lunes, marzo 30, 2009

Pedro Solbes se ha convertido en Jesús Vázquez

Hoy a leer le prensa - vale, leo la prensa, ¿y qué?- me he dado cuenta y he quedado perplejo. Pedro Solbes es clavado, clavadito a Jesús Vázquez.
Más allá de los plexos solares de infarto del adonis televisivo, más allá de la barba canosa y recortada que otroga aspecto de respetable patriarca -uy, perdón que en la era de las paridades ningún patriarca es respetable- que nos luce el ministro. Mas allá de trajes serios o camisas floreadas y ajustadas, más allá de calvicies y ondas de pelo mareantes, el laborioso y silencioso ministro y el risueño y deseado presentador son la misma persona.
A Pedro y a Jesús se les caen las cajas a las primeras de cambio.
Y puestos a pensarlo, esto de Caja Castilla La Mancha y su caída no iguala solamente al ministro con el chico del programa ¡Alla tú !y su constante obsesión con librarse de cajas. Iguala a este gobierno y los que dicen ejercer de honrada oposición con pizzeros, dependientas e incluso zapateros -pero de los que venden zapatos, no de los que dirigen gobiernos-.
No por tirar las cajas en si mismas, que un cartón con cuatro macilentas rodajas de insulso peperoni o una cajita mona para guardar pendientes, no son lo mismo que una señora caja -de esas que dicen que están guardando ahorros, pero juegan con ellos a la ruleta rusa- de a nueve mil millones el tropezón.
Los iguala con ellos sólo por los motivos por los cuales la caja acaba abollada en el suelo.
Cuando el pobre estudiante que se gana las copas deja caer el cuadrado envoltorio del encargo, saturada su vista y su atención por el escote promiente de alguna clientela; cuando la dependienta, absorta en la canaosa mirada interesante del que compra las joyas, traspapela cajita y envoltorio o cuando el zapatero hace volar su mercancia al aire, más pendiente de las piernas que se ofrecen a ella que de los infinitos tacones que pretende endosar a la tarjeta de la propietaria de piernas y zapatos, se parecen a Solbes por dejar que la caja se les caiga, pero se asemejan quizás más todavía al señor presidente y al ínclito Mariano.
A Solbes se le cae la caja. Pero a los otros, se les cae por fijar su mirada en lo que a nadie importa y no mostrarse atentos a lo que realmente concierne a sus tareas.
A Solbes se le cae la Caja de Castilla La Mancha y pilla al gobierno aprobando la reforma de una ley del aborto en plena crisis, al presidente a 22.000 kilómetros de ausencia, arreglando retiradas de tropas anunciadas a destiempo y sin formas y a la vicepresidenta hablando de manifestaciones que cuestionan realidades de hace más de dos décadas.
Y así, entre tanta atención dispersa y descentrada, la caja, que lleva un buen tiempo tambaleandose inquieta, ansiando responder con su salto a las míticas fuerzas descubiertas por Newton, se les va de las manos y se estrella en el suelo de la quiebra y la falta de liquidez, antes de que ni siquiera perciban -ninguno, salvo Solbes, que para eso le pagan- lo que ha estado pasando.
Y lo de la oposición es mas o menos lo mismo, más sin mirar escotes -que ellos no hacen eso, o no lo reconocen-.
Se les cae una caja y pilla a Don Mariano mediando en disputas por otra -La de Madrid, al caso-, al partido exigiendo facturas de trajes no pagados, a Soraya discutiendo sobre los aliados, los abortos o el papel de la iglesia -su iglesia, desde luego- en España -su España, por supuesto-.
Pilla Génova disfrutando del irónico sesgo de presidir un parlamento -el vasco- en el que nunca ha creído del todo; a Trillo sacando de la manga querella tras querella contra un juez del Estado y a Montoro -el que fuera ministro y hoy debiera encargarse de que al señor ministro no se le precipitara al abismo una caja de 9.000 millones- quejumbroso, quemado e irascible porque al Gobierno le aburre la pelea del PP por controlar otra caja -Cajamadrid, se entiende- y decidir así quien es fuerte en sus filas, si Aguirre, la eterna liberal o el siempre esquivo e imprevisible Gallardón.
De modo que, al igual que al gobierno al que a veces se oponen, la caja se les cae por estar centrados y pendientes en escotes, piernas, pechos y nalgas de la política patria y no dedicarse a mirar de frente y a la cara el rostro de la crisis.
Quiera la suerte -porque en esto, como en lo de las cajas del señor Jesús Vázquez, las cosas comienzan a ponerse tan chungas que parece que nuestro mejor aliado es el recurso al hado- que a Solbes se le borre el parecido con el hermosos Vázquez y no deje que las cajas se le sigan cayendo hasta quedar en una.
Porque como eso ocurra y al abrirla descubra un cepillo de dientes o un inmenso agujero de miles de millones. Entonces ni la oferta a deshora de la banca a Jasús, ni el aval de banco alguno, aunque sea de España, podrá evitar el caos.

sábado, marzo 28, 2009

El gallo canta 3 veces en la Marcha por la Vida

Como ya es primavera y apetece salir a pillar esos rayos de sol que anuncian la imperiosa necesidad de operacion bikini -para las que la hagan-, vamos de manifestación.
Montemos una manifestacioncita para mover las piernas y afirnar las gargantas. Que pasos y saetas se encuentran, como quien dice, detrás de la próxima esquina y puede que, sin ensayo alguno, apenas nos pillen preparados.
Nos llega otro de esos domingos sacros en los que unos miles de personas encuentran el interregno perfecto entre la misa, más recatada e íntima y la procesión, más austera y multitudinaria. Y a este le han llamado La Marcha por la Vida.
La excusa es lo de menos. Y tan de menos es para pasear pancarta y crucifijo por las calles, que llega veinticuatro años tarde.
Dicen, los que saben de movilizaciones en favor de la vida, que esta es en contra de la Ley del Aborto, algo que se aprobó allá por el 85, cuando el país olvidaba las carreras entre los Guerrilleros de Cristo Rey y los antifascistas y empezaba a dar por concluida la siempre ponderada Transición Democrática .
Debe ser que los manifestantes, fieles a esa demora jerárquica católica que tanto se lleva en las salas vaticanas, han tardado dos decadas y pico en darse cuenta de que es legal abortar en España. Tampoco hay que tenerles en cuenta el retraso. Al fin y al cabo aún están asimilando en los textos vaticanos que la tierra es redonda y no ocupa el lugar central del universo.
A todo esto, los obispos ni se inmutan, siguen en sus misas y anuncian que no aparecerán. Y eso si que sorprende, acostumbrados como estaban en los últimos tiempos a convertir el paseo dominical de todo ancianito en marcha reivindicativa sacra por cualquier plausible -o no plausible- motivo o condición.
Después de la campaña de linces y de niños -más parecidas a las de Benetton que a las del Vaticano-, después de los videos riojanos en los que resultaba imprescindible para cualquier ciudadano ver a Zapatero sonriendo y a fetos descuartizados, no se puede argüír que los obispos no quieran decir nada sobre el tema. Lo han dicho en Francia, lo han publicitado en España y lo han excumulgado en Mexico.
Y es entonces, cuando surge la pregunta de porqué no van los obispos, cuando desaparece la importancia del lema y de los que acuden a la marcha.
Los ancianos de negro, rojo y púrpura han arrastrado sus pies por el asfalto patrio en otras ocasiones, con otros argumentos y de forma continua y no lo hacen ahora por dos simples motivos: con esto del aborto no se juegan nada en absotulo y no acude el PP.
Da igual que el problema en cuestión sea dogma o doctrina, da igual que lo atestigüe el catecismo o el austriaco vicario que se hace llamar papa. Da igual.
Nuestra iglesia -nuestra por geografía, que no por convicción-, la igleia de Roucco y Cañizares no se juega nada en absoluto en el envite. Lo que es decir lo mismo que no arriesga ni un duro.
La modificación de la Ley del Aborto no va a poner en riesgo el concordato, ni las subvenciones, ni los miles de millones al año que destina el Gobierno a pagar a sus curas y monjas sueldos de profesores, ni las cesiones de tierras gratuitas para iglesias, aparcamientos o cualquier otra cosa que quieran construir nuestros prelados patrios, que han borrado hace tiempo al Señor Mendizabal -el de la desamortización eclesiástica- de sus esquivas memorias.
Si Roucco y Cañizares patearon asfalto por la Ciudadania no fue por defender su credo, su dogma o su doctrina. Fue por no arriesgar dádivas que gobiernos pacatos y otros aún temerosos no se han atrevido a quitar de sus manos.
Los plazos y supuestos del aborto, las memeces de Aido sobre madurez infantil y el hecho de que se scontinue educando en el victimismo eterno en lugar de en la responsabilidad no afectan a las arcas jerárquicas.
Así, se antoja que lo mejor es dejarlo pasar. Armar algo de ruído, eso sí, pero dejarlo pasar. No vaya a ser que, si nos ven un domingo cualquiera parcanta en ristre en calles madrileñas, se acuerden de nuestros problemitas con el Pequeño Vaticano, pendiente de adjudicación, con los colegios concertados, pendientes aún de financiación o con las iglesias monumentales, pendientes aún de restauración.
Que la pela es la pela.
Se podría decir que el pecunio eclesial tampoco gana o pierde un duro -o un céntimo de euro- con las parejas Gays y aún así salieron de manifestación con tan paupérrima excusa. Es cierto, pero amigos, ahí estaba el PP.
Ir de la mano con el Partido Popular a la calle asegura a a los jerarcas obispales presencia, relevancia. Crea la falsa metonimia de que que todo aquel que sea buen católico milita en las mesnadas electorales de Mariano Rajoy, pero también el no menos falso simil de que todo buen militante y votante del PP tiene que ser católico. Y ocho millones de votantes son muchos votantes.
Pero los chicos y las chicas de Génova no pueden presentarse en esta manifestación contra la Ley del Aborto porque, allá en el 85, cuando los obispos casi siempe callaban por miedo a que se recordara en nombre de quien hablaban antes, el PP no se opuso a la ley. Porque durante ocho años ha estado en el Gobierno y no la ha derogado y ni siquiera la ha recortado.
Así que, por mucho que se empeñe, por poco que le guste, no puede hacer oposición en esto -oposición de la suya, de esa de manifestación multitudinaria y discurso encendido con banderas de España por doquier-, se tiene que callar y apartarse como partido de la protesta callejera.
De modo que los obispos no tienen la presencia masificadora de la corte mariana -mariana por Mariano, no por esa virgen suya- y no ganan nada con salir a la calle.
Con el aborto no pierden lo que en realidad les importa y con la manifestación no ganan ni un ápice de intromisión política en la vida pública que en realidad buscan. Así que, ¿para que ir?
Es mejor dejar en la calle -y nunca mejor dicho- a un puñado de gentes que, con razón o sin ella, defienden lo que creen. No hay que olvidar que la iglesia, incluso la española, nos llego desde Pedro.
Y hasta ellos, los prelados hispanos, reconocen que el fundador de la iglesia de Roma hizo con su colega lo mismo que hacen hoy los obispos con los antiabortistas. Negarle sin racato y dejarle a su suerte.
Y lo hizo tres veces.

