jueves, mayo 31, 2007

Ciudadanía y punto (y4)

Vamos con la última entrega del decálogo del buen ético anti ciudadanía.
El séptimo argumento casi es incontestable y lo es porque lo utilizan los mismos que no han abierto la boca cuando la religión, la asignatura de religión, ha ocupado ese lugar restándole el mismo tiempo y el mismo interés a las mismas asignaturas. Se preocupan ahora por la historia cuando han permanecido callados mientras desparecían lecciones y periodos enteros de esa materia como La España Musulmana, La Reforma o La Guerra Civil.
Mientras la educación secundaria eliminaba el Latín y el Griego de sus planes de estudio. Cuando se autorizaron libros de texto en los que se presentaba el creacionismo como una teoría científica no estaban alarmados. Entonces no les preocupaba el curriculo de conocimientos de los alumnos. Eso no tiene respuesta, sencillamente porque no la merece.
Nos acercamos al final. Llega el noveno mandamiento de sus tablas de la ley.
Ya nos podemos dar con un canto en los dientes que consideren justificables contenidos como la Declaración de los Derechos Humanos o la Constitución española -que no olvidemos que afirma que el Estado Español es aconfesional-.
Pero resulta ciertamente sorprendente que afirmen que eso se puede incorporar en otras materias.
Claro que se puede. También podría estudiarse religión dentro de la asigantura de Historia y no ocuparía más de media lección, pero no dala impresión de que estén dispuestos a eso. También podría introducirse el estudio de su biblia dentro de la asignatura de Literatura como ejemplo de literatura mítica junto con la titanomaquia griega y libro pahlevi de la creación hindú. Y por supuesto podían incluirse sus mandamientos dentro de alguna asignatura junto con el código de Hammurabi como ejemplo de regulaciones sociales arcaicas.
La ciudadanía es algo que merece una atención particular porque es la base sobre la que se establece la convivencia. Por eso merece un interés especial, aunque además se establezca de forma transversal -curioso concepto ¿de donde proviene?- en todo el sistema de enseñanaza.

Como en todo decálogo revelado y divino. Todos estos mandamientos se resumen en uno. Uno que es el mismo de siempre: "Amarás al Señor, tú Dios, sobre todas las cosas". Aunque la segunda parte del enunciado cambia: "y a la asignatura de relgión como a ti mismo".
Aquí está relamente el único meollo de la cuestión.
El absoluto incuestionable por el que estos éticos de coro y sacristía se han lanzado a las arenas de la lucha contra la Educación para la Ciudadanía.
Consideran discriminada su opción personal, su decisión privada con respecto a la asignatura. Y su argumento es tan falaz como irracional es su postulado moral.
Como la mayoria de los padres tienen esa opción voluntaria debería hacerse obligatoria y sin opciones, al igual que lo es la educación para la ciudadanía.
Pero olvidan unas cuantas circunstancias.
Ser un buen ciudadano es obligatorio. Así de simple. No se trata de una opción personal. No se puede optar entre serlo y no serlo porque la sociedad te exige la responsabilidad de serlo. Así que enseñar ciudadanía y aprenderla debe ser obligatorio.
Ser un buen feligrés no es obligatorio, al menos no en España. La religión -que en este caso es religión católica- tiene multiples opciones: islam, judaismo, budismo, evangelismo y así podriamos seguir hasta la extenuación. Y además tiene otras muchas opciones como el ateismo, el agnosticismo, el antiteismo, el humanismo....
La religión es, pues, una opción personal que no tendría siquiera de estar sufragada por el Estado y que, desde luego, no puede ser obligatoria.
Y la tercera circunstancia que se empeñan en ignorar es que la educación supone enseñar realidades. Los principios que fundamentan el Estado Español son datos objetivos e incuestionables, basados en documentos históricos, en hechos comprobados y reconocidos. La Constitución es un hecho cierto; La Declaración de Derechos es un hecho cierto; la legislación española es un hecho cierto; la Constitución Europea -cuando se apruebe, si se aprueba- será un hecho cierto. La Educación para la Ciudadanía enseña realidades constatables y ciertas. Para colocar a la religión en su mismo nivel tendrían que empezar por demostrar la existencia de dios, algo que no han logrado en tres mil años.
Sería tan absurdo como colocar al mismo nivel la Química y la Alquima del Oro; como estudiar a Einstein en la misma asignatura que a Hermes Trimegistro; como incluir la Iliada en los libros de historia; como estudiar al Fenix dentro de la familia de las aves rapaces; como introducir el nacimiento de Atenea por golpe en la cabeza de Zeus como una forma de reproducción de los seres vivos en los manuales de biología; como si se añadiera a Prometeo como inventor del fuego en los textos de antropología.
Que eleven con pruebas sus mitos y leyendas a la categoría de realidad y entonces a lo mejor nos sentamos a hablar al mismo nivel.
Mientras eso no ocurra, la ciudadania en España dependerá de la Constitución y no del Catecismo; dependerá de la Declaración de Derechos y no del Nuevo Testamento; dependerá de la legislación y no de la biblia. Y eso es temible, para ellos, claro.
Si dos generaciones de españoles se educan en esos principios a lo mejor los arzobispos no podrán salir a la palestra que no les corresponde afirmando que "la unidad de España es un bien moral" o que "solo hay una forma de familia que es moralmente posible". O podrán hacerlo pero nadie les hará caso.
Y a eso no hay ética ficticia que pueda oponerse.

lunes, mayo 28, 2007

Ciudadanía, no feligresía (3)

Superados los asuntos mundanos -mucho más importantes- del ser y el estar de este país fente a las urnas, no podía dejar sin cerrar mis comentarios sobre el decálogo de la feligresía educativa, que tan de cabeza trae ahora a pares y nones de la Iglesia.
Vamos con el sexto motivo que justifica la oposición ética a la Educación para la Ciudadanía -según los que se opnen, que poco o nada tienen de éticos-.

