miércoles, julio 28, 2010

La parábola del contratador

Tengo un amigo y maestro que me enseñó muchas cosas -parece increible que yo sea capaz de aprender, pero, de vez en cuando, lo hago-. Y una de ellas es que la empresa es, en nuestro sistema, la principal fuente de creación de riqueza. Puede que nuestro sistema económico no nos guste del todo o nos disguste plenamente, pero es el que tenemos hasta que tengamos la inteligencia, la voluntad o el arrojo de inventar uno nuevo, que funcione de manera diferente -eso no me lo enseñó él, pero seguro que está de acuerdo-.
Pues bien, teniendo en cuenta esa máxima, resultaría sencillo pensar que la mejor forma de ayudar a nuestro país de salir de la crisis es ayudar a las empresas. Ellas son las que generan riqueza y ellas son las que pueden generar empleo.
Hasta ahí vamos bien. Lo que se nos tuerce un poco es el modo en el que este Gobierno -no olvidemos su supuesta procedencia ideológica, que, para el caso, es importante- ha decidido ayudarlas, echarlas una mano o convertirlas en el motor de la salida de este crisis que ya se antoja más persistente que la pertinaz sequía franquista.
Parece ser que, de un tiempo a esta parte, la única manera de ayudar al empresario es perjudicar al trabajador. O sea que para que un empresario sea feliz y productivo -como dirían en la China comunista, ¡uy perdón!, que ya no se puede decir eso porque ahora somos amiguetes- tiene que poder despedir a destajo, de una forma flexible y barata.
Y puede que sea cierto que el despido ha de ser más sencillo en este sistema económico que vivimos y padecemos, que intentamos arreglar y parecemos estropear más. Y puede que esa sea una herramienta que el empresario debe tener a mano, no lo discuto.
Quizás el problema no esté en la herramienta, sino en quién la maneja. A lo mejor es que lo que hay en España no son empresarios.
Quizás estemos contando con que nuestros empresarios valoran al capital humano de sus empresas como uno de los elementos más importantes de la producción y por tanto de los beneficios, quizás estemos -o este pensando el Gobierno, cuando lo haga- que los empresarios lamentan perder el dinero y el tiempo invertido por sus empresas en formar a su personal, en hacerle crecer profesionalmente, en mejorar su capacitación y su rendimiento.
Quizás se piensa -en uno de esos ataques de insufrible ingenuidad que parece experimentar de vez en cuando Moncloa en estos tiempos-  que por todos esos motivos y otros muchos, como la vinculación a un proyecto común, la lealtad profesional o la valoración de aquellos que nos permiten hacer lo que no podemos hacer solos, los empresarios consideren como última medida en tiempos de crisis el despido de aquellos que hacen que su empresa sea tal.
Y aquí se acaban los "quizás". Porque todo esto sirve para los empresarios, pero lo que más abunda en España hoy en día -con crisis y sin ella- son los contratadores.
Los contratadores no tienen esos baremos. Ellos son capaces de montar una regulación de empleo -que a lo mejor es necesaria- e incluir en ella no a los menos productivos, no a aquellos cuya actividad no es necesaria porque el descenso de demanda agota esa linea de producción o de servicios, sino a los que les caen mal, a los que defienden los derechos sindicales, a los que no les hacen el rendibú o simplemente a los que, por motivos personales o de salud, han tenido un mal año.
El contratador se convierte en una especie de enfermedad degenerativa de la actividad empresarial cuando recurre al despido como primera medida, mucho antes de desblindar los sueldos de sus ejecutivos, mucho antes de reducir el margen de beneficio personal y de sus accionistas para dedicar ese dinero a las inversiones y mejoras que serían precisas para que su empresa se modernice y pueda competir y sobrevivir en estos tiempos de vacas flacas.
El contratador ejerce de involución perniciosa del empresario cuando se reune con su Consejos de Administracion o con su Junta General y decide mantener las remuneraciones por beneficios, aprobar unas cuentas en las que se mantiene gastos de representación millonarios, agujeros del tamaño de un país pequeño en los saldos de las tarjetas de crédito empresariales a las que cargan sus regalos prohibidos, sus borracheras secretas y sus desmanes nocturnos, al tiempo que propone el despido de unos cuantos trabajadores, porque la crisis así lo permite -no lo impone, simplemente le concede un movil plausible-.
Este pobre remedo de empresario, que ha perdido todo lo que hace a un empresario un auténtico motor social , no tiene el más mínimo pudor en renunciar a la experiencia, la preparación o el buen hacer de trabajadores por ahorrarse un sueldo, cuyo coste mensual desperdicia en una sola cena con sus colegas, sus socios o sus amantes.
El contratador, la especie más abundante en nuestros días, ha sustituido sin prisa pero sin pausa al empresario, al que demuestra no sólo capacidad de gestión y comercial, sino  la intelegencia y la empatía necesarias para colocar al capital humano de su empresa en el justo punto que le corresponde por derecho y por compromiso.
Y es a estos individuos a los que no se les debería dar la herramienta de un despido barato, de un despido sencillo. Es a estos contratadores, que despiden por ahorrarse un mes de sueldo, que despiden por llevarles la contraria, que amenazan con la crisis y la pérdida del empleo para lograr las más abyectas de las sumisiones, a quienes el Gobierno -volvemos a recordar de donde dicen venir y a donde dicen que quieren llegar- entrega la guadaña del despido objetivo.
Si un empresario despide por  "la existencia de pérdidas en las empresas" - primer motivo de despido objetivo- casi podríamos estar seguros de que el motivo será que ha gastado en inversión lo necesario y esto no ha revertido en mejora; si lo hace un contratador no estaremos nunca seguros de que no sea porque decisiones arbitrarias han llevado a su empresa al desastre.
Si un empresario despide por "la falta persistente de liquidez" -segundo motivo de despido objetivo que presenta el Gobierno- podremos estar casi seguros de que se debe a que  sus deudores -probablemente incluidos en el orden zoológico recien estrenado de los contratadores- se escudan en la crisis para no pagarle; si lo hace un contratador nunca estaremos seguros de que no es porque haya metido mano en la caja empresarial para sus devengos privados o porque haya sacado a pasear la tarjeta empresarial cargando gasto tras gasto de representación cuando la situación no está para tales excesos.
Si el motivo del despido es "la disminución relevante de los beneficios de las compañías", tanto empresario como contratador están demostrando que no son dignos de crédito. Si nos apretamos el cinturón ante la crisis no lo apretamos todos. Incluidos los que viven de los beneficios empresariales. Aún así, es posible que un empresario nunca llegara a hacerlo y un contratador lo haga a las primeras de cambio.
Así que, a lo mejor habría que asegurarse de conocer los motivos por los cuales la empresa ha llegado a esas situaciones antes de permitir alegremente que los sustitutos de segunda de los auténticos empresarios empleen tales herramientas a su libre albedrío. Y a lo mejor habría que abaratar el empleo y no el desempleo, asumiendo desde el estado una parte del coste de la Seguridad Social, reduciendo los impuesotos o cualquier otra medida que las mentes pensantes de la economia patria puedan pergeñar para que las empresas tengan una menor presión fiscal.
Así las cosas, mi amigo diría que el despido flexible es un arma imprescindible para las empresas, pero yo me veo en la obligación de contestarle que, hoy por hoy, se está poniendo en manos de muchos que no lo utilizaran ni responsable ni adecuadamente.
Claro que él no lo entenderá del todo. El siempre ha tenido espíritu de empresario. No de contratador.

