lunes, abril 27, 2009

Todos miran a la crísis mundial, pero nadie la ve

Cuando las cosas son globales, como esta crísis nuestra de estos tiempos, la primera consecuencia es que todos las miran, todos las observan.
No porque resulten llamativas e hipnóticas -que también- sino porque allá donde giremos la mirada nos la encontramos y no podemos eludirla. Si hasta la publicidad televisiva ya utiliza la crisis para sus fines, es que en ningún lugar podemos refugiarnos de ella para poder fingir que la ignoramos.
Podría decirse que eso es bueno, que, con tantos ojos mirando hacia ella, el viejo adagio de "cuatro ojos ven más que dos" se elevaría a la millonésima potencia. Pero parece ser que, una vez más, la sabiduria popular se antoja insuficiente para casos como este. En realidad todos miran hacia ella, pero se antoja que el efecto es el contrario. Todos la miran, pero nadie la ve.
Debe ser que cada uno mira en su concreto cuadrante, enfocando la vista por medio de un concreto par de gafas, a través de su pequeño prisma de intelectualidad ideológica . Y por eso, en los últimos días, todos creen encontrar, al atisbar por las facetas de sus alteradas lentes, que la crisis es buena para algo.
Primero están los dé las gafas de cerca. Esos que sólo saben que lo que tienen cerca y a veces ni eso porque la enseña gualda y roja siempre está haciendo visajes delante de su ojos.
Para esos la crisis por lo menos es buena porque está haciendo que se reduzca a menos de la mitad la llegada de inmigrantes ilegales y a cotas prácticamente insignificantes la llegada de legales.
Los de las gafas nacional españolistas de cerca dicen que eso es bueno porque así el trabajo -cuando lo haya, si es que llega a haberlo- será para los españoles, para los de pura cepa, para los de Chamberí, Triana o lo del mismo centro de Bilbao.
Sus peculiares anteojos focalizados en la patria y la bandera les impiden ver que lo que hasta ahora se solucionaba con la emigración se comenzará a intentar solucionar con la revolución o simplemente no se podrá solucionar ni siquiera mal y parcialmente como hasta ahora. Que el hambre matará más y mejor allende los mares.
Ignoran el hecho de que la falta de esa salida económica está potenciando los gobiernos personalistas en suramérica; está enquistando la explotación en Africa; está obligando a muchos a dejarse morir de hambre en lugar de arriesgarse a morir en mitad del Estrecho. No está salvando a nadie. Esta cambiando una muerte con posibilidades remotas de supervivencia por una muerte cierta.
Cuando levantas la vista con tus gafas de cerca -como diría el abuelo- todo se ve borroso en la distancia. Así que lo mejor es ignorarlo o fingir que no se ve.
A esos se unen los otros y las otras que ven todo a través del confuso mónoculo de la división de género.
Para ellos y ellas -que hablando de género hay que ser paritario- también la crisis tiene lecturas positivas.
Como sólo ven por un ojo y encima lo ven engrandecido -eso es lo que pasa con los monóculos-, la crisis se les antoja una ocasión inmejoraable para romper el patriarcado, el concepto de dominación masculina, los roles de género y todas esas cosas que, según su ideología, son lo que marcan el desarrollo de la civilización -y por tanto son los causantes de este crisis nuestra y de todos.
Que los hombres pierdan su trabajo es bueno porque así se rompera su rol de sostenedor de la familia; que los varones se vean abocados al paro es positivo porque así aprenderán a hacerlas labores domésticas y así un sinfín de bondades más de la destrucción de empleo que salvarán al mundo del patriarcado deforma gloriosa e irreversible.
Pero resulta curioso que, forzando la vista a través de su traslúcido monóculo, entre tantas reflexiones sobre el género y el empleo no hayan podido ver el hecho de que esta crisis ha generado que 800.000 hogares no tengan ingresos de ningún tipo, pero todavía haya dos millones de amas de casa.
¿No debería cambiar también el rol de esas mujeres que creen que pueden elegir si contribuyen o no al mantenimiento económico de su familia y creen que pueden eliminar esa responsabilidad, cambiándola por la del cuidado doméstico y de los hijos?, ¿ese concepto de feminidad no está en crisis?
Es de suponer que es mucho pedir para quienes ven en aumento sólo uno de los géneros, que su reflexión laboral no eluda el dato de que, pese a que en España el número de varones parados ya supera al de mujeres, se siguen mantendiendo 21 modalidades diferentes de ayuda a la contratación de mujeres y ninguna a la contratación de hombres.
Su vista centrada e incrementada en un género les impide fijarse en el aumento de los suicidios de hombres parados en España, les imposibilita reconocer que, por mucho cambio de rol de haya, cuando se ejecuta la hipoteca, tanto la ama de casa que no ha modificado el suyo, como el terrible y horrible patriarca que sí lo ha hecho y ya sabe cocinar, estárán en la calle y sin recursos.
A lo mejor no lo ven o a lo mejor no pueden reconocer que lo que ha hecho crisis es el modelo de discriminación laboral positiva tan políticamente correcto en nuestros días y que es la marca de fábrica de los que han construido los monóculos de género que tan orgullasamente lucen.
Pero todo lo que queda fuera del monóculo es pequeño y borroso y no merece la pena ser tenido en cuenta.
Pero ahí no acaba la cosa.
Para seguir con el muestrario de lentes difusas y confusas que salpican las bondades de la crisis, están los que la miran a través del telecospio. y todos sabemos que los telescopios sólo pueden mirar al cielo. Y en el cielo está dios -eso es irrefutable-.
Así que la crisis es buena porque nos da la oportunidad de mirar hacia el más allá, hacia el futuro que está aún más lejos del futuro y que nos llevará al paraiso o al infierno. La crisis nos permite volver la vista a la entelequia para pedir salvación, como nuestros ancestros visigodos pidieron el agua para los campos o la salud para las vacas.
Con el telescopio vuelto al cielo, la crisis nos hace posible volver a la moral que hemos perdido, a la abstinencia, al ascetismo y así recuperar el favor de aquel del santo nombre y nuestras posibilidades de salvación eterna.
La ausencia de recursos, la falta de soluciones terrenales -ya se sabe que lo humano es terrenal- está potenciando que se vuelva -eso al menos dicen los que cuantifican las miradas al cielo como formas de comunicación con el altísimo- a la confianza en dios, al respeto de sus normas y valores. A que los hijos pródigos del redil evangélico -cuantas esdrújulas tiene el lenguaje divino ¿por qué será?- se de cuenta de que son como Lot, separados de la felicidad por la perfidia moral de sus ciudades y gobernantes.
Con un ojo pegado a la contemplación celeste y el otro totalmente cerrado, queda completamente fuera del campo de visión que los que no practican el sexo será porque la crisis les ha dejado sin ganas, sin casa o sin coche para hacerlo, que la moral no da comer y que el maná sólo cae de vez en cuando en el Sinaí y no puede dar de comer a cuatro millones de parados.
Pero lo que no puede verse cuando se pone la visión en el cielo es que no importa. Si hubiera que tenerlo en cuenta dios mnadaría una señas. O algo parecido.
Y para rematar la colección de gafas y antiparras Crisis 2009 están aquellos que sólo se ponen las gafas de lejos y mirán a distancias kilómetricas en el tiempo y el espacio, buscando como solución ancestrales new deals roosveltianas de gente haciendo zanjas para luego taparlas por miserables salarios públicos.
Los que se ponen las gafas de sol ahumadas -de montura biodegradable, eso sí-, buscando soluciones ecológicas ea través de cambios de modelos energéticos en plazos prácticamente infinitos, que nos harían vivir una vida mucha más limpia a los que consiguieramos comer del aire y calentarnos con los cuerpos de nuestras parejas durante el proceso.
Los que utilizan el catalejo más arcaico para atisbar la lejanía en la línea del horizonte y lanzan sus rastas y sus puños alzados al viento, dando vivas al fin del imperialismo y a la liberación de los pueblos, que seguirán muriendo de hambre, pero liberados.
Los que se limitan a fijar sus ojos de miopias curadas por costosas operaciones con láser en el miscropio electrónico en el que pueden ver sus balances contables y exigen constantes inyecciones de miles de millones para salvar sus traseros y el sistema que ellos han llevado a la ruína, ignorando que el dinero hace falta para conseguir para otros lo que a ellos no les faltará, incluso sin empleo.
En fin, todo un catálogo de visiones parciales y lentes deformadas que hacen que, por mucho que miren a la crisis, sea imposible que la vean.
Así las cosas, la única solución para la crisis está en la denostada ciencia de la óptica y en la actividad industrial.
La ciencia debe inventar de una vez un modelo de gafas progresivas multifocales de amplio espectro con polaridad adaptable que corrijan todos los defectos visuales a la vez y que nos permitan ver a la vez lejos, cerca, al lado, alrededor dentro y fuera.
Quizás así se podría ver la misma crisis sin que nadie arrimara el ascua a su sardina y buscara oportunidades para reforzar sus privilegios o mantener sus posiciones.
¡Y la industria debe fabricar siete mil millones de pares de esas maravillosas lentes!