Israel se suicida con una camiseta

Entre listas de muertos y bombardeos de convoyes sudaneses, las cosas en Gaza se diluyen. Entre cambios de gobierno y radicalizaciones políticas, aquello que se dio en llamar Operación Plomo Fundido está pasando a formar parte de la historia y no de la actualidad -resulta curioso como la historia se nos salta a la cara en tan sólo tres meses-.
Entre tirones de orejas de Obama y de Clinton y serias advertencias de Egipto y Siria se diría que en ese oriente próximo, que algunos llaman medio, las cosas siguen más o menos igual que han estado en los últimos tiempos.
Los halcones guerreros que comandan Sión -uy perdón, fue un lapsus calami, quise decir Israel- prosiguen el calculado progromo palestino y los mafiosos yihadistas que sueñan un nuevo califato del Islam -uy, disculpen de nuevo, cogí la pluma tonta, quise decir la liberación del pueblo palestino- siguen explotando y sangrando a aquellos que les sufren como gobierno injusto.
Pero hoy, cuando todos siguen enrocados en lo suyo, hay un pequeño detalle que demuestra que algo que siempre estuvo, que siempre se supuso, es ya una realidad pública y casi irreversible.
Mientras Israel mantiene esa postura suya de lucha contra el terrorismo y estado democrático por siempre víctima y agredido, que hace bajar el rostro a sus embajadores y torcer el gesto a los del resto del planeta, incluso sus aliados; mientras Hamás sigue hablando de esa liberación que provoca alzamientos de cejas en sus vecinos árabes y defendiendo la guerra a cualquier precio, hay un pequeño detalle, un minúsculo signo, que se hace grande en cuanto lo descubres: es una camiseta.
El batallón Shaked de la Brigada Givati del ejército hebreo tiene una camiseta. Eso no es novedoso. Los marines lucen T shirts -como las llaman ellos- con versiones ingentes de su "semper fidelis"; la legión extranjera francesa también luce un muestrario de ajustadas prendas con sloganes patrios para marcar el bicep bien profundo y ligar en los bares. Hasta nuestra legión, la del chivo y el paso a cien por hora, luce fermosas prendas del "todo por la patria" o "arriba la legión" en días de permiso.
Pero el batallón Sharek tiene una camiseta en la que puede leerse "un disparo, dos muertos" y ponen en su blanco una velada mujer árabe embarazada.
Es ese slogan, colocado en las espaldas del ejército, lo que hace que se transforme en símbolo, en confirmación definitiva de lo que ya creíamos saber y esperábamos que fuera otro de esos errores nuestros de interpretación.
Israel, su ejercito y gobierno, se nos han vuelto nazis.
Se nos han vuelto a todos, como ocurriera antaño, con cada reprobación condescendiente en aras de una culpabilidad recordada contra el pueblo judío; con cada acción militar fuera de sus fronteras que no era repelida, con cada apoyo encubierto o descubierto a una política que, desde la creación del Estado, buscaba el objetivo de limpiarlo de árabes, con cada mirada a otro lado, con cada silencio, con cada conversación susurrada en los pasillos de la diplomacia y cada sonrisa abierta en los despachos.
Se nos ha vuelto a todos con cada concesión y gesto de vergüenza cuando alguien tremola el antisemitismo para evitar la crítica; con cada venta de armas, con cada operación militar de aplastamiento, con cada resolución que dejamos que su gobierno se saltara una y mil veces de forma impenitente.
Se nos ha vuelto a todos, convertidos en réplicas modernas de antiguos Disraelis, con cada anexión militar que no ha sido obligada a devolver, con cada asentamiento ilegal que no ha sido llamada a desmontar, con cada desalojo injusto que no ha sido forzada a paralizar.
Se nos ha vuelto a todos con los cercos por hambre, con el fosoro blanco, con los bombardeos selectivos, con los niños escudo, con los muros de hormigón de ocho metros, con las causas fingidas, con los bombardeos de hospitales, con las encarcelaciones sin juicio.
Se nos ha vuelto a todos nacional socialista con una camiseta.

Nada de lo que hagan o digan sus diplómaticos más allá de los muros de locura que inundan sus fronteras podrá contrarrestar esas simples palabras: "un disparo, dos muertos"; nada de lo que digan sus primeros ministros más allá de los plasmas de las pantallas de nuestros televisores o de las instantaneas de cualquier medio impreso podrá desdecir el dibujo de una mujer embaraza como objetivo orgulloso, légitimo y hasta apetecible de un francotirador.
Hoy toca un triste llanto por una camiseta.
Llorad por los soldados del batallón de Hebrón que aceptaron la cárcel hace casi una década por no matar a niños; llorad por los adolescentes que asumieron el encarcelamiento hace sólo unos meses en un intento vano de evitar la enésima matanza de un progromo infinito; llorad por aquellos que acudieron a un lugar en oriente huyendo del horror, la muerte y la persecución llevadas contra ellos y son complices -o tan sólo testigos- de que se haga lo mismo con otro grupo humano; llorad por los que que creen que, para cubrir el recuerdo de unas camisas pardas que marchaban marciales hasta incendiar su Reichtag, hay que lucir otras de color verde oliva con el mismo argumento.
No lloréis por la rabia, el dolor o la ira. Vuestro llanto de hoy es un llanto de duelo. Llorad por Israel.
Israel se ha matado a si misma con una camiseta.
Israel ya no existe. Sólo queda Sión.