Resulta paradógico que, precisamente en esta asignatura, se critique ese concepto. Cierto es que la matemática, la física, la Lengua Española o la Historia son lo que son -aunque se resecriban continuamente por conocimiento o por interés político por unos y otros-. Cierto es que hay ámbitos en los que la democracia debe destilarse de una forma peculiar para evitar errores como los que afirman que se producen en nuestras escuelas.Pero, para educar a un ciudadano hay que enseñarle como funciona la democracia.

Porque la democracia es uno de los valores éticos de nuestro Estado. De hecho puede decirse que es el principal valor ético de nuestro Estado. España no se edifica sobre la decisión unilateral y autoritaria de que Dios es uno y trino; no se construye sobre la imposición de unos ritos y unos mitos, ni sobre la regresión al universo mágico; no se levanta sobre una tradición de clavos y de espinas. España no se eleva sobre la bondad y la misericordia; no se proyecta sobre el proselitismo y la apologética. España se construye sobre la democracia y ese principio sólo se puede enseñar democráticamente. Las cosas sólo se demuestran cuando funcionan ¿Donde quedó aquello de predicar con el ejemplo?

Según ellos, en el principio de los tiempos, su dios al séptimo día descansó. En el séptimo, ellos se han cubierto de gloria y han hecho descansar a su cerebro, si es que alguna vez lo pusieron a trabajar.
No resulta, en realidad, en nada sorprendente. Durante siglos, han basado su falsa ética y su supuesta moral en la adquisición de conocimientos y no en la ejecución de los mismos. Por eso les sorprende que las cosas puedan funcionar de otra manera.
Para los que abominan de estas enseñanzas laicas y no reveladas siempre todo fue muy fácil. Enseño el catecismo, los diez mandamientos, los siete pecados capitales y unos cuantos rezos automáticos y me desentiendo. Ya sabes que no te puedes acostar con nadie antes del matrimonio, ya puedes irte de putas; ya sabes que el matrimonio es indisoluble, ya puedes buscarte a alguien a quien maltratar; ya sabes que no puedes usar preservativo, ya puedes repoblar La Tierra con tus vástagos aunque no tengas un duro para mantenerlos -Dios proveerá-. Ya sabes que Dios es el único dios y es amor, ya puedes ir a matar a todos los que no piensen como tú.
Así han establecido siempre sus enseñanzas morales y éticas y así debería seguir siendo.
Pero un Estado no puede permitirse ese lujo de incoherencia secular porque no tiene secreto de confesión.
A un Estado no le basta con que te postres de hinojos y pidas perdón a dios por tu intransigencia, tu violencia o tu irrespetuosidad. Un Estado no puede absolver y mirar a otro lado mientras tú vuelves a repetir los mismos vicios de incoherencia e irracionalidad. Un Estado que educa ciudadanos debe asegurarse de que los son, de que saben serlo y de que no tienen problemas para serlo. No puede esperar al Juicio Final y a una decisión divina para la vida de ultratumba.
Así que no se trata de decir algo como "chaval estudia los derechos fundamentales del Ser Humano o no podrás salir al patio a quemar contenedores o a lapidar homosexuales". No basta con aprender, hay que ejercitarlo.
Claro que hay que comprobar que los estudiantes han asumido los principios de ciudadanía. Suspender esa asignatura, permitir que alguien no integre esos conocimientos en su comportamiento, es posible que no le lleve al infierno, pero es muy posible que le conduzca a la cárcel. La moral mágica de la divinidad es algo que castiga su incumplimiento tras la muerte, cuando a nadie le importa. La ética social de la ciudadanía es algo que debe asegurarse de que todos saben convivir.
Aún nos quedan tres mandamientos de la ley del feligrés educador. No tiene desperdicio

