domingo, mayo 31, 2009

Hemos matado a un hombre

Hemos matado a un hombre.
Podemos hartarnos de decir lo contrario; podemos llenarnos la boca de coartadas y rictus de dolor; podemos entumecernos los ojos de llantos afligidos y amoratarnos el pecho de contrictos golpes de incomprensión.
Pero hemos matado a un hombre. Y eso nadie puede cambiarlo.
Le hemos matado porque hemos dejado que aquellos que trafican con un voto o un sufragio, nos activen el miedo, nos inflamen la rabia, nos vendan la venganza como justicia y la intolerancia como defensa.
Le hemos asesinado porque hemos querido creer que el dolor justifica el talión, porque hemos querido escuchar a aquellos que susurran que la justicia ciega no es la buena justicia. Porque hemos mirado al faro que encendieron aquellos que venden la miseria como único enemigo.
Hemos matado a un hombre aún sin haber tocado un pelo de su cuerpo. Le hemos matado en cada comentario de bares y tabernas, en cada gesto adusto, en cada cambio de acera al divisar "una pinta muy rara".
Le hemos conducido al ataud en alas de nuestros propios miedos, de nuestras frustraciones, de nuestras incohencias, de nuestros oídos sordos a los pocos que aún tienen suficiente garganta para seguir clamando en el desierto absurdo de nuestro temor, nuestra frustración y nuestra continua búsqueda de un enemigo a mano, a quien echarle la culpa de aquello de lo que nadie que esté a mano tiene culpa alguna.
Hemos matado a un hombre porque hemos escuchado a los que buscan votos tremolando los crímenes, a los que se hacen fotos pidiendo más condenas, a los que reparten abrazos y apretones de manos hablando de justicia ciudadana y derecho a la autodefensa.
Le hemos matado todos y un poco cada uno. Le han matado los que le han desesperado, los que le han perseguido, los que le han pateado, los que le ha lapidado y los que le hemos ignorado, le hemos repelido y le hemos leído en los periódicos como el último número de una estádistica de la que no eramos culpables pero si confidentes.
Podemos sentirnos inocentes e incluso sentirnos consternados. Podemos creer que nosotros no somos los culpables de que un pueblo de málaga se levante en su odio para matar a alguien.
Pero, aún así, aunque eso sea cierto, hemos matado a un hombre. Y eso, no hay nada que lo cambie.
Hoy somos los cebedeos que, con la piedra alzada, esperan arrojarla al rostro del delito, de aquel que nos asusta, de aquel que viene a quitarnos lo que ya hemos perdido.
Un ladrón, un parado, un padre de familia, un vagamundo, un hombre. La diana perfecta de ese miedo infinito que es mas fuerte que nada cuando todo se tuerce, cuando el futuro se oscurece, cuando el mundo nos odia.
Da gual que fuera en Malaga y que encuentren a dos magribíes a quien echar la culpa, da igual cual fuera su apellido y que hubiera intentado un robo o un delito. Da igual que aún no lo sepamos, no podamos sentirlo y apenas nos importe.
Hemos matado a un hombre. Nadie puede negarlo.

