses, hasta que las tropas del rey y la gendarmeria francesa logran poner un poco de orden en todo ese maremagno.
Y con esto, niños acaba la lección de hoy ¿alguna pregunta?
Francoise: ¿El rey se llamaba Felipe o Nicolás?
Profesora: Da igual, pequeño, lo que importa es el mensaje. Quedaté con la solución política.
Louise: ¿Ya había aviones?
Profesora: Y dale. Lo que cuenta es la idea general.
Ivette: ¿Y funcionó?
Profesora: En los siguientes veinte años Francia sufrió una de sus más grandes hambrunas y el producto interior bruto del país sigue sin subir y la destrucción de puestos de trabajo no cesa.
Jean Claude: Si no le sirvió de nada a Felipe, El Hermoso, expulsar a los judios en 1306, ¿Por qué el presidente Sarkozy hace ahora lo mismo con los gitanos?
Profesora: ¡Ah Jean Claude, el mejor de mis alumnos! Veo que has captado el paralelismo.
Jean Claude (con insistencia): ¿Por qué?
Profesora (con tristeza): Porque, tras pasar por un imperio, dos religiones, varias docenas de escuelas filosóficas, tres revoluciones, medio centenar de ideologías políticas, tres doctrinas económicas, una restauración y cuatro repúblicas no hemos aprendido nada, pequeño Jean Claude, no hemos aprendido nada.

lunes, agosto 23, 2010

La inconstitucionalidad del Constitucional

Mientras, por más que se anuncien conversaciones y se retiren tropas después de siete años de carnicería, la locura, las amenazas y, en definitiva, la guerra no se toma ni un día de vacaciones en Oriente Medio, aquí, dentro de nuestras fronteras lo que no descansa ni un día, lo que no se detiene ni un momento es la lenta pero inexorable noria que hace girar nuestra justicia del ridículo a la desfachatez.
Y en esta ocasión le ha tocado al Tribunal Constitucional. Aunque, ultimamente que el Constitucional esté en tela de juicio no es noticia.
Hace unos dias asistíamos -yo atónito, otros muchos indiferentes- a una sentencia del Alto Tribunal que tenia, ni más ni menos, que recordarle a un parlamento de nuestro país -en este caso el valenciano- que el trabajo de los diputados es preguntar y hacer oposición -incluso sobre el caso Gürtel- y que no se puede negar el derecho a preguntar porque no se sepa lo que responder o porque las respuestas vayan a dejar en mal lugar al gobierno.
Y parecía entonces que el Tribunal Constitucional había empezado a hacer su trabajo, es decir, a recordarle al resto de los poderes públicos y a los ciudadanos que la Constitución Española, además de para utilizarla de escudo y piedra de honda en todas las batallas políticas de cierto calado, está para cumplirla.
Pero poco dura la cordura en las salas de la alta judicatura. Tan poco como la alegría en la casa del pobre. Tan poco como los deseos de paz en Oriente Medio.
La sentencia contra el Parlament Valenciano hizo olvidar por unos días el más absoluto de los ridiculos y escandalosos ejercicios de manipulación mediática en ambas direcciones que la no prensa española realizó con respecto al Tribunal Constitucional: la sentencia del Estatut Catalán -y escribo "no prensa" porque, cada día que pasa, nuestros periódicos e informativos se asemejan más a cualquier otra cosa menos al concepto ético de prensa-. Los medios de comunicación convirtieron esa sentencia en lo más parecido a un empate sin goles en la Liga de Campeones, en lo más similar a los discursos manidos de una noche electoral tras el recuento final de escrutinios.
Dependiendo de por donde soplara al aire, la publicidad y la ideología, los medios de comunicación convirtieron la sentencia en una victoria de los suyos, en una resolución favorable a sus tesis políticas y electorales. Consiguieron que los ciudadanos no se enteraran de verdad de qué había dicho el Constitucional con respecto al famoso y siempre inexplicado e inexplicable Estatut.
Mas, sin solución de continuidad, sin tiempo para recuperar la confianza, nos llega otro. Ahora los medios, algunos medios, consideran que el Tribunal Constitucional amenaza una ley. Lo dicen, lo escriben, lo titulan y se quedan tan  anchos.
La ley es, la también tristemente famosa, nueva ley del Aborto, esa que garantiza en España el derecho a ser irresponsable -como otras tantas-, pero daría igual que fuera la Ley de Costas o la de Desarrollo e Investagación. la cuestión es que se permiten decir que el TC amenaza una ley.
Los mismos que aplaudieron y titularon a cuatro columnas hace siete meses, cuando el TC se negó a suspender la aplicación de la misma ley ahora se sienten amenazados; los mismos que cuando el TC declaró constitucional por la mínima la Ley de Violencia de Género salieron a la palestra de las columnas de opinión hablando de Estado de Derecho y de Garantías Constitucionales, ahora acusan a los integrantes del TC de partidismo, de votar según sus creencias, sus ideologías y no según el espíritu constitucional.
Y el rídiculo y la estupidez van en aumento.
Resulta que los que antes querían acelerar la renovación del TC para lograr la incostitucionalidad de la Ley de Violencia de Género -o sea el PP-, ahora quieren retrasarla para lograr la incostitucionalidad de la Ley del Aborto. Los mismos que lograron retrasar la renovación -o sea el PSOE- para sacar adelante el dictamen constitucional más sesgado de la historia de la democracia moderna en Europa, ahora protestan porque no logran acelerar el proceso que antes demoraron y temen que su Ley del Aborto no salga adelante.
¿No será que esa ley amenaza la Constitución y no que el Tribunal la amenaza a ella?, ¿no será que cuando un Tribunal Constitucional echa atrás una ley es porque va en contra de La Constitución?
Tendría que ser eso, debería ser eso. Pero todos sabemos que no lo es. No lo es porque el TC se ha convertido en la tercera cámara del hemiciclo, en el tercer campo de batalla en el que los dos grandes partidos dirimen sus cuitas en el reparto del poder y de la ideología.
No lo es porque la Costitución Española no le importa un pimiento a ninguno de los que -en otras contiendas- se hacen llamar constitucionalistas. No lo es porque nadie toma esas decisiones en los asientos del alto tribunal atendiendo a los preceptos constitucionales, sino a los intereses políticos, ideológicos y electorales de aquellos que les han colocado en su puesto. Lo único que les importa es ganar, es imponer su criterio y si para eso tienen que llevarse las garantías constitucionales y el tribunal que las representa por delante, lo hacen y punto.
Así que, la Ley del Aborto no saldrá adelante - si eso ocurre- no porque no sea constitucional -que, en mi modesta opinión lo es. Injusta, irresponsable y socialmente dañina, pero constitucional- sino porque, en este momento el PP, tiene más poder que el PSOE en el recuento de votos judiciales. Y la ley de Violencia de Género no fue aprobada porque sea constitucional -que, de nuevo en mi modesta y molesta opinión, no lo es. Util, llamativa y quizás efectiva, pero no es constitucional- sino porque el PSOE tenía más número de votos en el Tribunal Constitucional en ese momento.
Quizás sea así como tiene que funcionar el sistema. O quizás alguien debería poner un recurso de constitucionalidad sobre el uso y abuso personal y partidista que los partidos -y los colocados por ellos en esos sitiales- hacen del Tribunal Constitucional.
A lo mejor la que está amenazada por El Tribunal Constitucional no es la Ley del Aborto. A lo mejor la que está amenazada por el TC y su forma de actuación es La Constitución. Pero como eso sería un verdadero problema preferimos no planteárnoslo. 