martes, julio 27, 2010

Hoy, todos somos ya Wikileaks

Va a ser que siempre ocurre lo mismo. Lleva siglos ocurriendo lo mismo y nosotros, los que se supone que conformamos la especie con una organización social más compleja y evolucionada de todas las que pisan la faz del globo, llevamos centurias sin aprender.
Después de un lustro, de unos cuantos miles de millones de dólares tirados, unos pocos centenares de muertos -que si son civiles y afganos , unos centenares son pocos-, unas tragicas docenas de soldados defenestrados -que si son soldados y occidentales, cualquier pérdida es trágica y cuestionable- y unas cuantas toneladas de alta teconogía convertidas en chatarra en beneficio del siempre importante reflote del complejo militar industrial estadounidense, ahora nos dicen que Afganistan no es lo que parece, que la guerra de Afganistan no es lo que parece, que el mundo no es lo que parece.
De repente, como por arte de magia y encantamiento, aparecen unos pocos centanares de folios con el sello de clasificado encima de las mesas de unas cuantas redacciones y todo se vuelve del revés, sale a la luz, se hace verdadero. Bueno, siempre fue verdadero, pero era un secreto. 
Y ahora es cuando toca aferrarse a la invectiva contra los Servicios Secretos estadounidenses -que hace tiempo que olvidaron lo de servicios y se quedaron con lo de serectos-, contra un gobierno que niega a sus ciudadanos el derecho a conocer lo que está courriendo, contra un ejercito que se pasa la legalidad internacional -como todos los ejercitos- por el forro de sus armas de asalto y contra un sistema que pretende imponer en una parte de la tierra una forma de ver el mundo que se encuentra aproximadamente a ocho siglos de deuda temporal de lo que sus habitantes son capaces de percibir. Pues no, esta vez no.
Ahora es cuando toca mentirse o saturar las redes y las líneas de mitos y leyendas sobre el imperio yankie, La CIA, los talibanes o los servicios secretos pakistaníes para ocultar algo que tendemos a olvidar con la misma celeridad con la que se actuliza la página de Wikileaks: Toda sociedad -incluso esta sociedad global que hemos compuesto y desarmado- tiene los gobiernos que se merece.
El Gobierno de George. W. Bush no ha impuesto el secreto, no ha obligado a sus ciudadanos a permanecer en la oscuridad sobre las actividades encubiertas, las bajas y los desaguisados afganos porque, de repente, se le haya ocurrido; porque una mañana, entre bourbon y cacahuetes asesinos, el bueno de Georgy tuviera una idea gloriosa -eso nunca hubiera podido ser mantenido en secreto, sería demasiado inusual-. Lo ha hecho porque es a lo que está acostumbrado, porque es la forma de actuar común en la que han crecido como individuos y como sociedad y en la que su entorno-y el nuestro- se organiza.
Pese a las sociedades y civilizaciones que se han hundido y han decaído por ello, seguimos utilizando el secreto como forma de organización social. Somos incapaces de darle luz y taquígrafos a nuestras vidas. Nos abocamos a ser La Agencia de Seguridad Nacional de nuestras propias existencias.
Con el asunto de los papeles afganos, escucharemos las típicas diatribas sobre aquellos que asumen la responsabilidad de las vidas de otros. Los que están a favor del secreto como dinámica de gobierno dirán que era necesario, que era incluso imprescindible, que el conocimiento público ponía en peligro las operaciones militares. Y puede que objetivamente tengan razón. Puede que el gobierno pensara en el bienestar de su sociedad al mantenerla apartada de tan perturbadora información, de tan inquietante realidad.
Y los que están en contra del secreto de Estado y de la información reservada se quedarán solos en sus argumentos exigiendo transparencia y claridad. Se quedarán solos, no porque los demás no les secunden, sino porque, en la mayoría de los casos, no se lo creerán ni ellos.
Alguien dijo que la información -sobre una vida, una empresa, un Estado o cualquier otra referencia humana- es poder. Todos olvidamos que el poder es responsabilidad. Así que , en un silogismo perfecto -aunque molesto-, la información es responsabilidad.
Y por eso necesitamos el secreto en las empresas, en los grupos sociales, en las relaciones humanas. Por eso nos hemos vuelto hijos del disimulo, hermanos de lo hérmetico y parientes de lo ignoto, de lo oculto. Por eso los necesitamos. Por eso son nuestras primeras respuestas.
Esas dinamicas de la ocultación convierten a los demas en aliens, en alienígenas completos que no comprenden ni entienden ninguno de nuestros actos; que no pueden ubicar nuestras acciones ni gestionar nuestros pensamientos. A ellos les resta conocimientos, a nosotros nos resta responsabilidad. A todos nos quita vida.