jueves, mayo 28, 2009

Cuando la violencia banal nos libra del sexo

Me encontraba yo en el proceso de explicar el concepto de bosque humano- uno de esos de los míos que hacen mis post eternos-, cuando recibí dos bofetones en la cara de proporciones considerables y, por supuesto, dolorosas.
Siendo un demonio como soy, no cabría esperar otra cosa que tal agresión accediera a mis sentidos de otra parte que no fuera las siempre enjoyadas manos de los miembros y siervos de ese club añejo de cerebros hidropésicos y corazones endurecidos llamado jerarquía católica.
Como en todo hay clases -sobre todo en las jerarquías- empecemos por los siervos.
Cual no será mi sorpresa cuando me desayuno -en este caso más bien me meriendo- las declaraciones de un tal Benjumea, redactor jefe a la sazón de la revista Alfa y Omega de los dominios de Rouco, o sea del Arzobispado de Madrid -que no Madrid en si mismo -mas quisiera, él-, en las que se descuelga dieciendo que "si se banaliza el sexo no tendría sentido mantener la violación por en el código penal".
Y se queda tan ancho.
Mi primera reacción -después de intentar mandarle un correo electrónico al famoso torero - y eso que yo no soy muy de toros- sugiríendole que se cambie el apellido, para que nadie le confunda con tal cabestro- es ponerme a pensar. Suelo cometer esos errores.
De modo que la violación está condenada en el código penal porque es una forma de sexo que no tiene como fin último la procreación y que se realiza fuera del matrimonio, recordemos que esas son las dos circunstancias que hacen, según los prelados, que el sexo no sea banal.
Las conclusiones del plumilla eclesiástico se me antoja que hacen honor a su revista. Tienen un Alfa de estupidez y un Omega de desconocimiento.
Así que, si se comete una violación y la mujer se queda embarazada ya no hay delito -o por lo menos se reduce a la mitad- y si se realiza dentro del matrimonio desaparece la otra mitad.
Ahora resulta sencillo comprender el motivo que ha hecho que violaciones maritales hayan quedado sin castigo a lo largo de los siglos y porque se han podido perder en los confesionarios y las conciencias de los que han cometido el pecado y los han escuchado y pasado la falta.
Algunos dirán que ese razonamiento demuestra que la cohorte romana piensa de forma arcaica. Para otras puede significar que las plumas escribientes de las mentes pensantes arzobispales escriben con letra machista lo que las cabezas -que no los cerebros- de sus contratantes elucubran de forma sexista.
Para mi sólo significan que no piensan. Y punto.
El club de fans de la intransigencia moral por debajo del ombligo lleva tanto tiempo mirando hacia la parte baja del ecuador de la anatomía humana que ha perdido la capacidad de razonar.
No pueden hacer el más simple y sencillo ejercicio de semántica aplicada porque para ellos los significados se pierden entre sus obsesiones y las palabras se esfuman entre sus fantasías.
La violación se llama violación porque se ejerce con violencia. Parece una perogrullada, pero la situación hace obligado recordarlo.
La violencia es independiente del placer sexual que el que la ejerce obtenga, es independiente del órgano con el que se ejcute y del organo de la víctima que se vea implicado. La violencia es independiente del fín que persiga y del objetivo que pretenda lograr con ella, del resultado de la misma y del estado civil de víctima o el verdugo.
La violencia no tiene nada que ver con la moral pacata del sexo matrimonial y de la eterna lucha católica romana contra el placer que nuestros cuerpos nos dictan en esos momentos en los que el sexo -el consentido- nos ocupa.
La violencia no está por debajo del ombligo. Está instalada en lo más alto y lo más profundo de las cabezas enfermas y perversas de los que la ejecutan. Justo encima de sus hombros. Allá donde debían estar sus cerebros.
Y es esa imposición, esa violencia, esa fuerza -hasta los medievales lo sabían y decían que la mujer había sido "forzada"-, esa violencia, en definitiva, lo que hace que ese acto sea despreciable. Nada tiene que ver que haya sexo -o lujúria, como dirían ellos- de por medio.
Pero los macarras de la moral, como los llamó el cantor, sólo saben pensar en sexo, ver sexo y obsesionarse con el sexo. Y para ellos -y para las plumas que escriben por ellos- el problema es el sexo y siempre lo ha sido. La violencia no es problema, la imposición no es problema, la fuerza bruta no es problema.
Al fin y al cabo ellos estuvieron ejerciéndo todas ellas en aras de su moral y de su dios durante siglos. Al fin y al cabo ellos aún lo intentan aunque cada vez les sale peor. Al fin y al cabo ellos lo seguirían haciendo si pudieran. Así que no puede ser malo.
Pero el sexo es otra cosa.
Hay que impedir que el sexo se banalice. Hay que darle un sentido profundo y socialmente llevadero. Hay que controlarlo.
Porque banalizar el sexo supone hacerlo cotidiano -para el que tenga esa suerte-, sacarlo de los ámbitos de lo perverso y colocarlo en los ámbitos de lo natural.
Hacer banal el acto -ese que parece el único acto que dos humanos de diferente sexo pueden llevar a cabo en compañía- es hacerlo divertido, deseable, excitante, prosaico, apacible. Todo lo que ellos no quieren que sea; todo lo que sus celibatos y obsesiones les impide tolerar. Todo lo que es contrario a una violación.
Por eso les resulta imprescindible que siga siendo lo que ellos siempre han querido que sea. Algo oscuro, prohibido, oculto.
Desde el albor de sus jerarquías lo quisieron convertir en eso. En algo que pudiera practicarse en los clarouscuros de los claustros, de las celosías y en las penumbras de los burdeles, donde los alzacuellos y las sotanas se detectan con más dificultad y pueden confundirse con ligueros y saltos de cama.
Por eso, porque no quieren saber que la violencia es más reprobable que la lujuria, porque se niegan a levantar la vista más allá de las zonas pudendas de la humanidad, porque se pierden en disquisiones que la naturaleza humana se empeña en desmentirles a golpe de estrógeno y hormonas, emprenden su campaña contra el sexo que ellos llaman banal -que es lo que ha sido siempre el sexo. La parte más banal del amor, cuando lo hay-.
Y si para lograr es objetivo hay que banalizar la violencia, hagasé.
Todo vale.
Y apenas me sacudía la cara del primer bofetón, cuando me llegó el segundo de la purpurada mano del Arzobispo Cañizares -quien sino-. Pero ese merece un post aparte.

martes, mayo 26, 2009

Cuando andar no es lo mismo que avanzar

El peregrino arrastraba sus pies, llenos de polvo y de dolor, por el pedregoso camino.
La cadencia de sus pasos era tan irregular como lo era el pavimento por el que transitaba. Ora tropezaba, ora su tobillo giraba en un ángulo demasiado doloroso como para permitir que la planta siguiera asentada en el firme. La velocidad de su caminata también era variable como lo era el rumbo por el que albergaba la esperanza de llegar a su meta. En ocasiones corría desaforado hasta que el sudor empapaba sus vestidos, su rostro y sus brazos; en otros momento se pensaba cada paso como si fuera el último, como si estuviera a punto de traspasar el umbral de su destino. Pero caminaba, siempre caminaba. Sus pies desnudos, como su alma.

