miércoles, diciembre 31, 2008

La Diosa Desmedida (un mito de renovación)

Era ilógico que una diosa llegara desde donde llegó ella. Pero lo hizo y lo hizo con la suficiencia desmedida del que no alberga la más mínima duda sobre su divinidad.
Hubiera resultado absurdo que aquella que llegó sola, que creció sola y que se encumbró sola pidiera el respaldo del alguien, exigiera la lealtad de alguien. Pero lo hizo.
Clavó su mirada de ámbar en las pupilas del mundo y pidió amor. Su esencia reclamaba que lo exigiera; su naturaleza la impelía a que lo tomara; su nacimiento la obligaba a que lo creara y su muerte la invitaba a que lo ignorará.
Pero ella se plantó ante el mundo y lo pidió. Lo pidió con los ojos, lo imploró con las manos, lo demando con la sonrisa y lo suplicó con el llanto. Lo pidió y luego negó que lo hubiera hecho.
Pero, como no había nadie que pudiera escucharla, no había nadie que pudiera creerla. Así que sólo logró mentirse a si misma, como hacen los dioses siempre que alguien les coge en una mentira.En esas irónicas condiciones de misticismo inverso, hubiera resultado lógico que nadie escuchara a esa diosa de la soledad barnizada de falsa furia; hubiera debido ser imposible que los oídos de las armas y el honor se prestaran a un susurro negado e irreconocible de unos labios desconocidos, de una divinidad sin adoradores.
Unos dicen que fue la belleza; otros que la pasión. Algunos que el azar y los menos que la necesidad. Pero lo cierto es que en aquel mundo no había rey, así que no había gobierno; no había escritura, así que no había ley y no había burocracia, así que no podía haber lógica.
Y por eso los oídos de aquellos que no escuchaban accedieron a aquello que no había sido pedido, que no podía ser pedido. Los caballeros y los escuderos, los gentilhombres y los hidalgos, los maeses y los villanos, los campesinos y los pastores y hasta la soldadesca y la canallesca, quizás estos los que más, escucharon la petición y accedieron a lo reclamado.
Hubiera sido ilógico que fuera de otra manera. La diosa desmedida recibió así una respuesta sin medida.
Y el mundo amó.
Amó sin saber a quién: amó a quienes no debía amar; amó mas allá del gobierno de un rey inexistente; por encima de la ley de una escritura aún no descubierta; amó más allá de la lógica de una burocracia innominada.
El mundo amó contra la inteligencia que le había creado y no gracias a ella; amó oponiéndose al instinto que le había garantizado su supervivencia y no a causa de él.
La diosa desmedida les pidió amor y ellos se lanzaron a él sin reservas, sin ambages, sin cortapisas y sin explicaciones.
Pero, pese a que de cualquier dios se espera que acepte a sus adoradores, de cualquier deidad se intuye que acoja a sus suplicantes, La Diosa Desmedida volvió a mirar a los ojos del mundo y se marchó como si nunca hubiera estado allí.
Cada año, cuando el invierno enfría los árboles, los rostros de las mujeres y los bajos de los hombres, la diosa vuelve exigiendo lo que no pidió y pidiendo lo que no deseaba. Pero ya no recibe nada. Como no puede ser de otro modo, cada año, en forma de besos, de brindis o de abrazos, la diosa desmedida recibe la respuesta sin medida de aquellos que la escucharon.
Así comenzó la era del hombre. Contra el instinto, contra la inteligencia, contra la ley, contra la diosa. Los hombres aman. No porque la diosa lo quiera, no porque la inteligencia lo damande. Los hombres aman porque su vida y su mundo no les ha preparado para otra cosa.
Pero no a la diosa, no aman a la diosa.
Cuando no se espera una respuesta no te puedes quejar de que la respuesta que te dan no sea la que esperabas.
Ni aunque seas un dios.

¿Y si el mundo de Sión se acabara mañana?