viernes, mayo 25, 2007

Cual bajito pretérito

Los obispos y sus éticos tendrán que esperar. Aznar ha entrado en escena y eso sólo siginifica que todá lógica, toda fe, toda actividad humana en general tendrán que esperar. Cuando Aznar habla incluso los cañones callán. Hasta su rugido es menos aterrador que las palabras de aquel que fuera un nadie intentando ser alguien en la historia.
El amo de la paranoía, el líder biblico del "él que no está conmigo está contra mi", vuelve a la palestra, a la primera línea -como si alguien le quisiera allí- para avisarnos de que el Gobierno socialista está llevándonos a la misma situación que nos condujo a lo peor de nuestra historia hace 70 años.
La mayória de los analistas, de los periodistas, de aquellos que han oído y escuchado su discurso creen -por una de las sencillas cuatro reglas de la arítmetica - que se refiere a la Guerra Civil. Al fin y al cabo eso es lo que ocurría en España en 1937.
Pero se equivocan. Aznar dice que se equivocan y tiene razón.
Aznar ha fallado por poco. Como en la cuenta de armamento de destrucción masiva en Irak; como en el parte de efectivos utilizados en la reconquista, la de Peregil, claro. Como erró por la mínima en las cuentas de los siglos que duró la presencia musulmana en España; como falló en el cálculo de las copas de vino que debía ingerir antes de un discurso o en los kilómetros por hora a los que debía conducir su coche.
Aznar ha errado por unos años. Él no se refería a la Guerra Civil. Se refería a unos años antes.
Hablaba de ese periodo horrible de la historia de nuestro país en el que la bandera dejó de ser excusa para no hacer justicia; ese negro pasado en el que se alcanzó el sufragio universal y secreto para evitar el caciquismo y la compra de votos. Tenía en mente esos años oscuros en los que los se gobernaba de espaldas a los presbisterios, al concordato y a la palabra otorgada y revelada en los púlpitos.
Aznar teme que volvamos a esos años de sufrimiento y desazón en los que la literatura, la pintura y el teatro eran más considerados que las oposiciones a notarías y la condición de rentista. Él, que no pasó a la historia pese a intentarlo, teme volver a los tiempos en los que se podía gobernar por coaliciones, desplazando del poder a los que habían gobernado siempre. El presidente del atentado fallido siente un pánico atroz a regresar a los terribles momentos en los que aquellos que habían hecho de la capa del gobierno su sayo personal se veían obligados a debatir y a convencer a los que ejercían el poder: los votantes.
Aznar percibe aterrado la posibilidad que retornar a esa era de oprobio y desolación en la que el sentimiento nacional dependía de la decisión de los habitantes de un territorio. No de un castillo, un león, unas barras rojas y unas cadenas; donde la convivencia y el gobierno dependia de los gobernados y no de una reina fanática del potro y el rosario y de un rey putero como todo buen rey.
Teme el retorno a un momento aciago de la historia en el que la educación erá pública, en el que el ejército no tenía voz en el gobierno, en el que la fuerza dependía de los sufragios, en el que los homosexuales caminaban por la calle y publicaban posía, en los que las mujeres y los hombres se divorciaban cuando dejaban de estar a gusto juntos. En los que no había rey ni derecho divino. En los que la bandera no era bicolor.
Aznar intenta evitar que volvamos a esos tiempos de barbarie y penumbra y acusa al gobierno socialista de arrastrarnos a ellos. No se equivoca Aznar al profetizar, en su bola de brumas etílicas y delirios académicos, que el gobierno socialista nos conduce a un esquema en el que una parte de España, de su España -porque España sigue siendo suya, como la Botella y el PP-, no acepte y se enfrente a la otra hasta llegar a una guerra civil.
Aznar no se equivoca al decirlo. Él lo sabe bien.
Con el mismo bigote, con la misma actitud, con el mismo mesianismo salvador que otros bajitos pretéritos, él dirige esa España.
Mañana es día de reflexión y yo soy como la DGT.
Hacedlo porque es necesario, hacedlo por responsabilidad o por vergüenza torera. Hacedlo porque no conciliáis el sueño con la tormenta o porque el cocido no os deja dormir la siesta.
Hacedlo porque vuestros hijos no os dan bola o porque vuestra pareja está de puente. Hacedlo para ligar o para que no os intenten ligar en los bares, hacedlo porque el Madrid va primero o porque el Barça está empatado a puntos.
Hacedlo por darme la razón o por llevarme la contraria, hacedlo porque no queréis pensar en la hipoteca o porque no podéis pagarla. Hacedlo por lo que más queraís o por lo que más odiéis. Pero hacedlo.
Mañana es día de reflexión. Hacedlo. Por favor.

jueves, mayo 24, 2007

Ciudadanía versus feligresía (2)

Seguimos con los diez mandamientos de la Ley del Etico anti Educación para la Ciudadanía

Esta si que es buena. Según estos supuestos profesionales éticos, que parecen colocar la ética solamente por debajo del ombligo, resulta intolerable que se intente imponer la ideología de género.
La ideología de género, como ellos la llaman, no es algo cuestionable. Esa ideología, que emana de varías declaraciones universales de derechos y de otras tantas de la Unión Europea, supone básicamente dos cosas: que cada uno vive su sexualidad como quiere y que nadie puede ser discriminado por esa elección.
¿Qué problema ético supone aceptar esa ideología?
Supone el mismo problema ético que aceptar que cada persona puede elegir donde vive, o cual es su trabajo, o cual es su forma de relación de pareja, o cual es su compromiso político. Es decir, ninguno.
Si no se puede imponer la “ideología de género” tampoco se podrá imponer la “ideología de sexo” o la ideología de religión”, con lo que será intolerable para el ciudadano que el Estado le impida golpear hasta la muerte a su pareja o que le impida perseguir con una espada en la mano a todos aquellos que no creen en el mismo dios que él. Y sobre todo que le impida transmitir esos conocimientos a sus vástagos.
El programa de la asignatura Educación para la Ciudadanía impone –como toda asignatura, no olvidemos que las matemáticas nos imponen estudiar las sumas- el conocimiento y el rechazo de las actitudes que impiden la convivencia. Textualmente: xenofobia, sexismo, racismo y homofobia.
Y estos filósofos de la revelación divina, mantienen que el Estado no puede considerar la homofobia como un comportamiento reprochable. “Tengo derecho, según la Declaración de Derechos Humanos, a enseñar lo que quiera a mis hijos y ello incluye el reproche ético a la homofobia”, claman estos falsos éticos.
El primer error consiste en no tener en cuenta que esa misma declaración de Derechos que tremolan se fundamenta en la obligatoriedad –si, la obligatoriedad- de no discriminar a nadie por ningún motivo.
La homofobia es reprochable porque no supone una crítica o una incomprensión. La homofobia es reprochable porque, para que las mentes obtusas que se sienten atacadas por la asignatura lo comprendan, supone coger tres piedras del suelo y arrojárselas a un individuo por ser homosexual. Eso es la homofobia.
Y ningún padre tiene derecho a enseñar eso a su hijo; como ningún padre tiene derecho a enseñar que se debe pegar a la pareja para mantenerla “ a raya” o que se debe perseguir a todos aquellos que consideren que existe un ser trascendente e inmortal.
Y no lo tiene porque el Estado –que no el Gobierno- tiene la obligación de garantizar la convivencia entre todos aquellos que forman parte de su sociedad. Por eso tiene derecho a definir, por consenso, los valores de convivencia que rigen en el territorio sobre el cual se asienta ese Estado. Eso es el Contrato Social. Y vale para la religión, para la ideología y para la inclinación sexual. Les guste o no a todos aquellos que siguen creyendo de forma encubierta en las teocracias.
Tampoco reconocen el error de no darse cuenta de que hay cosas que no tienen derecho a criticar ni a cuestionar porque no les incumben. Y para completar el absurdo, estos intransigentes, que exigen su derecho a la intransigencia, apelan a la cláusula de conciencia para reclamar el derecho a enseñar el odio a la homosexualidad. Es un argumento tan absurdo como cambiar de tumbona en el Titanic. Es una falacia circular.
“Mi conciencia me impide permitir que mi hijo aprenda que no se pueden coger tres piedras y arrojarlas contra un homosexual, señor juez”. Es de suponer que ese más o menos será el enunciado de su protesta. La cláusula de conciencia implica conciencia –como su propio nombre indica- y no hay conciencia que pueda sentirse inquieta por no odiar. Eso es lo que pretende enseñar la nueva asignatura.
Los homosexuales llevan generaciones enteras discutiendo con aquellos que les niegan el derecho a la existencia; que les consideran perversiones éticas o desviaciones genéticas y no han acosado a nadie por negarse a aceptarles ¿Será que los acosadores tienen miedo a recibir una moneda con la que sólo ellos han comerciado?
Ellos, acosadores y perseguidores seculares, mantienen que la homofobia es una cuestión ética, que tienen derecho a plantearla y a enseñarla. Pero no lo tienen.
La homosexualidad, la heterosexualidad y la transexualidad son conceptos que, en el caso de ser discutidos éticamente, no van más allá de la ética –que no la moral- sexual.
Y en la ética sexual hay muchas cosas que discutir: ¿Nuestro cuerpo es un objeto? , ¿Podemos utilizar a los demás como objetos? ¿Son éticos los comportamientos sexuales que incluyen obligación, imposición, tasación, arbitrariedad o falta de consentimiento de alguna de las partes?
Esas son las preguntas de la ética sexual. El cómo, donde, cuando y con quien no se incluye en la discusión. Es mero cotilleo intransigente y morboso.
No puede haber crítica ética a la homosexualidad porque la homosexualidad no tiene nada que ver con la ética. Con la ética tienen que ver la homofobia y la heterofobia, porque son actitudes reprochables que impiden la convivencia. Pero la homosexualidad y la heterosexualidad no tienen ningún elemento ético que discutir.
En realidad, no pueden disimular que el único argumento que tienen es que su dios –porque dios es sólo suyo- les dijo en un libro, escrito por rabinos judíos miles de años después de la supuesta creación, que sólo pueden copular hombre y mujer.
Eso y la “quiebra” de un concepto de familia que no reconocen como una evolución cultural sino como una imposición divina y trascendental de como tienen que funcionar las cosas.
La tolerancia, la solidaridad, la justicia, la igualdad, la responsabilidad y el compromiso social e ideológico no sirven para articular la sociedad. Sólo sirve el hecho de que una mujer y un hombre tengan un par de críos. Esa es su sociedad, esa es su cultura.
Es posible que ellos tengan derecho a vivir así pero, ¿les han preguntado a sus hijos si quieren hacerlo?