En las lindes de un bosque profundo y poderoso, un bosque hostil que había llenado sus brazos de arañazos con sus espinosas ramas y vaciado sus pulmones de aire con sus tórridos vapores y húmedos calores, el peregrino que andaba descalzo chocó con otro caminante. Este mantenía un paso firme y constante, duro y continuo. Sus pies se apoyaban sin duda y sin quiebra sobre un suelo que parecía alisarse un instante antes de recibir el golpe de su suela.
Y miro sorprendido el errático caminar del peregrino. Intentó ajustar a él su paso pero la caminata se le hacía ardua y difícil por lo irregular de los pasos de su nuevo compañero, por las cambiantes cadencias de sus movimientos, por el fluctuante ritmo de su velocidad. Quiso ofrecerle una solución al peregrino que también era una solución para él.
Le enseñó a acompasar la respiración con el paso; le mostró como mantener un ritmo de marcha basado en las normas marciales de aquellos que caminan hacia la batalla antes de saber que van a caer derrotados; le inició en el arte de fijarse un destino cercano que poder alcanzar en una jornada para que su corazón no se cansara de avanzar y su alma no se agotara de no llegar. Y el peregrino le miró, le escuchó, sonrío y aprendió. Pero sus pies seguían desnudos como su alma.
Sólo entonces, el caminante preguntó al peregrino cual era su destino. Y el peregrino le contó que, como todo peregrino, buscaba un templo. El templo de aquellos dioses muertos que fijan tu futuro, de aquellas divinidades nunca adoradas que comprenden a los hombres y les permiten alcanzar por ellos mismos lo que son. El caminante preguntó interesado dónde se encontraba el templo y el peregrino le contestó que no lo sabía. Nadie lo sabía. Se sabía el camino para llegar a él pero nadie sabía su ubicación exacta. Los dioses no adorados te fijan el destino ¿Para que volver una vez que los has visto?
Eso le pareció algo extraño al caminante pero las creencias siempre lo eran. Más raro le pareció que el peregrino le contara que no podía alcanzarse solo; que tenían que acudir dos al encuentro del santuario, que sólo sería mostrado a dos peregrinos dignos y puros que no hubieran cometido falta alguna.
- ¿Y para qué lo buscas solo? –Preguntó el caminante-
- Siempre puedo encontrar a alguien en el camino –sonrió el peregrino-
Y así ocurrió que la única peregrinación posible hacia el mausoleo de los hados se inició a mitad de camino. Así, acaeció que un peregrino que no era caminante y un caminante que no había querido ser peregrino comenzaron una marcha que debía acabar cuando llegaran a un lugar que no conocían. Pero los pies del peregrino seguían desnudos, como su alma.
El camino avanzaba hasta perderse en esas brumas infinitas que algunos creen el fin del mundo y los dos continuaron avanzando, sin pausa, sin etapas de aliento, sin paradas de fonda, sin postas de refresco. Y llegaron los valles dulces donde el simple olor de la fruta madura sirve de alimento y atravesaron los ríos poco profundos en los que la frescura de las aguas y el rumor de las piedras descansan el cuerpo y alegran el alma. Y rieron y salaron; y cantaron y avanzaron; y rodaron por las laderas de los montes de hierba hasta quedar tumbados boca arriba en las majadas de amapolas sonriendo y contemplando las estrellas antes de dormirse.
Los recorrieron, uno tras otro, sin detenerse en ninguno y, como ordena la inmutable ley del camino, quedaron a tras. Todo lo que se recorre pasa.
Pero el camino continuaba y les condujo a los desiertos donde hablar es un lujo que no puedes permitirte mientras caminas; donde sonreír es un fasto que no se puede mostrar mientras se respira; donde la alegría es una ostentación prohibida por la supervivencia. Y los pies del peregrino seguían desnudos, como su alma.
El caminante intentó mantener el ritmo, acompasar el paso a su caprichosa respiración, alterada por el calor y al aire ardiente que penetraba en sus pulmones y no lo consiguió. Intentó fijar un objetivo cercano para que su corazón descansara y su alma se alegrara pero cada duna, cada ola de arena era idéntica a la anterior y parecía alejarse eternamente. El peregrino intentó mostrarle que el desierto no se atraviesa, no se rebasa. Intento demostrar que bajar la vista es la única forma de enfrentarse al sol , que arrastrar los pies bajo la arena es la única manera de evitar que se quemen, que sudar es la única forma de no llorar, que sobrevivir es la única manera de conseguir que el desierto te expulse. Pero no encontraba palabras, no encontraba gestos, no podía hablara la vez con el caminante, la locura y el desierto.
Más, como impone la ley del camino, todo lo que se recorre, acaba. Y el desierto acabó.
Llegaron los desfiladeros de piedra y ambos caminaron y peregrinaron, peregrinaron hacia un santuario que no habían visto, hacia un destino que no conocían. Susurraron y sus voces hechas mil ecos les fueron devueltas como gritos. un consejo se transformó en una orden, un comentario en un reproche, una queja en una acusación. La compañía se hizo soledad y la cercanía lejanía. La risa se hizo burla y los pies del peregrino siguieron descalzos, como su alma.
Entonces, cuando avanzaban, encerrados entre las vigilantes paredes de una piedra inmutable que les marcaban el camino y les ocultaban el destino, estas empezaron a derrumbarse y les obligaron a correr.
Agobiados, cansados, macilentos y exánimes llegaron a una encrucijada. Las paredes de roca seguían avalándose sobre ellos como chacales del desierto, como depredadores inertes que intentaran devorar el camino.
Y el caminante recordó que el era eso, un caminante no un peregrino. Y quiso tomar uno de los ramales para cambiar de destino, pero sólo cambio de dirección. Las paredes no le mostraban ningún destino, le ocultaban las metas, quizás porque nunca las había perseguido, nunca las había buscado.