Mientras preparamos el pavo y las guindas -o la lombarda y la dorada, que de todo tiene que haber- los ataques aereos siguen masacrando Gaza. No es que una cosa tenga que ver con la otra. No es que la celebración del año nuevo -porque del viejo, si nos paramos a pensarlo, poco hay que celebrar- tenga que estar mediatizada por algo que por reiterado, lejano e inevitable se nos antoja casi como parte del orden natural de las cosas, pero la coincidencia de ambos momentos podría significar algo.
Algo, además de que Israel y sus halcones de la guerra no aprenden de sus propios errores, que es un conocimiento que ya tampoco resulta nuevo.
La fiereza, la celeridad, casi la urgencia, de estas acciones nos hacen pensar. Por lo menos me hacen pensar a mi, aunque ese es un vicio que no se le puede achacar a muchos de los que, desde los puestos de responsabilidad política en todo el mundo, se enfrentan a esta crisis -eufémica nomenclatura de exterminio o al menos intento de exterminio-.
Cualquier línea de pensamiento que emprenda me lleva a la misma pregunta ¿Por qué? Pero no el porque último o filosófico de la cuestión. No el porqué que se responde - de forma parcial y viciada- con la lucha contra el terrorismo o el derecho de existencia de la nación hebrea. Sino el porqué cotidiano, el porqué inmediato que se esconde tras los otros porqués más llamativos y grandilocuentes. ¿Por qué ahora?
Y la respuesta se convierte en algo tan comprensible que parece mentira, que parece imposible. Israel se ha lanzado al exterminio de Gaza -disfrazado del exterminio de Hammas- porque teme que el mundo se acabe mañana.
No he descubierto una extraña profecia Hassidica que hable del fin del mundo e 2009 -aunque seguro que la hay. Cuando llevas tres mil años profetizando, el mercado de la visualización del futuro da para mucho-, más bien se trata de que Israel y sus josues, sus señores guerreros, temen que su mundo se acabe mañana.
Los cohetes de Hammas vuelan sobre algunas poblaciones hebreas desde hace tiempo y Hammas ha demostrado hace mucho tiempo que sólo son una organización que ansía el poder por encima de todo para imponer su criterio -también mesiánico y fanático, ¡que casualidad!- de como debe ser el mundo. Así que ese no es el motivo de que ahora se les bombardee llavándose por delante a cuatrocientos civiles en el intento.
No se trata de restablecer la legalidad en la zona -eso si sería novedoso- y borrar del mapa a la facción más sangrienta del islamismo radical ni, por supuesto, de liberar a la población palestina de la franja de Gaza de un gobierno autoproclamado e ilegal que les lleva al desastre y les mantiene en la miseria. Si se tratara de eso lo habrían hecho cuando Hammas cerró Gaza incluso a Al Fatah -la otra facción palestina y se constituyó en gobierno islámico.
Pero no lo hicieron porque la división palestina les beneficia, porque la estupidez y la intransigencia de Hammas en Gaza les hace el trabajo sucio. Es mejor dejar que los propios palestinos se liberen de Hammas cercenando sus cuellos en el proceso. Así que ese tampoco es el motivo.
¿Por qué ahora, entonces? Sigo preguntándome. Podría ser porque por fin han localizado la estructura cuasi invisible y perpetuamente esquiva de Hammas y no quieren perder la oportunidad. Pero entonces recuerdo que el aparato militar de los hijos de Abraham sabe desde siempre donde están los líderes de Hammas. Saben que se esconden en Teheran y en El Cairo, saben que los bombardeos no les tocarán; saben que están más allá de esa mano de Elias que se intenta extender allá donde llegan los cañones de Sión. Así que ese no puede ser el motivo como no puede serlo que consideren que esa estrategia militar vaya a dar resultado donde han fallado los ataques selectivos y la invasión.
No es posible que hayan olvidado tan pronto Libano, el Valle de La Becah, Hezbollah, Jericó, Rammala -y Cisjordania en su conjunto-, Los campos de refugidos de Sabra y Shatila y todas las matanzas y ataques masivos que lo único que han logrado a lo largo de la historia de este conflicto lo único que han logrado ha sido engrosar lasa filas de fanáticos de todo el mundo que necesitan una razón para lanzarse a la batalla.
Si Israel aún no ha descubierto esa realidad, es que -como en el chiste- necesitan que el propio Rey David o encluso Jehova bajen de los cielos para decirles: "Os hize fallar en Libano, permití que Hezbolla resistiera, hize aparecer a Hammas después de lo de Shatila, ¿qué más señales queríais que os enviara para demostraros que esa táctica no llevaba a ninguna parte?
Entonces, eliminado lo obvio, lo impensable, lo absurdo, lo místico e incluso lo electoral -aunque el que empieza mañana sea un año de elecciones, están estan demasiado lejos aún como para que los actos de estos días queden en la memoria de los votantes-, sólo queda una explicación: Israel hace lo que hace porque -a lo mejor para el mundo y a lo peor para ellos- teme no poder volver a hacerlo. Teme que el mundo, o al menos su forma de ver el mundo, se acabe mañana.
A los visionarios mesiánicos de Sión que, hoy por hoy, dirigen Israel no les importa que puedan crearse por sus actos legiones de fanáticos pseudo religiosos que empuñen sus cuerpos y sus bombas por las calles de Tel Aviv, porque esperan que no quede nadie vivo para hacerlo. Necesitan hacerlo y hacerlo ahora y de forma masiva porque con el nuevo año pude que se acabe la carta blanca, el mirar a otro lado. Porque pasado el solsticio de invierno temen que las legiones y las flotas del imperio, que tendrán otro comandante, no estén tan dispuestas a permanecer en sus campamentos mientras ellos "limpian de malas hierbas" el patio trasero de su casa.
Obama sigue en Hawai y se niega a hablar sobre la ofensiva. Bush sigue en la casa Blanca y continúa dándoles la razón y la carta blanna para hacer lo que les viene en gana. Barack dice que sólo un presidente puede hablar por el pueblo americano, pero el hecho de que no apoye al presidente actual y guarde silencio deja a las claras que, como Daniel -el profeta, no el travieso-, no habla para no contradecir al faraón, pero que cuando abra la boca no adorará a sus dioses. Al fin y al cabo Barack dice que se marchará de Irak y Bush ni siquiera se lo plantea.
Así que la ofensiva, el momento del ataque y la intensidad de la matanza no se debe a un recrudecimiento del terrorismo ni a un endurecimiento de las posturas hebreas. No se debe a nada que crea o deje de creer el pueblo o el gobierno israelí. Se debe exclusivamente a una cuestión de oportunidad porque temen -esperemos que con razón- que puede ser la última oportunidad que tengán para llevar a la práctica su progromo.
Puede que les salga bien. Puede que mueran tantos palestinos en Gaza que ya no haga falta volver a bombardearlos; puede que cuando alguien les quiera impedir hacerlo ya no tengan nada que impedir porque Gaza sea un hediondo erial en el que los cadáveres se acumulen por el fanatismo mesiánico de Hammas y el gobierno israelí
Puede que así sea y su Solución Final tenga más éxito que esa otra que se decidió en los castillos de las montañas alemanas hace más de medio siglo. Esa que también fue el fruto de una decisión desesperada de aquellos que creían que no iban a tener tiempo de llevar a cabo sus planes asesinos si no se daban prisa porque los aliados estaban llegando a sus fronteras y los rusos a su capital.
Y si la comparación les ofende, que no se dediquen a hacer lo mismo que ellos.