jueves, marzo 26, 2009

Cuando Zapatero se nos hace marxista y Rajoy se nos vuelve una dama madura

No se me asusten pero es que es cierto. El Gobierno español se nos muda en marxista por momentos.
No marxista de esos de las económias planificadas cada cinco años y de las dictaruras proletarias, sino de los marxistas que entraban sin tino y sin concierto en abarrotadas habitaciones para abarrotarlas todavía más hasta el punto de la hilaridad extrema.
No ha abrazado ese marxismo de cartillas de alimentos y desfiles militares en el Día del Trabajo -que aquí, en España, casi ni los sindicatos salen a la calle el Primero de Mayo-, sino de los que queman trenes enteros para acelerar el paso de máquinas que se van deshaciendo a medida que avanzan.
Se nos ha vuelto marxista, pero no de los márxistas de Don Carlos y el Señor Federico -Engels, por supuesto-, sino de los de Harpo y el siempre imprevisiblemente incontenible Groucho. De esos marxistas se nos ha hecho el gobierno.
Y es verdad, cuando lo percibes te asombras y te angustias buscando una explicación plausible, una inteligente estrategia mediática o política que justifique el recurso ilarante a la utilización de modos y maneras de esos locos hermanos cómicos en blanco y negro.
Pero, o estoy muy despistado o ellos son excelentes, porque apenas percibo sentido alguno en esa mutación pacífica y estable -dentro de la gravedad- de giro hacia el marxismo cómico.
Se han hecho mucho de Harpo.
De hecho, el Harpismo Marxista -suena bien, no lo nieguen-es una de las corrientes -el Psoe está siempre hasta arriba de corrientes- que más posiciones avanzan en este gobierno nuestro que se hace marxista.
La dinámica y los principios de esta nueva corriente del gobierno se resumen en el más natural y reconocible acto del rubio querubín sin voz de los años cuarenta -aparte de no hablar, cosa que este gobierno está empezando hacer también no con poca frecuencia-: el bocinazo.
Precusor ideológico de de tan ilustre rito de nuevo cuño del Harpismo Marxista fue el ínclito Bermejo: que me hacen huelga los funcionarios de Justicia, bocinazo (¡incompetentes!), que me acusa el CGPJ de tener colapsada la Administración de Justicia, bocinazo (¡El colapso no es culpa mia!); que se me ponen en huelga los jueces, bocinazo (¡no es legal!). Y tras cada bocinazo a otra cosa, como si un simple toque de tan estridente instrumento sirviera para explicarlo todo, valiera de argumento.
Bocinazo tras bocinazo hasta salir cazando -uy, perdón, quise decir corriendo- del gobierno.
Pero, pese a la ausencia de tan egregio ejemplo, la doctrina ha calado y tiene seguidores que aplican a pies juntillas esta nueva derrota de marxismo de cine.
Que me cuestionan que las adolescentes aborten sin consenso paterno, bocinazo (¡si pueden casarse, pueden abortar!) y a otra cosa; que me acusan de instrumentalizar a Garzón con lo del Caso Gürtel, bocinazo y marchando (¡Y ustedes con Filesa!); que me echan en cara que que anunciado la marcha de Kosovo sin tono, mal y nunca, bocinazo al canto (¡y ustedes nos llevaron a Irak!) y doble, por más señas (¡Yo lo he hecho todo bien!).
Así que Harpo y su bocina tienen muchos adeptos -y adeptas, que hay que ser paritario- en esos bancos azules del congreso que ocupan los gobiernos.
Tampoco es de extrañar. Es cuestión de armonías.
Pues los otros, los que dicen que se oponen a todo por el bien de su España -la suya, que la nuestra ya no tiene remedio-, tiran de otro instrumento de ritmos estridentes y además machacones para cantar sus cuitas.
Sorayas y Dolores y también Don Mariano -aunque, de vez en cuando, que el partido esta chungo como para dejar demasiado solitos a los chicos en Génova- se arman de zambomba y a ritmos machacones y casi aerofágicos sacuden el concreso y los medios con palabras que suenan como mantras: prevaricación, paralización, instrumentalización -esa menos que es algo más dificil-, deestrcturación y una larga lista de palabras agudas con multitud de "ones".
Una buena bocina es lo que más coordina con tan reiterativa zambomba navideña que nos luce la oposición hispana.
Y, además, tenemos los puristas del Harpismo -en toda ideología hay radicales-, que se limitan a callar solamente. Ministros y ministras que no hablan , no salen en los medios, no comparecen jamás en hemiciclo ni comisión alguna. El Harpismo radical es como la Inquisición. Les impone silencio.
Luego están los de Groucho. Y en esta nueva casa marxista también hay dos corrientes.
Los que recortan todo para hacerlo mucho más compresible. Eliminando claúsulas y partes contrantantes de las segundas partes hasta el reduccionismo más simplista y obsceno.
Una falsa cadencia que lleva a definir una ley del aborto mirando solamente a las adolescentes (ni el 10 por ciento de la mujeres que abortan en España), a valorar la situación de la inmigración por los ilegales (un 8 por ciento del total de los inmigrantes), a exponer la situación de la mujer en nuestro país por las maltratadas (un 0,4 por ciento de las mujeres) y así hasta la extenuación, en contantes eliminaciobnes de claúsulas y datos que nos explican nuestro país, aunque sea un tanto complicado comprenderlos.
Como el genial y reduccionista señor del bigote pegado y el caminar de ganso, eliminan del contrato social por el que nos gobiernan toda letra pequeña, toda información adicional, todo dato desagregado, toda estadística múltiple y toda contextualización, para -según nos dicen ellos- facilitar la comprensión de leyes, de acuerdos y principios que deberían mostrarse en su versión más integra ante la sociedad.
Tampoco es sorprendente. Pués los que están enfrente se comportan en esto como esas damas maduras a las que acosaba en los bailes el marxista de Groucho -lo que hacía Groucho con las damas sería, sin dudarlo, acoso en nuestros días-.
El PP se acalora, se nos queda sin habla, se echa mano a las joyas y se nos arrebola cada vez que le sacan un dato, que le muestran uno de esos contratos reducidos al mínimo para hacerlos compresibles al conjunto social. Pierde el aire y se atora y al final se desmaya y pide entrecortadamente sus sales y busca su abanico para recuperar el fuelle y volver a lo suyo, que es pegarse por dentro.
Pero el marxismo de Groucho que ha tomado el gobierno tiene otra faceta que no hace tanta gracia, que nos deja un regusto de que algo no funciona -más allá de la crisis y todo lo demás que nunca nos funciona-, que nos deja congelada la sonrisa en el rostro.
Es esa que permite decir me voy hoy de Kosovo, pero luego no empiezo a irme hasta el verano; es la cara de ese marxismo cómico que hace posible que se defienda a ultranza que una joven aborte sin consetimiento paterno, pero unos días después no importe que se exija ese consentimiento; esa faceta absurda que permite que hoy sea vital ayudar con dinero a comprar la vivienda y mañana se olvide; esa que no cuestiona que un día se defiendan los derechos de aquellos ilegales que llegan a las costas y al siguiente se hable dejarlos a todos en medio del desierto al bajar de un avión.
No tiene nada cómico, aunque venga de Groucho, la frase que lo avala:
"Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros."


miércoles, marzo 25, 2009

Chávez hace salto de altura con su gobierno

Los saltadores de altura hacen todos los mismo.
Les vemos dar unas primeras zancadas como con precaución, como moviendo al ralentí esas inmensas piernas suyas que se antojan más altas que sus cinturas. Y luegoles observamos recorrer una infinita distancia en cada zancada mientras ganan velocidad. Al final, cuando se encuentran cerca del listón, casi todos ajustan, dan unos pasos pequeños y rápidos, como desesperados, en el intento de colocarse bien para conseguir dar el salto.
Pues bien, Hugo Chávez, aunque el más de beisbol, es hoy como uno de esos saltadores, ajustando el paso con urgencia, dando pequeñas y cortas zancadas hacia un salto que parece que aún le puede ser a él productivo, pero que cada vez se antoja más peligroso para Venezuela.
Cuando el líder bolivariano comenzó su carrera hacia el listón del salto daba grandes zancadas y espaciaba en el tiempo la huella de sus pasos, hasta el punto que a aquellos que observaban su aproximación se les pasaron por alto muchas cosas.
Líderes opositores detenidos con cargos precarios y no juzgados nunca, apartados de la escena política en eternas esperas de juicios que no llegaban jamás a producirse; dirigentes estudiantiles sacados de las calles acusados de cosas como "actitud indecorosa" que a todos nos dejaban algo perplejos y escamados.
Las huellas eran fuertes -porque si algo ha tenido el irrreverente Chávez ha sido el paso siempre firme-, pero tan distantes estaban unas de otras, tan escondidas entre la estela que dejaban las nacionalizaciones petrolífeas y los referendos revocatorios, que desde la lejanía de la grada, los espectadores de la carrera de Chávez apenas las percibían como parte de una misma carrera.
Pero la crisis -esa que juró y perjuró que nunca llegaría a Venezuela-, el descenso del precio del crudo, el aumento de la criminalidad en las calles y otro sinfín de asuntos han hecho que el listón de ese salto que quiere o puede dar el populista presidente bolivariano se le aparezca de repente demasiado cerca y por eso ha recortado y acelerado su carrera.
En un par de semanas ha mostrado todo el catálogo de lo que antes se espaciaba en el tiempo, se disimulaba, se hacía menospatente para el observador.
Ha plagado los puertos y aeropuertos de soldados; ha tomado el alimento de un país bajo sus manos; ha detenido al principal líder la oposición con acusaciones algo más sólidas que las anteriores pero traídas a colación en el justo momento.
Los pasos cada vez se hacen más cortos y más rápidos porque Chávez se acerca al momento en el que ha despegar los píes del suelo y volar un instante como hace todo aquel que se dedica a la siempre arriesgada y complicada suerte deportiva del salto de altura.
Y el ultimo de esos ajustes, de esos talonamientos breves, rápidos y ya no disimulables, es la destitución de cuatro jueces -juezas, para ser más exactos- por reunirse, según dice en secreto -y por tanto sin pruebas- con el opositor al que acusa. Las juezas que habrían de juzgarle ya no le juzgarán y es más que predecible que lo harán otros magistrados más del gusto de Chávez.
En los últimos pasos de su salto preparado, el preterito general y actual mediático bolivariano de emisión dominical, ha perdido el talonamiento, ha renunciado a la discreción y la planificación porque no tiene tiempo, porque el arroz se acaba y el crudo se desmorona, porque su revolución se le agota dejando a Venezuela en el mismo punto en que la encontró.
A este ritmo que lleva de cortas zancadas que le acercan al salto, es posible que sólo en unos días o quizá en unos meses realice la batida, el golpe de riñones -u otros ones- que le lance al espacio y le lleve a elevarse más allá del listón de su propio gobierno y su propio país.
Cuando el egregio líder proclamado a si mismo caudillo del socialismo bolivariano de arroz, petróleo y estampa de la virgen se encuentre suspendido en el aire de su propio salto sólo quedara por ver, conteniendo el aliento cual en final olímpica, que ocurre con su intento:
Si derriba el listón de su propio gobierno y su revolución y vuelve a su lugar cabizbajo y sereno para intertarlo otra vez -no olvidemos que todos los saltadores tienen sus tres intentos-.
O si supera el salto y todas esas grandes zancadas y esos rápidos pasos que ha dado hasta el momento, le proyectan más lejos, por encima del bien de Venezuela, hacia la cómoda colchoneta pará él y triste para el resto del mando dictatorial a cualquier precio.
Un salto es lo que tiene, que hasta que no se hace, nunca puede saberse como acaba.