lunes, abril 20, 2009

Rouco asciende la crisis al rango de plaga bíblica -y a Keynes a los altares, supongo-

Ya estaban tardando.
Uno dedica sus mentes y sus corazones - que los de aquí abajo tenemos mentes y corazones para varias cosas- a otros pensamientos más personales y sentimentales durante un periodo de tiempo más o menos extenso y cuando regresa a preocuparse del mundo que está más allá de su mundo se lo encuentra regresado al milenarismo más esencial.
No es que sorprenda viniendo de quien viene -que es de quien terminan viniendo todas estas cosas, aunque parezca un trabalenguas-, pero resulta ya apenas sufrible que nuestro, siempre esperado por estos andurriales infernales, Rouco Varela recurra de nuevo al milenarismo para lograr que se le escuche -y, sobre todo, intentar que se le haga caso-.
Porque eso es lo que ha hecho al inaugurar hoy la enésima asamablea de la Conferrencia Episcopal Española. Tirar de milenarismo a falta de algo mejor.
Que cargue contra lo de la reforma de la Ley del aborto es algo comprensible -y hasta justificable-, si se tiene en cuenta su punto de vista; que la emprenda contra la Educación para la Ciudadanía es algo que se puede anticipar -aunque aún ni siquiera él tenga claro del todo cual es el motivo de su oposición-. De todos es sabido que para Rouco hay que oponerse a todo que incluya las palabra respeto y homosexual en la misma frase.
Pero lo que me hace pensar en milnarismo, en rogativas de flajelo y ceniza por los cabellos, en dulcinistas gritando ¡Penitenciachite! mientras arden en las hogueras inquisitoriales; lo que me hace pensar en el año 1000 y en el fin del mundo anunciado por aquellas medievales fechas es su frase final en el discurso:
"No saldremos de esta crisis económica, mientras no salgamos de esta crisis moral".
Vamos, que los señores de traje caro y portafolio de Davos y los muchachos de rastas multicolores y camiseta con lema antisistema de Belem se han estado quebrando la cabeza en valde; que los mandamases de G20 se han devanado los sesos para nada.
La crisis económica no tiene que ver con el fallo de la economía liberal, ni con la quiebra del concepto de riesgo financiero. La crisis nos la manda dios porque nos hemos apartado de su camino.
Bienvenidos al primer acto divino en versión completa desde los tiempos de Moises.
O sea que los agujeros financieros del tamaño de la Galaxia de Andrómeda que pululan por los estados contables de entidades bancarias varias son equiparables a la plaga de langosta -o de oscuridad, para estar mas a tono- lanzada sobre los ímpios egipcios en los tiempos mosaicos.
Y es de suponer que los activos tóxicos, el paro galopante, el endedudamiento hipotecario y la falta de liquidez bancaria son el equivalente moderno y keinesiano -¿habrá leído Jehová a John Maynard Keynes o se habrá limitado a revelarle su teoría económica?- al fuego caído del cielo sobre Sodoma y Gomorra.
Si es que cuando hay homosexuales de por medio, dios siempre se enfada mucho.
O sea que la crisis económica es producto de la crisis moral y por tanto es un castigo que nos hemos buscado por alejarnos de la doctrina inquebrantable y inamovible de la santa madre iglesia -católica, por supuesto-.
Y yo me lo creo. No soy muy dado a creer en lo que dice Rouco. Pero me lo creo.
Porque que un puñado de banqueros hayan decidido jugar a la ruleta rusa -o francesa, ya puestos- con el dinero de otros y cuando lo han perdido, eleven sus brazos hacia el Estado, el mismo Estado al que le han negado siempre la capacidad de intervenir en sus negocios, y le exijan dinero para cubrir sus errores e impunidad para no pagar por sus delitos, tiene que ir contra los mandatos morales de dios.
Porque que unas decenas de entidades bancarias que se han arriesgado más allá de los límites permisibles, se salven gracias a los dineros de toda la sociedad y luego pretendan no repercutir ese favor y quierar ejecutar hipotecas por la muerte de los avalistas o seguir cobrando sus intereses cuando el hipotecado ya ha perdido su casa, tiene que ir en contra de las normas morales eclesiales
Porque que unos centenares de ejecutivos cojan dinero que ha salido de los bolsillos de todos, cobren bonificaciones millonarias por unos beneficios que no han logrado para sus empresas y salgan corriendo a paraisos fiscales, tiene que ir contra la moral divina.
Porque que unos miles de empresarios aboguen por el despido libre y pretendan echar a la calle a sus asalariados para mantener su nivel de vida y no ver reducidas sus cuentas de befecios, tiene que estar enfrentado con la moral católica.
Porque que unos cuantos millones de intransigentes y locos furiosos en su xenofobia culpen a los extranjeros de las perdidas económicas que su consumismo y su falta de previsión les ha generado por hipotecarse para tres vidas y gastar para siete, tiene que estar frontalmente en contra de las enseñanzas morales del dios católico
Así que creo a Rouco. Por lo menos le creo hasta que recuerdo que, para él, la moral no se centra en los bolsillos y los cerebros. Se centra en las entrepiernas.
De modo que como 112.000 mujeres abortan en España y nuestro gobierno considera que hay que enseñar a los niños a respetar a la gente, independientemente de cual sea el sexo y la condición civil de aquel con quien comparten cama y placer -aunque sea el mismo que el suyo-, entonces nos hemos apartado de la moral de dios y dios nos castiga con una crisis económica de proporciones keynesianas, sino bíblicas.
Pues bien, Rouco recupera el milenarismo porque poco le queda por recuperar para justificar sus posiciones.
Pretende que volvamos al redil sexual de su iglesia, prometiéndonos que si lo hacemos la crisis económica pasara. Arrimando el ascua del temor y la falta de expectivas de futuro, que origina un horizonte económico negro como la pez, a la sardina de su dios y sus principios morales por debajo del ombligo.
Vuelve a mezclar churras con merinas y a recuperar ese dios de Lot que destruyó una ciudad por la sodomía y se cargó a todos los primogénitos de un pueblo. Vuelve a recurrir al temor milenarista al fin del mundo, al juicio eterno, a las rogativas para que lloviera, a los actos de contricción pública para que se salvaran las cosechas o se alejara la peste de los pueblos.
Retorna a formas y maneras que asustaron a los medievales, escamaron a los renacentistas, cabrearon a los ilustrados e hicieron reir a los liberales. Vuelve a lo único que le queda cuando se da cuenta que ni la lógica, ni la razón, ni sus propios feligreses le apoyan en sus argumentos.
Aunque, ahora que lo pienso con detalle, no vuelve a ello. No vuelve a sembrar el terror milenarista al castigo divino y a la redención medieval por la contricción para evitar las plagas que su dios manda contra los ímpios.
En realidad, no puede volver a ello porque nunca ha dejado de hacerlo.