Los gobiernos, en este caso el estadounidense, recurren a la excusa de que sus ciudadanos les importan y les protegen. Pero, como todos nosotros, como todos aquellos que se esconden en perpetuas elusiones y silencios incómodos, es una cortina de humo. Una cortina de humo bienintencionada en muchos casos, -dudo que en el del aparato militar de la OTAN y Estados Unidos-, pero una cortina de humo al fin y al cabo.
La realidad es que no queremos perderlos y tememos que aquello que ocultamos les haga vernos de otra manera; que la información que les aportemos afecte a su propia existencia y  les permita responsabilizarse de ella en una forma en la que nosotros no queremos que lo hagan. El secreto como forma de relación humana, social y gubernamental, lo único que intenta es que los demás no hagan lo que no queremos que hagan. Que los otros no puedan pensar en nosotros por si mismos, más allá de lo que nosotros proyectamos.
Así, el Gobierno Bush -que no quiere perder a sus votantes- oculta aquello que se los puede quitar; la empresa X -que no quiere perder a sus empleados, o por lo menos su impulso laboral- oculta sus decisiones, sus inversiones, sus reajustes de plantilla, sus números rojos; el equipo Z -que no quiere perder sus estrellas, sus partidos, sus aficionados o sus ligas- mantiene en la más completa oscuridad, sus odios, sus debilidades y sus estrategias.
¿Y nosotros? Nosotros mantenemos en secreto todo lo demás, todo lo que es importante para nosotros y que debería serlo para aquellos que nos importan. Todo lo que nos debería unir a ellos.
Porque, si es un secreto, sólo lo conocemos nosotros, sólo nosotros tenemos acceso a ello y sólo será visto desde nuestra propia perspectiva interna, desde nuestras decisiones o indecisiones, nuestras justificaciones o nuestras críticas, nuestros miedos o nuestras valentías. No nos importa tener que sufrir o ser felices en soledad. Lo único importante es que nadie, por acceso a la información, pueda cuestionar nuestro criterio.
A los mandos de la OTAN y del ejército estadounidense les da igual que su secreto haya afectado a aquellos que no podían enterrar a sus muertos de la forma en la que habían elegido -a los muertos no suele afectarles demasiado como les entierran-; que sus ciudadanos no supieran por qué mataban o que los ciudadanos afganos no supieran porque morían.  Y eso se antoja algo cruel y despiadado.
Pero es más de los mismo. Es llevar a las dinamicas estatales y gubernamentales lo que nosotros hacemos todos los días. A nosotros nos da igual en que pueda afectar ese secreto a las vidas de los demás, las limitaciones que en su vida y en sus decisiones pueda imponer. Olvidamos que por mucho que decidamos dar vueltas sobre nosotros mismos, siempre hay gente a la que lo que hacemos y decidimos les afecta, cuyas vidas u obras dependen de nuestros actos y decisiones: nuestros empleados, nuestros compañeros, nuestros familiares, nuestros amores...
Cierto es que al final los secretos han sido revelados pero, al igual que todos los secretos que pueblan nuestras relaciones sociales y personales, eso no cambia nada- Los papeles de Wikileaks revelan secretos de Bush cuando dirige Obama, se quedan el 2009 cuando la política estadounidense y de la OTAN en Afganistan cambió después de es fecha.
Como en cualquier bar, en cualquier pasillo, en cualquier oficina, en cualquier conversación teléfonica o en cualquier portal. Los secretos que se revelan o ya no importan o no son nuestros.
Los gobernantes que han decidido cubrir del velo del arcano secreto las actividades militares de unos y otros en Afganistan no han hecho nada que no hagamos nosotros todos los días. Si nos indigna lo que han hecho deberíamos indignarnos con lo que hacemos nosotros.
Han protegido su criterio de preguntas y de respuestas ajenas, han antepuesto sus pensamientos y decisiones a las vidas y las responsabilidades vitales de aquellos a los que saben que afectan esos actos y en los cuales influye lo que hacen y lo que dejan de hacer.
Han convertido a aquellos que tenían que ser los más cercanos a ellos en una sola cosa: en extraños.
A lo mejor, es intolerable para muchos ser gobernados por extraños, cuyos actos permanecen ocultos y cuyas motivaciones resultan inaccesibles. A lo mejor, también debería ser intolerable para nosotros, trabajar, compartir, vivir y convivir con extraños que no deberían serlo, que sólo lo son porque hemos decidido que lo sean.
A lo peor llevamos tanto tiempo mirando sólo hacia nostros mismos que ya no nos importa.

lunes, julio 26, 2010

¡Que me quede un Lexatín!