lunes, marzo 23, 2009

Del conductismo a la mentira pasando por un doce por ciento inexistente

Hay veces que la estadística nos vuelve locos
Hay ocasiones en las que los números nos bailan, se nos antojan mareantes y no sabemos porqué nunca nos cuadran.
Eso resulta apenas soportable cuando se trata de contar transeuntes airados con paancartas en mano y slogan en los labios en manifestaciones; se antoja morboso y absurdo cuando los bailes de cifras afectan a cádaveres contados en la franja de Gaza, Irak Darfur o cualquier otra parte; se supone inútil y estridente cuando danzan los números para contar sufragios que dan escaños de emigrantes cuando todo está ya decidido y se transforma en casí cómico cuando los números bailan de una columna a otra para recontar ceros en las cuentas y facturas fraudulentas de políticos corruptos. Como si un traje o un stand contratado o pagado ilegalemnte fuera más legal por costar menos -por poner un ejemplo, que nadie se me altere-.
Pero hay unas cifras cuyos continuos bailes no dejan de sorprender -aunque ya casi nada-, cuyas idas y venidas no dejan de forzar un alzamiento de ceja disoluto cuando se los percibe.
Uno de esos bailes interminables es en las cifras que hablan de la violencia de género y el maltrato.
Hoy nos desayunamos con un estudio que nos aporta el dato de que el 80 por ciento de las reclusas ha sufrido malos tratos y que, por lo tanto, ese factor es fundamental a la hora de comprender la criminalidad femenina.
Algo me llama la atención en esa información, más allá de las críticas a tan plausible conclusión conductista, que no es la primera vez que se tiene en el estudio de una población reclusa -recuerdo aquellos tiempos en que todo delincuente negro estadounidense era resultado del ghetto y que todo violador era producto del maltrato infantil y el complejo de Edipo- y que parecía superada.
Lo que hace que mi ceja -de hombre, y por consiguiente, en otro de esos análisis simplones, machista para muchas, es leer que el porcentaje de mujeres maltratadas en España es del 12 por ciento. Y eso alarma.
No es que no alarme el hecho de que el 80 por ciento de las reclusas hayan sufrido malos tratos, hayan cometido sus delitos bajo coacción -machista, por supuesto- o hayan caído en el crimen por malos tratos pretéritos. Es que eso es algo antiguo.
Nadie ha hecho -o por lo menos no se ha publicado- estudio alguno al respecto sobre el 91 por ciento restante de la población reclusa -es decir, los hombres- pero el recurso al "me obligo a hacerlo" "yo no quería, es culpa de mi compinche" o "me amenazó con matarme si no le ayudaba" es tan antiguo como los tribunales de justicia. Y el ignorar que en el mundo de las drogas, el crimen organizado y la delincuencia, la violencia es una forma de imposición y control sobre hombres y mujeres, más allá de su sexo, es algo tan antiguo como el feminismo radical que heredamos del final del pasado siglo.
Así que me quedo con la sorpresa de ese 12 por ciento en la sociedad no criminal -por llamarla de algún modo- y busco la fuente. Y como -a eso estamos también acostumbrados en estos andurriales- no la encuentro. Acudo a la fuente de las fuentes -no a dios, no se me asusten-, es decir, al Instituto Nacional de Estadística.
Tardo 50 segundos en toparme con esto.

Porcentaje de personas que han sufrido malos tratos o agresiones en los últimos 12 meses por edad y sexo

AMBOS SEXOS
.....................................................SI............NO
Total
.............................100,00.....2,93.....97,07
De 0 a 4 años................ 100,00..... 0,99.....99,01
De 5 a 15 años...............100,00......3,66......96,34
De 16 a 24 años ............100,00......4,68......95,32
De 25 a 34 años............ 100,00..... 3,55......96,45
De 35 a 44 años.............100,00..... 3,73......96,27
De 45 a 54 años.............100,00......2,29......97,71
De 55 a 64 años.............100,00......2,17..... 97,83
De 65 a 74 años.............100,00......2,09.....97,91
De 75 y más años..........100,00......0,93.....99,07
VARONES
Total ..............................100,00......3,02.....96,98
De 0 a 4 años.................100,00......0,83.....99,17
De 5 a 15 años...............100,00.......4,04....95,96
De 16 a 24 años.............100,00.......5,31....94,69
De 25 a 34 años.............100,00.......3,39....96,61
De 35 a 44 años.............100,00.......3,80....96,20
De 45 a 54 años.............100,00.......2,69....97,31
De 55 a 64 años.............100,00.......1,65....98,35
De 65 a 74 años.............100,00.......1,27.....98,73
De 75 y más años..........100,00.......1,01.....98,99

MUJERES
Total................................100,00......2,85......97,15
De 0 a 4 años..................100,00......1,17......98,83
De 5 a 15 años................100,00......3,26.....96,74
De 16 a 24 años..............100,00......4,00....96,00
De 25 a 34 años..............100,00......3,71.....96,29
De 35 a 44 años..............100,00......3,65.....96,35
De 45 a 54 años..............100,00......1,90.....98,10
De 55 a 64 años..............100,00......2,65.....97,35
De 65 a 74 años..............100,00.....2,73......97,27
De 75 y más años...........100,00.....0,87......99,13

Y me pregunto ¿donde está el 12 por ciento? El porcentaje más alto en mujeres es del 4%. Y eso imposibilita cualquier media estadística cuyo resultado final sea superior a ese número. Y además me sorprendo de que en el mismo rango de edad haya más hombres maltratados que mujeres.
Pero lo que más me sorprende no es que ese dato no ocupe portadas a cuatro columnas ni titulares de informativos y programas en rojo y negro -eso supondría un tratamiento igualitario de la informacion y no discriminatoriamente positivo, que es lo que ahora se estila- , sino de que sea despreciado y multiplicado por tres - casi por cuatro, si se halla la media de edades- como si nada y además se reslate en negrita.
Quiero ser bien pensado y digo se fijará sin más en el número de denuncias -algo también común hasta el hastío en estos temas- sin tener en cuenta las duplicadas, las falsas o las manifiestamente malintencionadas -que hasta las jueces reconocen abundantes- pero entonces me voy al Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género -algo que para esa institución se antoja redundante porque sólo hacen estudios en un sentido- y obtengo el dato de que en 2008 hubo 108.000 denuncias de mujeres por ese motivo y, aunque soy de letras, me pongo matemático.
Tomo las 108.000 denuncias las múltiplico por 100 y las divido entre los 23 millones de mujeres que hay en nuestro país. Espero con baldía esperanza ver aparecer un 12 por algún lado. Y por fin lo veo. El resultado es 0,426125. Así que al fin y al cabo había un doce. Mas bajo incluso que el porcentaje que arroja la encuesta del INE realizada entre 100.000 personas.
No voy a decir que no sé lo que busca ese falso doce por ciento reslatado en negrita en esa información, no puedo decir que no comprendo para qué está puesto ahí y con qué objetivos.
Lo sé, pero como sólo me acarrerá nuevos insultos desmedidos y nadie va a escucharlo, hoy no voy a insistir.

La inmaculada concepción del PP se hace carne - y casi sangre - en Yeguas

Hay veces que los gestos más pequeños, los más desconocidos, son los que marcan la verdadera esencia de algo o de alguien. Incluso en política.
La política es -en contra de su definición tradicional- la ciencia de la imagen pública, la capacidad de simularse bueno e integro. No de serlo, sino de parecerlo.
Y es por eso -o quizás porque las sociedades aún creen lo que ven y rechazan lo que saben- por lo que los políticos y sus partidos se empeñan en mantener esa imagen imaculada y sin tacha, insisten en tergales y cobartas, abusan de monturas modernas y tintes discretos. En política hasta el uso apropiado de un buen Just for Men puede ganarte un voto.
Por eso no resulta extraño que, cuando alguien te acusa de algo -sobre todo si ese alguien es de siglas contrarias-, se niega y se reniega hasta la extenuación. Los partidos cierran filas en torno a sus jerarcas y compañeros y claman sin fisuras por la inocencia de aquellos que están acusados de lo que sea.
Y eso hace el PP. Hay que reconocer que es el que mejor lo hace en estas tierras nuestras, donde la mayoría de las acusaciones contra políticos terminan siendo ciertas.
El PP salvaguarda su imagen a cualquier precio contra prensa y judicatura. Diseña estrategias para cuestionar jueces, para desmentir actos, para proteger celebridades políticas y personajes de peso en el partido de las acusaciones que se les imputan.
Es más que cierto que no son las estrategías más adecuadas -incluso aunque terminen cumpliendo su objetivo-, pero resultan comprensible, porque en el PP, como en todo partido, por desgracia para militantes y votantes, la imagen es lo primero, la apariencia de corrección es lo primero. La verdad y la no culpabilidad son asuntos menores.

Pero en mitad de todos esos grandes gestos, de todas esas fotos de grupo homogeneo montadas a todo correr a ritmo de sms genovés, de todas esas declaraciones grandilocuentes y estrategias contrajudiciales, hay un hecho pequeño, ínfimo para el PP y minúsculo para los medios que explica mucho mejor que cualquier protección contra sastres y Gurtels el auténtico talante del Partido Popular. Esea forma de ser, rancia y arcaica, que ni siquiera sería capaz de cambiar Don Mariano Rajoy aunque quisiera.
Lejos de la Valencia de Camps y de los trajes; lejos del Madrid de Aguirre y los espias está Yeguas. Y el alcalde de Yeguas es del PP. Y el Alcalde de Yueguas está imputado de un delito.
Como Yeguas está en Málaga lo primero que se nos viene a la cabeza es algún que otro trapicheo urbánistico de esos de la Costa del Sol que han sacudido a ediles de todo color y condición desde Alhaurín hasta Estepona pasando, como no, por Marbella.
Pero Yeguas no tiene urbanizaciones, no tiene hotel de lujo, no tiene campo de golf, así que su alcalde no está imputado por ninguno de esos desmanes. Su alcalde está imputado desde hace ocho meses por acoso e intento de violación de una concejal.
Y es cuando se sabe esto, cuando se conoce el motivo y la razón de la imputación, cuando la obsesión por mantener la imagen comienza a corromper, destruir y resquebrajar esa misma imagen que el Partido Popular se empeña en mantener limpia como una patena.
Cuando se conoce que los compañeros de partido del regidor han pedido por activa y por pasiva que se le aparte de su cargo -en contra de lo que podría parecer-, que le han intentado echar del partido y no han podido, es cuando la imagen del PP se vuelve transparente en su forma instrumental de afrontar los problemas.
Cuando el secretario general del PP malagueño clama por la expulsión del Patrtido y la sede central -esa de la calle Génova que tan pulcra y sin mácula quiere presentarse ante el electorado- duerme el expediente, lo oculta, lo demora, lo para para que no afecte a la imagen pública del partido, para que no añada el clavo final al ataud que sus propias dudas y manejos están tejiendo sobre elPP, es cuando queda claro que al PP no le importa el delito, le importa la apariencia.
Cuando se leen las depresiones, las bajas de la concejala denunciante, los insultos de un alcalde -ya condenado por agredir a un vecino en otros tiempos-, las chulerías y los genoveses, inmersos en esa estrategía falaz y sin sentido de apoyo al imputado, de evitar que trascienda, de defender al suyo, siguen sin hacer nada, sin promover justicia, es cuando ya no se duda. Es cuando se descubre que la supuesta inmacula concepción del PP no se debe a un milagro, sino a una suerte de ocultaciones, de lavar trapos sucios sin que nadie se entere.
Cuando la acusación viene de dentro, de tu propio partido y no se hace nada. Cuando todos los que piden respuestas han sido de los tuyos -incluso la supuesta agredida- y te quedas callado. Cuando se denuncia en algo personal, en algo criminal, que no mancha al partido, que no puede mancharlo porque se debe -en caso de que haya ocurrido- a la actitud de un hombre y no la de un político y aún así sientes necesidad de cubrirle la cara, de taparle el delito, de arroparle en su cargo, entonces es cuando se descubre los motivos de acciones que hasta saber el hecho parecían ausentes de motivo.
Entonces es cuando un pequeño pueblo que se llama Yeguas se hace paradigma de lo que es el PP, de como una estrategia de cubrir a los tuyos llega demasiado lejos. Entonces es cuando se comprende porqué se hacen las cosas y a costa de que precios.
Entonces queda claro que una imagen vale más que mil delitos.