El Occidente Incólume (2)

Ayer os hablaba de que somos incapaces de ver el mundo en la inmensa gama cromática que los "ismos" nos proponen. Nuestra exclusiva preocupación por nosotros mismos nos impide matizarlos, mezclarlos, adherirlos, así que sólo nos quedan tres tipos de respuestas. Sólo nos permitimos afrontar el cambio del mundo, afrontar nuestro propio universo ideológico de tres formas.
1.- El estanco bicromático.
Eludiendo las propuestas de metodología que algunos de esos propios “ismos” proponían e incluso ignorando la tradición de síntesis intelectual de nuestra propia cultura, hemos recurrido a la sencilla opción de estancarnos en el mundo en blanco y negro que los ismos del XIX propusieron como punto de partida. Pero nuestros mundos se han hecho tan reducidos, nuestras circunstancias tan ajenas y nuestras perspectivas tan cerradas que, lo que para los ideólogos del XIX eran puntos de partida y fotografías estáticas de un momento determinadas, se han convertido en finales convenientes que evitan toda posibilidad de evolución.
Puede parecer un ejercicio de compromiso pero si lo miramos en detalle se trata de posturas heredadas, ya sea por emulación o por reacción, que no sólo nos responden a nuestras expectativas reales de existencia, sino, lo que es más grave que no nos permiten mover el pincel de nuestras vidas hacia otros colores, hacia la mezcla con el arco iris que debería jalonar el universo de nuestras ideologías y creencias.

2.- Grises sin horizonte
El cansancio de no reconocernos en esas tinturas maniqueas en blanco y negro. En ese mundo de buenos y malos en el que los buenos somos siempre nosotros y el negro es todo aquello que no coincide con unos criterios que usamos por reiteración aunque ya no nos sirvan, nos conduce a buscar una salida y la única salida en una paleta invadida por dos colores antagónicos es mezclarlos, buscar una nueva tintura de dos que resultan imposibles de percibir por separado
Hemos recuperado para pervertirlo el concepto clásico del término medio, buscando una virtud que no nos satisface pero que simula conferir a nuestra existencia un equilibrio que nos hace huir de la falta de sentido que hemos generado en nuestro universo.
Nos convertimos en niños pequeños manoteando entre sus temperas y mirándonos las manos buscando un nuevo sentido al color sucio que vemos impregnado en nuestras palmas.
Para nosotros el mapa de nuestra existencia se convierte en un inmenso cúmulo de grises, como si los tonos intermedios fueran capaces de decorar y matizar una existencia que los dos tonos básicos y puros son incapaces de llenar.
Así, nos convertimos en funambulitas de nuestros propios impulsos y nuestras propias vivencias. Encontramos la virtud en no hacer nada completo, en mantenernos en constante equilibrio, aferrados a una barra que nos permite mantenernos rectos sobre el abismo pero que nos impide movernos para evitar que el peso de uno de los lados nos desequilibre trágicamente.
De modo que se trata de no caer en nada de forma completa, de mantenernos en el gris central de la existencia para evitar que cualquiera de los extremos maniqueos –que en realidad no hemos abandonado- nos capture y nos exija el compromiso y el esfuerzo.
Pero no nos damos cuenta que, una vez mezclados, el blanco y el negro que hemos ensuciado, no sólo no pueden separarse sino que no persisten como tales. Cuando ya hemos renunciado al cromatismo ideológico, al arco iris de los sentimientos y a la paleta afectiva nos damos cuenta que el gris siempre es gris y no puede dejar de serlo.
Nos damos cuenta de que no odiar demasiado supone no amar demasiado; de que no sufrir demasiado lleva aparejado no ser plenamente feliz; de que no esperar demasiado supone no recibir demasiado. Cuando ya hemos enfangado de gris el paisaje de nuestra vida nos damos cuenta de que los colores - aún el blanco y el negro- han desaparecido del horizonte.
Ya no podemos avanzar hacia el blanco nuclear ni retroceder hacia el índigo negro. No podemos movernos más que en escala de grises. No hemos mezclados las ideologías, las hemos perdido y no podemos recuperarlas porque los “ismos” a los que nos aferramos han dejado de mostrarnos un horizonte
De manera que el gris nos impele, al igual que la falta de perspectiva, al igual que el blanco y negro inicial a permanecer quietos en este caso porque no hay ningún lugar al que llegar.

3.- La gama monocroma
Pero incluso cuando suponemos que hemos salido de la bicromía de los “ismos” o que hemos conseguido subsumirla en la amalgama de grises en la que hemos macerado nuestras creencias e ideología; incluso cuando somos capaces de atisbar los colores que deberían servirnos para configurar nuestra paleta, los aplicamos de forma incorrecta.
Nuestra desidia a la hora de colorear nuestras vidas nos ha hecho que, incluso aquellos que recurren a la creencia o a la ideología para atisbar una visión del universo que la falta de perspectiva les ha negado sean incapaces de superar su propia existencia para plantearse la del mundo.
Abandonando la metáfora pictórica.
Hemos conseguido compartimentar las ideologías, las hemos matizados hasta extenuarnos; las hemos escindido hasta convertirlas en retazos; las hemos segmentados hasta que nuestras percepciones han sido capaces de asumirlas.
Incluso aquellos que son capaces de proyectarse más allá de las perspectivas individuales y seguir contemplando el mundo como algo general, son incapaces de acudir más allá de sus propias necesidades.

