martes, mayo 12, 2009

El nuevo sacramento vaticano de la penitencia

Por una vez y sin que sirva de precedente, Benedicto, el blanco inquisidor vaticano, va a lo suyo. Va hasta Israel, hasta Tierra Santa, hasta el mismo centro mitólogico y místico de los cuentos de niños contados por ancianos que son las religiones. Pero va a lo suyo.
Llega y habla de reabrir los santos lugares a los peregrinos, de la necesidad de la oración, de unir lazos entre las distintas religiones...
Por una vez, desde que empezara a abrir su pontificia boca allá en Ratisbona, emula a JP2, el papa consola que le precedió y al que ascendió con suma celeridad a los altares para verse libre de la necesidad de seguir su línea. A los santos se les pide intercesión, pero no consejo.
Por una vez parece que todo está en su sitio y que se trata por fin de una visita de esas pastorales y ecúmenicas que tanto le gustaban al papa polaco. Pero, ni siquiera en la iglesia vaticana, es oro todo lo que reluce.
Ratzinger va a Israel ahora, en este preciso instante, no para hacer misiones o para hacer pastoral. Va a hacer política, porque la política es lo único que puede mantenerle en el solio pontificio.
Llora y reza por el holocausto judío y clama contra el antisemitismo. Y parece que le importara, que realmente estuviera consternado por la supuesta ola de antisemitismo recurrente que algunos dicen que invade el mundo. Pero no es así. Está haciendo otra cosa. Está mudando la penitencia de sacramento en estrategia política.
El vicario austriaco recurre a la clásica contricción cristiana no para lavar su memoria y su conciencia de su obligado pasado hitleriano; no para limpiar y rechazar el pasado de la institución más antisemita que ha visto el correr de los siglos; no para reconciliarse con aquellos a los que los católicos -Sus Majestades, por supuesto- expulsaron de España, persiguieron en Francia o masacrarón en los campos y bosques de los Países Bajos y la Gascuña, siguiendo los consejos susurrados al oído por prelados y frailes, que hablaban con la voz que les dictaba Roma o Avignon.
El solitario inquisidor romano llega a Tierra Santa a utilizar la contricción como moneda de cambio con el Estado de Israel, a buscar aliados en su santa cruzada.
Aterriza en esas tierras tras sellar un pacto de no agresión y de pompas mutuas con el estado hebreo. Un acuerdo secreto -que todo debe ser secreto cuando se hace en tan altas instancias de la curia- que le permite lavarse la cara del fangoso patinazo que dio con Williamson, ese lefevreriano que no cree en los números del holocausto, a cambio de pasar un paño húmedo por el ensagrentado rostro de Israel, como hiciera La Verónica en el cuento del nazareno.
Sólo que, en esta ocasión, la sangre que el vicario enjugará del rostro de Netanyaju y los halcones hebreos de la guerra no será la de su martirio. Será la del martirio de otros.
Y por eso no importa lo que diga. Importa lo que calla.
Ratzinger no habla de Gaza, no habla de Palestina, no habla de la situación de miseria y sufrimiento de los territorios ocupados, no habla del Jerusalem ocupado, no habla de los que se quedan sin casa -en Italia sí porque un terremoto lo manda dios, pero cuando tu casa la tira un buldozer hebreo, la pólitica impone un respetuoso silencio-.
El blanco defensor del Santo Oficio no hace referencia al gusto del gobierno de Israel por las armas, elude comentar el hecho de que se ha convertido en una economía basada en la guerra, habla de holocausto pero no de progomo, habla de la reconciliación, pero no de la restitución, habla de las matanzas pasadas, pero no de las masacres presentes.
Y no es que al docto teuton vaticano se le hayan pasado por alto entre el ascetismo de su existencia y el misticismo de sus ritos y oraciones. Es que lo deja pasar en aras de lograr otra cosa, otro objetivo. En aras de ir a lo suyo.
Tal como está hoy en día el patio trasero de La Meca, recuperar al Islam le va a ser harto dificil después de lo de Ratisbona y su erudita referencia como ejemplo al monarca cristiano más antimusulman que ha dado la historia.
Y como ya lo da por perdido -al menos en sus almas- no le importa que siga el sacrificio de musulmanes - aunque incluya sus cuerpos- a manos de Hamás y del gobierno israelí, en una guerra que sólo beneficia a los líderes de ambos bandos.
No importa porque, con este nuevo acuerdo, él callará sobre Gaza e Israel callará sobre los ultraortodoxos católicos negacionistas. Y Ratzinger contará con dos aliados, que no podrán ni verse, pero que le serán útiles en la única guerra que considera realmente suya: en la santa cruzada contra el laicismo.
Los muertos palestinos, los muertos hebreos, los obispos negacionistas, los gobiernos militaristas, los grupos terroristas integristas y la sangre de miles de personas son sólo piezas de ajedrez en la nueva política de la penitencia que ha inaugurado Benedicto Ratzinger en su viaje a Tierra Santa.
Una política que, como no podría ser de otro modo, se tiñe del medievalismo de la Santa Alianza para luchar a brazo partido, ya no contra los infieles, sino contra aquellos que creen que la mítica y la mística no deben regir el mundo ni las mentes.
Asi que, por primera vez desde que el Santo Oficio ocupa el sitial vaticano, Benedicto va a lo suyo.
O al menos lo hace publicamente.

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