sábado, abril 18, 2009

La Generación Sin Sentido

No hacemos lo que tenemos que hacer, simplemente hacemos lo que podemos hacer.
No somos lo que debemos ser. Simplemente somos y eso nos convierte en prisioneros de lo que nunca seremos por intentar ser lo que no somos.
No perdonamos porque no sabemos como hacerlo. No pedimos perdón porque no aprendimos a hacerlo.
No escuchamos lo que deberíamos escuchar. Los cantos de sirena se crearon para los oídos de los hombres.
No pensamos en aquello en lo que se debería pensar. Nuestros pensamientos vagan cuando deberían estar quietos.
No decimos lo deberíamos decir. Nuestras palabras no son nuestras, nunca nos han pertenecido y nunca lo harán.
No deseamos lo deseable. Nos limitamos a desear lo inalcanzable porque si lo alcanzáramos no podríamos seguir deseándolo.
No vivimos. Simulamos que vivimos para no reconocer que podríamos vivir de otra forma.
No luchamos, no tenemos motivos para hacerlo. Nos lanzamos a la batalla para poder ignorar los riesgos de la paz.
No creemos. Nos negamos a creer lo que nos enseñaron y por eso creemos lo que a cualquiera le parece increíble.
No caminamos. Avanzamos sin rumbo por miedo a retroceder y no hallar un camino de vuelta.
No tenemos nada de lo que deberíamos tener. Acumulamos humo en forma de ilusiones para evitar ver el vacío fondo del baúl de nuestras existencias. Pero no tenemos nada
No aprendemos lo que estábamos llamados a aprender. Aprendemos aquello que nos sirve para ocultar que no sabemos nada.
No miramos lo que podríamos ver. Lanzamos nuestra vista más allá del horizonte para no observar lo que se alza ante nosotros.
Y sobre todo...
No abrazamos lo que ansiamos abrazar porque no entendemos el significado que el otro da al abrazo.
No besamos los labios que deseamos besar por miedo a que recuerden otro beso ya dado.
No amamos. No amamos a quien deberíamos amar. Nos limitamos a amar porque la vida, la historia y el mundo no nos han preparado para otra cosa.
No somos la Generación Perdida, no somos la Generación Olvidada. Somos la Generación Sin Sentido.
Pero pese a ello, deberíamos cantar Aleluya cada vez que amanece y el sol nos da otra oportunidad de ser nosotros mismos.
Deberíamos guardar nuestra pena muy hondo para nunca olvidarla y llorar por aquellos que no saben llorar.
Deberíamos aprender lo que para nada sirve y ya ha sido olvidado.
Deberíamos luchar por las causas perdidas que ya fueron ganadas.
Somos La Ultima Generación que habita en un mundo sin sentido, pero aún así la vida intenta demostrarnos que es bella, por más que nosotros la maquillemos de desdicha.
No os equivoquéis. El Dios en quien no creo me ha concedido un don. Hago bellas las cosas con la palabra. No soy bello y se crear belleza. No estoy vivo y se imitar la vida. Estoy solo y me atrevo a acompañar a otros.