En algo teníamos que ser los primeros. Y en algo lo somos. Más allá del Tour de Francia, del campeonato Mundial de Fútbol y de alguna que otra gesta deportiva que nos hace sacar pecho e hinchar bandera, tenemos un récord de difícil parangón: somos los primeros consumidores de droga del mundo. Así como suena, sin anestesia ni nada.
Aunque, si nos paramos a pensarlo, se trata precisamente de eso, de anestesia. Somos, por lo que parece, la sociedad más anestesiada del planeta. Eso tiene que tener un mérito.
Como hablamos de droga parece que llega el turno de lanzar al ariete de estas palabras contra los mozos de coche y cuerpo tuneados, de botellón y afterhours y de trozo de Duralex en la oreja - o de Swarovski, que todo depende del numero de ceros de la cuenta corriente de papá- y de muchachas de escotes infinitamente profundos, faldas infinitamente cortas, tacones infinitamente altos y piercings en zonas más o menos erógenas de su anatomía.
Parece que nos toca hablar de colecciones de cabellos enredados en remedos de auténticas trenzas rastafaris, de pantalones de cuadros, cabellos tiesos, vestidos de mercadillos y mascotas famélicas acompañadas de instrumentos musicales más o menos exóticos.
Y como parece que toca hablar de ello, pues no lo voy a hacer. No es por joder -o a lo mejor sí-, pero hablar de droga no es hablar de chonis y poligoneros, no es hablar de perroflautas, okupas de pastel y hippies reconvertidos. Hablar de droga es hablar de anestesia. Es hablar de nosotros mismos. 
Somos los principales consumidores de esas drogas que salen en la tele, que se pasan en alijos, que gestionan los charlines, que se fuman y se inyectan y por eso nos resulta fácil creer que eso es lo que nos pone a la cabeza del adormecimiento y la excitación ficticia que en una sociedad y en un individuo provocan las drogas. Pero no es eso. Al menos no es sólo eso.
Si nos ponemos a pensar, a lo mejor echamos mano de los individuos de terno perfecto de 600 euros y corbata de seda que conducen descapotables y derrochan sus sueldos y sus tabiques nasales introduciendo en su esternón polvo blanco a ritmo de cada éxito, cada fracaso y cada coito. Puede que eso ayude, pero tampoco es sólo eso.
La drogadicción española se completa en los centros de trabajo, en las oficinas, en los salones y los dormitorios de muchas casas, en los bolsos de muchas mujeres y las bandoleras de muchos hombres. Se viste en Cortefiel o en Zara. La anestesia social que nos transforma en los principales consumidores de anestesia de La Tierra va mas allá de la marihuana, de la cocaína  del éxtasis  del speed o de la heroína -si es que, a estas alturas, alguien consume todavía heroína-. Está en nuestras mesillas de noche.
Somos el país que mas tranquilizantes, antidepresivos, ansiolíticos, estimulantes y somníferos consume. España, la España real, la España tranquila, la España adulta y supuestamente equilibrada está permanentemente empastillada.
Independientemente de los que, en un momento u otro, los necesitan -lo necesitan, no creen necesitarlo- hay demasiada gente que es incapaz de enfrentarse a demasiadas cosas.
Demasiados que no soportan una bronca de su jefe, una pelea de con su pareja, una rebelión de sus vástagos. 
Demasiados que anestesian el sufrimiento -si es que a eso se le puede llamar sufrimiento- y en lugar de respirar dos veces, chillar o callar, tiran de  Tranquilmacit; muchos que, en lugar de pasar la noche en blanco buscando una solución a sus problemas, tiran luna tras luna de Durnit o Somnolin para evitar afrontar aquello que cuando llegue la mañana seguirá estando presente en sus vidas y quitándoles el sueño.
En este país anestesiado hay una cantidad ingente de personas que cuando llega el momento de la tensión, de la necesidad de reacción, de la obligación de afrontar una presión en el trabajo o en la vida, que durante generaciones se afrontó con fuerza y con estabilidad, rebuscan en su bolso o en su cartera un Lexatin o un Noiafrem que les permita borrarse de la vida y de la necesidad de vivirla. 
La ansiedad desaparece,  los motivos que la provocan no. Pero da igual, luego dormiremos con un somnífero y nos mantendremos tranquilos con un tranquilizante. Y si hay que ponerse en marcha siempre podemos desayunar un trago de Red Bull.
No es que los poligoneros y las chonis, los perroflautas y los hippies no eleven nuestro consumo de drogas ilegales hasta colocarnos a la cabeza mundial; no es que no haya una generación perdida entre el speed y la cocaína,  que desperdicia las ganancias de su trabajo y las expectativas de sus vidas buscando entre vaivenes nocturnos lo que sus trabajos, sus amores y sus vidas no les dan. No es que eso no ocurra. Pero, a estas alturas, no es lo más doloroso.
Lo ineludiblemente doloroso es que muchos de aquellos que deberían explicarles por qué no deben consumir drogas más allá del límite de la cordura están demasiado empastillados para hacerlo, demasiado anestesiados para darse cuenta. Demasiado muertos para seguir vivos.
Es que aquellos sobre los que debería descansar la responsabilidad ejemplar que contribuiría a que muchos de ellos -o por lo menos algunos- reaccionaran, recurren a la elusión para evitar aquello que forma parte de la vida. Se borran de su vida por miedo a vivirla.
Podemos seguir confundiendo vida con felicidad y felicidad con alegría; pero aunque las tres cosas parezcan un silogismo perfecto, aunque parezcan la misma cosa, no lo son.
Podemos seguir buscando en nuestros bolsos y nuestros bolsillos la salida de emergencia a  nuestros problemas, nuestros dolores, nuestras decisiones y nuestras carencias; podemos seguir recurriendo a la pastilla, la borrachera o el desfase nocturno para eludir los pequeños o grandes dolores que la vida nos proporciona sin pedirlos. Podemos buscar la paz en el Tranquilmacit, la justicia en el Lexatin y el olvido en el Durnit. Podemos seguir engordando las estadísticas y mantener a nuestro país en la cresta de la ola del consumo de drogas legales e ilegales.
O podemos sentarnos en la oscuridad de nuestros dormitorios y pensar, reflexionar y tomar decisiones. Solucionar aquello que nos provoca ansiedad o que nos impide dormir. Solos o con toda la ayuda que sea necesaria.
La dicotomía es sencilla.
Podemos seguir anestesiados o despertar. Podemos vivir o sobrevivir. Podemos permanecer empastillados o podemos crecer.