domingo, marzo 22, 2009

La crisis nos demuestra quien la tiene mas larga

Hay ocasiones en las que, en contra de lo que cantara el poeta catalán, no resulta bochonorso verles fanfarronear a ver quien es el que la tiene más larga.
Sobre todo por que en el caso que nos ocupa no hay fanfarronada posible. Los que la tienen más larga son los franceses.
En un país como el nuestro -en el que el desprecio al gabacho es un deporte nacional no de riesgo- eso duele. Defender al galo es algo que no se practica demasiado y favorecerle en las comparaciones es algo que raya en el antipatriotismo de chiste y taberna más obsceno. Pero es algo que no puede negarse. Las cifras mandan.
No podemos sustraernos a ello. No podemos soportar esa patria comparación de sacarla y medirla porque la suya ocupa calles, avenidas, callejones y Rues -como las llaman ellos- y la nuestra se nos vuelve exigua y encogida y apenas nos ocupa unos cuantas unidades de medida de una vía principal cortada a tal efecto para que no impida llegar a nadie al fútbol.
Es posible que los franceses la tengan más crecida que nosotros porque ellos la usan mucho. No sólo es bastante más larga sino que encima la sacan para todo.
Y eso hace que esté siempre dispuesta para cuando se la requiere, para cuando resulta necesaria, para cuando franceses y francesas consideran oportuno hacer uso de ella. La sacan en el trabajo, en la casa, en Internet y en la tele. Pero sobre todo la sacan en la calle que es donde nosotros, pese a nuestros intentos y deseos, la tremolamos menos.
La nuestra sale poco, no está muy aireada. La sacamos de vez en cuando en salas de reuniones y despachos, pero en la calle... en la calle apenas la sacamos . Y eso la empequeñece, la vuelve casí ínfima. No tenenemos constumbre de sacarla en mitad de nuestra vía pública y eso nos inhibe demasiado, nos bloquea hasta el punto de que cuando, después de pensarnoslo mucho, lo hacemos, nos sale algo bastante chapucero, la sacamos rápido y mal y en los días de fiesta.
Y, por si esto fuera poco en nuestra secular comparación contra nuestros vecinos, las cosas se nos vuelven bochornosas cuando nos hacen caer en la cuenta de algo que, a estas alturas, debería ya darse por sentado: la suya es más larga porque -¡como duele decirlo!- los suyos son más grandes.
Los franceses los tienen más grandes que nosostros.
Y mejor colocados, más limpios y más fuertes. Pero sobre todo los tienen mucho más grandes.
Todo eso es porque los usan regularmente, los mantienen cargados y dispuestos. Porque los utilizan casi todos los días en pequeños escarceos, en tranquilos devaneos, en pequeñas conquistas y en grandiosas pasiones.
Mientras tanto los nuestros languidecen, se hacen sucios por dentro, se vacián en usos que no son de lo suyo y se descargan en onanismos propios que les hacen mostrarse arrugados e inútiles cuando han de dar la talla.
Así que, mal que nos pese y aunque está mal decirlo, cuando llega el momento -y las crisis que ahora nos aquejan hacen que todos los momentos se nos junten a un tiempo- los franceses dan mucho más la talla y nos matan de envidia.
Ellos tienen más largas las manifestaciones porque tienen los sindicatos mas grandes y mas fuertes.
No todo en este mundo es cuestión de pene y de cojones -con perdón-.

Chávez, de tanto llegar tarde, ha llegado muy pronto

El problema de hablar mucho y demasiado tiempo no radica en aquello que consigas decir, sino en aquello que dejas de hacer mientras estás hablando. Y si encima lo dices a gritos y por la televisión, el problema se multiplica por millones -de espectadores, se entiende-.
Eso es lo que le está pasando al ínclito y bolivariano Hugo Chávez. Una vez más le pierde la boca y en este caso la crisis, como a todos. Gritó y peroró tiempo ha sobre que la crisis no afectaría a Venezuela y eso no ha ocurrido.
Hugo, el de los triunfos en referendos constitucionales por agotamiento, habla mucho y hace mucho -eso no vamos a negarlo-, pero de tanto hablar se le pasan los tiempos y llega tarde a todo.
Llegó tarde al socialismo - ese al que llamaban real-, porque se subió a ese carro cuando la mayoría, incluso los gigantes asiatícos del otro lado del mundo, ya se estaban bajando de él y por eso su socialismo del siglo XXI no le encaja del todo, no se le pone en marcha con la velocidad y el ritmo que a él le gustaría para poder llenar de contenidos su Alo Presidente semanal.
LLegó tarde al anti imperialismo yankie. Ese de toda la vida; el de Otan no, Bases Fuera. Porque el imperialismo estadounidense se nos ha vuelto más de pastel, más llevadero. Se nos marcha de Irak, se nos cierra Guantánamo y se nos muestra tirando de las orejas -y el rabo, en ocasiones- a aquellos que han hecho de ser aliados del imperio la manta de cobertura para sus progromos y desmanes.
Y Chávez mira al mundo y no percibe el resquemor, la duda y el rechazo contra Estados Unidos que le gustaría utilizar contra tan poderoso y cercano vecino. ¡Si le tiende la mano a Irán y hasta habla con los Castro!. El imperialismo al que ha llegado el general bolivariano ya no es lo que era.
A esa coleccción de tardanzas y demoras que atesora el presidente venezolano del rojo en la camisa y en la gorra de comando, se le suman otras que le hacen desfasarse, ir a paso cambiado y convertise a ratos en un "delay" de si mismo y sus propias políticas.
Llega tarde a la diplomacia -si es que entiende el concepto- de bloques porque ya no nos quedan bloques en los que aliniarnos. Hugo intenta revivirlos en Ámerica -en la Ámerica de verdad, no esa que se llama a si misma de esa forma pero sólo es un país más-, pero todos se le borran de ellos. Las guerrillas comunistas gobiernan por las urnas, los presidentes de izquierdas adjuran del proteccionismo y no hay bloque posible que llevarse al discurso, a la alianza, a la boca política que usa el egregio mandatario bolivariano para encender a propios extraños con llamas muy distintas.
Pero ante todo, entre arenga y discruso, referendo y decreto, Chávez llega tarde al petróleo.
Y eso es lo que le mata, lo que le hace torcer el gesto y sacar el puño sobre la mesa. Lo que le hace llegar hasta la crisis.
Chávez llega tarde al petróleo porque el precio del barril se le descompone. Se le baja de 60 a 40 en un abrir y cerrar de ojos. Y su sueño de jeque, de basar la riqueza y el desarrollo de un país en los ingresos petrolíferos le tiembla y se le aleja.
LLega tarde al petróleo porque, a diferencia de emiratos y sultanatos que han de dar de comer a un puñado de clanes familiares, Venezuela se le hace grande, se le multiplica por 26 millones de bocas y el petróleo no le llega para tanto.
LLega tarde al sueño del crudo inagotable porque la producción -aunque sea nacional y venezolana, e incluso bolivariana- se le reduce en millones de barriles al día, ya que aquellos que saben mantenerla han huído con el dinero que ese mismo petróleo les dio de manos del propio Hugo Chávez a base de expropiaciones pagadas.
Y también llega tarde a las expropiaciones y las hace a la fuerza, con militares, pagando con bonos venezolanos que nedie quiere y que habrían de cobrarse en 2034, las anuncia a la baja porque de tanto amenazarlas se ha quedado sin dinero del crudo para poder pagarlas.
Así que esa, tardanza ese empleo de demasiado tiempo en hablar, le hace subir la deuda interna en un 183 por ciento, le obliga a dejar de pagar durante muchos meses el alquiler de los petroleros y los sueldos de las tripulaciones, le fuerza a levar el Iva al 12 por ciento; le empuja a recortar el presupuesto casi un siete por ciento.
Y así le crecen los enanos, se le acumulan los retrasos y se le suben a las barbas los arroces expropiados y los puertos y aeropuertos controlados, en busca de conseguir los ingresos que le faltan para cuadrar unas cuentas, que llegaron muy tarde al mito setentón de que el petróleo sirve para pagarlo todo.
De tanto llegar tarde a las cosas, Hugó, el Hugo del Estado social del Siglo XXI, llega pronto a la crisis.