miércoles, agosto 18, 2010

Los girasoles son azules en el jadín de Eden -o la percepción no es sólo un problema de Israel-

Pocas veces he dedicado dos posts seguidos de estas pseudo demoniacas líneas a un mismo asunto. Y esta no va ser la primera. Aunque lo parezca, aunque la que ayer era protagonista con su sonrisa hoy sea ejemplo con sus excusas.
Ayer La Sonrisa de Eden era un problema de Israel -y por ende de Palestina, que todo lo que le escuece a Israel termina doliéndole a Palestina y viceversa-. Hoy, las explicaciones de Eden, de la antigua soldado israelí que recuerda con añoranza su ultrajante actitud ante sus enemigos, son un problema de la humanidad.
"No fue mi intención humillarles y por eso no tengo que pedir excusas". Esa es su respuesta a todo lo que se ha dicho y se ha escrito respecto a sus acciones. Y lo que dice Eden no es algo que sólo afecte a los israelíes o a los palestinos, no es algo que demuestre el fanatismo y la falta de criterio en la que se mueven las posiciones más radicales de ambos bandos. Es algo que demuestra simplemente que, poco a poco -en ondas temporales irrefrenables, como en una película mediocre de ciencia ficción-, estamos dejando de ser humanos.
Un amigo comentaba el post sobre la soldado israelí afirmando que, más allá de las intenciones mediáticas de su publicación, su actitud demostraba que nos estamos deshumanizando -no busquéis el comentario, los envía por mail, para eso están los amigos- y que lo hacíamos sin remedio.
Puede que, en un principio, resulte exagerado, pero la respuesta de Eden a la tormenta de reacciones que su álbum virtual ha provocado hace que se quede corto. Es muy posible que ya estemos deshumanizados.
Eden no tiene que pedir excusas porque no era su intención humillar a los prisioneros. Hubo un tiempo en que los que más pedían excusas eran aquellos que no habían tenido intención de hacer daño. Pero, claro, era un tiempo en el que existían la realidad y el error.
Ahora no. Ahora solamente existe la percepción. En la guerra, en la política, en la religión, en las relaciones personales. La realidad ha dejado su lugar a un velo consciente o inconsciente que hemos definido como percepción. No importa como son las cosas, sólo importa como las percibimos.
Hemos sacado a Van Gogh y Monet de los cuadros y los hemos aplicado de forma aleatoria y egoísta a la vida. Hoy por hoy todos los girasoles son azules si nosotros así lo decimos.
A Eden no le importa que los Palestinos se sientan humillados, ella no quería humillarlos; a Eden no le importa que a su gobierno le parezca vergonzoso -que, por cierto, ya le podrían avergonzar otras muchas cosas-, ella no quería avergonzarle; a Eden no le importa el daño que haya causado porque no quería hacerlo, porque ella no lo percibe como una humillación ni como una vergüenza y por ese simple motivo sus actos no pueden ser eso. Ella no quería que fueran eso.
Eden es el ejemplo de como nuestro absoluto egocentrismo nos lleva a ignorar las consecuencias que nuestros actos tienen en los demás, de como hemos decidido no considerarnos responsables de lo que nuestras acciones o inacciones originan en la vida de otros. Si los destruyen, es culpa suya por sentirse destruidos, si los humilla es culpa suya por sentirse humillados. Si nosotros no percibimos que algo es perjudicial o perverso no puede serlo.
Y ese principio de deshumanización se hace absolutamente irrefrenable -y, a estas alturas, prácticamente inevitable- cuando nos damos cuenta de que nuestra percepción está vuelta exclusivamente hacia nosotros mismos. Sólo percibimos el mundo por lo que nos toca, por lo que nos conviene, por lo que nos gusta, por lo que necesitamos o por lo que queremos.
No es que Eden no perciba la humillación de su actitud porque mire a los palestinos y no se de cuenta del motivo por el que se sienten ultrajados. Es que ni siquiera los mira. Si en ese momento ella no se siente humillada, nadie puede sentirse de esa forma. Si en ese momento ella se siente exultante y radiante es lo único que cuenta. Sólo es capaz de percibir su alegría, su percepción está tan vuelta hacia si misma que todo lo demás le resulta más ajeno que un lenguaje alienigena a un hombre de las cavernas.
 Si Eden contemplara las fotos de un militante de Hamas sonriendo condescendiente mientras uno de sus antiguos compañeros de armas sujeta con los ojos vendados y arrodillado un periódico del día y es encañonado, se indignaría sin remedio; si accediera a un blog en el que un militante yihadista colocara fotos de un atentado y escribiera "mi paso por la Yihad, los años más felices de mi vida" se pillaría -como dicen ahora- un globo de tres pares de narices. Exigiría excusas, reparaciones y hasta detenciones.
Pero ese argumento ya no vale con Eden -como no vale con la inmensa mayoría de nosotros-. No lo ha dicho, pero si alguien le planteara estas cuestiones estoy casi seguro que diría: "no es lo mismo. Yo lo percibo de otra manera".
Es una incoherencia manifiesta, pero eso no importa. La coherencia es sólo un requerimiento cuando nos enfrentamos a la realidad y nosotros ya no hacemos eso. La eludimos gracias a nuestro impresionista recurso a los girasoles azules de la percepción.
Y esa es toda la explicación que necesitamos. Si lo percibimos de manera diferente está permitido que actuemos de manera diferente, que recurramos a principios que hemos dejado atrás en otras ocasiones, que exijamos aquello que no hemos dado, que nos neguemos a dar aquello que hemos exigido recibir.
En la realidad, la denostada realidad objetiva de las cosas, los otros existen, en nuestra nueva percepción no. Sólo existimos nosotros y aquellos a los que les damos vela en nuestro entierro -siempre y cuanto compartan nuestras mismas percepciones, eso sí-.
Porque eso es lo que hemos iniciado. Nuestro entierro.
Cuando compramos en el bazar de las ideas el recurso a considerarnos cada uno de nosotros el centro del universo no compramos una posición psicológica, adquirimos un cadalso; cuando, en las rebajas del mercado filosofico, nos vendieron el convencimiento de que nuestra percepción de la realidad se antepone a la realidad misma y es lo único que debe importarnos, no nos vendieron una filosofía, nos hicieron comprar un catafalco; cuando aceptamos como bueno el principio de que en mi vida lo más importante es lo que yo quiero y lo que yo necesito en cada momento sin necesidad de dar explicaciones ni de tener en cuenta lo que eso significa para los demás, no asumimos un estilo de vida, firmamos nuestro propio funeral como sociedades y como individuos.
Como no estoy libre de culpa, tiro la primera piedra. Y la tiro -antes de que algún comentario anónimo se sienta afectado, reflejado, incomprendido o simplemente intrigado y me pregunte si yo me siento al margen de lo que denuncio- porque sé que caerá justo encima de mi cabeza.
Y si es un error. Me disculpo.