Y, como en ningún festejo de toros - o de cabestros, según se mire- hay quinto malo, la que sigue a acontinuación tampoco tiene desperdicio.
Precisamente ellos, que llevan años, siglos, milenios experimentando el fracaso de la tesis de "la moral con sangre entra" se quejan de que no se recurra a la vara de avellano y al copiar mil veces para introducir los elementos éticos en las mentes de sus hijos, si es que los tienen y si es que los reconocen.
Se podría estar de acuerdo con la necesidad de una ética del esfuerzo y de la voluntad como material necesario para la supervivencia ética en la sociedad, pero nunca en contraposición a los aspectos afectivos y emocionales. Las emociones configuran una parte esencial de ese "concepto de ser humano" que ellos se niegan a aceptar y no se entiende a un ser humano sin sus relaciones afectivas. Por mucho que te esfuerces, por mucha voluntad que le pongas, resulta imposible entenderse sin comprender tus emociones y tus afectos.
Pero, una vez más, topamos con lo que topamos siempre. Para todos estos éticos de sacristía y filósofos de presbiterio, las emociones deben controlarse, los afectos deben apartarse. La ascética del acercamiento a su dios lo impone y eso tiene que valer para todos, incluso para los que quieren mantener a su dios a una distancia prudencial y para los que simplemente cuando ellos señalan a su ser divino ven un conjunto de neuronsl mal organizadas. Si quieren enseñar ascetismo a sus hijos que lo hagan, pero el Estado sólo les enseña a reconocerse como seres humanos. Ser humano es una condición indispensable para ser ciudadano. Ser eremita, no.
Y aún nos faltan cuatro.

miércoles, mayo 23, 2007

¿Ciudadanía o Feligresía?