Así, hemos desistido de las ideas o las creencias generales y nos limitamos luchar –incluso a combatir, los más arcaicos- por principios que aunque se nos antojan universales y eternos son sólo una expresión de nuestras necesidades individuales.
No nos presentamos ante el mundo con ideologías universales, sino con pequeños “auto ismos” que ni siquiera nos representan en nuestro conjunto como seres humanos, sino que sólo ponen el énfasis de nuestra lucha, nuestra solidaridad o nuestra reivindicación, en una faceta del mundo y en una faceta de nosotros mismos.
Con la evolución de los tiempos, hemos perdido las ideologías generales y nos defendemos en cuanto somos mujeres, hombres, homosexuales, individuos raciales, minusválidos, divorciados, agredidos, maltratados, lesbianas, inmigrantes o cualquier otro tipo de aspecto de una sociedad o un individuo, pero nunca planteamos conceptos generales.
Por ello cada reivindicación nos enfrenta a otro colectivo, cada petición nos enfrenta a las exigencias antagónicas de otro colectivo igualmente representado. Volviendo a la metáfora pictórica
Como solo elegimos un color –por muchos que tengan nuestras banderas y nuestros símbolos-, todos los demás colores no armonizan con el nuestro así que sólo nos queda la solución de mezclarlos con el color elegido para transformarlo en algo que nuestro ojo pueda percibir o simplemente ignorarlos como si no figuraran en la paleta. Somos incapaces de pintar con los colores de los demás.
Somos incapaces de generar, inferir o deducir ideologías globales que puedan suponer que nosotros mismos como individuos o como colectivos no seamos el centro y los principales beneficiarios de las mismas.

Resumiendo que nos conformamos con ver el mundo en el maniqueísmo del blanco y el negro y cuando esa actitud deja de servirnos, porque somos incapaces de acceder a ninguno de los dos horizontes, intentamos teñirlo todo de unas medias tintas insustanciales que nos posibilitan permanecer en la inacción del falso equilibrio que nos ocasiona el punto medio –entendido este como mediocridad-. Cuando nos damos cuenta que la bicromía no nos conduce al final retornamos a los colores para elegir solo los de una gama rechazando la más cansada y frustrante posibilidad de intentar componer una pintura en la que nuestro color sea sólo un matiz del conjunto de las tonalidades.
Como con los “autos” nos hemos negado la perspectiva y con los “ismos” nos hemos cercenado la gama cromática, no encontramos la forma de dar profundidad al paisaje vital que queremos dibujar y el resultado es el único que cabía esperar: un dibujo plano y estático.
Lo que ha generado en nosotros, en nuestra sociedad y en nuestras existencias la dinámica del recurso a todos los “auto ensalmos” que jalonan nuestras decisiones no se ha limitado a impedirnos colocar las piezas del retablo por carecer de la clave en perspectiva que nos de las distancias.
Con el correr de los tiempos, de los últimos tiempos, hemos perdido algo más importante. El mundo que vivimos, de ese del que decimos que pierde su sentido, es un mundo parado.
(seguirá, para vuestra desgracia)

martes, diciembre 30, 2008

Los conversos del bastardo

Este solsticio de invierno al que algunos llaman navidad es propicio para cuentos, así que yo, habituado a tales narraciones y a su futilidad, voy a contaros uno. Tanto tiempo he estado sin presentaros mi diablesca pluma que ahora puedo permitirme ese lujo.
Erase una vez una mujer que queda embarazada en sospechosas circunstancias. Se niega a decirle a todo el mundo quien es el padre de su hijo y, como no puede ser de otro modo, es recluida en la casa familiar para ocultar la vergüenza que ha acarreado a su estirpe, la vergüenza que los de su propia sangre sienten por el hecho, no sólo de que haya mantenido relaciones sexuales ilícitas, sino de que haya roto una promesa de matrimonio dada a un buen hombre que quería casarse con ella.
Y ese individuo, que tiene la posibilidad de repudiar la relación, no lo hace, decide tomar a esa mujer como esposa porque la ama y porque realmente le importa bastante poco con quien haya podido acostarse o no. Y eso que su familia está en contra de ello.
Así que una madre soltera y un individuo al que el matrimonio le importa realmente un carajo y al que los principios tradicionales como la virginidad, la sacramentalización del sexo y otra serie de zarandajas de ese tipo no le impiden estar enamorado de la mujer de la que está enamorado comienzan una vida en común. Y además cuidando al hijo de un desconocido, por lo menos para el padre.
Luego llegaron lo problemas mentales del hijo, su rebelión, la incapacidad de los padres para contenerle y su trágico final. Pero eso, como dirían los amantes de los relatos clásicos, es otra historia que debería ser contada en otra ocasión.
Para los contadores de cuentos del siglo XV, este cuentecillo sería una fábula aleccionadora para las jovencitas promiscuas; para los novelistas románticos del XIX, un claro ejemplo de que el amor puede superar las barreras sociales y familiares; para los sociologos del XX, una muestra de que la sociedad se está organizando en familias desectructuradas que hacen frente de formas diferentes al reto de la supervivencia, la educación y la evolución.
No es más que un cuento, una historia que tienen tantos visos de ser inventada como aquella que dice que un ser inefable fundó, organizó y construyó el orbe en el espacio y el tiempo que hay entre sabbath y sabbath.
Pero es un cuento que los que ahora claman por la familia tradicional han olvidado. Y eso que es el cuento con el que justifican el nacimiento de aquel al que consideran su redentor.