El caminante siguió caminando, haciendo lo que siempre había hecho, lo que nunca le había valido pero en toda ocasión había repetido sin cuestionarse su validez, su utilidad: caminó.
Dejó al peregrino solitario en su búsqueda, agotado en su carrera, macilento y exánime en su deseo de encontrar lo que buscaba. Pero él se levanto, no porque fuera fuerte, sino porque no le quedaba otro remedio. Prosiguió, no porque estuviera decidido, sino porque él tampoco conocía otra cosa que hacer, porque no seguir un paso más hubiera sido tumbarse a morir. Eso ya lo había hecho y no había servido para nada.
Así que dio un paso más, sólo un paso más y halló el templo. Donde antes no había nada, justo donde las paredes de piedra no le dejaban atisbar. Pero las paredes se habían desmoronado. Habían estado a punto de matarle, pero se habían desmoronado.
Y allí se sentó. Ya no a morir, sino a esperar. Ya no a perecer sino a prosperar. Ya no a rezar sino a agradecer.
El caminante siguió caminando, siguió tropezando, siguió adelantando hacia un destino desconocido, hacia una parada tan inefable como esquiva, tan elusiva como ignota.
Hasta que un día se sentó a descansar y sin saber porqué lloró.
Un arriero pasó juntó a él y, al contemplar la escena, le preguntó cual era el motivo de su llanto. El caminante contestó que era un hombre impío, que no merecía un destino, porque había recorrido el sendero de Ocam y no había encontrado el santuario de los hados. Dijo que había recorrido el camino con un peregrino que tampoco debía ser digno de un destino. Lo dijo entre lágrimas y el arriero se encogió de hombros y siguió su camino.
Sorprendido, el caminante le preguntó qué si eso le parecía normal y el arriero le contestó: “lloras por nada. El Santuario está hacia el sur y tú llegas caminando desde allí. La gran barrera se eleva mucho más alta de lo que tu vista puede superar. Es imposible que lo vieras llegando desde allí. A menos, claro está, que los desfiladeros se hayan hundido ¿lo han hecho?
- No te has equivocado de camino. No te has equivocado de compañía. Tan sólo te has equivocado de dirección.

Hubiera bastado girar sobre vuestros pasos, ¿verdad? Los caminos son de ida y vuelta, sino desaparecerían tras andarlos, ¿no te parece?

miércoles, mayo 20, 2009

¡Recordad, malditos!

Los hombres del norte, ávidos de sangre y de aventura, afilaron sus hachas y, pese a tener patentes de corso firmadas y selladas por el tirano que les garantizaban mil vidas de piratería y pillaje, se hicieron a la mar en sus temibles embarcaciones, arrasaron los puertos y hundieron la flota.Y mientras partían, mientras sus mascarones salían de la bruma para unirse a la lucha, un niño gritó desde una proa. ¿Quién es el tirano?
Nadie respondió. En los clanes del norte los niños van a la guerra pero no tienen porque saber quién es el enemigo.
Las macilentas tribus de las infértiles llanuras del oriente más cercano, pese a disponer de cartas de naturaleza otorgadas por el gobernante, pese a atesorar miles de documentos de pago que les permitían esquilmar el tesoro real durante setenta veces siete generaciones, tomaron su oro y su plata, su acero y su plomo, los fundieron e hicieron armas con las que, por primera vez en su dilatada existencia de elegidos, se lanzaron a un campo de batalla con el objetivo de combatir, no de negociar ni de expoliar a los muertos.
Y mientras plantaban sus tiendas y sus pabellones en la llanura en la que debía producirse el combate, mientras se desplegaban las estrellas de sus profetas y las luces de su dios, un niño, encaramado en lo alto de las parihuelas en las que se portaba el catafalco de la divinidad, preguntó ¿Por qué es un Tirano?
Nadie respondió. Los pastores de las llanuras pobres conducen a sus vástagos a la batalla pero les ocultan los motivos. Para eso está la voz de dios.
Las salvajes caravanas de hombres de rostro tapado y credo sangriento se subieron a sus monturas, tan salvajes como ellos; ignoraron sus vientos y sus tormentas, tan salvajes como ellos y se despidieron de sus esposas, mucho más salvajes que ellos. Tomaron sus mortíferas hojas curvas, pese a que disponían de salvoconductos garantizados por el dictador que les hubieran permitido trasladar en caravana todos sus asentamientos de un lugar a otro del imperio y, sin que sirviera de precedente, olvidaron sus rezos, olvidaron a su dios y se lanzaron a la lucha.
Y mientras los corceles piafaban nerviosos esperando la arremetida del enemigo entre el polvo y bajo el sol, un niño bramó por encima del trueno de los viejos dioses ¿Cuándo comenzó a ser tirano?
Nadie respondió. Los guerreros de las tierras baldías y el desierto ardiente aceptan a sus niños en sus batallas pero rara vez les dan acceso a su pasado.
Los oscuros señores del sur disponían de miles de hombres y decenas de miles de mujeres que vender en los zocos de esclavos de la costa, tenían garantizado por promesa de sangre del tirano el comercio de esclavos. Podían vender a buen precio todo el oro y las gemas que la sangre, el sudor y el látigo podían proveer al tesoro del gobernante, pero pese a ello se pintaron la cara, se tatuaron el cuerpo, se mancharon los dientes y caminaron hacía el campo de batalla.
Afilaron sus azagayas, cargaron con los tótemes de sus antepasados y entonaron sus cánticos, bailaron sus danzas e hicieron sus sacrificios. Podrían haber seguido cazando fieras para los circos, reses para los banquetes y hombres para las galeras, pero se pusieron en marcha y acabaron con las atalayas y las plazas fuertes que encontraron.
Y mientras hacían sonar sus pies golpeando contra el suelo como si esperaran conseguir que la tierra se abriera y se tragara al enemigo, un niño, subido a los hombros de más alto de los más altos guerreros negros del sur preguntó ¿Cómo se hizo tirano?
Nadie respondió. Los hombres negros del sur convocan a sus hijos a las armas pero no le informan sobre como enfrentarse al enemigo. Para eso están los espíritus.
Los primitivos hombres del oeste no tenían nada. Nadie había firmado tratado, acuerdo, convenio o paz con ellos. No tenían nada que el tirano necesitase y él no tenía nada que ellos quisieran. Los bisontes seguirían allí hasta el fin de los días, el alcohol y las joyas no les servían de nada. No había motivo para el trueque ni causa para el peyote sagrado de la hermandad.
Pese a ello o quizás por ello, se tocaron con sus plumas, bendijeron a sus caballos con su propia sangre, tomaron sus arcos y cabalgaron junto con sus mujeres, sus ancianos y sus niños a una batalla que no debería ser la suya, que no debería ser la de nadie. Ninguno de los niños preguntó nada. Los guerreros del oeste nacen guerreros. Por eso guardan las preguntas para los momentos adecuados.
Y así se estableció una de las líneas de batalla..
La otra la creó el tirano. Viéndose amenazado convocó a todo lo que tenía a mano. Sus huestes fueron todo lo numerosas que su dinero pudo conseguir y poseía un tesoro inmenso; todo lo obedientes que el miedo pudo lograr y su capacidad de destilar terror era casi infinita; todo lo mortales que podía hacerlas el odio, y su odio era mil veces la multiplicación de su oro y su miedo sumados.
Pero, aún así, contempló las filas de aquellos que habían dejado de tolerarle, que habían dejado de temerle, que habían dejado de adorarle y temió no poder con ellos. Así que convocó a todos los demás.
A todos aquellos a los que incluso el tirano temía.
Aquellos que disfrutaban con la muerte, que sólo podían verse vivos en el espejo de la muerte y el dolor reflejados en los ojos de los cadáveres, acudieron a su llamada. Aquellos que habían hecho una profesión rentable de transformar el mundo en cenizas, que medían su efectividad por el número de bajas, respondieron entusiastas a su convocatoria.
Y los fanáticos, ellos también se congregaron bajo su estandarte. Los fanáticos siempre necesitan una causa y un estandarte, aunque estos cambien.
Y con esas fuerzas, cohesionadas por el terror, disciplinadas por el miedo y motivadas por la enfermedad de la avaricia y el poder y la expectativa de la sangre, presentó batalla.