miércoles, abril 08, 2009

Sarkozy cambia la bandera de Francia para atacar la crisis

Mientras España es sacudida por los cambios de gobierno e Italia lo es por las ondas de Ritcher de una forma más dramática y visual, Francia, el tercero de esos países que lo mismo sirve para organizar una cumbre mediterranea que para realizar una lista de candidatos a ganar la Eurocopa, es sácudida por algo menos mediático que un cambio de gobierno pero tan trágico como un terremoto: la mal disimulada tendencia al absurdo de su presidente Sarkozy.
A este hombre pequeño la queda grande Francia. Una república antigua como la francesa necesita soluciones para la crisis -como todos- y Sarkozy inventa soluciones eludiendo la responsabilidad que le acarrea el peso de la historia.
Es incapaz de asimilar que dirige un país que llevó al mundo -a punta de bayoneta en ocasiones, eso sí- un lema y unos principios que, dicen los que sabe de esto, ahora rigen las conciencias de los europeos y de algún que otro estadounidense.
Sarkozy soluciona la crisis -o al menos lo pretende- cargándose aquello de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que le costara sangre sudor y lágrimas al pueblo y algún que otro cuello a la aristocracia francesa.
Intenta mantender Francia desmontándola, haciéndola pequeña, renunciando a aquello que -por más que otros pensadores mas sacros y teistas opinen los contrario- constituye la verdadera raiz de la formación de los estados europeos democráticos de hoy.
Como se le multiplican los inmigrantes, como se le suben a las barbas esos ultraderechistas de Le Penn que hablan de patria y bandera, como el no tiene el carisma de Jacques Chirac -al que votó la izquierda, con desinfección posterior incluida, con tal de evitar el ascenso de la ultraderecha- descuelga tranquilamente un lema de su Estado y un color de su bandera -¿cual será?, ¿el rojo o el azul?- y se carga la Igualdad.
Decide censar a los habitantes de Francia por color, por nacionalidad, por origen, por etnia. Decide que tener localizados a todos los que son de otra parte, los que han nacido en otra parte o los que son de un color origario de otra parte es bueno para Francia, es bueno para saber con qué margen de expulsiones cuenta su gobierno.
Recuerda a otras épocas pero a Sarkozy no le importa. Quizás es porque está más pendiente de los números que de los valores o de de las caídas de ojos de Bluni que de los mensajes que le envían las manifestaciones de aquellos que habitan su país, pero no le importa.
Discrimina, amenaza, infecta sus censos del virus de las listas negras, de la bacteria de la cruz en rojo a la derecha del nombre, de la enfermedad de los apellidos leídos en voz alta en la plaza del pueblo y obligados a subir al vehículo camino del destierro.
Crea ciudadanos de segunda y recupera tendencias de aquel Antiguo Régimen -el antiguo de verdad, no el hispano del pequeño general- en el que las personas estaban ligadas a la tierra y no podían moverse de ella y eran reconducidas de un lugar a otro en virtud de los gustos y necesidades del gobierno o los dineros.
Y, quitada una banda de la tricolor, eliminado uno de esos principios que hasta ahora se antojaban universales, por lo menos en Francia, observa que las cosas aún siguen sin marchar.
Así que, como el G-20 no le da soluciones, no le apoya en lo suyo, descuelga otro pigmento de esa enseña que un día fuera tricolor y, por mor de una ley digna de figurar en los códigos de algún rey medieval, borra lo de la Fraternidad del lema patrio.
Esto dice el rey:
"Cualquiere súbdito del reino que ayudare o prestare auxilio de algún tipo a bárbaro o extraño, que se encontrara dentro de las lindes de los dominios reales sin cedula o salvoconducto, será arrojado a presidio y se le confiscarán 30.000 soles o escudos de su hacienda por los aguaciles del Tesoro Real".
Es obvio que la ley no está enunciada así, pero una ley que se promulga con el nombre de Ley para instituir un delito tipificado de solidaridad con los extranjeros indocumentados merece una forma tan medieval como su fondo.
Sarkozy, despues de pedir ayudas a los demás países, de repartir -como todos- fondos que provienen de todos los bolsillos de Francia entre empresas, sectores y bancos como si se tratara de un diácono en Domingo de Ramos a las puertas de Chartres, hace desparecer, por arte de magia de decreto, la fraternidad con los que más lo necesitan, con aquellos que no han hecho nada para llevar a Francia -y a Europa en general- al lugar en el que ahora se encuentra.
Los franceses tendrán que preguntar y pedir los papeles a alguien antes de sacarle del agua, de darle de comer, de regalarle una manta, de darle medicinas o de ofrecerle un camastro. Los franceses tendrán que guardad esa fraternidad suya, que defendieron con sangre como algo inalienable y humano por excelencia, para los pobres patrios, para los miserables. Que esos son "solo de Francia", como diría Victor Hugo, otro francés eterno.
Ayudar a extranjeros es un delito no por el hecho de ayudar, sino por hacerlo con extranjeros indocumentados. Es algo que hace temblar el pulso al único principio que queda intacto en el lema de Francia: Libertad.
Sarkozy lleva a Francia a una nueva bandera. Ya no es tricolor. Sólo le queda el blanco, porque el blanco si es francés y franco, se supone. Conduce a paso firme de medieval mesnada a una libertad cercada, sola, aterida del frío que llega por los flancos que otrora cubrieran sus hermanas y temerosa de que la proxima carga del ancestral ejército del odio al extranjero la derribe tambien a ella para siempre.
¡Vive La France!

lunes, abril 06, 2009

Sentado a la izquierda del sitial del Gehenna

Dicen, los que son capaces de permanecer mucho tiempo muertos en El Infierno, que el trono del Príncipe de las Tinieblas, del que fuera el más amable las altas jerarquías celestiales, está escorado a la izquierda.
Afirman que siempre concede audiencia sentado en el mismo lado de su ancho trono de basalto y llamas, apoyado en el mismo brazo de su sitial incandescente. Hay muchas teorías al respecto. Las hay porque las fortalezas infernales están llenas de almas acostumbradas a pensar por su cuenta. Y eso no se olvida ni con el mayor de los suplicios.
Unos dicen que El Invisible Inexistente le impide sentarse en el otro lado, reservando su espacio para el Día Final; otros mantienen que El Señor de los Pecados aguarda compañía, que elegirá entre las más perdidas de las perdidas que se pierden en su reino. Y hay muchas más teorías. Pero ninguna tiene mucho fundamento.
El Amo del Mal no le reserva al Invisible ni el saludo. El Inexistente perdió hace eones el poder sobre él, justo en el momento en el que, aquel que fuera un ángel, descubrió que su existencia era cuando menos cuestionable.
Lo de la pareja tampoco se sustenta demasiado si se tiene en cuenta que Eva y Lilith llevan milenios pululando por las bóvedas basálticas tan perdidas como nacieron, tan perdidas como murieron, tan perdidas como ninguna otra podrá estarlo.
Así que, en realidad, nadie sabe porqué Luzbel, el Ángel Negro, siempre se sienta en el mismo lado de su regio asiento. Nadie sabe qué es lo que hace apoyado siempre en la izquierda. Pero claro nadie, ni en la más antigua de las simas infernales, conoce a Aluaiah.
Bueno, Adramelech, El Señor del Dolor, la conoce. Pero no la recuerda.
Dos eran antes de que los humanos influyeran en el tiempo.Dos, los que hablaban por los seres alados y a los seres alados. Cuando El Invisible era un rumor, cuando el Inexistente no pugnaba por el poder y los dioses eran sueños y preguntas. Dos hablaban por los ángeles. Una de ellos era Aluaiah.
Y se decía que su canto era como lo que habría de ser la miel cuando existieran las abejas; que su rostro era como debía de ser la luz cuando anegara los mundos; que sus ojos eran como serían los astros cuando los hados conjuraran la suerte y el tiempo para permitir su nacimiento. Aluaiah era como debía ser el universo. Así que resultaba fácil pensar que Aluaiah era el universo.
Pero aquellos que nacieron fuera del tiempo eran muchos. Los alados no estaban solos. Ni en sus vuelos ni en sus vidas. Otras razas acuciaban y reclamaban; otros seres esperaban y crecían; otras vidas medraban y exigían.
Y por si fuera poco, por si la presión sobre los alados fuera poca, surgió el Inexistente. Empezó como un rumor que se transformó en una conjetura que se volvió una hipótesis. Y así creció hasta transformarse en una creencia. Y entonces fue imposible de detener, de explicar, de combatir. La creencia no deja espacio a la realidad.
Pero los alados no desistieron. Recurrieron a los dos que hablaban por ellos. A uno de ellos. Cada uno depositó sobre él una porción de su congoja, de su miedo, de su valor y de su bondad. Eso le hizo fuerte.
Cada miembro de cada clan angélico arrojó sobre él una parte de su confianza, de su ansiedad, de su esperanza y de su futuro. Eso le hizo resistente.
Uno por uno, los alados primigenios, volcaron sobre él un ápice de su fuerza, de su habilidad, de su pensamiento y de su razón. Eso le hizo sabio.
Y hasta el último de su raza le concedió una fracción de su osadía, de su arrojo, de su canto y de su risa. Eso le hizo luchador.
Pero Aluaiah no pudo darle nada a aquel que era la otra voz de los alados. A aquel que susurraba cuando ella cantaba; a aquel que recitaba cuando ella declamaba. Aluaiah era el universo y el universo o es entero o no es. Así que Aluaiah sólo pudo amar a Adrariel, sólo pudo besar al otro que fuera y era la voz de los angélicos; sólo pudo cuidar al que desde siempre había hablado, cantado y susurrado en armonía con ella.
Eso le permitió luchar. Eso le convirtió en Adramelech.
- ¿Por qué luchas? -preguntó a Adramelech el líder de los Lockyas, los seres de dolor, cuando yacía derrotado a sus pies-.
- Para evitar a los míos tu dolor -contestó Adramelech y entonces supo que el universo era dolor. Eso le transformó en el Señor del Dolor, pero Aluaiah le besó y él lo olvidó.
- ¿Para que luchas? – inquirió, postrado en su rendición el Señor de los Dornais, los seres etéreos de la desesperación-.
- Para que tu desesperanza no caiga sobre los míos – respondió Adramelech y sus ojos pudieron ver que la desesperación es una fuerza del universo. Eso le convirtió en El Amo de la Desesperación, pero Aluaiah le acarició y él lo olvidó.
Y así ocurrió durante eones, durante los milenios en los que la lucha de los angélicos les enfrentó a la desolación de los Eluhim, a la crueldad de los Niahu, a la traición de los Dornamus, a la maledicencia de los Croahim, a la sinrazón de los Malahu.
Cada vez que Adramelech se enfrentaba a ellos y a sus líderes, reconocía un aspecto del universo, una de esas realidades efímeras y macabras que compondrían la esencia de cómo sería cada mundo, cada estrella, cada ser. Y cada vez que lo hacia llegaba un beso, una caricia, una sonrisa, un abrazo de Aluaiah que le hacía olvidarlo.
Y así sucedió hasta que hubo de enfrentarse al Invisible, al Inexistente.
Los primigenios alados creyeron que era un enfrentamiento más. Que sería duro, que sería doloroso y que requería todo el esfuerzo de su paladín, de aquel que había hablado por ellos y ahora combatía en su nombre. Creyeron que corrían, como en cada batalla, el riesgo de caer derrotados y creyeron que podían vencer.
Se equivocaron. Adramelech sabía que ni siquiera podían luchar. No tenían armas contra la creencia.
Intentó hacérselo saber a sus congéneres. Intentó decirlo, pero su voz se astilló. Intentó cantarlo, pero su tono se quebró. Intentó escribirlo pero sus manos, temblorosas y encallecidas tan largos siglos de empuñar la espada, hicieron su letra ininteligible.