jueves, julio 22, 2010

Barroeta Aldamar, 10 Bilbao, Las Vegas, Nevada

 Es un número como otro cualquiera: 18.791.426. Tal como vamos, hasta podría ser el número de parados que se espera en España para cuando acabe la crisis, la malhadada crisis que es culpa de todos menos de los que realmente la han fomentado y originado.
Pero no es eso. Esos dieciocho, casi diecinueve millones, significan otra cosa, suponen otra cosa. Aunque, en realidad, es más de lo mismo. Un gobierno que, por unos principios ideológicos vagos y de dificil sostenimiento hoy en día, ha decidido vivir de espaldas a la realidad social en la que desenvuelve el país que dice gobernar.
Ese número es la suma de la población total de La Rioja, Euskadi, La Comunidad Valenciana, Castilla - León, Aragón y Cataluña, ¿que tienen esas zonas de nuestro país en común?. Precismente ese número.
 Es la suma total de los españoles que viven en comunidades cuyas instituciones de gobierno han decidido contemplar el discurrir de la película en movimiento que es la sociedad española, en lugar de quedarse observando la foto fija de lo que fue en los albores de la democracia la sociedad de este país. Son las autonomías en las que de una forma u otra han optado por crecer y proponer la custodia compartida como forma preferente de custodia de los hijos en los divorcios.
Y este es el momento en el que las opiniones progresistas se disparán, en el que las banderas antimachistas se tremolan. Es el momento en el que Bibiana Aido ejerce de ministra y protesta. La ministra de Igualdad protesta contra la igualdad. Resultaría rocambolesco si no fuera bochornoso.
Ninguna de esas voces que se alzan airadas y beligerantes es la voz de las muchas mujeres que conozco que se han separado y han decidido hacer su vida por su cuenta y buscar su acomodo económico de forma independiente -aun incluso cuando la buena fe, la culpabilidad o la vergüenza de sus anteriores parejas les facilitaban unos ingresos-. Ninguna de esas voces, militantes y disgustadas, corresponde a las muchas mujeres que conozco que han tenido que cargar con la responsabilidad de la custodia y el cuidado de sus hijos ellas solas porque "su contrario" se borró unilateralmente de tal función. Ellas no tienen nada en contra de la custodia compartida. Al fin y al cabo no hay nadie con quien compartirla.
Ninguna de esas voces corresponde a algunas de las representantes del feminismo más reflexivo, que conozco y aprecio, que están hartas de lidiar contra los estereotipos aunque estos estereotipos las beneficien. Que quieren romper de una vez con la fórmula arcaica, manida y recalcitrante de madre no hay mas que una para imponer la realidad de padres no hay mas que dos.
Las voces que hablan con esa negativa afectación, con esas alarmas y excusas ante la custodia compartida, son las de las principales enemigas de la igualdad de la mujer. Las únicas que hoy por hoy siguen con el mensaje novencentista de que la mujer debe ser protegida y tratada como alguien incapaz de valerse por si misma, alguien que debe ostentar privilegios para vindicar la falta de derechos que tuvieron sus abuelas -e incluso sus madres-. Es el feminsimo radical, que sigue considerando que el Estado debe sustituir al padre y al esposo como protector de la mujer. Pero que la mujer, eso sí, sigue necesitando un protector.
Hoy por hoy son las únicas que creen que la mujer es incapaz de valerse por si misma. Hoy por hoy son las únicas que viven de propagar ese mensaje. Hoy por hoy son las únicas psicofonías a las que prestan fondos y oídos las paredes del Ministerio de Igualdad.
Aido habla de "corresponsabilidad parental" -la capacidad para generar eufemismos de los gobiernos occidentales no tiene parangón alguno-, los socialistas en el Senado votan en contra de la propuesta -otra vez del PP, que lo hace por joder, ya lo sabemos- porque dicen que responde a "la creciente presión de las asociaciones de hombres separados" y las chicas del feminismo a ultranza, las damas de Themis y compañía, ni siquiera protestan o votan en contra. Simplemente insultan y descalifican. Es lo que se han acostumbrado a hacer últimamente.
Pero en todo ese maremagno de reacciones, de estupores, de desabridos vaivenes que sufre el progresismo español -que lo es y mucho en otras muchas cosas. Perdón, en algunas otras cosas- no se ofrece una sola razón para estar en contra, para oponerse. Y no esque no se den porque no existan. Es que no se dan porque no pueden darse.