Así las cosas, al temerario grito que supuestamente lanzo el desequilibrado hijo de esta pareja en el templo de Salomón de ¡Dios no es un israelita! habría que sumar otro de la gisa de ¡Y su hijo es un bastardo, nacido de una adultera y educado por alguien que no es su padre en el seno de una familia desectructurada!. Dicho esto sin ánimo de ofender, claro esta. Que hoy por hoy la ofensa es más importante que la verdad, o la realidad si se prefiere.
De todo ello se deduce que, para el egregio Benedicto y el no menos ínclito Rouco Varela, resulta que aquel que nace en una familia claramente desectruturada, que no respeta el canon tradicional de matrimonio, hijo, padre y madre ahora, dos mil y pico años después decide que lo que se debe defender es la familia que él no eligio -por que ,según los que dicen saber de esto, él lo eligió así- para venir a este mundo.
Yo ni siquiera me creo que eligiera un tipo de familia en concreto. Pero claro eso no cuenta porque yo no me creo siquiera que pisara este mundo.
Pero si llevas 2000 años contando un cuento, lo menos que se te puede pedir es que te lo sepas de memoria y a pie juntillas. Y si utilizas ese relato -épico en ocasiones y místico en otras- para justificar todos tus pasos y convicciones lo que se te debe exigir es que no te desvies de él por conveniencia.
En fin, que esto de la familia tradicional de padre, madre y espíritu santo -¡uy perdón e hijos!- está muy bien y puede que sea el modelo que ellos elijan, pero que no nos intenten vender que es el que eligió su dios porque, lo siento, no es así.
La familia se basa lamentablemente en la sangre -lamentablemente porque no se elige- y afortunadamente en el amor. Ese es el único modelo que ha prevalecido a lo largo de los siglos y nada tiene que ver con la configuración cromosomática de los integrantes de la familia.
Si ellos quieren poner el énfasis en el sexo de los integrantes, en los aspectos contractuales de la misma o en las dinámicas disciplinarias del asunto están en su perfecto derecho. Sólo están estropeando sus vidas y poniendo en riesgo la estabilidad mental de su progenie. Si ellos quieren volver su vista más hacia Sodoma que hacia Nazaret están en su derecho. Ellos inventaron el cuento y pueden cambiarlo cuando quieran. Pero sólo les servirá a ellos.
Si quieren creer que el amor es algo que da el sexo o que aporta la sangre, seguirán estrellándose en el muro de su propia intransigencia y su celibato revelado.
Los hay que optamos por el amor, ni siquiera por la sangre. Por el amor.
Pero tampoco nos sorprende en absoluto la profusión y arbitrariedad de su defensa y lucha por la familia tradicional.
Los jenízaros -hijos de cristianos- fueron los más acerrimos guerreros de los sultanes turcos; Torquemada -judio converso- fue el más firme defensor de la fe de sus majestades católicas de España y Hitler -con una ascendencia hebrea tan clara que convirtió el arribismo de los aristócratas alemanes en simple ceguera estúpida- fue el más cruel perseguidor que el pueblo hebreo conoció después de Tito.
Como jenizaros, torquemadas o hitlers, los Roucos y Ratzingers de hoy en día son los más firmes defensores de la familia hombre y mujer contractual. Al fin y al cabo descienden -ideológicamente, se entiende- de un bastardo, hijo de una mujer y un espíritu sin sexo que se supone nació en Judea allá por el reinado de Octavio como emperador de Roma.
Los conversos siempre son los que más interés ponen en defender lo contrario a lo que les dictan sus orígenes. Los que siguen a un bastardo - aunque sea de dios- están obsesionados con la pureza de sangre. Los que rezan al hijo de una mujer y de algo que no tiene sexo definido son los que insisten en que no haya familia ninguna que no sea hombre y mujer. Si no fuera patético sería gracioso.
¡Que leche, es gracioso!

El Occidente Incólume

Últimamente me da por escribir. He recuperado un vicio que la desidia y la televisión -entendida como puesto de trabajo- me robaron. Cuando escribo pienso y no a la inversa, así que en ocasiones mis textos van de un lado a otro sin que la idea inicial tenga mucho que ver con el producto final del deambular de mis dedos sobre el teclado. Espero que este no se a el caso.
Últimamente me ha dado por pensar. Algo que no hacía de manera sistemática desde que la cotidianeidad y mi propia frustración me apartaron de los teclados que son las herramientas de mi pensamiento. Y cuando vuelvo a pensar, vuelvo a intentar abarcar la totalidad de lo que veo, lo que escucho y lo que percibo. Siempre he pensado de dentro hacia a fuera. Nunca le he encontrado sentido ha pensar de fuera hacia adentro. Me ha perecido en exceso egoísta.
Últimamente me ha dado por vivir. Una actividad a la que renuncie cuando decidí que la vida me había quitado todo aquello que yo le había dado. Y me ha dado por vivir para la vida. No para mí, no para otros. No para nadie.
Y escribir, pensar y vivir así no me hace necesariamente correcto con aquellos que debería serlo, ni obligatoriamente irrespetuoso con aquellos que se lo merecen. Me hace escribir lo que pienso, pensar lo que vivo y vivir -o al menos intentarlo- lo que escribo.
Todo este prefacio nos lleva al comienzo de un texto que necesita una introducción no por su longitud, ni por su relevancia. Sino porque es algo que nunca he hecho y que he sido impelido a hacer por mi propia necesidad. El Occidente Incólume es un ensayo y como todo ensayo, es evidente que tendrá sus errores. Pero es la primera sistematización de al menos una parte de mi pensamiento. La que hoy por hoy es la más importante.
Aquellos que tengan la desdicha de leer este texto nunca más podrán decir de mí que no conocían lo que pensaba del mundo y sus habitantes. Lo que pensaba de mí
No se trata de describir a nadie, no se trata de acusar ni de señalar, se trata de pensar, de observar y pensar.
Como es regla general, la mayoría pensará que nada de esto va con ellos.