Basta que te pases unos días con gastroenteritis para que te reincorpores al mundo en plena disentería de intransigencia y estupidez.
Simon el mago y sus cohortes de ilusionistas y nigromantes han sacado sus ensalmos, sus varas y sus báculos y se han lanzado al ruedo para exorcizar al último demonio, el último leviatán salido directamente del infierno: la Educación para la Ciudadanía.
Y, como siempre, lo hacen recurriendo a la libertad. Una libertad que ellos llevan siglos sin respetar, milenios sin alimentar, eones sin conceder. Como siempre reclaman para ellos lo que nunca le han otrogado a los demás.
También como siempre, recurren a un decálogo. No pueden hacer nada sin dividirlo en diez, como en su día hiciera para ellos ese señor suyo que les concedió la verdad.
Vayamos pues por partes.
Aquellos que es oponen a esta asignatura -ciertamente burda, todo hay que decirlo- afirman en Arial Black que el hablar de la condición humana o de educación afectivo emocional es una intromisión ilegítima del Estado en la educación moral. Que es algo que sólo corrsponde a los padres.
Pues resulta, señores de la ética debajo del ombligo, es decir de la moral, que todos los que han desarrollado esos conceptos no lo han hecho porque sus padres les hayan introducido en ellos. Dicen que es un derecho de los padres pero se equivocan de medio a medio. La identidad personal es, como su propio nombre indica, algo personal. Corresponde al individuo, no a los padres del individuo. Los padres no pueden cercenar una identidad personal ya sea sexual, ideológica o afectiva, simplemente porque hayan engendrado y parido a un individuo; simplemente porque su identidad no les sirva para sentirse orgullosos ante los vecinos.
Lo que dice la asignatura es que hay que tener claro que tú identidad personal es tuya y es tú responsabilidad crearla, analizarla, modificarla y asumirla. No les dicen como tienen que ser sino que es su obligación decidir como quieren ser.
Y luego entramos en la educación emocional afectiva. ¿El Estado no puede intervenir en eso? ¿Desde cuando? En este país no se puede querer a alguien golpeándolo, lo dice la ley. En este país no se puede querer a alguien anulándolo, lo dice la ley. En España resulta imposible forzar la afectividad de alguien si este no está de acuerdo, lo dice la ley. En nuestro territorio no se puede abusar y manipular a aquellos que nos quieren -incluidos los hijos-, lo dice la ley. El Estado lleva interviniendo en la afectividad desde el principio de los tiempos. La asignatura enseña lo que no se puede hacer, no lo que se debe hacer. Si no les gusta a los padres, significa que no les gustan las leyes que rigen España y pueden irse a otro lugar donde la legalidad no imponga estos "frenos" a la afectividad. Iran, por ejemplo.
La construcción de la conciencia moral pasa por lo mismo. Se trata de enseñanzas en negativo. La moral en este contexto, según la Real Academia de la Lengua española, significa "Que no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano".
Puede que los magos, adalides de la revelación esotérica de su dios, defiendan la inexistencia de una moral de respeto humano universal, pero la hay: Se llama Declaración de Derechos y no fue elaborada en 1948 sino en 1789 por un grupo de ateos. Lo sentimos.
Para acabar con este primer punto nos enfrentamos a la condición humana ¿Quien duda a estas alturas de la condición humana? Puede que ellos crean que la condición humana se basa en el hecho de ser hijos de dios y estar construidos a su imagen y semajanza, pero la condición humana está definida desde hace tanto tiempo que ni su dios opina en contra de ella: Somos animales racionales que tienen a la socialización. Y el anciano de las barbas no tiene nada que decir al respecto.

Eso sobre el primer punto de su decálogo. Vamos con el segundo.


Llegamos a uno de esos puntos que duelen. La verdad no es permanente. Teológicamente, eso supone un problema, puesto que hace que Dios no sea inmutable, pero lamento comunicarles que la teología no es una materia que se incluya dentro de las necesarias para ser ciudadano. Y de eso va la asignatura, de ser ciudadanos. No de ser buenos católicos.
El hombre descendía de Adan y Eva, la Tierra era plana, los buenos iban al cielo, los malos al infierno. Si empatabas con dios ibas al limbo y si perdías por la mínima al purgatorio. Hasta anteayer eso eran verdades absolutas para los católicos y el inquisidor Benedicto se lo ha cargado de un plumazo. Lo siento señores, la verdad absoluta no existe.
La enfermedad de la gota dependía de los humores malignos que pululaban por el cuerpo; la sangre circulaba hacia la derecha; el tiempo era líneal; el universo era estático; la luz sólo se desplazaba en línea recta; toda masa tenía peso... y todo eso se lo ha cargado la ciencia. La verdad permanente no existe.
El problema que tienen estos defensores de la ética inmutable es que no comprenden el concepto de consenso. Llevan siglos imponiendo y manipulando y no se dan cuenta de que el consenso es el único arma para que una sociedad, una ciudadanía -no una feligresía- decida lo que se puede y lo que no se puede hacer.
Volvemos al concepto de educar ciudadanos, no personas individuales, de mantener el consenso social no de imponer la ética personal. No se trata de lo que está bien y lo que está mal, sino de los mecanismos necesarios para la convivencia en una sociedad y en un Estado. Pero, como cuando estos defensores de la ética inmutable han detentado el poder nunca han recurrido al diálogo, tienen problemas para captar el concepto de Contrato Social ¿Les suena?

Y, como si de una sevillana rociera se tratara, vamos con la tercera.

Aquí llega el primer auténtico meollo del asunto ¿Los éticos que han elaborado este colorido documento protestaron cuando se daba religión en los colegios? ¿Se exaltaron exigiendo que no se diera de forma obligatoria ética y moral cuando era la suya la que se desgranaba en las horas lectivas? La respuesta es no. La moral debía enseñarse en los colegios públicos, a cuenta del Estado y de sus erarios porque era la moral que había que enseñar. Porque no hay otra.
Pero ahora resulta que los crios -si atienden lo suficiente- se darán cuenta de que la ética, la bondad o la maldad, la responsabilidad ciudadana y la necesidad del consenso no parten de Dios ni de ese individuo con buenas intenciones que, en caso de existir, se hizo nombrar hijo suyo.
Las tradiciones religiosas no se silencian, se omiten por improcedentes.
Nuestro Estado, nuestra ciudadanía no se basa en las tradición religiosa ¿Qué tradición religiosa anticipó la división de poderes? ¿Qué verdad religiosa creó el Estado de Derecho? ¿Qué herencia católica, protestante o islámica mantiene el Habeas Corpus y la Presunción de Inocencia como principios conformadores de nuestro sistema judicial? ¿Que verdad divina revelada originó la democracia?
La ética para la ciudadanía se debe basar en los principios del Estado del que se es ciudadano y nuestro sistema, los principos que nos rigen, fueron creados por paganos -los romanos y los griegos eran paganos- o por ateos -los enciclopedistas lo eran-. Nuestra sociedad y nuestro Estado se fundamenta en eso. No en las procesiones, los laudes y las rogativas.
Si quieren que Dios y la Trascendencia formen parte de la Ética social, lo primero que tendrían que hacer es demostrar la existencia de ambas cosas. Mientras no lo hagan, mientras su dios no llegue a un consenso ético con el resto de los habitantes y ciudadanos del Estado Español, su moral, su revelación y sus mandatos no serán otra cosa que una ética personal que asumen los que creen en él y que no tienen porque tener relevaciá alguna en la vida pública ni en la organización social.
Y por el momento basta.
No sé si mi gastroenteritis o la diarrea mental de aquellos que han creado el decálogo ético contra la Educación para la Ciudadanía me obligan a ir al baño. Pero seguiré.