La ministra de Igualdad habla de corresponsabilidad parental, ¿qué mayor corresponsabilidad parental hay que compartir la custodia de los hijos?
 Los socialistas del Senado hablan de presión de las asociaciones de hombres separados, ¿no se debió a la presion de las organizaciones de mujeres separadas la conversión en delito penal del impago de pensiones?, ¿no ejercieron presión las asociaciones femeninas cuando exigían que se retuvieran las nóminas de los padres que no pagaban las pensiones o que se retirara el derecho de visitas si se producían los impagos?, ¿no respondió a la presión de esos colectivos la modificación de la ley de divorcio para crear el divorcio express?
A lo mejor los socialistas del Senado todavía no han descubierto que responder a las demandas sociales es, al menos en parte, una de las funciones de los gobiernos. Aunque esas presiones sociales no vayan en la línea ideológica que mas les convenga.
Y en Themis -por poner un ejemplo- hablan de injusticia, hablan de perdida de seguridad, hablan de machismo, por su puesto de machismo. E incluso hablan -como no iban a salir las frágiles mentes y personalidades de los pobres hijos de los divorciados a colación- de desequilibrio psicológico para los niños. Hablan de cualquier cosa para ocultar de lo que realmente quieren hablar, de lo que realmente están hablando. De dinero.
Porque la custodia compartida arroja a la mujer separada a la igualdad de forma absolutamente hostil e ineludible. La custodia compartida elimina la vinculación de la residencia y de los gananciales a aquel al que se le otroga el cuidado de los hijos. Obliga a liquidarlos. Hace desparecer, en un golpe de magia igualitaria de primer nivel -de esa que enseñan en Hogwarts en primer año-, las pensiones alimenticias. No sólo son compartidos los hijos también los gastos y las responsabilidades económicas. Todas ellas, sin excepción durante el peridodo de tiempo que los hijos están contigo.
Y eso es lo que no quiere el feminismo radical.  Las mujeres que ya han asumido esa responsabilidad y los hombres que ya han mantenido esa coresponsabilidad no tienen ningún problema en ello. No han de tenerlo. Pero esas no le importan a las hembristas que han robado a las mujeres la bandera de sus reivindicaciones -justas o injustas, que de todo hay-.
 ¡Ay de aquellas que creen en la venganza perpetua contra aquellos que decidieron que no las amaban, que amaban a otras o simplemente que no amaban a nadie!, ¡Ay de aquellas que practican el noble e impune arte de sacarle a su ex todo lo que pueden para compensar los años en los que se estuvieron acostando con él -¿dinero a cambio de sexo? Eso no puede considerarse..., bueno de eso hablaremos otro día-!, ¡Ay del hembrismo que necesita para medrar y sobrevivir la guerra de los sexos, la satazación del varón y la santificación de la mujer!.
Si no hay guerra de sexos, quizás no haya necesidad de mercenarias que combatan en la guerra. Trágico, ¿no?
Pero Igualdad, el ministerio, claro -si aún se escribiera con pluma me saldría la letra temblorosa por la risa-, no quiere escuchar. No quiere darse cuenta de que si las instituciones que representan a una amplia parte del país -con distintas ideologías políticas, entre las que se inculye la suya- han optado por recomendar esta fórmula es posible que sea por algo.
A lo mejor esperan que las parejas españolas diseñen sus viajes de enamorados de manera que pasen por el registro de Aldamar en Bilbao o por el de la plaza del  Duc de Medinaceli en Barcelona para poder casarse en un lugar en el que el divorcio no sea una carga para unos y un negocio para otras. Y a lo mejor hasta permiten abrir casinos, salones de juego e iglesias de Elvis Presley para que sean en todo como Reno o Las Vegas.
Espero que el gobierno y la ministra Aido sean reticentes a integrar como prefrente en nuestro código civil la custodia compartida por lo que supondría para las arcas públicas multiplicar por dos las ayudas a las familias monoparentales -¡vaya, pues no había caído. Si los dos tienen la custodia por separado, ya no hay excusa para excluir de esas ayudas a los hombres!- o por lo que dejaría de ingresar el herario público al incluir ambos la desgravación por hijos en sus declaraciones de la renta -¡anda, de eso tampoco me había dado cuenta!-.
Si se oponen por eso a la custodia compartida serán un mal gobierno y una mala ministra. Si lo hacen por cualquier otro motivo personal o ideológico, sencillamente ni siquiera son una ministra ni un gobierno.