..La batalla fue corta. Intensa, sangrienta y demoledora, pero corta.
Los hombres del norte no reconocieron a su enemigo y en mitad del combate sólo pudieron reconocerse a si mismos y volvieron a ser lo que eran, a dedicarse a la rapiña y el pillaje. De no contestar a la pregunta de quién era el tirano habían dejado de saberlo.
Las tribus de pastores reconocieron al enemigo pero olvidaron porqué lo era. Formaron un círculo defensivo en torno al lugar en el que reposaba su dios y desguarnecieron su flanco de ataque. Al ver que la batalla marchaba mal recordaron lo que eran y volvieron a serlo. Intentaron comprar a los mercenarios y estos tomaron su dinero y les seccionaron la garganta; intentaron convencer a los fanáticos y estos les mataron y quemaron sus cuerpos. Los pastores macilentos sucumbieron a millares sin saber cual era el motivo de la lucha. Habían esperado que su dios les dijera porque el enemigo era un tirano y su dios seguía mudo.
Los Jinetes del desierto cargaron con la furia salvaje de sus monturas y sus aceros y, durante un instante, pareció que la batalla cambiaría de signo. Pero nadie entre ellos sabía cuando había empezado el tirano a serlo y por ello eran incapaces de saber cuanto tiempo seguiría siéndolo. Sus brazos se cansaron, sus caballos se agotaron y cayeron uno tras otro entre sudor y estertores de agonía.
Y en el cansancio y la derrota se enfrentaron a los fanáticos, envainaron sus cimitarras y cayeron de hinojos acordándose de sus rezos olvidados y su dios abandonado. Le pidieron que les diera la fuerza para vencer a los fanáticos y sus dios les concedió su ruego. Les hizo tan fanáticos como sus enemigos. Por negarse a recordar el principio de la tiranía fueron incapaces de predecir su final.
Los hombres del sur también cayeron. Uno a uno, en silencio, los altos hombres negros fueron masacrados por los mercenarios y los asesinos, fueron diezmados por los hombres que sabían hacer su trabajo. Muchos de ellos ni siquiera utilizaron sus azagayas, otros alzaron sus escudos pero dejaron resquicios por los cuales se deslizaron hasta sus entrañas las armas de sus enemigos. La organización de las falanges del tirano desarzonó el griterío del frente de los hombres del sur.
Antes de comenzar a luchar habían olvidado como había llegado el tirano a serlo y por eso fueron incapaces de aprender como tenía que dejar de serlo.Y los guerreros del Oeste, que no habían conocido al tirano, que no habían olvidado respuesta alguna porque no habían hecho pregunta ninguna, simplemente se sentaron en el campo, fumaron el peyote de la paz, intercambiaron regalos, aceptaron las cuentas y el oro del tirano y bebieron su licor. Quien no hace preguntas no obtiene respuestas.
Al final de la jornada cinco niños quedaban en el campo de batalla.
Los fanáticos quisieron quemarlos vivos pero el tirano no lo permitió. El poderoso quiso encarcelarlos de por vida para evitar el miedo, su miedo, pero los asesinos y los mercenarios no lo permitieron.
Hasta los asesinos tienen más honor que los fanáticos y los tiranos...
Y el tirano siguió siéndolo.
Siguió en la cumbre de su poder hasta que el terror dejó de ser un arma, hasta que la fuerza dejó de ser la ley. En todos los años que pasaron durmió entre sudor y sobresaltos acordándose de los cinco llorosos niños de pie sobre la desolación y las cenizas en las que se asentaba su poder.Y luego desapareció.
Fingió transformarse, fingió hacerse benévolo, intentó aparentar que no ejercía el poder sino el gobierno y dejó que otros mas queridos por la gente, ejercieran ocasionalmente el gobierno mientras el guardaba el poder.
Visitaba frecuentemente el campo en el que derrotara a los últimos hombres libres de sus dominios, ni buenos ni malos, solamente libres. Y un día fue rodeado por cinco hombres y un niño que lo acorralaron en silencio.
El primero llevaba en la cabeza el casco cornudo y coronado que designa al paladín y rey de los hombres del norte.- El que se oculta bajo el manto de la fuerza para ejercer un mando que no es suyo ni es de nadie, sino de todos –dijo el hombre que, otrora niño, preguntara entre la bruma ¿quien?-.
El segundo abrazaba un candelabro de oro que iluminaba los templos de los pastores de cabras y no lucía corona. Su dios lo prohibía- Porque no sabe conversar ni acordar. Porque no permite que otras gentes hagan otras cosas, crean otras cosas o defiendan otras cosas. – afirmo aquel que en una infancia manchada de sangre y sufrimiento había preguntado ¿por qué?-.
El tercero iba completamente vestido de negro, del turbante a las botas y en su frente brillaba en plata el símbolo de aquel al que consideraba su dios. Esta vez sí le había traído consigo. Los califas siempre llevan a su dios con ellos.- Cuando olvidamos quiénes somos, que somos lo qué somos porque hemos elegido serlo y que los demás son lo que son porque han elegido serlo. Cuando creímos que nuestra felicidad estaba más allá del sufrimiento de los otros – aseveró aquel que entre el polvo de los cascos de los caballos de los jinetes del desierto preguntara en su infancia ¿cuándo?-.
El cuarto lucía en su índiga piel las pinturas doradas y blancas de aquel que conduce las tribus del sur. Su azagaya era triple y su escudo reflejaba la sangre y el mar. En su cinturón los tótem chocaban entre si convocando a los espíritus de los antepasados.- Engañando y dividiendo, matando y masacrando, esclavizando, encerrando los cuerpos en mazmorras y los corazones en el terror – recitó aquel que, sobre los hombros del más alto de los altos guerreros del sur preguntó, mientras el suelo tronaba bajo los pies de la horda, ¿cómo? -.
El quinto hombre, emplumado y a caballo, no dijo nada. Tan sólo sujetó más fuerte la mano del pequeño que le acompañaba..
Entonces el tirano tembló. Supo que los secretos de su poder habían sido descubiertos, supo que ahora podían enfrentarle con la estrategia adecuada, aunque él era incapaz de anticipar cual sería esa estrategia. Los que sólo aceptan sus pensamientos son incapaces de anticipar los de los otros.
Buscó desasosegado, miró al norte pero no diviso las naves dragón, miró al sur pero no percibió los cánticos de la descalza infantería negra; se giró hacia es este pero no distinguió la plata y el plomo del arca de los pastores de cabras; sus ojos se centraron en el desierto profundo y no contempló las nubes de polvo de la caballería nómada y salvaje; se volvió hacia el oeste y no pudo ver el colorido desfile de los guerreros cazadores de las tribus de los lagos y las praderas.Y por un momento se relajó.
Sólo por un momento.- No vendrán –dijo el rey del norte-.- Ya no son necesarios – dijo el Rey pastor-.- Luchamos una vez porque no sabíamos nada. Pero ahora sabemos –dijo el cacique de los hombres negros-- Ahora te conocemos. No podrás volver –dijo el califa-.- Pero nadie pudo contaros mi secreto, todos murieron…. –Más el tirano se interrumpió y comprendió que hay cosas que no deben ser contadas, que no pueden ser contadas, que han de ser vividas. Que se aprenden por el roce de la piel con el dolor.
Los cuatro hombres que habían sido niños se retiraron. Los cuatro reyes que habían preguntado y lo eran por hacerlo se marcharon a vivir con sus pueblos, que lo eran por haber encontrado las respuestas.
El tirano se quedó sólo, enfrentado al jefe de las tribus del oeste que le miró con una conmiseración sólo propia de aquel que no ha llegado a odiar.- Sólo muere lo que olvidas – dijo y pasó frente al tirano llevando a su hijo de la mano-.
Luego, el que fuera el poder y la gloria, se giró y comenzó a andar cansadamente hacia esa frontera de niebla y viento que algunos llaman La Nada y otros conocen como la historia. Mientras avanzaba resignado escuchó una voz infantil que se dirigía a él- Señor –gritó el niño del oeste que había nacido guerrero y jinete-, ¿Qué es un tirano?
Y comprendió, aunque tarde, que siempre tiene que haber alguien que recuerde para que otros no se vean obligados a aprender.