martes, agosto 17, 2010

La Sonrisa de Eden o Israel matando a sus soldados -como lo hacen los otros-

Algunos dirán que hemos visto cosas mucho peores en Abu Ghraib, en Guantánamo o en donde quiera que se encuentren los zulos en los que los supuestos guerreros mesianicos de Hamás o Al Qaeda esconden a aquellos de sus enemigos que caen en sus manos. Y no les faltará razón. Yo no sólo diría eso. Diré que no es lo peor de lo que nos queda por ver. Y me temo que tampoco me faltará razón.
De repente, una soldado israelí de nombre Eden Abargil, licenciada ya y con morriña y añoranza -por lo que se ve- de sus tiempos de caqui y adrenalina, cuelga unas fotos en Facebook- curioso invento, por cierto-. En ellas se la ve sonreir en actitud desafiante -sino displicente- mientras custodia a unos hombres atados con bridas de plástico y con los ojos vendados y, por supuesto, nos saltan las alarmas sobre los derechos humanos, sobre la dignidad de las personas y sobre todo aquello sobre lo que, en realidad, tendríamos que tener nuestras alarmas disparadas día y noche.
Los hombres son palestinos. Pero eso, tratándose de un militar israelí se omite por obvio.
Las fotos ponen en macha todo el aparato tradicional en estos casos. El gobierno israelí califica de inexcusable la publicación -que no la realización- de las fotografías, la ex soldado las retira de su perfil público, la autoridad palestina protesta por el trato inhumano a los detenidos y por la mentalidad de ocupación que destilan las instantaneas y poco más.
Asuntos mas gordos les aguardan, humillaciones más completas les esperan, desafios mas grandes les llegarán como para desperdiciar demasiada polvora de esta guerra interminable de fanatismos y autojustificaciones en este incidente.
Pero, más allá de las bridas que sujetan las muñecas de los presos, más allá de las telas que cubren sus ojos, más allá de los ultrajes intuidos o explicitados en las instantaneas, hay un dolor, una humillación, una sinrazon mucho más grande en el instante que ha recogido la foto de la polémica:
La sonrisa de Eden
No soy yo de esos del victimismo conduccionista que salva a todos los que son verdugos para convertirlos en víctimas de aquellos que antaño les educaron, les adiestraron o les inculcarón una ideología y otra, una creencia u otra, pero el peor delito que el Estado de Israel ha cometido en ese instante congelado de la vida que ahora nos muestra la red social de turno es Eden Abargil, su creación y su sonrisa.
Porque, por mas que ahora se muestre indignado, ha sido el Estado de Israel el que ha reducido a alguien que, ni por su nombre, ni por su edad, -ni aunque no tuviera ninguna de ambas condiciones-, debería sonreir en esa situación al estadio mental que le permite hacerlo y además enorgullecerse de ello.
Ha sido toda una propaganda de miedo y odio que los halcones que medran con la guerra a costa de su pueblo y del de los demás han diseminado por las calles de Tel Aviv, jerusalem o Haifa, la que ha permitido a una muchacha de apenas veinte años sonreir en un momento que hace pocas decadas a aguerridos guerreros les hubiera provocado varias sesiones de terapia contra el estres postraumático.
Los mismos que ahora rechazan esas fotos -igual que rechazaron las camisetas en las que se instaba a disparar a mujeres embarazadas para matar dos por el precio de uno, literalmente- son los que han hecho que alguien que debería recordar -con esa edad- su viaje de fin de curso o su primer polvo, recuerde su estancia en el ejército, acarrenado cuerdas de presos indefensos como "el mejor momento de su vida".
Son los que han originado que jovenes de 21 años disparen a bocajarro a niños armados con piedras porque han vendido el odio como arma de defender sus posiciones políticas -y en algunos casos mistico religiosas-; son los que han provocado que Eden pueda sonreir allí donde a los demás tan sólo nos acuden lágrimas al rostro.
Eden Abargil es otra de las victimas que muestra esa fotografía, su sonrisa la hace víctima además de verdugo; su orgullo por esa situación la convierte en víctima además de verdugo; el hecho de que mantenga las fotos colgadas en Internet en la zona privada de Facebook que solamente pueden ver sus amigos la hace víctima además de verdugo. Que aún tenga amigos dispuestos a ver esas fotos la transforma en víctima además de verdugo.
Israel destroza el cuerpo de sus enemigos y la mente de sus soldados. Por eso la sonrisa de Eden la convierte en víctima y a Israel en verdugo.
Pero no pasa nada. Los niños y los jóvenes de Hamas también sonrien cuando desfilan y acuden a las calles de Tel Aviv para hacer saltar por los aires cualquier cosa que el odio y la ira de sus líderes sectarios les haya presentado como obstaculo para su acceso al paraiso.
Así que estámos empatados. No podemos ser los primeros en romper esta absurda cadena de odio y de venganza ¿O sí?

