domingo, noviembre 26, 2006

Tal Día Como Hoy


Tal día como hoy, hace un tiempo infinito que se me vuelve efímero, creí que respirar de nuevo el aire frío y sonreír por ello me arrojaba a la vida, me obligaba a estar vivo. Volví a latir de nuevo. Volví a creer que el riesgo del amor y la muerte son soldados opuestos en dos bandos distintos.
Y llegaron los tiempos de mil locas pasiones, de cuerpos encendidos, de risas y de olvidos, de perpetuas sonrisas, de canciones dormidas, sudores y delirios. Y creí que llegaron para siempre quedarse y pedí que lo hicieran y combatí por ello y creí disfrutar de aliados que luchaban conmigo.
Y volvieron los sueños, retornaron los tiempos que se hacen distintos olvidado el olvido. Que se hacen recuerdos, que se vuelven eternos. Y me volví a mi mismo para oír mis latidos, para sentir mi cuerpo, para ver mis pulmones llenarse de ese aire que había retornado. Y decidí olvidarme para darme un respiro. Volví a ser como fui, como era y he sido. Y olvidé que el susurro que precede a la muerte nunca muere, tan sólo permanece dormido.
Y su largo bostezo me devolvió al abismo. Me señaló el camino, calladas las canciones, apagados los cuerpos, que lleva hacia el olvido. Gastados los pecunios y agotados los créditos de dinero y amor que había recibido al nacer a una vida que no había vivido, los vientos del olvido llenaron el espacio de esa vida soñada de torpes elusiones, de llorosos silencios, de mentiras piadosas, de hielos y de frío.
Y el camino que encontré al volver a la vida y que fuera de dos se pobló de amistades falaces, de absurdas parentelas, de fantasmas y miedo, de noches sin deseo, de canciones sin ritmo, de palabras sin besos y de un nosotros muerto a manos de un yo que agonizaba herido.
Y las alas del miedo quebraron la alianza, ganaron la batalla por no ser planteada. Recordaron que la ley es la ley. Y la ley en la tierra que habita ese tenue aliado que yo creí que luchaba a mi lado es sólo que el amor permanece prohibido.
Y, con la prohibición, la vida se me hizo pequeña, como ya había sido. La muerte se me retornó grande, eterna. La constante callada y expectante que nunca había dejado de estar al final del camino. Y recorrido el sueño, transitado el idilio, agotadas las quejas, descubierto el olvido, no quedó más camino que aquel que en un tiempo distante ya había recorrido.
Y morí, mi corazón murió como el rey de Azincourt. No quisiera vivir con aquellos que temen el ser muertos conmigo. Podré bailar con ellos, desearé sus cuerpos y anhelare sus ritmos. Pero, tras cruzar la barrera de una vida dormida, no he de poblar sus sueños, sus tiempos ni sus días. La tierra en la que moran es un sitió baldío; el tiempo en el que habitan es un tiempo perdido. En la vida en que reina la que, tal día como hoy, me devolvió la vida, el rey es el verdugo que mata su destino.
Y un gracias y un lo siento es todo lo que queda de ese sueño vivido. Un mensaje colgado, suspendido del tiempo, condenado al silencio. Pues responder a ello es sentir; es buscar la respuesta desde el alma dormida; es seguir una ruta contraria a la que se ha emprendido. El cortejo del rey ya esta marcha, ya cabalga en silencio por la ruta maldita del sentimiento prohibido.

Tal día como hoy, durante un corto tiempo que se antoja infinito, olvidé que volver a la vida es volver al tránsito reptante que, inefable y absurdo, nos conduce a la muerte al final del camino.

Hoy, contemplo la lápida que acuñé en ese día en que creí vivir por encontrar la vida y la leo distinta:
“Yace aquí un hombre olvidado. Tres veces muerto y tres resucitado”

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