lunes, mayo 18, 2009

El Evangelio según Tenison Tarb

Tenisson Tarb estaba vivo.
No sabía cual era el motivo ni cual era el significado de su existencia, pero estaba vivo.
Tenía un vago recuerdo de su vida antes del momento que afrontaba en ese instante, parado, quieto como una estatua, contemplando una escena que no comprendía. Pero no recordaba nada más.
No sabía si el sudor que manaba de su frente y se agolpaba en su cuello era producto del esfuerzo por recordar o del insoportable calor de aquellas tierras muertas.
El aliento del asno iba a parar justo encima de su rostro. Era hediondo, insoportable. No quería ni imaginarse como sería el del otro animal, más recio, más grande. También tenía un vago recuerdo de su nombre. Hubo un tiempo en que vagaba libre –si un ser castrado e híbrido puede ser libre- por las tierras que habitaban los humanos.
Tenisson Tarb se corrigió al instante. Él estaba en el tiempo en el que esas bestias vagaban libres entre los humanos.
De nuevo contempló la escena y desistió en su intento de explicarla.
Tenisson Tarb era un publicista. Había nacido pero no sabía cuando. Había muerto pero tampoco recordaba de forma clara ese momento.
Sabía que había vivido varios meses de su vida en Venus; otros tantos en la Tierra. Y que su vida había sido colocada en un futuro lejano por alguien que vivió en 1950. Alguien apellidado Pohl era lo más parecido que recordaba a un padre, a un creador. A un dios.
Tenisson Tarb era un personaje de novela.
Por eso no se sorprendió de ver nacer a Dios.
-No deberías estar aquí –le dijo el niño que no lloró al nacer, pero que era capaz de hablarle- El que te creó no ha sido creado aún. No deberías estar aquí.