lunes, agosto 16, 2010

¡Culpad al sepulturero! -o la estrategia Sarkozy-

Es un asunto viejo y recurrente. Lo es porque algunos humanos, sobre todo los que ahora estamos organizados en eso que se ha dado en llamar la sociedad occidental -y probablemente desde mucho antes- siempre que las cosas van mal necesitamos echarle la culpa a alguien. Y, claro, es mucho mejor que ese alguien no seamos nosotros.
Ahora las cosas van marcadamente mal y ha llegado el tiempo de buscar culpables. Todos sabemos quienes son los causantes del desaguisado, quienes somos los responsables de la situación -porque en mayor o menor medida lo somos todos, con nuestro egosimo y nuestra irreponsabilidad en muchos niveles- pero, como eso no se puede decir, como eso no se puede pensar, como eso no se puede reconocer, le echamos la culpa al empedrado. Y en este caso -como ya viene siendo una norma, el empedrado es el extranjero.
Nicolás Sarkozy, Presidente de la República Francesa, comienza su campaña electoral -con mucho adelanto, como se estila ahora- prometiendo a los policías y los "franceses de bien" que, si sigue  siendo presidente de Francia, retirará la nacionalidad a todos los extranjeros nacionalizados que cometan un delito.
Y así dicho -de corrido y sin señas, como el mus-, parece que hasta es razonable y plausible. El argumento no está exento de la abrumadora  lógica de las abuelas de calceta y punto de cruz: si alguien molesta en mi casa le echo a la calle. Porque, claro, la perdida de nacionalidad, acarrea deportación en la propuesta de Sarkozy.
Si alguien acude a un país a integrarse en él, no es de recibo que lo desintegre a través del ejercicio de la actividad criminal; si una persona llega a un país para aportar su granito de arena no parece muy ético que lo haga justo en el lugar en el que paraliza el engranaje de la sociedad que le ha permitido ser uno de los suyos. Si muerdes la mano que te alimenta, te arriesgas a que esa mano, no sólo deje de alimentarte, sino que además te abofetee en pleno rostro.
Pero hay algo en todo esto que, pese a resultar plausible en apariencia, pese a que Nicolas lo plantea de forma enérgica e indignada, pese a la tradición legal latina y los consejos ancestrales del refranero popular, no termina de cuadrar en lo que propone el presidente francés.
¡Ah, ya caigo, son las matemáticas!
La estadística es una ciencia perversa que puede hacer que los números se conviertan en adalides o fiscales de cualquier causa ideológica, religiosa o política. Pero lo malo que tiene la estadística es que, aunque se interprete de manera diferente, sigue siendo la misma.
Sarkozy tira de estadística -la que hay- y expone crudamente la realidad -la que le conviene-, afrimando que un 30 por ciento de la actividad delictiva en Francia es ejecutada por extranjeros nacionalizados o que residen de forma legal en el país, que el índice de economía sumergida entre los inmigrantes es de un 47 por ciento. Y que - claro, esa es su conclusión personal, que no lo dice la estadística- sin esa gente Francia estará mucho mejor.
Y no se equivoca. Pero la perversión que nos hace mirarnos tanto el ombligo que dejamos de ver el resto de nuestra anatomía -que es la que comete los errores. No olvidemos que el ombligo no puede moverse ni pensar- impide a Sarkozy proseguir su razonamiento hasta las últimas consecuencias.
Si Francia estará mejor sin los 30 delicuentes de cada 100 que son de origen extranjero, estará mucho mejor sin el 70 por ciento restante que son de origen galo.
Así que, ¿por qué en la tierra de la egalité, Sarkozy no propone directamente que todo aquel que cometa un delito -o un delito reiterado, para ser más condescendiente- pierde su nacionalidad francesa y santas pascuas?
No lo hace porque en este punto es donde comienzan las quejas contra el radicalismo, el fascismo, las referencias al derecho de gentes romano, etc, etc. En este punto sería en el que Sarkozy perdería hasta el último voto de su conciudadanos y compatriotas. No porque, de reperte, se acordaran de los valores revolucionarios, de la fraternité, sino porque nadie esta libre a priori de cometer un delito -o dos, ya puestos-, pero todo el que ha nacido fránces está a salvo de ser extranjero en Francia.
Así que no son las estadísticas, no es el aumento de la criminalidad -que, por cierto crece en número pero mantiene la proporcionalidad, es decir, aunque hay más delitos, los extranjeros siguen cometiendo el mismo porcentaje que hace tres años- y, desde luego no es la justa indignación de un país que ha recibido a alguien con los brazos abiertos, ha puesto sus recursos públicos a su servicio, aceptándolo como ciudadano, y ahora se siente traicionado y defraudado.
Si fuera eso, más defraudado se sentiría con aquellos a los que ha protegido y servido -eso suena a policía de Los Angeles- desde su nacimiento, con aquellos en cuya salud, educación, bienestar y protección ha invertido recursos durante más años y que ahora le devuelven la moneda de la desectructuración social en forma de delito, de crimen o de estafa.
Entonces, si no es por esa justa indignación y comprensible severidad en el castigo de un Estado defraudado por lo que el presidente francés propone esa nueva legislación, ¿por qué es?
Por lo que ha sido siempre -que Nicolás Sarkozy, tendrá muchas cosas, pero originalidad poca-. Las cosas van mal, no son lo que deberían ser, no son lo que quisimos que fueran y alguien tiene que tener la culpa.
Pero nosotros no podemos ser. Nosotros no hicimos nada para que fueran así. Ignoramos que el mero hecho de no hacer un esfuerzo para que algo no se corrompa, para que algo no se hunda es un sinónimo perfecto y completo de corromperlo y hundirlo. Hacemos como naciones, sociedades y pueblos lo mismo que hacemos como individuos. Fingimos que la inacción no es una elección y por tanto no acarrea responsabilidad.
 Por eso y porque la estadística -¡maldita estadística!- dice que el 75 por ciento de los franceses de origen extranjero no vota a Sarkozy. Así que Francia pierde el rumbo, los franceses pierden la conciencia de sus propias responsabilidades y él pierde muy poco.
La sociedad y el sistema económico occidental agonizaba desde hacía tiempo, transcurría bajo el manto de la falsa alegría del crecimiento económico, de las pírricas victorias de la especulación y es muy posible que la llegada masiva de la inmigración haya contribuido a precipitar su crisis -sino su destrucción, ya se verá-.
Y nosotros, que contribuimos a matarla con nuestra desidia, nuestra falta de visión y nuestro egoismo, le echamos la culpa a una circunstancia que, como mucho, tan sólo particípó en su sepelio como convidada de piedra. Por eso Sarkozy quiere expulsar al francés nacionalizado y no al francés nacido. Por eso la inmigración es culpable. Ha de ser culpable el sepulturero, porque sino nosotros seriamos complices, sino artífices directos, de su asesinato. Y eso no puede ser. ¡Fue la evolución natural de las cosas! ¡Nosotros no hicimos nada!