Así que Adrariel, el que luego fuera Adramelech, Señor del Dolor y Guardián del trono llameante del Príncipe del Mal, hizo lo que era imposible hacer, lo que ningún alado había tenido que hacer antes y lo que ninguno tendría que volver a hacer nunca. Se giró y aceptó su soledad y así se fue a la batalla. A esa que sabía que no podía vencer porque no podía luchar.
Se enfrentó al rumor que era una bruma; combatió contra el silencio que era una fe y luchó contra la creencia que era una inexistencia. Y, como ya sabía que ocurriría, no pudo derrotarla. Un alado no puede derrotar la creencia. Ellos son incapaces de creer. Ellos conocen. Ellos saben.
Y como su espada sólo hendía aire, olvidó que había olvidado y sufrió recordando el dolor de su primera batalla. La creencia que era El Invisible cogió el dolor vencido de los Lockyas y le dio forma contra Adramelech.
Como su escudo sólo detenía cielo, Adramelech olvidó que había olvidado y gritó. Su grito restituyo la desesperación que había arrancado a los Dornais mientras El Inexistente construía otra parte del universo con ella.
Como su valor no encontraba enemigo, Aquel que Hablaba por Todos, olvidó que había olvidado y quiso matar. Su deseo permitió al Invisible restituir la desolación de los Eluhim, la crueldad de los Niahu, la traición de los Dornamus, la maledicencia de los Croahim y la sinrazón de los Malahu. Le permitió crear con esas fuerzas un universo donde antes no había otra cosa que creencia, silencio e inexistencia.Como ocurre todo en el mundo de los que no perciben el tiempo, la batalla fue eterna, lenta y dolorosamente eterna. En los eones que duró, nacieron y murieron trillones de seres, florecieron y se pudrieron multitud de civilizaciones formadas por razas ignotas en mundos inalcanzables; prosperaron y decayeron seres inconcebibles que son recordados por los alados y soñados por otros como mitos y pesadillas. Y luego, cuando Adramelech descubrió el llanto, cuando la batalla estaba a punto de concluir, llegó el hombre.
Adramelech lo vio entre el salado líquido de su derrota. Aluaiah lo vio y supo que estaría condenado al Invisible, al Inexistente, a la creencia.
Deseó que pudieran disfrutar del universo que ella era, pero el universo sólo es uno y Aluaiah, que tenía que ser ese universo, ya no podía estar donde estaba, yo no podía ser lo que estaba llamada a ser, porque la creencia había organizado un universo diferente y lo había puesto en manos del Invisible.
Y fue entonces cuando hizo lo único que podía hacer. Brilló como debía haber sido su luz, mostró por un ínfimo instante lo que debía ser el universo y ya nunca sería por culpa del rumor que se hizo dios.
Brillo con tanta belleza, con tanta fuerza, con tanta furia que se ganó el apodo por el que fue conocida y condenada; que se ganó el nombre con el que fue expulsada de las Casas Celestes. Quería que el hombre supiera, no creyera; quería que Adrariel recordara.
Pero el hombre no entendió nada y Adramelech ya había olvidado.
Así que Luzbel, la que fuera Aluaiah, se sienta a la izquierda de su trono porque hay sitio para dos, aunque Adramelech, de pie a su lado, no lo recuerde o no quiera recordarlo.Porque el universo será hermoso y completo cuando la creencia del Inexistente vuelva a ser un rumor, cuando El Invisible vuelva a ser la bruma que nunca ha dejado de ser.
Simplemente, porque ese es su lado del sitial.