-Lo se. La literatura genera paradojas y las paradojas crean literatura.

- No te entiendo –dijo el niño y le sonrió-, pero tu no debes ver lo que ha de pasar.

Tenisson Tarb, personaje glorioso de una mente infinita, supo entonces porque había sido expulsado de su ficción para ser arrojado en la de otros.
Supo cual era la función de un publicista ficticio de un siglo XXII, aun por llegar y que nunca existiría, en mitad de una Judea real como la vida que él no poseía.

-Alguien te hablará, pequeño –dijo a su mudo interlocutor- No debes hacerle caso. Si realmente crees querer a aquellos a los que dices querer. No escucharas sus palabras.

- Dios me hablará.

- Por eso no debes escucharle. Tienes que hacerme caso. Soy un personaje de ficción. Él no me creó. No puede influirme.

-¿He de ignorar a Dios? –la pregunta era inocente, sin ninguna malicia-.

-No has de ignorarle porque no está allí donde crees que está. No has de ignorarle simplemente porque no está.
Dios es un producto de Marketing
Así escribió Tenisson Tarb, un personaje falso, el único evangelio verdadero.

martes, mayo 12, 2009

La alianza nalgar Hispano Francesa -con perdón-

Nuestros no demasiado amistosos vecinos, -los franceses, no lo marroquíes, ¡que para tres vecinos que tenemos nos llevamos mal con dos!- se debaten en estos días, como nosotros, intentando definir el suyo.
Nosotros también lo hacemos -lo de definir el nuestro, quiero decir, que de lo otro algunos ya no tienen ni recuerdo-, pero, mas tendentes a la competición, optamos por la comparación.
Así, vemos que el francés es redondo, circular.
Como todo en una república que se precie, es redondo porque tiende a volver a los principios, a girar hasta que encuentra reposo en alguna parte. Y como gira parece obligar a todas las miradas a que le sigan y persigan hasta que, por fín, se aparta de ellas cuando logra el ansiado y discreto aposento.
El nuestro, el patrio, es plano, angular.
Como se presupone en toda monarquía que se tenga por tal, es una línea recta cuyo principio se pierde por arriba, como si nunca hubiera existido y cuyo final se desaprovecha por abajo, como si nunca fuera a existir. Así consigue ser ignorado, aunque no logra acomodo tranquilo en parte alguna. Las miradas resbalan por él, no lo perciben, se le vuelven ajenas porque con tanta rectitud de líneas y de planos resulta imposible que alguien pueda intuir que es tridimensional.
El francés es opulento y movil.
El de nuestros vecinos lo llena todo -o al menos eso intenta- y no hay crisis ni ajuste que lo evite. Parece coparlo todo. Pese a las decoraciones, pese a los elegantes ropajes que intentan esconderlo en ocasiones, se hace presente siempre, repentino y hasta en ciertos momentos invasivo.
Y además es muy movil, se traslada por Europa y el mundo a fuerza de vaivenes, de compulsivos movimientos en una y otra dirección que, a veces son espectaculares, a veces divertidos, a veces preocupantes y otras ocasiones incluso hasta ofensivos. La cuestión es moverse de un lado para otro, ya sea mientras avanza o mientras retrocede.
Pero el hispano -¡ay el hispano!-, el nuestro es bastante rígido y raquítico.
No se mueve, ni siquiera a vaivenes. Permanece aferrado a su sitio sin un triste bamboleo, sin movimiento alguno que nos muestre señales de vida o existencia. Quizás porque no tenga nada que mover o porque carezca de la fuerza suficiente para cambiar su centro de gravedad con constancia y delirio como hace el fránces.
Y para más escarnio en la comparación, además es escuálido. Por mas que lo engalanen y enjaecen se nos hace pequeño, se nos oculta a todos, se nos desaparece. Apenas se vislumbra en ese raquitismo fruto de las hambres pasadas y las que han de llegar.
El gabacho, aunque duele decirlo, es deseado.
Todos andan detrás de él y quieren llevarlo a su terreno. Le gritan los trabajadores a los que la crisis ha llevado a la huelga, porque hace mucho tiempo que ya no pasa por la obra; le protestan los estudiantes a los que Bolonia ha lanzado a las calles, porque no acude a verles a las aulas, le quieren poner en forma los profesores a los que la privatización universitaria ha llevado a la resistencia, porque hace más de un lustro que no hace ejercicio. Los jubilados se le ponen en huelga porque no pasa regularmente junto a ellos -no me pregunteís como hace una huelga un jubilado y menos uno francés, pero ellos la hacen. Para algo son franceses-.
Todo el país ansía echarle mano de una u otra manera.
Hasta los que más se oponen a él, hasta aquellos a los que su presencia ofende y su porte desagrada, le echan miradas de reojo cuando nadie los ve, cuando las cámaras apuntan a otro lado y ponen esos ojitos de querer tenerlo cerca.
El ibérico no tiene, ni mucho menos, tanta repercusión. De hecho, es ignorado.
Ya nadie le hace caso. Los trabajadores no se giran a verlo porque nunca lo encuentran, los empresarios le ignoran por completo porque nunca les llama la atención. Hasta la iglesia, nuestra iglesia de palio y piernas prietas, hace caso omiso de él porque ya ni siquiera resulta pecaminoso y permanece tranquilo y sin salir demasiado, conforme a las más estrictas normas de la moral pacata vaticana.
Así que, una vez más, perdemos en la comparación con nuestros vecinos de las galias porque el suyo se mueve y el nuestro está muy quieto, porque el suyo llama la atención y el nuestro es ignorado, porque el suyo es opulento y circular y el nuestro plano y esmirriado.
Hay que reconocerlo. Hasta en las metáforas comparativas culares- como los buenos embutidos, que en eso si ganamos y por goleada al pais de Asterix y Clousseau- salimos perdiendo con respecto a lo que se estila en el lado norte de Los Pirineos.
Porque está foto tan lustrosa e ilustrativa; esta instantanea tan obvia e informativa no es otra cosa, -no puede ser otra cosa, supongo- que una metáfora nalgar para comparar el gobierno francés y el gobierno español ¿no?
¿Que sentido tendría sino haberla puesto en la portada de todos los periódicos?
Vamos, digo yo.