La primera pregunta que se antoja en algo que pretende estar organizado es cuestionarse qué somos. Los comos y los cuandos ya sabemos que son montajes para los observadores y los porqués son espectáculos privados para las mentes de aquellos que se paran a reflexionar sobre ellos. Así que sólo nos queda una forma de empezar ¿qué somos?

Y la pregunta está bien hecha, es intencionada, no ¿quienes somos? sino ¿qué somos?


LA DINAMICA DE LA ELUSION
1.- Hacedores del Sinsentido
“Somos los primeros habitantes de un mundo sin sentido”. La frase de Gabriel Albiac, aunque vagamente descontextualizada, podría servir para resumir lo que estamos haciendo ahora en el mundo, pero para mi no es mas que una muestra de cómo, hasta los más clarividentes de los pensadores de nuestro tiempo, eluden una responsabilidad que sólo nos corresponde a nosotros.
De la aseveración de Albiac podría deducirse que hemos heredado un mundo sin sentido sin ninguna responsabilidad y, por supuesto, sin ninguna culpa en ello. Pero eso no es así. No hemos heredado un mundo sin sentido: Somos los hacedores de un mundo sin sentido.
Nuestras constantes renuncias, nuestras continuas desidias y nuestros permanentes abandonos han construido, piedra a piedra, la muralla que rodea ese mundo carente de todo sentido en el que habitamos por propia voluntad y que mantenemos y perpetuamos con cada una de nuestras acciones cotidianas.

El sentimiento occidental de encontrarse en un mundo en el que las cosas “ya no son como deberían ser” no parte de un anhelo de cambio, parte fundamentalmente de un intento de ocultar la responsabilidad que como individuos, como sociedad y como principales actores del drama de nuestras propias vidas, tenemos en ese sin sentido.
Amparados en nuestro propio dolor, escudados en nuestros propios recursos y con la gruesa pincelada que nuestros pinceles han dibujado a lo largo de varias generaciones, hemos plasmado un paisaje de desdicha y de desasosiego interior y exterior en el que luego nos hemos colocado para gritarle al mundo nuestra desgracia por tener que vivir en ese paisaje, rodeados de sombras y de lagunas estigias, donde nuestra vida diaria se convierte en un vagar sin rumbo; en un caminar que sólo nos conduce a un nuevo amanecer de un sol más mortecino que el que alumbraba el día anterior. Pero ese sentimiento, esa nueva “cosmoagonía” ha crecido mamando de nuestra propia leche y por ello somos responsables de nuestro de nuestro propio sinsentido, de nuestra egoísta desdicha.
Muchas son las formas y las maneras en las que hemos logrado fabricar el sinsentido de nuestras existencias, en las que hemos llevado a cabo el diseño estructural y lógico de un lienzo artístico que no nos complace pero que, como autores reticentes a reconocer su propia falta de genio y de inspiración nos negamos a rasgar.
Hemos asentado en nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestras almas, en caso de que las tengamos, un sinfín de significados que nos han llevado a ser lo que somos, pero que sobre todo nos han impedido ser lo que no somos. Las figuras del cuadro que hemos pintado en el mundo están paradas, hieráticas y estáticas sin ni siquiera una sombra de movimiento, un amago de profundidad. No hemos perdido la perspectiva del mundo, simplemente nos hemos dedicado a cambiarla de manera que cuando nos volvemos a él, tras olvidar las nuevas leyes que nosotros mismos hemos diseñado, somos incapaces no sólo de reconocer el paisaje sino incluso de reconocer las escena y los personajes que la habitan. 

Somos pintores que se empeñan en pintar sin recordar que ellos mismos cambiaron las leyes de la perspectiva, eliminaron la persistencia de la visión y acabaron con las leyes cromáticas que regían el mundo. Somos artistas que intentan copiar un paisaje estando ciegos.