miércoles, julio 21, 2010

El nigab, las Rai Ban y el marketing social

Mientras nuestros políticos pierden tiempo en debatir el estado de una nación que no admite debate: es lamentable; mientras intentamos descubrir si hay que cambiar el Estatut para que entre a capón en la Constitución o hay que cambiar la Constitución para que acepte a regañadientes el Estatut, es decir, mientras perdermos el tiempo, los empleos y las expectativas de medio país en temas baladíes, aun nos queda tiempo para perderlo en algo más.
Seguimos con el Burka a cuestas. El resto de los asuntos, el resto de las pérdidas de tiempo políticas y mediáticas a las que se someten voluntariamente nuestros políticos y líderes en espera de sus inmerecidas vacaciones, demuestran que somos incapaces de salir de nuestras peleas, nuestros enfrentamientos ancestrales, nuestras dos españas y nuestras miserias para mirar hacia adelante. Lo del Burka simplemente demuestra que somos incapaces de salir de nosotros mismos.
El PP, con la ínclita Santamaría a la cabeza -curioso apellido para alguien que parece repentinamente sentir una urticaria irrefrenable ante los velos- presenta una propuesta para que se prohiba el uso del burka o el nigab en público. El congreso la rechaza, pero ella y su partido la presentan.
Partamos de la base de que la prohibición de una indumentaria para conseguir un obejtivo -por moderno y democrático que parezca- resulta contraproducente y tan inutil como cambiar de tumbona en el Titanic, pero vayamos más allá, ¿por qué dice el PP que hay que prohibir tan incómoda y arcaica prenda?
Obviamente, El PP no puede hacer referencia al islam -hasta ellos saben que eso no es políticamente correcto, aunque dudo a estas alturas que no lo piensen-, porque entonces tendrán que pedir el adios definitivo a las normas de Silos, la Catedral de Burgos o el Arzobispado de Toledo que obligan a entrar en las iglesias y los conventos con los hombros cubiertos, de velarse o cubrirse la cabeza -sí velarse, habeís leído bien- en actos religiosos que discurren por la calle en presencia de laicos y hasta ateos.
Tampoco puede hablar de los derechos femeninos porque poco o nada ha hecho por ellos, sacrificando en el altar de su conservadurismo a un ministerio y su ministra -que en muchas ocasiones lo han merecido, eso sí, pero basandose en una lógica radicalmente distinta a la que usa el PP-.
Así que, como no puede tirar de esos argumentos, recurre a otro que ha escuchado en alguna parte, no tiene muy claro de que vá, pero parece que suena bien. La democracia y las libertades. Y la seguridad, por supuesto la seguridad, que no hay discruso del PP que no meta la seguridad de por medio. Todo un clásico.
Saenz de Santamaría comienza por lo que mejor maneja, tanto ella como su partido: El miedo.
Habla de la necesidad de prohibrlo por la dificultad para identificar a aquellas que lo llevan. Y los fantasmas de los antetados integristas, de los islamistas -y las islamistas- escondidas con sus cargas de destrucción ocultas en busca de víctimas vuelve a ser lanzadas sobre las mentes y los miedos de los que escuchan y los que leen.
Pero tampoco insiste mucho porque claro, lo mismo tiene que acabar pidiendo que se prohiba la última colección de Rai Ban con esas gafas que tapan toda la cara, o los sombreos de paja tan en boga este verano o incluso los velos -todos integrales, eso sí- de las novias que se casan blancas y radiantes en los suelos catedralicios. Así que se limita a tirar la piedra y mirar rápidamente hacia otra parte. Aterroriza que algo queda.
Soraya -que no pestañearía en ir con mantilla a una audiencia papal o en plantarse un señor velo en la procesión del Corpus Cristi en las tierras toledanas de su correligionaria Cospedal- insiste mucho más en otra línea de argumentación y afirma que no se puede defender la libertad de aquellos que han decidido renunciar a ella. Lo dice y se queda tan pancha. Como si hubiera que aplaudirla. Lo malo, es que su partido la aplaude.
Pero lo que no se hacen en preguntas. Las preguntas no cuadran con la forma de hacer gobierno de nuestros líderes ni con la forma de hacer oposición de nuestros políticos.
Si se trata de defender la libertad, ¿por qué los egregios populares no protestan y piden normas que prohiban que los colegios concertados religiosos puedan imponer a las jovencitas que no lleven shorts, tops o faldas por encima de la rodilla, aún cuando el verano cae a plomo sobre sus jóvenes cuerpos -y lo de jovenes cuerpos ya les sonaría pecaminoso-?, ¿no puede considerarse que anteponer la relajación de los miembros viriles masculinos a la comodidad de las jovencitas es somertelas a las necesidades del varón?
¿Por qué los adalides del progresismo de cartel y voto fácil no permiten que las mujeres samoanas se paseen con los pechos al aire o los hombres amazónicos con sus penes al viento por el Paseo de la Castellana?, ¿no se trata de defender la libertad de ser lo que se quiere ser, más allá de lo que impongan los demás?
Pues va a ser que no es eso. Ni por los que gobiernan, ni por los que desean gobernar.
En realidad, la libertad supone la capacidad de decisión en cualquier sentido y eso debería ser incuestionable para alguien que se dice demócrata. Si quieres llevar un burka o un nigab pues lo llevas; si quieres aceptar las connotaciones que esa prenda tiene para tí y para los que te rodean, pues es tu decisión. La historia, la cordura - y probablemente las altas temperaturas estivales- pueden quitarte la razón y probablemente lo harán. Pero sigue siendo tu decisión.
Los que presentan la proposición de prohibición ponen un ejemplo muy marcial, muy patrio, muy heroíco. Muy del PP. Nuestros chicos de armas ponen una pica en Kabul para defender la libertad -y el control occidental del mercado del opio, y la seguridad de los gaseoductos orientales, y la existencia de un estado tampón contra el insufrible integrismo religioso que asola Pakistán desde hace décadas. ¡Uy, perdón que eso no se dice porque no vende!- y nuestro gobierno no defiende esa misma libertad dentro de nuestras fronteras. Hay sofismas que son falsos y otros que dan risa. Los de Soraya, simplemente dan lástima.
Las tropas españolas combaten -o hacen actos humanitarios, según se mire- para conseguir que cualquier afgano o afgana pueda elegir su futuro. Y eso incluye llevar o no llevar el burka. No pelean para que nadie lleve o deje de llevar el burka. Pelean para que puedan decidir.
Y en España ya se puede decidir. Cualquier mujer que quiera no llevar esa prenda está protegida por la ley. Habrá que educarlas para que quieran hacerlo, habrá que explicarles que es mejor no llevarlos, pero una ley que prohibe llevar una prenda que se quiere llevar es tan mala como una ley que obliga a llevar una prenda que no se quiere llevar.
¿Significa esto que no se puede prohibir el uso de estas prendas? Por supuesto que no. Lo único que significa es que debemos explicar los motivos reales.
No tiene que ver con la seguridad. No tiene que ver con la libertad, ni tiene que ver con los derechos. Es una cuestión de imagen. Es una cuestión de marketing. Y el marketing es uno de los pilares de esta, nuestra sociedad occidental, no lo olvidemos.
Francia decide ser laica y antireligiosa y prohibe los símbolos religiosos. No porque sean peligrosos o alienantes, no porque les tenga miedo u odio, sino simplemente porque van contra la imagen de Estado que el poder quiere dar de su territorio. Así de sencillo, así de claro.
Siria prohibe el velo integral porque "va en contra de la imagen que el país quiere proyectar en el mundo". No hay nada más que decir. Da igual el Islam, los derechos femeninos o las libertades personales. Damasco fue El Califato. Esta acostumbrada a tomar decisiones de poder y no tener que justificarlas.
Pero gobierno y oposición en España se esconden trás supuestas intenciones ideológicas cuando simplemente es lo mismo. Queremos prohibir el nigab por lo mismo por lo que no aceptamos senos bamboleantes por las calles o penes erectos al descubierto. Porque no forman parte de la imagen social que queremos tener y proyectar.
Cada uno puede reservar el derecho de admisión en su casa y nuestro país es nuestra casa. Hagámoslo si queremos, pero no vendamos que es por el bien de aquellos a los que les imponemos esa norma.
Si abrimos la caja de los truenos de legislar sobre la indumentaria, lo hacemos bajo nuestra responsabilidad y por nuestra mera tranquilidad. No por la seguridad, la libertad o la democracia.
Cuando alguien decida prohibir alguna otra prenda tendremos que recordar a Bertolt Brecht. Los que lo hagan, claro.