viernes, marzo 20, 2009

Ratzinger y la cruzada biológica del Latex

La Madre Superiora pide que me pronuncie sobre el nuevo misterio teológico del latex, iniciado por el solitario vicario inquisitorial de Roma y yo lo hago. Al fin y al cabo las madres superioras y los demonios siempre nos hemos llevado bien.
Ratzinger, en un remedo de esos antológicos viajes victorianos de Su Graciosa Majestad a las colonias africanas, aterriza en tierras de negritud y animismo y se descuelga diciendo que los preservativos no son la solución para el Sida en África -bueno, relamente no se descuelga, porque lo dijo en el avión, muy cercano a esos cielos en los que se empeña en buscar catálogos mitológicos de seres y estares-.
Suena a más de lo mismo. Suena a discurso repetido por el papa consola JP2 en La India o en China y a todos nos indigna -a todos los que pensamos, quiero decir-. Pero nos equivocamos. Nuestra indignación no está bien dirigida, no está bien canalizada. Hemos malinterpretado a Ratzinger -y ya son cientos de veces, ¿como podemos ser tan obtusos?-.
Nos equivocamos de medio a medio. El comentario de Ratzinger no es importante porque siga la línea oficial de la Iglesia en materia de anticoncepción, sino porque altera la línea que sigue toda la humanidad con respecto a la vida.
Es cierto. Los presevartivos no solucionan el problema de África con el Sida. No lo solucionan porque se reparten sin cuento y sin cocierto; porque nadie enseña como utilizarlos; porque acaban decorando los fusiles de los niños soldados o preservando de la lluvia las pertenencias de las niñas prostitutas.
Los preservativos no solucionan los problemas del Sida en África porque el treinta por ciento de las mujeres africanas son violadas y los violadores no son gente pulcra y concienciada; porque uno de cada tres enfermos de Sida en las tierras negras de África no sabe que es portador de la enfermedad; porque los que lo saben no tienen acceso a ellos ni a las medicinas y retrovirús que atacan la enfermedad.
Eso es cierto. Los preservativos no solucionan el problema del Sida en África. Pero eso es lo que diriamos todos. Eso es lo que cualquiera podría afirmar con un análisis somero de lo que pasa en ese continente y el continuo incremento de la pandemia del Sida.
Hasta ahí podiamos estar de acuerdo con la postura de la Iglesia -no la de Ratzinger- aunque la humanidad en su conjunto reclamaria más información, más educación y más inversión sanitaria en África y la Iglesia -imperterrita en su recurso a la moral por debajo del ecuador del ómbligo- reclamaría más abstinencia.
Pero nos hemos confundido. Ratzinger no ha dicho eso.
Al canoso inquisidor austriaco no le importa que los preservativos no solucionen el problema del Sida en África. Lo que le preocupa es que no solucionan "su" problema con el Sida en África.
Y su problema es que no puede vender la abstinencia sexual y el modelo familiar monogamo y eterno en una sociedad en que la media de edad de la población no supera los 36 años en las mujeres y los 31 en los hombres; en un continente en el que un treinta por ciento de la población vive desplazada en campos de refugiados; es una tierra en la que uno de cada cinco niños es fruto de una violación; en unos territorios en los que los niños combaten con ocho años y las niñas son prostituidas con nueve. Su problema está en que África crece demasiado rápido y traumáticamente y muere demasiado joven como para vender que hay que estár toda una vida con la misma persona.
Para envejecer con alguien en una relación monógama primero hay que envejecer y eso es algo que el hambre, la guerra, la explotación y la emigración no dejan hacer a África.
Así que Ratzinger ignora la realidad, como en otros muchos casos, y se limita a seguir escrupulosamente -un inquisidor no puede ser otra cosa que escrupuloso- su estrategia.
Finge desconocer que en esta sociedad, la nuestra, la occidental, la gente sige copulando a diestro y siniestro -bueno, algunos más que otros. Se aceptan propuestas- y el Sida no hace otra cosa que descender; simula desconocer que, en la mayoría de los países del mundo blanco occidental, la protistución ha aumentado en los últimos tiempos -como una forma más de explotación a los inmigrantes- y aún así el Sida no se incrementa, porque las protistutas -muy sabiamente- exigen un condón hasta para enseñar sus tarifas; aparenta ignorar la circunstancia de que las cifras de contagio del Sida han caído precipitadamente en páíses que se encuentran en su lista de sociedades promiscuas, sin valores cristianos y sin una moral genital adecuada para los gustos del Vaticano.
Y tiene que hacerlo porque, para Ratzinger y su corte cada vez más exigua de ladrones de almas, África es el último mercado abierto.
Cada año sus misioneros -buena gente en general, todo hay que decirlo- bautizan a miles, incluso a millones a cambio de comida y refugio, de protección y atención. Y Ratzinger lo sabe. Por eso viaja a esas tierras. Pero África sigue muriendo de Sida y su nuevo dios no les cura, sus nuevas oraciones no les mantienen a salvo del contagio.
Los condones sí lo hacen, pero los responsos tienen serios problemas para cumplir la función profiláctica con la misma eficacia que el latex. Así que el Sida es un problema para el inquisidor teurón porque amenaza con hacerle perder África.
Si los africanos descubren que ponerse un condón es más seguro que rezar una oración antes de irse a la cama con alguien, nunca pondrán en manos de esa moral católica de la abstinencia su salvación. Si los condones se distribuyen adecuadamente, por gente formada, a una población educada en su uso y que tenga acceso a análisis y atención sanitaria, entonces nadie creerá que la abstinencia es la única solución para evitar la pandemia asesina.
Incluso los recién bautizados cuestionarán el poder de ese nuevo dios que no les puede salvar de una enfermedad horrible de la que un simple trozo de latex les mantiene alejados. África lleva demasiado tiempo utilizando la pragmática de la fuerza y el resultado. Incluso con sus dioses. Nadie seguirá a un espíritu más débil que un pedazo de goma.
Ratzinger no podrá seguir usando la enfermedad y la muerte de millones de personas para hacer proselitismo y evangelización y África se le irá de las manos como ya lo hizo Europa con la Peste hace 500 años.
Así que, para el vagamente preconciliar vicario austriaco de Roma, es mejor que no haya preservativos. Es mejor recuperar la vieja teoría sobre el Sida, forjada para enfrentarse a la realidad de las calles de San Francisco hace muchos años, cuando parecía que tan sólo los homosexuales eran víctimas del azote vírico del Sida.
Ratzinger, como está siendo norma desde que elevó el Santo Oficio al solio pontificio, puentea a su antecesor y recupera la teoría que hiciera famosa la santa de Calcuta antes de serlo: "El Sida es una plaga que azota a los perversos por alejarse de Dios".
Por eso no hay que repartir preservativos. Por eso hay que rechazar el sexo seguro. Así todo le cuadra.
África debe seguir sufriendo Sida sin preservativos y los que sobrevivan lo harán porque han cumplido a rajatabla el mandato papal de la abstinencia y no el imperativo racional del latex. La ausencia de preservativos soluciona "su" problema con el Sida en África.
Los promiscuos, las niñas prostitutas, los niños soldados, todos los que tienen una treintena de años para vivir una vida cruenta y miserable, que ninguno de nosotros vive en nuestros noventa años años de exitencia, estarán muertos y África será católica.
Ratziger no ha recuperado la pacata solución profiláctica de la abstinencia. Ha inventado la cruzada biológica ¡Pro Christo!
Lo habiamos malinterpretado, lo reconozco.

sábado, marzo 14, 2009

Benedicto está triste, ¿qué tendrá el inquisidor?

Cierto es que por estos lares abisales no es muy propio hacerse con una porción de piedad o condolencia. Pero dado que, tarde o temprano, el objeto de la misma acabará en estas estancias infernales, hoy me permetiré un exceso de esos píos sentimientos -y de curiosidad, que esa es muy nuestra- y me preguntaré:
¿Por qué llorá el santo inquisidor?
Como en el modernista canto, el inquisidor está triste; como el poeta de antaño nos queda preguntarnos ¿qué tendrá el inquisidor?
No ha de ser mal de amores, ni penas de bandoleón porque el amor divino no produce esas penas y él argenino no es. Lo que tiene el blanco vicario inquisitorial romano es miedo y soledad, quizás más soledad que miedo. Pero tiene ambas cosas.
Y nos escribe cartas -o se las escribe a aquellos que las leen- solicitando ayuda, quejándose de que en la iglesia -su iglesia, esa que está siempre instalada en la razón de dios- se devora y se muerde, se odia y se instiga, se aborrece y se conspira.
No es nada nuevo. Es algo que todos los que no forman parte de esa iglesia saben y que incluso muchos de los que la integran reconocen. Lo único nuevo es que se diga en alto, que no se susurre en capillas y galerias, que no se discuta soto vocce en despachos y aulas teológicas. Que se escriba con papel y con tinta y se lea en los púlpitos.
Porque el papa Ratzinger, que llegara hasta el solio para imponer la norma y la doctrina, ahora está bajo ataque, se encuentra bajo asedio de los mismos purpurados que le encumbraron, de los que le eligieron -por prescripción divina, eso sí-, de los que pusieron la fe de su poder y la creencia de su continuidad en su manos.
Y el ínclito inquisidor austriaco no puede defenderse porque se encuentra solo. Se asoma a los balcones vaticanos y ve desolación; se encarma en las murallas romanas y no encuentra a sus huestes, a aquellos que están llamados -según él- a defender su voz y su palabra -que es palabra de dios, no lo olvidemos-.
No encuentra a sus mesnadas porque, como hiciera el loco general de Waterloo, ha enviado su vanguardia a un bosque demasiado lejano, demasiado intrincado. A tomar una loma que no puede tomarse y perder sus fuerzas en una lucha ciega que no les corresponde.
Sus jenízaros, sus vanguardias de élite, se desangran a diario peleando por ver quien se acuesta con quien, quien puede tener hijos, quien no puede tenerlos, qué estudiar en la escuela, quien puede investigar, qué celulas son buenas, quien se puede morir y quien debe vivir en este mundo sin ganas de hacerlo.
Les envió hace tiempo -en cuanto estuvo al mando- a agredir al Islam, a cargar contra los más recientes hijos de Lutero, a perseguir la sombra de la conversión, a agredir filosofías que ya eran antiguas cuando María ni siquiera había tenido su primera menstruación en Nazaret -si es que llegó a tener alguna-.
Les colocó en la calle a luchar contra gobiernos laicos, contra normas comunes, a paralizar repúblicas, a apoyar a partidos, a solicitar sufragios para aquellos que decían defender sus derechos.
A acompañar del brazo a aquellos que querían tremolar las banderas, a gritar en los púlpitos contra negociaciones, a clamar en las calles contra la muerte digna, a luchar por el poder político de aquellos que les habían prometido prevendas y favores.
Hoy, las huestes de Benedicto Ratzinger están tan detrás de las supuestas líneas enemigas, tan perdidas en campos de batallas muy ajenos a ellas y en los que poco o nada tiene que decir y que ganar, que cuando él las llama en su defensa ya no pueden oirle.
Por más señales que haga, por más humo blanco que envie el santo inquisidor hasta el cielo romano para llamar su alejada atención, los ojos de las tropas católicas que envió por el mundo están vueltos a Moncloa, al Quirinal, al Elisio, al Reichtag o la Casa Blanca y San Pedro se escapa del último rabillo de su visión periférica.
Así que, el vicario inquisidor llora su soledad porque nadie le ayuda a defenderse de los otros purpurados. Porque nadie le apoya por incluir de nuevo en ese club privado que ellos llaman iglesia a los Lefevbrerianos; porque nadie le apoya con la misa en latín o con poner al mando de la iglesia en Europa a los más inmobilistas de los inmobilistas.
De eso tiene miedo -aunque sólo un poquito-. Miedo a que cuando sus tropas vuelvan a mirar hacia Roma, después de intentar, siempre en vano, el asalto al gobierno de los reinos de Europa y de allende los mares, no le encuentren a él dispuesto a consolarles y a mandarles de nuevo a otra tonta cruzada.
Y así espera, como hicieran antes que él otros muchos, rodeado de sus cuatro paladines más fieles -entre ellos Cañizares. No podía ser otro- y enviando misivas para pedir refuerzos.
Espera a que llegue el destino que está escrito que aguarda a culquier líder que se basa en el miedo y la imposición, por divina que sea.
Así espera a que acabe el asedio con un golpe de Estado.