a) La perspectiva cercenada
Nuestro cuadro, el óleo que pintamos a ciegas en nuestro mundo, nos resulta incompresible porque hemos cercenado la perspectiva universal que mantenía el mundo, la línea que, perdiéndose en el horizonte, nos permitía cuadrarnos ante nosotros mismos y saber en que plano se encontraban las cosas.
Y el cincel que ha desgajado esa parte del arte de vivir, la gumía que ha eliminado ese nudo dejando nuestra existencia como una tabula rasa sin forma; el aguafuerte que ha desleído los trazos de esa perspectiva generada en el mundo por siglos de esfuerzo y de combate, tiene siempre indefectiblemente el mismo comienzo. Distintas terminaciones, pero el mismo nombre: auto.
Desde que, en los años setenta del pasado siglo, surgiera lo que podría definirse como el nuevo Corpus Hermeticum de las ciencias, oscuras y ocultas, de lo auto, nos hemos afanado en tejer el encantamiento que ha privado al mundo de la mayor parte de su sentido.
La autoayuda, la autoestima, la autovaloración, el autoconocimiento y la infinidad de “autos” que les han acompañado desde entonces han formado una telaraña de afinidades y ritos que, como los que se heredaran del Hermes Trismegisto de la antigüedad, se nos presentaron como la fórmula arcana de reformar el mundo, de cambiar la realidad y de transformarnos a nosotros mismos, pero se han ahogado y perdido en la contrarreforma que aquellos que un principio estaban llamados a ser los artífices de esos cambios, o sea nosotros mismos, emprendieron cuando se dieron cuenta que ese nuevo hermetismo exigía algo a lo que no estábamos dispuestos.
La perspectiva que han generado los “autos herméticos” sobre el cuadro del mundo no sólo ha acortado la perspectiva que se usaba hasta entonces y que abarcaba todo el mundo en lo social y lo personal. No sólo ha hecho que la línea del horizonte se convierta en un ínfimo guión de escasos centímetros que impide observar las distancias apropiadas de las cosas, sino que ha cercenado de un tajo el mismo concepto de la distancia.
Todos los autos estaban llamados, por su propia naturaleza, a distorsionar la imagen del mundo, a acortarla hasta destruir el mismo concepto de circunstancias, que Ortega y Gasset se esforzara tanto por crear para el ser humano.
Y lo ha destruido para sustituirlo por un voluntarismo indómito que parecía ser capaz de vencer todos los obstáculos. Eso estaba en la naturaleza de una filosofía, que hacía que el individuo dependiera exclusivamente de si mismo para afrontar un mundo en el que sus circunstancias se convertían en algo que podía ser simplemente modificado por la aplicación casi mágica de los mantras y letanías que componían el nuevo cuerpo oculto de la literatura de la autoayuda y todos sus primos.

Pero lo que realmente ha cercenado de golpe la perspectiva universal del ser humano es el uso que hemos hecho de ella. Es el aprovechamiento baldío que hemos hecho de los ensalmos de la bibliografía y la filosofía de lo auto.
Le hemos quitado el sentido a esa nueva magia de agoreros y videntes de orla universitaria porque simplemente hemos utilizado nuestra libertad y nuestra capacidad de análisis para cortar por la mitad todos los principios que esos conocimientos arcanos del siglo XX preconizaban. Y lo hemos hecho sin tener en cuenta que al cortarlos destruíamos de forma definitiva toda posibilidad de perspectiva en el mundo que estábamos reflejando en el lienzo de nuestras vidas.
Hemos hecho un valor del auto conocimiento en si mismo y nos limitamos a decir “la solución está en conocerse a si mismo” ¿La solución a que? Ni siquiera nos preocupamos de plantear el problema. La auto aceptación es la llave de una vida plena; la autoayuda te permite superar todas las contrariedades vitales; la autoestima te de la fuerza para afrontar cualquier reto.
Y sobre esas muletas, sobre esa yunta de bueyes ciegos y castrados, cargamos el peso del carruaje de nuestras existencias, ignorando la segunda parte, mucho menos hermética y más radical que aportaban todos esos arquetipos sapienciales comenzados por auto que inundaron nuestras librerías.
El autoconocimiento nos plantea por principio la exigencia del cambio. No basta con saber lo que somos hay que cambiar lo que no debemos ser. La autoayuda nos exige solucionar los problemas sabiendo que, en muchos casos, somos los causantes de los mismos. La autoestima nos permite afrontar los retos, pero sólo aquellos que realmente estamos preparados para afrontar y la auto aceptación es imposible cuando su hermano mayor, el auto conocimiento ha encendido una linterna roja de aviso, por pequeña que sea, en cualquiera de los puertos de nuestro ser.
Hemos utilizado la excusa del universo hermético que abría ante nosotros toda la filosofía de la “auto” para asentarnos en un universo que ha perdido el sentido a medida que hemos dejado avanzar por los salones de nuestra casa a los, como diría el Jedi, reversos tenebrosos de esas artes mágicas que nos ofrecieron los psicólogos y charlatanes de los años setenta.
Aquellos que estaban destinados a desfilar por las amplias avenidas de nuestras vidas como un batallón de relucientes húsares imperiales presto a la asistencia de aquel que los convocara se han transformado, por mor de los hechizos recitados a medias y las enseñanzas transmitidas en retazos cortados, en cosacos que galopan alocadamente por los más retorcidos y recónditos callejones de nuestras existencias, cortando a curvo golpe de sable toda posibilidad de descubrir la perspectiva del mundo.