miércoles, julio 14, 2010

La Excepción Nacional

Mas de medio año y más de media vida después vuelvo a estas líneas. Vuelvo mientras nos alegramos de una victoria en un deporte que no hacía otra cosa que proponernos derrotas. Como nuestro país, como la vida. Como nosotros mismos.
Vuelvo mientras nos negamos a comprender las lecciones reales que nos ha dado ese grupo humano de "buenos tipos" que ha dado la casualidad de que se dedican a jugar al futbol -y encima lo hacen bien- y fijamos nuestra vista tan sólo en el rutilante oro falso de un trofeo que nunca será nuestro ni será de nadie, aunque nos toque guardarlo durante el próximo cuatrienio.
Nos fijamos en las banderas, la adrenalina y la alegría, pero pasamos por alto lo demás. Ignoramos como alguien, que no tenía porque hacerlo, se acuerda del dolor y de la tristeza en plena alegría por convertirse en el héroe deportivo del momento; pasamos por alto como un chaval de Albacete puede estar pendiente de aquellos que probablemente no están pendientes de él porque tienen cosas en la cabeza más importantes y más lastimosas que su gol y su victoria, - por importante que a él y al mundo le parezcan ambas-. Ignoramos lo que significa eso y lo que quiere significar. Ignoramos que nos demuestra que la alegría propia no nos exime del consuelo del dolor de los nuestros.
Nos fijamos en las cabalgadas por las bandas, los centros al área, el toque y el control del balón. Miramos con lupa a árbitros y contrarios y como esa selección de buenos tipos que juegan al fútbol los supera a todos. Pero no nos damos cuenta de a cuantos incluyen en su alegría, de a cuantos, que estuvieron con ellos cuando uan banda de helvéticos les hizo pequeños, les devolvió al mundo, intentan incluir en su alegría. De como dos de ellos abandonan los flashes, las risas y los cánticos para buscar a alguien que siguió con ellos cuando no estaban contentos, cuando su derrota era tristeza. Eso no lo miramos. Preferimos aprender la lección de como se juega al futbol a la de como ser un auténtico ser humano.
Convertimos en anécdota lo importante. Nos quedamos con el beso e ignoramos lo que significa, la carga de desafío ante el mundo, el respeto hacia el otro de no esconderse porque venga bien; la lealtad contigo mismo de no preocuparte de lo que piensen los demás, de poner a los que se ama -o tan sólo se quiere- por encima de los que hablan, cotillean y  hacen de la maledicencia una forma de vida.
Nos quedamos con los goles, las cabalgatas triunfales y los discursos grandilocuentes e ignoramos como un tipo de Camas, Sevilla -que no tiene precisamente fama de ser muy lúcido- interrumpe la alegría de su victoria y el baño de gloria de su entrevista para responder a una viuda, a una amiga, que es posible que en ese momento no esté tan feliz ni tan alegre como él.
Apartamos nuestros ojos de la visión de como su primera reacción es intentar incluir en su alegría a aquellos que les importan, por lejos que estén, por difícil que sea, por cansado que les resulte o complicado que parezca. Que no esperan que la vida les de la oportunidad de compartir ese flujo, esos buenos tiempos, sino que los buscan, los llevan junto a ellos o corren a su encuentro en cuanto pueden. Y si no pueden, al menos lo intentan. No nos fijamos en que pretenden no dejar a nadie que les importa atrás, encerrado en el armario del frío invierno del olvido, para disfrutar ellos solos del sudafricano sol de la alegría a la que tienen acceso en pocas ocasiones como esta.
Y viendo todo esto, es posible que nos conmovamos, que nos emocionemos, pero en realidad no miramos en esa dirección. Sólo vemos a los campeones, los colores y los brillos del triunfo. Nuestros ojos no quieren mirar a los "buenos tipos". Nos gusta compartir el placer de ser campeones, pero no la responsabilidad de ser "buenos tipos".
Porque ver significa conocer y conocer significa aprender. Y una vez que hemos apredido no tenemos excusa alguna para no hacer aquello que no estamos haciendo. Para cambiar. Y eso no. Podemos compartir el triunfo e incluso la derrota. Pero no estamos en la tesitura de compatir la condición de buen tipo. Eso sería pedirnos demasiado.
Y por ello, Inhiesta, Ramos, Casillas o Alonso nunca podrán ser nuestra selección.  Eso significaria que son los mejores de nosotros y nosotros no queremos ser así. Quizás porque no sepamos demostrar lo importantes que son los otros, quizás porque no tengamos tiempo ni fuerzas para hacerlo o quizás porque no nos importe nada ni nadie salvo nosotros y nuestra alegría.
Hoy no tengo tiempo ni ganas para responder a eso. Lo seguiré pensando.
Ellos, La Roja, tendrán que seguir conformarse con ser nuestra Excepción Nacional.

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