lunes, mayo 14, 2007

El Esfuerzo Impío

Ayer hablé por teléfono. No es algo que sea digno de mención. Yo, como todos, lo hago todos los días varias veces. Pero la conversación me dio pie a pensar en algo -¿Por qué será que mantengo ese nefasto vicio del pensamiento abstracto?-.
Alguien, un amigo, me llamó para anunciarme que tiraba la toalla. Que se había cansado de intentar mantener una situación familiar insostenible y que, por tanto, renunciaba a ella. Se trataba a algo parecido al típico folletín televisivo revivido por esa serie costumbrista y anodina llamada Mujeres Desesperadas, que recupera para audiencias costumbristas y anodinas situaciones que ya eran antiguas en las novelas por entregas de tiempos de La Regenta.
Su madre y su mujer -porque él es de los que tienen mujer, no pareja, ni compañera, ni "chica"- eran incapaces de vivir juntas, se hacían la vida imposible y el había decidido que ya no aguantaba más. Así que, desalentado y deprimido, abandonaba a una y otra. Pero lo que me hizo pensar no fue la situación. Fue la reacción.
Mi amigo se quejaba amargamente de que nadie había valorado todo lo que había hecho para que las cosas funcionaran.
¿Cómo si a alguien le importara?
El esfuerzo no es algo que se valore per se. Estamos tan acostumbrados a intentar lograr nuestros objetivos sin emplear el repelente concepto de esfuerzo que, cuando lo usamos, a despecho de nuestros propios impulsos, creemos que merecemos por ello una medalla; que todos deben parar un momento y aplaudirnos. Que el mundo debe hacer la ola a nuestro paso.
Es una cuestión de hipocresía, de falsa solidaridad.
Lo que no parecía entender mi amigo es que él no se esforzaba por su madre y por su mujer. Él se esforzaba por si mismo. Era una situación que nadie salvo él quería; en la que nadie salvo él estaba cómodo. Su esfuerzo era tan egoista que sólo buscaba su propio beneficio, ignorando que los demás involucrados en su pequeño drama doméstico no estaban por la labor; no tenían interés alguno en que esa situación se mantuviera y se hiciera factible.
Su mujer no necesita para nada a la suegra y la suegra no requiere para nada a la nuera ¿Alguna vez le ha importado que es lo que quieren ellas?
La verdad es que no. Enrocado en su decisión de hacer posible una situación que sólo su mente y su deseo necesitan, ha gastado su esfuerzo, su vitalidad y su capacidad en intentar forzar algo que dos personas de tres no deseaban. Como si la mayoría no tuviera la capacidad de decisión en las cuestiones sentimentales y domésticas.
En fin, somos tan egoístas que trabajamos por nuestro propio beneficio afectivo y encima exigimos que los demás nos lo valoren aún cuando a ellos no les reporta beneficio alguno, sino frustraciones y quebraderos de cabeza.
Nuestro trabajo, nuestra energía, se centra en no renunciar a nada. Puede que el esfuerzo nos resulte algo indeseable. Pero la elección es un anatema.
Madre o mujer; marido o amante; dignidad o seguridad... Es una cuestión de elección. Simplemente. El esfuerzo es para cuando la elección se ha hecho.
Pero mi amigo negó la elección y realizó un esfuerzo egoista -aunque posiblemente bienintencionado- para no privarse de nada.
Y ahora, tras el esfuerzo baldío, tras el trabajo perdido y el cansancio acumulado, se parapeta tras las acusaciones de ingratitud y lo abandona todo recurriendo al último reino absoluto del egoismo, al último territorio en el que la elección se omite por herética: la soledad.
¿Cuantos de nosostros y cuantas veces hacemos eso?