viernes, agosto 13, 2010

La occidental cadena de favores a Ahmadineyad

Reclamar -más bien exigir- el respeto por los derechos humanos siempre es buena cosa. En eso estamos de acuerdo todos -bueno, casi todos, que los que se los saltan a la torera ya han dado su opinión al respecto con sus actos-. Pero en ocasiones conviene pararse a pensar antes de iniciar campañas, aventar pancartas y lanzar recriminaciones. Hay que mirar el patio trasero de casa antes de ir a cagar -con perdón- en el porche del vecino.
Es conveniente hacer ese ejercicio, no porque no tengamos razón, sino porque si nos equivocamos, parece que la tienen los que nunca la tendrán, es decir, los que incumplen sistemáticamente los derechos humanos.
Y eso es lo que nos está pasando con el caso de Sakineh Mohammadi Ashtiani, la mujer iraní a la que su gobierno y sus jueces quieren enterrar hasta el cuello en un agujero y permitir que sus vecinos le lancen cantos puntiagudos hasta que uno le acierte en el craneo y la mate -podría haber abreviado escribiendo lapidación, pero suena demasiado civilizado para lo que realmente es-.
En cuanto se hizo pública tan avanzada justa y equilibrida condena -claramente encaminada a la reinserción-, los engranajes de todos aquellos que se mantienen vigilantes contra este tipo de excesos incomprensibles -que menos más que los hay- se pusieron en marcha. Y ahí es donde comenzó la cadena de favores al régimen totalitario que encabeza en la antigua persia un individuo de ideas medievales pero tristemente claras de apellido Ahmadineyad.
Los primeros en lanzarse a la palestra eligieron como explicación a su oposición a tal desatino -¡como si hiciera falta buscar una explicación para oponerse a que alguien sea asesinado a pedradas!- que un pecado, una falla moral de una determinada religión -en este caso el adulterio- no puede castigarse como un delito. Lo que podría llamarse la oposición antireligiosa.
Y entonces llegaron los ulemas y ayatolahs y dijeron algo parecido a  "vale, de acuerdo, pero es que esta mujer está acusada y ha sido condenada por participar en el asesinato de su marido, además del adulterio -¡ningún adulterio debe quedar impune!-". Y primer favor que le hacemos a Ahmadineyad y apoyo que le quitamos a Ashtiani.
Fracasado ese argumento entran en liza aquellas que creen que no se debe lapidar a la supuesta adultera y presunta parricida porque atenta contra los derechos de la mujer. Que el asesinato público y programado de esta mujer iraní -¡Uy, perdón!, quise decir ejecución legal- se realiza porque es mujer y entra dentro de lo que se debe evitar porque las mujeres tienen derecho a ser iguales que los hombres.
Y la propaganda de Ahmadineyad -que opera bajo el nombre pomposo, como el de todas las propagandas, de Ministerio de Orientación Islámica- se frota las manos. Entre declaraciones grandilocuentes y amenazas de guerra nuclear -nunca hay que desperdiciar ocasión para recordar que se está en condiciones de exterminar a la mitad de la población mundial si uno se lo propone. Eso viste mucho- los ideólogos y burócratas iranies nos anuncian: "¡estupendo!, en el corredor de la lapidación -es verdad, suena a Via Crucis ¿por qué será?- esperan 18 mujeres y 10 hombres. ¡Solucionado el problema de la igualdad! A otra cosa, mariposa. Ahmadineyad 2, Ashtiani 0
Y los que -como todos o casi todos- creen que es una aberración que alguien sea ejecutado a predadas siguen buscando explicaciones a por qué el gobierno iraní se empeña en hacerlo. Y llegan a la que parece mas obvia.
¿Por qué evitarlo? Por qué es inocente. Su abogado habla de juicios manipulados, de pruebas falsas o inexistentes, en fin, de un proceso kafkiano en el que hubo de todo menos garantías y justicia.
Pero a los ayatolahs iraníes tampoco les importa. Sacan a una demacrada mujer que espera la muerte a golpes de granito confesando sus crímenes -bueno, su crimen y su pecado, que el hecho de que para ellos sea lo mismo no significa que lo sea en  realidad- y siguen a lo suyo. Esto empieza ya a ser una goleada.
Algo perdidos y desesperados, no porque los persas que han revertido al medievalismo su país ignoren nuestros argumentos, sino porque los rebaten, caemos en su trampa. Consultamos ulemas, expertos e islamistas y decimos que no hay ninguna referencia en El Corán a la lapidación y que por tanto no deberían lapidar a esta pobre mujer, ni siquiera a esta pobre delincuente, es más ni siquiera a esta pobre criminal -aunque lo fuera-.
Y los traficantes de fe y de integrismo que rigen los destinos de ese país ya ni siquiera responden. Sólo se ríen. Empezamos diciendo que no podían utilizar la ley islámica y ahora estamos defendiendo que según esa ley, que antes no tenían derecho a implantar, no pueden hacer lo que quieren hacer.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Muy sencillo. Porque hemos cometido el occidental error de buscar argumentos para lo que no necesita argumentos. Hemos intentado explicar algo que no merece explicación. No pueden lapidar, ejecutar o matar a Sakineh Mohammadi Ashtiani sencillamente porque no.
Es muy simple. Entonces, ¿por qué no lo decimos?, ¿por qué no nos limitamos a afirmarlo categóricamente y punto?
A lo mejor porque entonces algunos gobiernos que protestan tendrían que cambiar sus regulaciones, aunque la inyección letal sea más civilizada -que no indolora- que la lluvia de piedras; quizas porque si lo decimos, algunas que piden condenas a muerte para violadores y maltratadores deberían modificar sus posiciones o porque tendríamos que cuestionar a estados que imponen la ley del talión -precepto claramente religioso- en sus ordenamientos jurídicos.
Así que, es posible que Sakineh Mohammadi Ashtiani termine siendo lapidada después de todo. Porque, al fin y al cabo, no hemos sido capaces de encontrar un argumento que impida ejecutar a los iraníes y nos lo permita a nosotros.
Cosas que tiene la coherencia.

jueves, agosto 05, 2010

Hombres y mujeres tenemos un problema -y el orden está puesto a propósito, lo siento-

Hoy El País publica un producto que está destinado a estudiarse en los anales de la función periodística de nuestro país.
 Mas allá del primer párrafo, el reportaje -que ha sido incluido en la sección de Vida & Artes -espero que alguna vez alguien me explique por qué- se convierte en un cúmulo de citas - más o menos manipuladas-y de estadísticas cruzadas, que se supone que tienen que ver con lo aquello de lo que se está hablando.
Pero es ese primer párrafo el que lo coloca en un nuevo estilo periodístico, a caballo entre la telepatía social y la más absoluta de las incoherencias. Es posible que lo único que pase es que Victoria Torres Benaya tiene que rellenar la sección con la sequía informativa que se produce en agosto.