Que sí, que no. Falta la opinión del toro

Entre tanta polémica taurina sobre festejos y nos festejos me faltaba una línea de pensamiento que yo creía fundamental. Así que me puse al habla con el que yo creo más implicado en el asunto -milagros de Internet y de la imaginación literaria- y estó fue lo que me contestó:
Estoy muerto. O al menos debería estarlo.
Todos mis familiares han muerto. Hace miles de años que dejaron de vagar por el mundo, porque entonces vagaban por el mundo. Atravesaban continentes, viajaban incansables y recorrían todo el orbe en un año.
Me han dicho algunos, que han llegado con noticias del otro lado del gran lago de agua que no se puede beber, que a nuestros primos de esas tierras les ha pasado lo mismo. Que ya no queda ninguno, que apenas hay unos pocos y tampoco pueden viajar por donde quieren. Ellos creen que si, pero cuando menos se lo esperan aparece alguien o algo que les obliga a darse la vuelta y volver sobre sus pasos.
Pero en cualquier caso no les considero familia mía. Hace mucho tiempo que los abandonamos, que nos separamos de ellos para venir a estas tierras más pequeñas pero más ricas. Hace mucho tiempo que no sé nada de ellos. Ni de ellos ni de Padre.
Me han dicho también que una isla han revivido a Padre, al Uro. Y que Padre vuelve a estar feliz en los bosques. Me alegro por él. Se lo merece. Es muy viejo y tiene derecho a descansar algo después de todo lo que ha corrido y todo lo que ha batallado.
Pero Padre tampoco es mi familia. Es demasiado antiguo para serlo.

Y los que están en la tierra libre tampoco tienen mucho que ver conmigo. Ellos no han cambiado, siguen siendo lo que fuimos. Siguen corriendo, viviendo, comiendo y muriendo como lo hicimos hace miles de años. Ellos tampoco tienen nada que decirme. Yo no podría entenderles y ellos no podrían escucharme.
Me han llegado rumores que otros de los míos se han hecho proclamar dioses en las lejanas tierras cercanas al nacimiento del sol. No dejan que nadie les toque ni les mire siquiera. No dejan que nadie esté a su lado y campan a sus anchas rompiendo y destrozando lo que se les antoja. Esos si que , desde luego, nada tienen que ver conmigo.
Yo ni siquiera sé lo que significa ser un dios.
Así que estoy solo. Bebería estar muerto pero de momento estoy solo.
La tierra en la que vivía ya no existe. Ha sido sustituida por un terreno duro y firme en el que no crece nada. Las plantas de las que me alimentaba ya no existen. Hay otras, pero esas no. Al principio las nuevas me sentaban muy mal, pero me he acostumbrado a masticarlas mucho y muy despacio para poder comerlas. Ahora puedo digerirlas, pero no son las plantas con las que me alimentaba.
Los árboles bajo los que descansaba tampoco están. Los que les han sustituido, los pocos que les han sustituido, son mucho más rugosos y pequeños y te raspan la piel cuando te echas la siesta junto a ellos.
Yo, como todo lo que me rodeaba, debería estar muerto, pero no lo estoy. No lo estoy gracias a ellos.
Me han mantenido con vida y se lo agradezco. Me han buscado nuevos manjares para comer y nuevas tierras en las que vivir y les estoy agradecido por ello. Pero, sobre todo, han tenido la gentileza de acompañarme en este día. Eso no se lo podré agradecer nunca lo suficiente.
Durante mucho tiempo nos mantuvieron vivos. Nos trataban bien y algunos de ellos jugaban con nosotros para que nos entretuviéramos. Sus jóvenes, ataviados con unas curiosas telas de colores, saltaban sobre nosotros y hacían cabriolas a nuestro alrededor hasta que conseguían que nos divirtiéramos. Pero eso pasó. Los jóvenes suelen cambiar de gustos y de diversiones.
Ahora sólo vienen a acompañarnos en días como hoy. Pero aún así se lo agradecemos.
Los que vienen a verme son luminosos. Brillan hasta tal punto que apenas puedo diferenciar sus rostros. Sus cuerpos relucen cuando el sol les da de frente y sus caras están serias, como si estuvieran tristes.
Esos, los que relucen, son los que me acompañan todo el tiempo. Pero hay muchos más.
Si miró alrededor puedo ver infinidad de ellos. Todos han venido a verme. Todos están aquí por mi. Las hembras lucen algunos de sus mejores atavíos. Lo sé porque se los he visto en otras ocasiones importantes. Y lo hacen por mi.
De pronto veo a uno de ellos y un caballo. Los caballos no deberían estar aquí, así que intento apartarle, pero él se niega. Se mantiene firme y tozudo negándose a marcharse de este lugar. Y luego dicen de los míos. Los caballos si que son cabezotas.
Entonces siento el dolor. Un dolor fuerte, punzante. Algo me desgarra la piel desde arriba. Lo siento y doy gracias. Por fin ha comenzado. Por fin terminará.
Los que han venido a verme contienen el aliento y lanzan exclamaciones. Se preocupan por mi, debería decirles que no lo hagan. Levanto la mirada y veo como muchos de ellos tienen trozos de tela blancos en las manos; de esos pequeños trozos de tela que usan para limpiarse las légrimas.
Nosotros cuando algo nos duele alzamos la cabeza y gritamos, pero ellos dejan escapar pequeñas gotas de rocío de su cuerpo. Es hermoso. Es triste. Le llaman llanto.
Y ahora muchos de ellos han sacado sus pañuelos porque están tristes por mi. Los relucientes me muestran telas de colores felices para apartarme del caballo, para apartarme de mi dolor y yo les sigo porque se que eso es lo que quieren.
Los dolores siguen llegando desde sitios que no veo y los que están conmigo siguen sufriendo por mi. Siguen gritando y suspirando de alivio cada vez que uno de los relucientes, de los que brillan, usa su tela para apartarme del dolor. Creo que no deberían hacerlo yo estoy haciendo lo que debí hacer hace mucho tiempo. Lo que todos los míos han hecho. Lo que todo mi mundo ha hecho.
Y entonces llega el momento. Siento como un dolor, frío como el acero, atraviesa mi cuerpo. No podré recuperarme de él. La sangre comienza a manar por mi boca. En un último intento los buenos brillantes quieren también apartarme de ese dolor. Todos a la vez giran en torno mío. Pero no pueden hacer nada. Caigo y creo que ya no volveré a levantarme.
Veo borroso, quizás sea porque ya debería estar muerto, pero consigo escuchar como todos los que han ido a acompañarme en este trance se levantan y claman por mi. Juntan sus manos haciendo un ruido que ellos llaman aplauso para homenajearme en mi hora final, para reconocer que estoy camino del lugar en el que hace mucho tiempo debería estar. Vuelven a sacar los pañuelos. Lloran por mi , porque les dejo. No se porqué me quieren tanto.
Una vez escuché que a muchos de los suyos les hacen lo mismo. Una vez escuché la historia que uno de ellos contaba sobre un hombre al que le hicieron lo mismo que a mi. Le golpearon, le clavaron cosas en el cuerpo y luego le acompañaron mientras moría en un poste o algo así. Fueron muchos a verle y otros muchos aún lo recuerdan. Debían quererle mucho.
Mientras veo entre las tinieblas de mi propia sangre al último brillante acercarse a mi para intentar evitarme el último dolor que me sacude la cerviz, comienzo a contemplar a los míos por fin de nuevo juntos en el mundo que vivió cuando nosotros vivíamos. Ya no importa el dolor ahora estoy como debería haber estado hace 10.000 años. Ahora estoy muerto.
Pese a ello, no puedo evitar pensar en que curiosos animales son los humanos. Me han mantenido vivo tanto tiempo para no dejarme morir en soledad.
Que detalle ¿no?.