jueves, mayo 10, 2007

Elogio de la excomunión

Benedicto, el ínclito pontífice inquisidor, ha vuelto a hablar y, como siempre ocurre, cada vez que abre la boca sube el pan.
Ahora se ha descolgado excomulgando a los legisladores mexicanos que han aprobado la Ley del Aborto y afirmando que es "normal" porque el aborto va en contra de los principios morales católicos.
Nada tengo que decir contra la excomunión. Yo soy muy favorable a las excomuniones. Copernico fue excomulgado. Galileo fue excomulgado, Sir Isaac Newton fue excomulgado, al igual que Erasmo, Lutero, Guillermo de Lancaster, Los enciclopedistas, Moliere y Sir Charles Darwin. Leonardo, Miguel Angel, Francisco de Asis, Boyle y otros muchos se libraron por los pelos. Lo cual demuestra que la excomunión es un proceso valido y efectivo para librar a las grandes mentes del yugo insoportable que la creencia sin datos, la insistencia sin pruebas y la sumisión sin debate imponen sobre ellas. Al menos mientras se mantienen en el seno de ese club social con hidropesía llamado Iglesia Católica. Como diría una mente amiga y compañera "yo soy muy de excomuniones"
A lo que voy es a la supuesta normalidad de esa excomunión iracunda y fulminante.
El amigo Ratzinger excomulga a los legisladores por aprobar una ley de aborto y sus fieles -aquellos que realmente crean en lo que el dice defender- deberían exigirle que la haga normal, es decir, que todo aquel legislador que haya participado en la elaboración o gobernado consintiendo la existencia de una ley de aborto fuera automáticamente excomulgado por idéntico motivo que los políticos mexicanos.
Eso no supone una gran diferencia para todos los partidos socialistas y comunistas de Europa. Ellos ya están excomulgados por rojos -Pio XI se encargó de hacerlo- y es de suponer que también lo están por ateos - Pablo VI se aseguró de ello-. Conservadores y liberales ingleses están ya de sobra excomulgados por su condición de anglicanos, así que apenas percibiran cambio alguno en su alma inmortal -suponiendo que un excomulgado la tenga-. Pero supone la excomunión automática de todos los partidos conservadores del viejo continente. Todos ellos, desde Alemania hasta Italia, desde España hasta Polonia, pasando por Bélgica, Holanda y, por supuesto, Francia han gobernado consintiendo y sin derogar leyes de aborto mucho más amplias incluso que la recientemente aprobada en la tierra del zapatismo y las rancheras.
¿Por qué entonces Benedicto no aplica sobre ellos ese retroactivismo milenario propio de la Iglesia y excomulga a sus líderes? ¿Por qué la episcopalía hispana camina del brazo del PP y sus líderes en manifestaciones y mítines cuando durante los ocho años de gobierno de este partido supuestamente cristiano no se derogo la ley española que permite el aborto?
La respuesta es muy sencilla. Benedicto Ratzinger no está haciendo religión. Está haciendo política.
Mas allá de su condicion de pontífice; más allá de su condición de sacerdote católico, de teólogo; incluso más allá de su condición de ser humano, Ratzinger es inquisidor, no sabe ser otra cosa, lleva demasiado tiempo siéndolo. Y un inquisidor sólo sabe utilizar un arma: el miedo. Eso y la represión pero, afortunadamente, ya no existe la Santa Hermandad para arrastrar a prisión a los herejes y consfiscar su bienes para La Iglesia.
Así que Joseph excomulga donde cree que aún puede imponer el miedo. Donde las mentes y los sentires están mas cerca del primitivismo mágico, de la superstición irracional. Excomulga allá donde cree que los católicos aún le hacen caso y presionaran a sus gobernantes para que eliminen la ley. En Europa, donde los católicos se encogerían de hombros y seguirían a lo suyo, donde llevan siglos ignorando los mandatos de su propia jerarquia religiosa y prácticando el sexo fuera del matrimonio y divorciandose; donde llevan milenios aplicando el nepotismo y la simonía -ambos motivos de excomunión, según San Gregorio Magno-; donde llevan décadas utilizando métodos anticonceptivos y abortando, el papa inquisidor calla y traga. Hace la vista gorda cuando, según el mismo dice, sería normal excomulgar a unos trescientos millones de supuestos católicos.
¡Que los excomulge a todos! ¡Que se quede solo con su jerarquía y sus fanáticos aliados! Mantener en Italia un parque temático dedicado a la intransignecia mística y mágica medieval sería una atracción turística bastante pintoresca y rentable. Intentar imponer eso al mundo es simplemente una locura. Y los locos no residen en grandiosas básilicas, lo hacen en frenopáticos.

domingo, mayo 06, 2007

El Sueño Invertido

Y soñó con el sueño que nos lleva a la noche, que nos lleva en el tiempo, posible e imposible, de realidades falsas que se hacen verdaderas; de verdades reales que se vuelven mentiras.
Y soñó que su vida se le daba la vuelta, se le volvía toda de un revés imposible. Dibujada al completo en falsas emulsiones, en tiras negativas de instantaneas perdidas.
Y se soñó esbozada en escala de grises, diluidos los colores, evitados los tonos. Reflejada en un plomizo trazo de un tiempo inexistente que habría sido futuro de un antiguo pasado. Que habría sido destino si no hubiera cambiado.
Y en la vida invertida que soñó con los ojos cerrados. El alegre era triste; el traidor, aliado. El cansado, incansable; el odiado, adorado. El sol se levantaba cada día en la muerte, cenicienta, grisacea, anodina, difrazada de vida en un remedo falso. En ese negativo de vida que contempló en su sueño con los ojos cambiados, ella era lo que fue y lo que hubiera sido si no hubiera cambiado. Y el amor era llanto.
Y se soñó buscando en vez de ser buscada. Y se soñó no hallando en vez de ser hallada. La precisión tranquila del reloj de Morfeo la arrojó a los espacios de un futuro pasado, de un pasado futuro, de un presente alterado.
Y despertó en el sol de un mundo en positivo. Donde el tiempo era tiempo. Donde el pasado ha muerto y sólo se recuerda, donde el futuro espera a ser imaginado. Se despertó a su día con los ojos alzados, con su vida en su sitio, con sus nuevos colores y no los grises falsos tenidos en sus sueños.
Y bostezó.
Y la tenue sonrisa con la nace el alba le susurró al oído que hay cosas que no cambian, que no se vuelven grises y otras, en cambio, mueren.
Y el risueño murmullo con que amanece el mundo le recitó que ni unas ni otras se muestran en los sueños sobre un mundo invertido.
Las primeras no mutan, son siempre lo que han sido. Siguen siempre presentes ofreciendo lo mismo. Esas son las que hacen que el futuro temido no se vuelva presente.
Las otras, las que mueren, se marchan obligadas a seguir su camino, a la muerte, al olvido a abandonar el campo de visión de unos ojos que ya no las ven ya nunca porque nunca las miran.
Y despertó del todo del sueño de vivir su existencia en modo negativo.
Se despertó del todo y no soñó conmigo.
Y despertó del todo sin haberme perdido.
"Tranquila, hay una vida", dijo el viento en su oído.