viernes, marzo 13, 2009

COMO DIRIA HADELMAN, LA GUERRA INTERMINABLE

Ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo que todos teníamos que haber sabido que iba a ocurrir. Somos los primeros habitantes de un mundo sin sentido y somos los últimos responsables de que el mundo haya perdido ese sentido.
Cientos, miles, quizás millones de personas se congelaron ante el horror de ver cadáveres salir del metro; de contemplar los cuerpos calcinados expulsados de los trenes en llamas; de atisbar los cuerpos desesperados saltando al vacío entre el humo de los rascacielos.
Cientos, miles, quizás millones de personas recordaron por un instante lo que significa la palabra Guerra.
Eran los mismos cientos, miles, quizás millones de personas que horas antes habían utilizado la magia del mando a distancia para huir de las calles de Bagdad, para escapar de las junglas de Colombia, de los desiertos de Cisjordania o de las yermas praderas de Sudán.
¿Qué hace más horrorosas y atroces las muertes de los londinenses, los madrileños o los neoyorquinos que las de los bagdadíes, los colombianos, los palestinos o los sudaneses?
Ciertamente no el hecho de que sean inocentes, pues todos somos inocentes de las guerras de otros, de las decisiones de los políticos y los líderes. Hasta el más aguerrido de los soldados era un civil un segundo antes de vestirse de caqui, de verde, de azul, de pardo o de cualquiera que sea el color de su uniforme.
Lo que hace atroz y terrorífico lo sucedido en Londres, Madrid o Nueva York; lo que hace que nos paremos anonadados ante el televisor, observando con estupor como la guerra llega a nuestras playas, es el hecho de que nos hace recordar.
Vivimos en una sociedad, hemos creado una forma de vida que no recuerda y creemos que la falsa seguridad que nos otorga esa falta de memoria nos da felicidad.
Creemos que porque nosotros ya no matamos por nuestros dioses otros no están dispuestos a hacerlo; creemos que porque nosotros no cumplimos ni nuestras promesas ni nuestras amenazas otros no están dispuestos a cumplirlas; creemos que porque, como diría el poeta, hemos encontrado formas de masacrar sofisticadas y a la vez convincentes, otros va a utilizar los mismos métodos quirúrgicos y ciertamente indoloros para la población en general.
Pero eso no ocurre y la realidad nos vuelve a asaltar en forma de explosión, con la horrible cara del atentado que nos recuerda que en la guerra moderna vale todo. Que no estamos a salvo.
Londres, como antes Madrid y antes Nueva York, no ha sufrido el ciego azote del terrorismo. Las tres experimentaron lo que sólo puede calificarse como un salvaje y despiadado contraataque.
Cientos, miles, quizás millones de personas se manifestaron hace ya años contra la guerra. Probablemente algunas de las que murieron en Londres y en Madrid –e incluso en Nueva York- lo hicieron.
Pero la guerra sigue. La guerra no ha acabado porque haya salido de nuestras calles, de nuestras pancartas o de nuestras pantallas. La guerra no ha acabado porque no puede acabar.
Los muertos no son responsables, no eran culpables. Tenemos que seguir repitiéndonos eso porque si ellos tenían alguna responsabilidad, por pequeña que sea, la compartirían con todos y cada uno de nosotros. Eso es algo con lo que no podemos vivir, con lo que no queremos vivir.
Los hijos más locos y radicales del Islam han tomado a su dios como excusa para responder con actos de violencia a una guerra que no empezaron ellos. Eso es lo que convierte el ciclo de la sangre en algo imparable.
No me refiero a la guerra de Irak, ni a la de Afganistán, ni a la de los Territorios Palestinos. Ni a ninguno de los conflictos que asolan África o desangran Latinoamérica. Me refiero a la Guerra, La Guerra con mayúsculas.
La guerra que empezó cuando el 30 por ciento de la población del mundo comenzó a gastar y malgastar el 80 por ciento de la riqueza del planeta. Me refiero al conflicto que se inició cuando organizamos una sociedad en torno a combustibles fósiles de los que carecíamos, una tecnología basada en semiconductores que no poseíamos y una alimentación basada en productos que no producíamos.
Me refiero a la guerra por la cual cada día mueren 108.000 personas a causa del hambre y la desnutrición mientras nosotros tiramos un café porque está aguado o nos deshacemos de la fruta porque la hemos dejado pudrirse en la nevera. Me refiero a esa guerra que hace del SIDA una plaga en África simplemente porque no es rentable venderle el retrovirus a los que no pueden pagarlo.
Me refiero a la guerra que empezó cuando nosotros perdimos la memoria. Cuando nosotros creímos que nadie muere de gripe porque nosotros no lo hacemos; cuando creímos que nadie muere en un parto porque nosotros no lo hacemos; que todo el mundo llega a viejo porque nosotros lo hacemos.
Esa es la guerra que no puede acabar y de la que Irak, Nueva York, Bogotá, Gaza, Londres, Mogadiscio o Madrid son sólo escaramuzas.
No es más horrible la muerte de un londinense o de un madrileño que de un irakí o de un colombiano. Simplemente nos hace recordar que el salvajismo de la guerra es un boomengang que siempre vuelve.
No podemos usar ningún argumento en contra de lo ocurrido.
¿Muerte de civiles? Nosotros arrasamos Guernika, Hamburgo, Dresde, Londres y París. Nosotros masacramos a la población civil de Madrid, de Montecasino, de Leningrado o de Dusseldorf en las últimas de nuestras guerras. Occidente inventó el ataque indiscriminado contra la población civil.
¿Terror en las calles? La mitad de nuestros héroes de la Independencia realizaron su guerra en las calles. La mayoría de nuestras revoluciones sembraron las calles de terror y de cadáveres y hoy se las celebra como actos de lucha por la libertad. Occidente inventó la guerra callejera.
¿Locura religiosa? Ningún dios, aunque exista, se engrandece con la sangre. Pero hasta eso lo inventamos nosotros, aunque ya no lo practiquemos.
Todo lo que hagan contra nosotros lo hemos inventado nosotros mismos.
Y ese horror que ahora nos asalta no es otra cosa que el recordatorio de que algo hemos estado haciendo mal durante demasiado tiempo. De que no hemos llevado nuestra propia experiencia de dolor y de llanto allá donde hemos ido; de que no nos hemos preocupado de dar a aquellos a los que quitábamos y de pagar por lo que nos llevábamos.
Cada bomba que estalla por obra de los locos de la última Jihad es el recordatorio de que empezamos una guerra como lo hace todo occidente: sin tener ni la más remota idea de cómo concluirla.
Y todo esto no da razón a los que matan. Ninguno de ellos tiene derecho a hacer lo que hace, pero nosotros no somos quienes para hablar de muertes indebidas. Somos una generación que ha leído la guerra en los libros mientras más de la mitad del mundo la sufría en sus carnes. No tenemos capacidad de reacción.
Hoy nuestro horror es el reconocimiento palpable de que la guerra no es algo que exista solamente por debajo del Trópico de Cáncer y al este del paralelo 49. El horror de la guerra que empezaron nuestros bisabuelos ha llegado al patio trasero de nuestras casas.
Si queremos acabar con esto, si queremos poner fin a la locura que responde con bombas a la otra locura que ataca con hambre y con miseria, creo que sólo nos queda un camino. Tendremos que ser muchos y estar dispuestos a perder mucho. Sólo hay una forma de acabar con la guerra: La Paz.
Cualquier victoria, por rotunda que parezca, por duradera que se antoje, no hace otra cosa que enquistar la guerra, la muerte y el sufrimiento. La victoria no es el camino, la derrota tampoco. Tan sólo la Paz.
Y la paz no llega porque nos exige a nosotros, los occidentales inocentes que abrimos la boca muda ante la barbarie de las bombas de Londres, Madrid o Nueva York, renunciar a muchas cosas. La paz nos exigiría pagar precios justos, nos exigiría consumir exclusivamente el 30 por ciento de la riqueza del mundo y nos exigía dejar de ser lo que somos a costa de otros. Para eso no hay cientos, ni miles, ni, por supuesto, millones de personas dispuestas.
Ver morir a gente en los vagones de un metro, del tren o en su oficina es una muestra más de que nuestra locura ha contagiado a otros. El sinsentido de tamaño acto de barbarie no me deja sin voz, me deja sin lágrimas.
Lo que me aterroriza, lo que me deja sumido en el más atronador de los silencios del horror, es descubrir que la última esperanza de paz para este mundo se diluye con el paso del tiempo. Es darme cuenta de que aquellos que disponían de la razón de su parte han optado por perderla ahogada en sangre y en violencia.
El Horror de Londres, Madrid y Nueva York es descubrir que ni siquiera aquellos que fueron nuestras víctimas y hoy son nuestros enemigos son más inteligentes que nosotros.