Empecemos
"En este instante, entre 20 y 25 hombres acarician la idea de asesinar a su mujer en España, según explica con toda crudeza el delegado del Gobierno contra la Violencia de Género, Miguel Lorente."

Resulta que ahora la política y el periodismo se han convertido en un ejercio de telepatía social que nos permite saber lo que piensan en todo momento los futuros asesinos y homicidas. De repente me veo arrojado a la segunda parte -afortundamente no filmada- de Minority Report, ante una pantalla virtual, viendo como Tom Cruise identifica a los criminales antes de que comentan su crimen.
Como es de esperar, nadie sabe de donde se saca Lorente esta estadística. En este ámbito eso no es nuevo. Así que tendremos que recurrir a algunas nociones básicas de estadística. Este descubrimiento, esta revelación, me lleva a plantearme la posibilidad de establecer alguna que otra sencilla regla de tres - de esas que ya no se enseñan en las clases de matématicas por miedo al fracaso escolar-.
La primera es simple: Si de 68 mujeres muertas en 2009 -última cifra oficial- a manos de sus relaciones afectivas se infiere que 20 o 25 hombres piensan cada día en matar a su pareja femenina, ¿qué se deduce del dato de que el pasado año 150 menores murieron a manos de sus progenitores? La matématica telepática -ahora parezco Asimov- es incuestionable y universal. Debe servir para todo
Veamos
25 es a 68
como
X es a 150
Lo que nos da la telépica cifra de 55 progenitores que todos los días dedican algo de su tiempo a elucubrar como matar a sus vástagos (si tenemos en cuenta que, según la estadística, el 70 por ciento de los malos tratos a menores provienen de sus madres, obtenmos la cifra de 38 mujeres que "en este momento" están planeando como enviar a sus hijos a mejor vida) ¿suena absurdo, no?
Podriamos hacer la misma operación aritmetica con los 31 hombres que murieron a manos de sus parejas el pasado año, pero eso no sería moderno, progresista ni igualitario. Así que no lo haremos.

Continuemos
"Son hombres que probablemente se levanten y se acuesten al lado de su pareja pensado "de hoy no pasas", que busquen el modo de sortear las órdenes de alejamiento, planeen cómo acuchillarla, asfixiarla, pegarle un tiro, atropellarla, envenenarla."

Esta afrimación se hace obviando el hecho de que si te acuestas al lado de alguien no tienes orden de alejamiento que eludir -salvo que en este país se dicten órdenes de alejamiento en milímetros y yo no me haya enterado-. Pero eso no es más que el producto de un desaguisado redaccional de quien ha pergeñado este reportaje, basado en la telepatía social del entramado político que lo sustenta.
Lo que realmente obvia esa afirmación es la realidad de que el 82 por ciento de los homicidas condenados por matar a una mujer relacionada afectivamente con ellos, lo son precisamente por eso: por homicidio.
Eso significa que no se incluye la planificación, ni la premeditación. Eso supone que el sempiterno titular de "una mujer asesinada por ..." es falso y no ha experimentado rectificación ninguna. Eso supone que la realidad impide vender la imagen del hombre que desea hacer daño a cualquier precio, que sólo piensa en hacer daño. Y lo piensa, además,  porque es machista y hombre. ¿Como se explicaría, según esa premisa, la existencia de malos tratos en las parejas lesbiscas? -¡Uy perdón, se me olvidaba que eso sólo no existe en España sino que ni siquiera puede existir (http://culturalesbiana.blogsome.com/2006/06/12/violencia-entre-parejas-lesbianas/)-.
Y obvia el hecho, que cualquier criminologo -o criminologa si se tercia- mantendría sin ningún tipo de reticencia profesional, de que el disparo de escopeta, el acuchillamiento -con ensañamiento, por cierto-, el atropello y el estrangulamiento son, por regla general, producto de la improvisación -el envenenamiento no, pero ¿quien envenena más a quien?. Corramos un tupido velo sobre el dato, también sobre ese dato-. Son crímenes, pero no son crímenes premeditados. Pero no dejemos que la realidad nos impida construir una frase impactante.
No entremos en el hecho de que, si tanto lo planean, resulta casi inexplicable que a todos los atrapen y que la mayoría de ellos se dejen coger, se entreguen o incluso se suiciden. Conjugar esa realidad con la del frío planificador de un asesinato bordearía el ridículo más espantoso. Así que será mejor dejarlo correr.

Prosigamos
"Incluso algunos suelen decirlo con una chulería pasmosa cuando el telediario da cuenta del cadáver de otra mujer. "Así vas a acabar tú, a donde yo voy se sale, pero a donde vas tú, no" -frase extraída de un caso juzgado-. "