jueves, mayo 03, 2007

Desayuno dominical en Split -Ah, la guerra!-

Por qué fuiste a Split es una pregunta que se contesta con tres respuestas posibles. Quizás te condujo a ella la huída y el deseo de olvidar; muy problamente la necesidad de orden neuronal y de diversión; con toda seguridad tus hormonas.
¿Qué haces en Split un sábado por la noche? Para responder a eso es suficiente el recurso a tus hormonas.
Resulta sorprendente despertarte una mañana en una ciudad de la que sólo recuerdas la guerra. La guerra en los telediarios, la guerra en los aeropuertos. La guerra, en fin.
Pero las mañanas de domingo son mañanas de domingo con campanas llamando a misa en todas las ciudades en las que hay campanarios y llamadas a ese acto de hipocresía común y convencional que es una misa. Así que despertar en Split, Croacia, no es muy diferente de hacerlo en otro sitio. Despertar en domingo es agradable, despertar a las siete y media es casi un sacrilegio.
Tras una noche de sábado dedicada a lo que las estadísticas dicen que se dedican las noches de sábado cuando tienes oportunidades de dedicarte a ello, te giras y contemplas el descanso reparador de aquella que viaja contigo. Reparador para ella pero, dada su briosa juventud, también reparador para ti.
Te descubres buscando leche en una cocina desconocida y sonries. Garabateas una nota, deslizas tus labios por un rostro dormido y sales a hacer lo que se hace cualquier mañana de domingo en cualquier sitio: comprar la prensa y desayunar.
En el primer quiosco renuncias a la prensa. Tu serbo-croata no pasa de un saludo marginal y no tienes el cuerpo para emplear la mente en la lectura de prensa en la lengua de la Pérfida Albión. Así que buscas el desayuno. El desayuno es algo universal.
La brisa que acompaña al mar en cualquier parte te golpea el rostro y asciendes por una calle llamada Dioklecijanova.
Te suena el nombre impronunciable y te sorprende de que te suene algo que no sabes leer. Los ojos buscan un lugar, un sitio en el que la civilización se haga desayuno y encuentran un pulcro recinto blanco y plateado, cargado de banderas en sus cornisas con ese típico instinto multinacional de los hoteles. Demasiado aséptico, demasiado plural.
Sigues caminando y recuerdas de qué recuerdas el inpronunciable nombre de Dioklecijanova. Un viaje, una final de baloncesto. La intratable Yugoplastika enfrentada al no menos intratable Barcelona. Hasta recuerdas el hotel y el resultado. Eso fue antes de la guerra.
Y los ves al final de la calle. El final que es el principio. En Split todas las vías acaban en el mar. Los ves con su gorra ladeada, sus mangas arremangadas hasta el punto de hacer saltar las venas de sus biceps, sus tatuajes verdes. Pueden llevar las gorras de la IFOR, pero los conoces. En la puerta del consulado español en Split, con la mala leche y el valor que se les supone, están los tercios. Sin carnero y sin novia cadáver, pero están los tercios.
Te acercas y sonríes en español y ellos señalan hacian dentro. La oficina de atención permanente esta abierta 24 horas. Segunda planta ¿cómo explicar a La Legión que buscas un bar?
Aún tus hormonas no te llaman a la lucha y tu estómago sí, así que subes las escaleras de un palacio que con toda seguridad fue habitado por nobles, principes u obispos o quizás por todos ellos y buscas al inquilino de la planta segunda.
El hombre está aburrido y te lanza la habitual parrafada previniéndote contra ladrones, mafias y estafadores, toma los datos de tu pasaporte. Tú le escuchas porque es un trámite que hay que cumplir y las campanas siguen llamando a misa.
Demasiado pequeño para un inquilinato en tan magno recinto, el hombrecillo, de nombre Diego y de procedencia extremeña, se encoge de hombros cuando le preguntas cómo es su vida en Split. Habla de tranquilidad, de interinidad y de esas cosas en las que se suele basar la vida del funcionario y luego dice: "Aquí la cosa está bien. La gente no suele pensar mucho".
Quizás por la sorpresa de la afirmación, quizás porque tú estómago comienza a enseñarte nociones avanzadas de serbo-croata vulgar, decides proponerle acompañarte en tu desayuno. El hombre, Diego, mira su reloj y vuelve a encogerse de hombros.
Al salir de su palacio en inquilinato, habla con los tercios de la IFOR y estos asienten. Luego estira el brazo y señala tras el edificio.
Girar la esquina es volver al horror. Una plaza cerrada por dos lados, el tercero en ruínas, un crater del tamaño de un pozo decora el pavimento central. El cuarto edificio esta plagado de ventanas, ventanas redondas abiertas a sangre en el muro de piedra. Disparos de obus o de tanque, Tienen que serlo.
Una bomba, una explosión, mata un edificio desde dentro, pero los disparos sencillamente lo hieren, lo abren para dejar que se desangre hasta que el último grano de arena cae de él, hasta que la última gota de su savia se derrama.
Bajo el edificio hay un bar, un café. El palacio de las mil ventanas, te traduce Diego con una sonrisa el letrero amarillo y azul.
Dentro está la civilización. Split es un lugar donde todavía persiste la civilización. Está permitido fumar, está permitido tocar, está permitido saludar cuando se entra. El Palacio es un lugar muy civilizado.
Y alli, mientras te pueblan la mesa con desayuno suficiente para todos los tercios que custodian el consulado, comprendes el sentido de la frase de Diego. EL camarero os habla en español y tú, acometido en el ánimo por la imagen de las ruinas, le comentas que allí debio pasarse mal. El hombre se sorprende como si no entendiera y tú lo repites muy despacio, con esa cortes displicencia del español hacia el extranjero que tiene la desgracia de desconocer el castellano. El se encoge de hombros.
¡Ahhh, la guerra! Bueno, eso ya pasó.
Un camarero de Split construye la mejor Ley de Memoria Historica, Diego vuelve a su Trabajo y tú enciendes un cigarrillo mientras apuras el desayuno esperando que una llamada telefónica te recuerde que en tus homornas son el principal motivo por el que te hallas en esa ciudad.
Split, Croacia, no es un buen lugar para vivir. Es un buen lugar para estar vivo.

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