miércoles, marzo 11, 2009

11M, un lustro In memoriam

Hoy no voy a hablar de místicas locuras que yerran en el credo de sus propias creencias y llevan al mundo al borde de la guerra, salpicando de sangre su hogar y los de otros en espera de un martirio soñado.
No voy a hablar de ellos porque eso es lo que quieren.
No voy a recordar a oscuros presidentes que confunden gobierno con grandeza, prestigio con dominio, e imponen a sus tierras guerras no deseadas que les conducen al peor de sus horrores patrios.
No voy a recordarlos porque eso es lo que anhelan.
No voy a fijar mi memoria en gobiernos pretéritos que buscaron eludir las verdades, los hechos y las ciencias para convertir aquello que les perjudicaba en las urnas en algo que les diera la llave de seguir en lo alto de un poder que creían eterno.
No voy a hacerlo porque es lo que desean.
No voy a criticar a los medios que someten a un constante revisionismo conspirativo, basado en sus propias ideas, sus propias mezquindades y sus propias aversiones personales, hechos que, ya juzgados, han sido suficientemente explicados y expuestos.
No voy a criticarlos porque eso es lo que anhelan.
No voy a dar pavulo constante a oposiciones que se dicen garantes y respetuosas de sentencias y juicios y luego aprovechan sin tiento el más leve resquicio para cuestionar, manipular y negar las sentencias, exigiendo más investigaciones que les den la razón.
No les voy a dar pávulo porque es lo que andan buscando.
No voy a hablar de grupos que exigen, entre gritos airados, su derecho a saber y luego, cuando saben, niegan lo que conocen y exigen saber más hasta llegar a aquello que creen saber desde el principio.
No voy a comentar sobre ellos porque eso es lo ansían.
No voy a dar más publicidad a ciertos leguleyos que se lucran con libros que fingen agujeros y destapan supuestas cuartas tramas para ganar dinero a costa del ansia conspirativa de unos pocos y el dolor de aquellos que les pagaron por defender su causa.
No voy a publicitarlos porque ese es su objetivo.
No voy a hablar de víctimas porque ellas están muertas o heridas deseando que la vida les siga y les dejen tránquilos.
No voy a hablar de ellos porque ellos no lo quieren.
De modo que, sin gobiernos arteros que llevarme a la pluma, sin los locos furiosos que traerme al recuerdo, sin medios vengativos que acercarme a la crítica, sin oposiciones imprudentes que elevarme al reproche, sin conspiraciones continuas que arrojarme al delirio, sin letrados arribistas que mandarme al desprecio, con víctimas continuas y maltrechas que buscan el descanso, me ha atacado el silencio.
Hoy, que es un once de marzo, cinco años después del famoso 11M, no voy a hablar de ello.
Porque está todo dicho y nadie lo ha escuchado.

martes, marzo 10, 2009

"Quizás..., quizás..., quizás..." -el bolero de la excusa xenofoba Vila Joiosa, Alacant, España-

El hambre nos saca la miserias. Lo dije en estas diablescas líneas virtuales hace algún tiempo y lo ratifico.
La adversidad no nos vuelve lo que somos, no nos impone las ideologías ni los pensamientos, pero nos impide controlarlos, refrenarlos, darles un lugar interior en el que ocultarse para que sólo afloren en las charlas de taberna y las discusiones de sofá de sábado por la tarde en familia.
La pobreza, la adversidad -o la crisis, que queda más bonito, impersonal y profesional- no nos hace miserables. Sólamente permite que se vea.
Hace una semanas fue en Inglaterra, donde los xenófobos que siempre lo fueron y siempre lo serán, la usaron -la crisis- de excusa para promover una huelga contra los trabajadores extranjeros. Hace unos días de nuevo Europa vio desfilar sus miserias -porque ese tipo de miserias sólo saben desfilar- por las calles de Dresde y de Salzburgo.
Y ahora se nos muestran a nosotros en todo su explendor en forma de pintadas contras los odiados moros en las calles de Villa Joiosa.
Porque los pobres alicantinos -los desempleados, no es figurado- echan la culpa de su pobreza a los pobres magrebíes. Antes de la crisis y el desempleo no tenían excusa. Tampoco castigo, pero al menos no tenían excusa.
Pero ahora creen que la tienen. Creen que su adversidad, su pobleza y su pérdida de horizontes les permite albergar resentimiento contra aquellos que por idénticos motivos han tomado una decisión más arriesgada y radical que ellos y han decidido buscarlos lejos de sus entornos, sus familias y sus hogares.
Y actuamos como si así fuera. Como si la cola del paro les proporcionara patente de corso para atacar por doquier, para no pensar, para dar rienda suelta a la miseria de su interior en aras de evitar la miseria que se avecina en su exterior.
Quizás por ello, gobiernos que se dicen progresistas -y lo son en otras cosas- esconden la cabeza y pretenden pagar a los inmigrantes para que vuelvan a sus países. A lo mejor piensan que desapericido el objetivo desaparecerá la inquina, la rabia y la frustración. Quizás piensen que sin extranjeros no hay xenofobia. Quizás dentro de poco envien a las mujeres a sus casa con un sueldo para erradicar para siempre el machismo.
Quizás, sólo quizás, yerren de pleno el blanco.
Quizás eso justifique que se propongan y se aprueben leyes en las que se castiga con multas de miles de euros alojar en tu casa a un inmigrante ilegal sin cobrarle, sin sacar beneficio económico de su situación, sin explotarle. Sólo por darle un techo.
Quizás eso signifique que nuestro famoso 0,7 por ciento, que nuestras ayudas a la reconstrucción de Gaza, que nuestro presupuesto ascendente de cooperación no es nada sino humo, sino ayudar al que está lejos para lavar nuestros pensamientos e ideologías de lo que hacemos dentro de nuestras fronteras.
Comportarse de forma solidaria en la bonanza es loable y deseable, pero hacerlo en la adversidad es exigible y coherente. Pero quizás, sólo quizás, nunca hayamos sido solidarios, sólo condescendientes.
Ahora que molestan, que irritan, que pueden enblanquecernos la conciencia pero nos disminuyen el bolsillo, podemos hacer de ellos objetivos, podemos justificarnos y usarlos de parapeto para que esos que nunca los han querido, los han aceptado ni los han ayudado no se nos alteren más y se nos hagan violentos.
Quizás por eso se recurre a la justificación del "hecho aislado" -ese viejo concepto del loco solitario- en lugares y villas -como la Joiosa- en los que hace ya una década - cuando España iba bien, ya sabemos- ya tardaban horas en serviles un helado o se negaran a ponerles un chocolate en una cafetería esperando que se marcharan y no estroperan la tarde de domingo a su selecta clientela.
Quizás, sólo quizás, de la indeferencia de entonces nos viene la aversión de ahora.
Quizás alguien debería decirles a aquellos que intentan evitar que el inmigrante, el extranjero sea objeto de persecución y rechazo por la regla de tres de eliminar su presencia en España de la ecuación, que esas actitudes no son comprensibles pese a la crisis, no son explicables por mucho que se tire de manual básico de sociología.
Quizás -y estoy improvisando- no habría que hacer leyes para repatriar a los extranjeros y alejarlos del peligro xenofóbo -y de nuestros puestos de trabajo, de paso- sino para evitar que los bancos les cobren a los morosos las pérdidas de valor de sus viviendas una vez ejecutadas las hipotecas.
Quizás -y sigo improvisando- no debería castigarse a aquellos que albergan inmigrantes sino a aquellos que presentan expedientes de regulación de empleo cuando aún tienen beneficios que se cuentan en miles de millones de euros, sin incluir en ellos los sueldos de sus ejecutivos y directivos y manteniendo el nivel de producción y las ventas.
Quizás -y continuo con mi ejercicio improvisatorio- no habría que sacar del escenario al trabajador extranjero, sino al empresario -español o multinacional- que pide el avaratemiento del despido y blinda a sus ejecutivos con despidos millonarios que les suponen cobrar dos millones de euros por perder su trabajo tras siete meses de empleo -lo cual encarece el despido unos cuantos de miles por ciento, creo yo-.
Pero, en un país en el que todavía se considera que el miedo es una excusa para apuñalar cincuenta veces a dos homosexuales y que la apariencia de incorrección es motivo suficiente para no investigar la corrupción, quizás es exigir demasiada responsabilidad no utilizar el hambre como excusa para odiar al diferente.
Quizás, sólo quizas, deberíamos mostrar a la gente quienes son los auténticos culpables de la crisis y no dejar que crean que el magabrí que pide comida junto a ellos tiene algo que ver con ella.
Quizás, sólo quizás, deberiamos saber que el xenófobo es xenófobo siempre y nunca tiene excusas.

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