No dudo de que esa frase haya sido extraída de un proceso judicial. Como tampoco la tengo de otras como: "Cuando yo ponga el pie fuera de aquí, tú pondrás los dos dentro de un hoyo" o "Disfruta de que hoy me veas esposado, proque será lo último que verás. Tú y tu familia". Esas también se dijeron en la sala de un tribunal. Esas amenazas también figuran en el expediente de un proceso judicial. La Primera la profirió Pablo Escobar, narcotraficante colombiano, a uno de los informadores, cuando le fue denegada la libertad provisional. La otra es un clásico de Salvatore Maranzano dirigida a su rival mafioso, Charlie, "Lucky" Lucciano, cuando colaboró para su detención.
¿Eran machistas estos individuos? Estoy seguro de que lo eran, pero el concepto no es precisamente muy aplicable cuando los amenazados eran hombres; ¿surgían estas amenazas de un supuesto sentimiento de superioridad sexual sobre sus antagonistas? Por su puesto que no. Surgían del odio. No de cualquier otra cosa.
El odio es el principal generador de violencia. Eso no voy a negarlo. Sería absurdo. Lo que voy a negar hasta la extenuación es que todo odio y toda violencia que parta de un hombre hacia una mujer con la que ha compartido relaciones afectivas se debe al hecho de que él la odia por su condición de mujer y por el machismo intrínseco a su naturaleza masculina.
Me parece tan absurdo como mantener que todo aquel que agrede a alguien de otra raza lo hace por racismo o que todo aquel que se pelea con un extranjero lo hace por xenofobia -claro que, si me pongo a pensarlo, hay muchos que mantienen precisamente eso-. Todo acto de violencia parte del odio y lo que deberíamos plantearnos es por qué un hombre agrede hasta la muerte a alguien a quien dice amar o una mujer decide matar a un hombre a quien dice querer -¡Lo siento!, se me ha vuelto a ir la olla por completo. Eso tampoco existe (http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=563323-.)
Pero eso no lo haremos. Exige demasiadas reflexiones. Exige explicar porque 68 son una cifra inaceptable y porque 31 si lo son.

Nos acercamos al final"Lo peor es que muchas de ellas, tras el proceso de aniquilación total que supone el maltrato, están indefensas y atenazadas por el miedo y no son conscientes del riesgo. No creen, no pueden ni quieren creer, que no es una bravuconería más, que no las están amenazando sino informando".
¡Y vuelta la burra al trigo! A lo mejor, si de verdad nos preocupan las que no pueden defenderse por si mismas, podríamos forzar un proceso de divorcio por cada denuncia de malos tratos y así no tendrían que convivir con sus maltratadores. A lo mejor, podriamos acelerar y forzar las divisiones -divisiones, creo que sabemos el significado de esa palabra- de gananciales de forma inmediata y no treinta años después del divorcio para que no tuvieran que mantener ningún tipo de relación con ellos. A lo mejor, podriamos dejar de dedicar miles de millones en campañas y subvenciones y utilizarlas en casas de acogida gestionadas directamente por el Estado. O incluso en dotaciones judiciales que permitieran investigaciones y condenas rápidas y que no dejen las medidas contra los maltratadores en el limbo de las medidas preventivas y provisionales. A lo mejor, tendriamos que castigar las denuncias falsas  de malos tratos para que los tribunales específicos no estuvieran saturados y pudieran presatar la atención necesaria a aquellas que relamente lo necesitan. A lo mejor, deberiamos sancionar -aunque fuera con una multa simbólica- a aquellas mujeres que incumplen voluntariamente las órdenes de alejamiento que pesan sobre sus maltratadores y dejan que se metan en su casa, en su vida y en su cama.
A lo mejor deberíamos responsabilizar a esas mujeres de su propia supervivencia en lugar de tratarlas y referirnos a ellas como seres incapaces de valerse por si mismos. Y, a lo mejor, si todo eso no funciona, deberiamos reconocer que la vuelta recurrente al maltrato es una enfermedad mental que las pone en riesgo y tratar de curarlas. Sin prejucios, sin complejos. Sin excusas.

Y concluyamos
"Ellos no están locos, no es el alcohol ni las drogas ni el estrés, no son crímenes pasionales. Es violencia de género".
Por fin llegamos al meollo del asunto. Siempre es el mismo meollo y siempre es el mismo asunto.
Benayas, que ya se está quedando sin espacio en el Ares por lo que se vé para el primer parrafo, borra de un plumazo los móviles del 94 por ciento de los homicidios no relacionados con el crimen organizado que se producen en nuestro país.
Por pura lógica estadística básica, debería considerarse que, si entre los homicidios de personas que no estan relacionadas afectivamente, los principales motivosde homicidio son la locura -en cualquiera de sus formas, desde la paranoia hasta la oligofrenia, pasando por la psicopatía mas completa-, las drogas o el alcoholismo, en los delítos dentro del entorno afectivo tendrían que tener un porcentaje cuando menos relevante.
Pero no. Según la mentalista autora de este ejercicio de telepatía social, no puede ser así. No matan por lo que matan todos los demás y las demás -El pasado año 15 mujeres fueron condenadas a distintas penas de cárcel por asesinar a sus parejas y en todos esos casos se recurrió al móvil pasional, menos en uno que se explicó por el económico, desde la defensa y la acusación-. Ellos matan porque son machistas. Matan porque son hombres. Y ya está. Sólo matan porque consideran inferiores a las mujeres. Todo lo demás no es relevante. No puede serlo.
Para el aumento de los delitos y los crímenes en este país si vale la justificación de la crisis (http://www.elpais.com/articulo/espana/Divar/alerta/previsible/aumento/criminalidad/crisis/economica/elpepuesp/20090316elpepunac_9/Tes).
Pero para el supuesto aumento de los que se producen dentro del ambito afectivo no -se han producido dos homicidios más que el año anterior en el mismo periodo de tiempo, 33. Los nueve que elevan supuestamente la estadística a 42 se han cometido en Julio. Otra forma más de manipulación-  Para esos la única explicación es que los hombres españoles son mas machistas cada vez.
Tiene que ser así porque si no es así tendría que cambiar el titular y entonces sería menos llamativo su reportaje de Vida & Artes. ¿Por qué seguimos empeñados en matarnos entre nosotros cuando se supone que nos amamos? No. eso sería demasiado largo y además no deja claro quien es la víctima y quien el verdugo; quien es el muerto y quien la mano asesina. Tampoco deja claro los móviles ni las motivaciones de esas muertes inexplicables y encima nos coloca a todos los lectores en el disparadero de la duda. Eso no vale de titular. Es demasiado parecido a la realidad.
Espero que sea por eso. Porque si es por cualquiera de los otros motivos que ya me he cansado de repetir, las mujeres y los hombres de este país empezamos a tener un serio problema con nuestros políticos de cualquier signo y nuestros medios de comunicación.