El nuevo sacramento vaticano de la penitencia

Por una vez y sin que sirva de precedente, Benedicto, el blanco inquisidor vaticano, va a lo suyo. Va hasta Israel, hasta Tierra Santa, hasta el mismo centro mitólogico y místico de los cuentos de niños contados por ancianos que son las religiones. Pero va a lo suyo.
Llega y habla de reabrir los santos lugares a los peregrinos, de la necesidad de la oración, de unir lazos entre las distintas religiones...
Por una vez, desde que empezara a abrir su pontificia boca allá en Ratisbona, emula a JP2, el papa consola que le precedió y al que ascendió con suma celeridad a los altares para verse libre de la necesidad de seguir su línea. A los santos se les pide intercesión, pero no consejo.
Por una vez parece que todo está en su sitio y que se trata por fin de una visita de esas pastorales y ecúmenicas que tanto le gustaban al papa polaco. Pero, ni siquiera en la iglesia vaticana, es oro todo lo que reluce.
Ratzinger va a Israel ahora, en este preciso instante, no para hacer misiones o para hacer pastoral. Va a hacer política, porque la política es lo único que puede mantenerle en el solio pontificio.
Llora y reza por el holocausto judío y clama contra el antisemitismo. Y parece que le importara, que realmente estuviera consternado por la supuesta ola de antisemitismo recurrente que algunos dicen que invade el mundo. Pero no es así. Está haciendo otra cosa. Está mudando la penitencia de sacramento en estrategia política.
El vicario austriaco recurre a la clásica contricción cristiana no para lavar su memoria y su conciencia de su obligado pasado hitleriano; no para limpiar y rechazar el pasado de la institución más antisemita que ha visto el correr de los siglos; no para reconciliarse con aquellos a los que los católicos -Sus Majestades, por supuesto- expulsaron de España, persiguieron en Francia o masacrarón en los campos y bosques de los Países Bajos y la Gascuña, siguiendo los consejos susurrados al oído por prelados y frailes, que hablaban con la voz que les dictaba Roma o Avignon.
El solitario inquisidor romano llega a Tierra Santa a utilizar la contricción como moneda de cambio con el Estado de Israel, a buscar aliados en su santa cruzada.
Aterriza en esas tierras tras sellar un pacto de no agresión y de pompas mutuas con el estado hebreo. Un acuerdo secreto -que todo debe ser secreto cuando se hace en tan altas instancias de la curia- que le permite lavarse la cara del fangoso patinazo que dio con Williamson, ese lefevreriano que no cree en los números del holocausto, a cambio de pasar un paño húmedo por el ensagrentado rostro de Israel, como hiciera La Verónica en el cuento del nazareno.
Sólo que, en esta ocasión, la sangre que el vicario enjugará del rostro de Netanyaju y los halcones hebreos de la guerra no será la de su martirio. Será la del martirio de otros.
Y por eso no importa lo que diga. Importa lo que calla.
Ratzinger no habla de Gaza, no habla de Palestina, no habla de la situación de miseria y sufrimiento de los territorios ocupados, no habla del Jerusalem ocupado, no habla de los que se quedan sin casa -en Italia sí porque un terremoto lo manda dios, pero cuando tu casa la tira un buldozer hebreo, la pólitica impone un respetuoso silencio-.
El blanco defensor del Santo Oficio no hace referencia al gusto del gobierno de Israel por las armas, elude comentar el hecho de que se ha convertido en una economía basada en la guerra, habla de holocausto pero no de progomo, habla de la reconciliación, pero no de la restitución, habla de las matanzas pasadas, pero no de las masacres presentes.
Y no es que al docto teuton vaticano se le hayan pasado por alto entre el ascetismo de su existencia y el misticismo de sus ritos y oraciones. Es que lo deja pasar en aras de lograr otra cosa, otro objetivo. En aras de ir a lo suyo.
Tal como está hoy en día el patio trasero de La Meca, recuperar al Islam le va a ser harto dificil después de lo de Ratisbona y su erudita referencia como ejemplo al monarca cristiano más antimusulman que ha dado la historia.
Y como ya lo da por perdido -al menos en sus almas- no le importa que siga el sacrificio de musulmanes - aunque incluya sus cuerpos- a manos de Hamás y del gobierno israelí, en una guerra que sólo beneficia a los líderes de ambos bandos.
No importa porque, con este nuevo acuerdo, él callará sobre Gaza e Israel callará sobre los ultraortodoxos católicos negacionistas. Y Ratzinger contará con dos aliados, que no podrán ni verse, pero que le serán útiles en la única guerra que considera realmente suya: en la santa cruzada contra el laicismo.
Los muertos palestinos, los muertos hebreos, los obispos negacionistas, los gobiernos militaristas, los grupos terroristas integristas y la sangre de miles de personas son sólo piezas de ajedrez en la nueva política de la penitencia que ha inaugurado Benedicto Ratzinger en su viaje a Tierra Santa.
Una política que, como no podría ser de otro modo, se tiñe del medievalismo de la Santa Alianza para luchar a brazo partido, ya no contra los infieles, sino contra aquellos que creen que la mítica y la mística no deben regir el mundo ni las mentes.
Asi que, por primera vez desde que el Santo Oficio ocupa el sitial vaticano, Benedicto va a lo suyo.
O al menos lo hace publicamente.

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