domingo, abril 05, 2009

Los homosexuales siempre han estado enfermos -pero no como algunos creen-

Por fortuna para vosotros, muchos nunca conoceréis a la profesora Tomás y Garrido, nunca escucharéis sus palabras, nunca soportaréis sus falacias disfrazadas de argumentos, sus odios aderezados de gags humorísticos, sus perversiones ideológicas revestidas de Cátedra de Bioética y discurso magistral.
Por fortuna para vosotros, ella tiene razón.
Los homosexuales habéis demostrado a lo largo del tiempo que habéis estado enfermos. Enfermos con el virus de una libertad que os ha sido negada, enfermos de una inflamación tan descomunal de la glándula de la lucha y la dignidad que os ha hecho levantaros cada vez que os han golpeado, cada vez que las profesoras Tomás y Garrido que han salpicado la historia con uno u otro sexo os ha intentado borrar, ocultar, ningunear.
Los homosexuales estaís tan enfermos de esa bacteria que tiende a anularnos los miedos y a hincharnos la razón y el orgullo, que hacéis festivales de cine, manifestaciones y fiestas mientras los otros -no los hetrerosexuales, sino los que tienen miedo de los que no lo son-, se encierran en sus sanas sacristías disfrazadas de aulas y en sus desinfectadas casas pertrechadas de miedo.
Estaís y habéis estado enfermos de esa lepra que os tiró las caretas, que os rompió los armarios, que os mudó esas pieles de lobo que nunca fueron vuestras, que os desnudó las carnes a vuestras propias pieles.
Sufrís esa patología, peligrosa para unos y gloriosa para otros, que os permite lograr que os disparen por fuera sin que os maten por dentro. Sufrís una clara enfermedad constante que lleva a vuestros cuerpos allá donde los dirigen sus instintos y conduce a vuestros cerebros al lugar donde previamente ya habían llegado vuestros cuerpos.
Sufrís la afección ocular que os permite miraros al espejo de vuestras propias vidas y sentiros orgullosos de amar a quien amaís y amaros a vosotros, aunque todas las Tomás y Garrido del mundo no lo entiendan.
Estaís tan exquisitamente enfermos que sólo os queda un síntoma.
Quedaos ahora sordos y no escuchéis lo que dice otra que se ha hecho santa, que se ha hecho defensora de la causa perdida de lo que es indefendible.
Para gente como la profesora Tomás y Garrido, insigne bioética, la dignidad, la pasión, la realidad, la lucha, la afirmación y el amor son sólo enfermedades. Por eso está en lo cierto
Cerrad vuestros oídos y seguid siendo vuestros. No están equivocados, siempre habéis sido enfermos.

sábado, abril 04, 2009

Córdoba o el pregón de las narices -uy perdón, quise decir de las raíces-

Ya estamos otra vez con los pregones.
Esto de los pregones me tiene un poco escamado. Si las fiestas se marcan en el calendario -en rojo, en verde, etc, etc.-, si, además, las anuncian en los periódicos, se publican en el Boletín Oficial del Estado y se anuncian con filas kilómetricas de coches en las carreteras, ¿para que se supone que sirven los pregoneros festivos?
Por lo que se ve para enlodar. Por lo menos los que hacen pregones de Semana Santa.
Curioso concepto ese el del pregón de Semana Santa porque me imagino que no estará pensado al modo del archifamoso ¡Pamplonicas, Viva San Fermín! con posterior estallido de chacolís, vinos de la tierra y sidra de todo a cien.
No me imagino yo una arenga semejante del estilo ¡Cofrades, Vivan los Trienta y pico latigazos del calvario! o ¡Nazarenos, Vivan las x mil caídas dolorosas camino del Gólgota! y mucho menos el posterior restallar de flajelos al únisono regados en abundantes litros de Lacrima Christi.
Así que ¿para que sive el pregón de Semana Santa? ¿Es que a los católicos se les olvida cuando se murió su supuesto salvador?, ¿es que, como la fiesta se mueve tanto, corre el riesgo de extraviarse?, ¿es, quizás, que la ola de laicismo que nos invade, como antaño el erotismo, hace necesario gritar a los cuatro vientos que la guardia muere pero no se rinde?
Porque no creo que el pregón esté destinado a hacer política sacra, recalcar los enfrentamientos y encender lo ánimos. No puede ser eso. Creo que he leído en algún libro de cuentos muy antiguo que el tal Joshua murió intentando evitar eso.
Me temo que, como todo en este circo sacro que se nos viene encima, sólo tiene una función: sacar los pies del tiesto.
Y como está para eso, se ataca a los homosexuales, se perora contra el laicismo y se arremete contra contratos y acuerdos sociales firmados y rubricados hace un cuarto de siglo.
Con lo sencillo que sería un festivo ¡Católicos, Viva la Pasión y Muerte -y resurrección, si el dogma lo precisa- de Cristo, Hincad la rodilla y a rezar tres días para lavar el alma y la conciencia! Y a otra cosa.
Lo más dantescamente divertido es que el pregoncito de marras -en este caso en Córdoba, pero podría haber sido en cualquier otro idiosincrático sitio de la geografia sacra de nuestro país- hace, como siempre referencia a defender "las raices cristianas de la sociedad".
Y lo hace, ignorando que la fiesta que hacen se inventó para cubrir otra muy anterior que nada tenía que vercon su profeta y supuesto redentor, que esos pasos tan bien tallados de Salcillo o Churriguera son remedos modernos de estatuas de Beltaine y otros dioses menores que recorrián los bosques -también por el solsticio- buscando más cosechas y menos redención y más lluvias primaverales y menos perdón de los pecados.
Ignorando que las raices de la sociedad que les permite perorar contra las leyes gracias a la Libertad de Expresión se asientan en la tierra liberal y laica de la revolución francesa; que el derecho básico a la vida, que tremolan con sus lacitos blancos tan elegentes y virginales, hunde sus zarcillos en lo más profundo de una Declaración de Derechos del Hombre que, poco o nada tiene que ver con la supuesta tradición cristiana; que la Libertad de Culto que sacan a colación cada vez que alguien les lleva la contraria o les recorta dádivas y fondos hunde sus raices en el concepto romano de panteismo imperial -que curiosamente judíos y cristianos fueron los únicos en no respetar-.
Recurren a las raíces, olvidando que el cristianismo ortodoxo y romano ha hecho todo lo posible por eliminar esas raíces a lo largo de los siglos para sustituirlas por otras que se inventaban sobre la marcha, que ingertaban a toda prisa y que hacían crecer abonadas degolpes de inquisición y derramas de miedo.
Hablan de un derecho que es romano y pagano y napoleónico y anticlerical.
Hablan de una ciencia que es griega y pagana y nazarí y musulmana.
Hablán de una lengua que es latina y pagana, árabe y musulmana y germánica y arriana.
Hablan de unas fiestas que son celtas y paganas.
Hablan de una filosofía que fue griega, romana y pagana mucho antes que escolástica.
Hablan de divisiones geográficas que fueron romanas y árabes mucho antes que cristianas
Hablan de un conceto de pueblo que fue bárbaro, franco, godo y pagano
Y todo eso se supone que no son nuestras raíces, que no forman parte de todos esos intangibles que conformaron la cultura y la forma de organización social y política de occidente.
Y en todo ello poco hay de cristiano y mucho menos aún de católico.
Claro que quizás se refieran a la intolerancia religiosa, al poder absoluto basado en el derecho divino, al adoctrinamiento, a la imposición por la fuerza la sangre y el fuego del pensamiento único y la moral unívoca.
Si es a eso a lo que se refieren con las "raices católicas de la cultura occidental" entonces van a tener razón
Ahora comprendo el pregón mucho mejor. Es un alivio.