lunes, agosto 02, 2010

Las bombas racimo y la guerra perfecta

Pues va a ser que estamos de enhorabuena. Resulta que hemos empezado a aprender a matarnos civilizadamente. O, para ser más exactos, lo hemos recordado. Aprender y recordar no es lo mismo, pero tendemos a confundirlo. Unas veces por falta de memoria y otras por poca tendencia al esfuerzo que supone el aprendizaje.
Tras esta pequeña disgresión, toca alegrarse de que 37 países -en el orbe solamente hay 198 estados soberanos, nueve plazas y once territorios bajo protectorado- hayan firmado un acuerdo para prohibir las bombas de racimo, un invento aciago que permite matar más, mejor y desde más lejos. Vamos, el paradigma de todas las bondades éticas humanas.
No es que no nos tengamos que alegrar porque, por lo menos 37 gobiernos, hayan tomado la decisión de dejar de fabricar, comercializar, distribuir y utilizar este peculiar prodigio técnólogico que esparce ,desde un bombardero que vuela casi al límite de la atmosfera respirable, miles de explosivos que se distribuyen de forma indiscriminada por un radio de kilómetro y medio.
Tampoco se trata de no indignarnos porque los países que más los usan y fabrican, es decir, Estados Unidos, Rusia, China e Israel -o sea, los de siempre- ni siquiera se hayan acercado a la reunión donde se ha tomado tan histórica decisión. No tan histórica para ellos, por lo que se ve.
Tampoco se trata de no enfurecernos porque esa prohibición no afecte a las bombas de fósforo blanco isrelíes (que dejan ciego al que sobrevive y queman la carne y la piel de los que intentan ayudarles), las minas saltadoras estadounidenses (un curioso aparatito que, cuando lo pisas, es proyectado a una altura de metro y medio para asegurarse de que su estallido coloca las visceras de la víctima en órbita geoestacional), las minas antipersona rusas (más clásicas y numerosas. La amputación es un valor tradicional y seguro en la guerra) o el, más convencional y barato, tiro en la nuca que se impone en el trato de China con su disidencia política y social.
Hay que reaccionar ante todas estas cosas, pero, por más que nos congratulemos o nos indignemos, lo único que haremos será alimentar la cortina de humo, el parapeto visible de la realidad invisible que todas estas decisiones ocultan. El hecho de que nunca cuestionamos el concepto mismo de la guerra.
La prohibición de las bombas de racimo es otra de esas decisiones medievales que anteponen la caballerosidad a la lógica, es otro de esos tratados milenaristas que desembocaron en la Convención de Ginebra y que solamente afirman un silogismo perverso:  podemos ser lo suficientemente salvajes como para matarnos unos a otros mientras seamos lo suficientemente civilizados como para impedir que la sangre salpique demasiado.
Prohibir las bombas de racimo, de fósforo blanco, las granadas saltarinas, las minas antipersona o cualquier otro tipo de armamento que afecta masivamente a civiles desarmados, no nos hace mejores humanos, no nos convierte en defensores de la cordura. Simplemente, nos hace medievales. Como no somos capaces de aprender, nos limitamos a recordar.
Como, pese a una Organización de Naciones Unidas inoperante en la práctica, somos incapaces de descubrir una forma correcta de dirimir pendencias sin necesidad de echar mano de la amenaza militar; como, pese a todos los cuartetos negociadores, los enviados especiales y los embajadores plenipotenciarios que surcan las zonas en conflicto -medio planeta, para ser más o menos exactos-, somos incapaces de sentarnos en una mesa con nuestros antagonistas y dedicarnos a conversar en lugar de hablar, a negociar en lugar de a amenazar; como somos incapaces de aprender nuevas formas de relacionarnos como individuos, como sociedades y como Estados, nos refugiamos en el recuerdo y nos limitamos a recordar como eran las cosas cuando cometiamos los mismos errores, pero lo haciamos de una forma más limpia.
Diriase que Hiroshima, Dresde, Londres, Guernika, Montecasino, Nagashaki, Leningrado y otro sinfín de bombardeos masivos acaecidos cuando la guerra se hizo moderna -es decir, irracional e indiscriminada, como lo somos nosotros en miles de otras ocasiones- nos habría servido para aborrecer el mero hecho del enfrentamiento armado, para abominar de la solución militar de los problemas entre Estados. Pero no. Somos tan egoistas que lo único de lo que nos queremos asegurar es de que esos conflictos no nos afecten, no nos hieran, no nos maten. Las sociedades modernas siguen dispuestas a ir a la guerra para quedar por encima de los demás, pero no quieren arriesgar su vida en ella.
Así que establecemos nuestra regresión medieval y buscamos de nuevo ejercitos napoleónicos que se reten entre los bosques de la Europa central y que establezcan frentes de batalla en campo abierto, en los que sólo mueren los que están uniformados.
Aquellos a los que la pobreza, la mala suerte o el patrriotismo ignorante les han colocado en la línea de batalla. Nosotros podremos evitar caer en la guerra utilizando el dinero, la suerte, el sexo o la simple y llana deserción. Seguirá habiendo rapiñas, violaciones, robos y venganzas, pero, la guerra es lo que tiene. Seguiremos vivos y siempre podremos sobrevivir a esos inconvenientes.
Esa es la guerra que queremos, pero seguimos queriendo la guerra. Los textos legales, los tratados internacionales, los ensayos éticos y hasta los manuales religiosos siguen aceptando la guerra como la principal forma de relación entre sociedades humanas antagónicas.
A lo mejor, seguimos nuestra proyección medieval y terminamos forzando El Juicio de Dios, ese mítico torneo en el que los líderes se enfrentaban en combate personal para evitar la pérdida de vidas en sus mesnadas. A lo mejor nuestros canales de TDT terminan retrasmitiendo por satélite el enfrentamiento entre dos individuos de terno perfecto que deciden con pistolas de duelo el futuro de sus países.
A lo peor, eso nos parece demasiado poco espectacular y recuperamos el concepto -bastante más clásico y llamativo- del campeón o el paladín. Torsos desnudos con espada y escudo combatiendo para dirimir las disputas del país y preservar vivos y enteros a los integrantes del ejército para morir en la siguiente guerra absurda que elija el gobernante de turno -¡que mal le ha hecho Troya a mi visión histórica!-.
Pero no renunciamos a la guerra. y me temo que no lo haremos nunca.
Está bien que queramos ser El duque Filiberto II de Saboya, Von Clausewitz o Sun Tzu. Está bien que queramos limitar los horrores de la guerra. Pero prohibir las bombas de racimo, los armentos de destrucción masiva o los bombardeos de civiles no nos convertira en Lao Tse, el loco de Nazaret, Ghandi, Russell o Saavedra.
Seguiremos consintiendo la guerra porque seguiremos más preocupados por ganar y por tener razón que por vivir en paz y evitar el conflicto. Somos demasiado soberbios para darle la razón a otros en algo que afecta anuestras vidas. Aunque la tengan.


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