Hemos transformado la autoestima en auto arrogancia, el autoconocimiento en auto engaño, al autoayuda en auto satisfacción y la auto aceptación en auto complacencia y los hemos soltado a cabalgar por los tapices de nuestras existencias para romper cualquier hilo que nos vincule con algo diferente a nosotros mismos.
Y durante unas décadas hemos sido felices contemplando tan sólo el retazo parcial del inmenso retablo de la existencia que nuestras artes y pinceles, cercenados de perspectiva, nos permitían dibujar. Pero ahora, cuando contemplamos el mundo no entendemos el retablo en su conjunto. Se nos antoja sin sentido, se nos vuelve un absurdo en sus trazos y pinceladas.
No porque esté mal pintado, ni siquiera porque los colores no correspondan con los que deberían decorarlo, sino porque, nuestras vidas, pasadas por el crisol de un conocimiento arcano y mutilado, no pueden ser interpretadas por los demás y nosotros no podemos interpretar las vidas de los otros.
Porque la eliminación de la perspectiva ha colocado a todas las figuras de los lienzos murales que explican nuestras vidas a una distancia invariable en su condición de infinita de cada uno de los autores de ese lienzo. Los trozos del retablo no cuadran entre si no porque sean de distintos mundos o de distintos artistas sino porque, sin perspectiva, somos incapaces de colocar las obras, o sea las vidas, de los otros en el lugar adecuado del cuadro general del universo y porque, como en todo lo hermético, hace falta una clave para discernir lo que expresan. Clave que no nos hemos preocupado de encontrar.
El mundo no se nos antoja sin sentido porque esté mal pintado. Sino porque ha sido pintado por millones de autores que, ejerciendo su hermético egoísmo, guardan para si mismos la clave que explica lo que expresa la parte por ellos dibujada.
No vivimos en un mundo sin sentido. Eso entraría dentro de una lógica que podríamos sobrellevar, pese a los ritos y los mitos de los “auto”.
Lo que hace que todo se difumine y pierda el sentido ante nuestros ciegos ojos es que cuando un planeta superpoblado y hambriento clama por una solución colectiva; cuando una civilización agonizante y desbocada exige una respuesta coordinada y global, el orbe ha dejado de ser un mundo habitado por siete mil millones de personas para, pese a las apariencias, transformarse en siete mil millones de mundos habitados por una sola persona, pendiente siempre de mantener, ampliar y fortalecer sus fronteras en su relación con cada uno de los otros miles de millones de mundos privados que coexistían con el suyo.
Pero no podemos darnos cuenta de ellos porque desconocemos el significado de los otros seis mil millones novecientos noventa y nueve mi novecientos noventa y nueve mundos que no son el nuestro.
Eso es perder la perspectiva.
b) La coloración taimada
La mística hermética de las “autos” nos ha arrancado la perspectiva del universo como fresco unitario y común para sustituirla por la ciega percepción de los cuadros individuales. Eso nos impide fabricar un universo nuevo, empezar de cero. Cada uno comienza una y mil veces su propio cuadro, pero la falta de perspectiva le impide comprender o siquiera plantearse, como encaja esa nueva proyección en la perspectiva general del arte que construye el universo.

Pero lo que realmente nos impide arreglar lo que está pasando, lo que realmente nos impide encontrar los sentidos, los que nos mantiene en esa agonía auto impuesta y nos limita el paso de las quejas a las protestas y de estas a las acciones no es la falta de perspectiva. Es el uso viciado y perverso que hemos hecho y hacemos de las coloraciones de nuestra pintura individual.
Si las “autos” nos quitaron la perspectiva, los “ismos” nos han cercenado la paleta de colores.

Los “ismos” que se desarrollaron desde finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX fueron los primeros que erradicaron los colores de la paleta con la que estábamos llamados a dibujar el universo; aquella que habría contribuido a que fuéramos capaces de decorarnos a nosotros mismo de forma que fuéramos reconocibles para nosotros y para los demás; de manera que nuestras circunstancias formaran parte de nuestra existencia y nuestra dignidad.
Los “ismos”, bienintencionados o no, acertados o equivocados, nos llevaron a percibir el mundo en blanco y negro. Un nuevo maniqueísmo social y económico que nos dibujo un entorno bicromático, cuajado de colores excluyentes que éramos incapaces de mezclar.
Una vez más pusieron ante nuestros ojos la tentación de lo simple disfrazada de todo tipo terminaciones ideológicas y una vez más nos convertimos en actores de nuestro propio desasosiego, de nuestra perpetua incomprensión, al renunciar al esfuerzo que suponía elaborar una nueva paleta cromática para el paisaje de nuestra existencia.
Sometidos al bombardeo de los “ismos” llegamos a la conclusión de que era necesario reaccionar ante ellos de alguna manera y lo hicimos, pero nuestra reacción generó formas realmente taimadas de utilizar esos colores que las ideologías ponían a nuestra disposición.
Las texturas y arco iris cromáticos que el mundo de los “ismos” puso a nuestra disposición nos forzó a elegir. En el pasado siglo, los seres humanos estaban aún preparados para ese ejercicio y lo realizaron de una manera u otra. Independientemente del color ideológico que eligieran, lo hicieron en relación con la perspectiva global que, aunque comenzaba a difuminarse, a hacerse ininteligible para muchos de ellos, aún era un punto de vista general, sino global. 

Aún mantenía una noción de paisaje compartido, de espacio común.Pero una vez que se ha pasado por la perspectiva del “auto” la ideología cambia, se somete a las nuevas tendencias cromáticas. Los colores cambian, reverberan en la luz de nuestra propia identidad descontextualizada e individualizada y por ello se convierten, el igual que todo el resto de las circunstancia universales, en un color propio, un color que no podemos mezclar con ningún otro porque no estamos en condiciones de asumir siquiera la posibilidad de que exista una gama cromática capaz de albergar todos los colores.
Así que sólo nos quedan tres caminos para afrontar el arco iris de los ismos, tres caminos que son fruto de nuestra autoproclamada incapacida para el eclecticismo. tres caminos de los que hablaremos más adelante.
Habrá más (letalmente aburrido, pero más) el pensamiento nunca suele ser divertido)

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