A la sombra de los barbaros - Lo que occidente siempre hace cuando se derrumba-

Entre tantas fundaciones y refundaciones del capitalismo, entre tantas definiciones y redefiniciones del liberalismo, se nos está escapando algo.
Estamos dejando de percibir -o simplemente nos empeñamos en no percibir- otras refundaciones y redefiniciones que, como nos descuidemos, terminarán siendo más importantes para el mundo que todos los replanteamientos que se ha hecho el G-20.
Mientras Obama pide a gritos -bueno en voz alta, que él es nuy educado y no grita- una nueva visión del mundo, los hay que están enmpeñarnos en resucitar una que ni siquiera debéría verse con los ojos cerrados en una pesadilla.
Mientras aquí se reinventa el laicismo y se recompone el teismo por medio de autobuses, en Italia redescubren la segregación en el transporte público, en un giro al pasado que nos arroja a los discursos en blanco y negro - no podía ser de otro modo- del Duche y a las bancadas separadas que hasta ayer eran sólo un recuerdo borroso de Sowetto o Lousiana.
Mientras discutimos en bares y programas matutinos si un hombre puede ser madre y si tiene derecho a serlo, para no ofender a esas doñas de feminismo en boca y Chanel en cuerpo y alma, que creen que la maternidad es un reducto inalienable de su poder social, Irán redescubre el linchamiento por sodomia -tan medievales son que aún usan ese término- y la lapidación por lesbianismo -para eso no existe término medieval alguno-.
Mientras nos preocupamos por redibujar las líneas que marcan el comienzo de la vida y el principio de la muerte, Israel redescubre el camino más corto matando a madre e hijo con un sólo disparo y refunda el progromo, haciéndolo infinito, inacabable, convirtiéndolo en capítulos lentos de un culebrón de sangre y sufrimiento.
Mientras los políticos patrios redefinen la forma de eludir la justicia con querellas, protestas, con falsas comisiones y con aforamientos, Allende los mares reinventan la forma de encancelar opositores varios, por traiciones melifuas y causas demoradas sin juicio y sin sentencia.
Vamos, que mientras los líderes mundiales redefinen el mundo, ese mundo es empeña en volverse fascista sin que nadie lo pare.
Dicen que es por la crisis. Pero no es por la crisis. No es tan sólo por eso.
Es porque nosotros, occidentales rancios que nos consideramos herederos eternos del imperio que en un tiempo fue eterno, hacemos lo de siempre.
Cuando las cosas se oscurecen, se hacen complicadas y se vienen abajo, miramos hacia nuestras fronteras buscando un enemigo a quien culpar de todo y siempre lo encontramos. Siempre quedan los bárbaros.
Y el bárbaro latino -o sea el extranjero, hoy llamado inmigrante- se vuelve el objetivo, el culpable de todo, el que nos roba el pan y nos quita la tierra. En ello nos enrrocamos y a ello nos ponemos.
Francia los censa, España los repatria, Inglaterra los limita, Italia los segrega, Austria los expulsa, Polonía los prohibe e Israel simplemente los mata. Aunque tengamos claro que nunca han sido ellos los culpables de esto.
Fingimos olvidar que no fueron los que llegan de lejos quienes se endeudaron por encima del sueldo de tres vidas para comprar viviendas que luego no puedieron vender por el triple del precio, cuando el aire de egoismo y avaricia que llenaba la burbuja se escapó por los agujeros financieros de las inmobiliarias.
Nos negamos a seguir recordando que no fueron los bárbaros los que hicieron elevarse los precios con la falsa demanda que nuestro tórrido placer por andar la última originó en las curvas occidentales de inflación, al necesitar, como el sediento el agua, un coche cada año, un movil cada més y un bolso cada día.
Queremos ignorar que no fue el extranjero el que nos obligó a desarrollar un modelo energético basado en combustibles fósiles que nunca hemos tenido y que son limitados y en una tecnología que se construye con componentes extraidos de minas que no están dentro de nuestras fronteras imperiales, sino precisamente, en tierras de los bárbaros.
Olvidamos el hecho de que los ejecutivos de contratos blindados, los que reciben primas que luego no devuelven, los que meten la mano en la caja de empresas y escapan corriendo hacia Suiza, Monaco o las Islas Caimán nunca han sido extranjeros. Siempre son de los nuestros, de esos que han nacido y crecido muy dentro del imperio que hoy se hace pedazos.
En resumen, olvidamos que hemos sido nosotros los que hemos destruido el sistema, los que lo hemos llevado hasta un extremo de avaricia e irresponsabilidad que raya en lo infinito, los que hemos apostado a la ruleta rusa y hemos concluido ese juego con un sordo disparo en la sien de nuestras propias casas, de nuestros propios bancos, de nuestras propias vidas.
No ha sido el extranjero, el bárbaro, el que llega de fuera. Si hoy estamos en crisis, si hoy todo parece derrumbarse, el culpable está dentro y nunca ha estado allende las fronteras.
Pero eso no se dice y ya ha pasado antes. Hace setenta años.
Quizás, todos aquellos que están redibujando todo a paso acelerado, deberían olvidarse de redefinir capital, liberalismo, sexualidad, vitalidad o morbilidad y dedicar más tiempo a fijarse en este pequeño punto que pasa inadvertido entre tantos discursos.
No sea que cuando acaben de definir todo lo que a ellos les parece importante, se giren hacia las sociedades y los pueblos sobre los que gobiernan y se den cuenta tarde de que, mientras ellos se ocupaban de darle nuevo rostro a nuestra economía, el monstruo del fascismo ya ha sido revivido y no puede matarse.
También eso habrá ocurrido antes. Hace setenta años
Y , como todo lo otro, tampoco habrá ocurrido por culpa de los bárbaros

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