miércoles, septiembre 13, 2006

La Canción del Verdugo (2)

Pero, ni siquiera en La Tierra de Arland, ni siquiera en los páramos donde el bálsamo del amor no puede cicatrizar las heridas, donde la medicina del cariño no puede evitar que mane la sangre, herir es sinónimo de matar.
Unos dicen que las palabras del rebelde impidieron que el verdugo girara su espada en el tajo del corazón, otros dicen que la traición había endurecido el corazón del rebelde y por eso la espada del verdugo no penetró lo suficientemente hondo.
Las comadres explican a quien quiera escucharlas que de todos es sabido que si un hombre ha amado lo suficiente su vientre es más duro y robusto y se encuentra por debajo del ombligo, algo que no tuvo en cuenta el verdugo. Los místicos defienden que la traición endurece las entrañas y eso permitió que el vientre del rebelde resistiera el impacto del acero del verdugo.
Lo que saben todos es que los más hábiles espadachines están en los salones reales o en los torneos regios. Que los más firmes a la hora de empuñar el acero comandan las huestes del Señor del Espino o entrenan a sus cadetes. Todo el mundo sabe que el verdugo no es el mejor espadachín del reino. Es más fiel quizás, pero no el más hábil. Simplemente es el único que blande su espada sin preguntar porque ni exigir un motivo.
Así que sea como fuere, la estocada del vientre penetró muy alta y la del corazón salió muy baja. Hubo sangre como sabía el verdugo, hubo dolor como sabía el rebelde, pero no hubo muerte. Como esperaban los dos.
.
Toda la procesión que había seguido y atendido la ejecución se maldijo a lo largo de sus vidas por ese día. Se maldijo por no permanecer un instante mas comentando el momento de espectáculo y muerte; se maldijo por no haber realizado allí mismo una plegaria por el alma verdugo a los antiguos dioses o por la del rebelde a los nuevos; se maldijo por volver a su vida y sus quehaceres un instante antes de que el verdugo, mientras limpiaba el filo de su espada en sus negros ropajes, escuchara el gemido del rebelde.
Y se maldecirán por haber perdido la ocasión de ver lo inconcebible. Un verdugo salvando la vida de un ajusticiado.
Pero en la tierra de Arland hasta lo inconcebible está escrito en las piedras de las Torres del Espino. El Señor del Espino no puede permitirse dejar nada a la casualidad. No puede arriesgarse a que el viento de lo nuevo, de lo inesperado barra las planicies de sus dominios. Novedad es ilusión; ilusión es imaginación y quien imagina puede esperar. La espera es la puerta de entrada del amor. Y el Señor del Espino no se arriesga al amor. Ya no.
Así pues, el verdugo no ejerció compasión. Alguien que mata por amar no es permeable al amor. El verdugo hizo lo que hizo porque así estaba escrito que lo hiciera en la piedra que ocupaba el sexto lugar entre el suelo y el cielo de Arland: “El verdugo se ocupará del cuerpo del ajusticiado”. No especificaba si tenía que estar vivo o muerto y lo que no existe en la ley no existe en Arland.
De ese modo el verdugo tomó el cuerpo del rebelde y lo condujo al interior de la Torre del Espino. La multitud también se maldijo por no estar presente para poder contar como lo hizo.
Los ojos de rebelde se abrieron al tiempo que su espina dorsal sentía el latigazo del dolor de sus heridas. Abrió los ojos y contempló lo que ya había visto antes. Aquella estancia cuya visión le había llevado al cadalso.
Otro dolor, menor, más sordo le apartó de la contemplación de la habitación y su mobiliario y le hizo volver sus cansados y casi muertos ojos a sus heridas.
El verdugo trabajaba en los cortes con intensidad. Sus dedos largos y fibrosos intentaban mantener unidos los bordes de la herida del vientre para evitar que la sangre siguiera manando. Se afanaba por mantener unida la carne hasta que las flores rojas que crecían sobre ella se hicieran pequeñas y se marchitasen.
.
- No voy a morir por esto – la sonrisa del rebelde era dolorosa. Dolorosa como el aliento de un muerto-.
...
- Eso me temo – y la voz del verdugo seguía sonando dulce bajo su capucha. Seguía siendo un arrullo cuando debía ser un ladrido.
.
- No puedes cerrarlas y lo sabes – y el cuerpo del rebelde se relajó como si ya se hubiera acostumbrado a la cadencia de las contracciones de su dolor y de la huída de su sangre. Como si tuviera razón.
.
- No pueden sangrar para siempre. No deben hacerlo –y la capucha se estremeció sobre los hombros del verdugo como si aquel que la portara realmente dudara de sus palabras.
.
Pero el verdugo de Arland lo intentó. Fuera de la vista de todos lo intentó. Cualquier habitante de los dominios del Señor del Espino sabe lo que ocurrió durante las siguientes horas, durante las siguientes jornadas, durante las siguientes lunas.
Aunque nadie lo vio todos saben que el verdugo mantuvo cerradas las heridas del rebelde, las selló con cera y con ungüentos. Que uso el fino pelo del más noble alazán de las cuadras y la más delgada aguja del orfebre real para coserlas. Los místicos afirman que pidió una oración de sanación; los nigromantes que exigió a punta de espada un hechizo de curación; los físicos llevaron una medicina de cicatrización a base de ajenjo y malvavisco y la dejaron con temor junto a las piedras de la Torre del Espino. Una inclinación de una negra cabeza encapuchada les dio las gracias.
El verdugo puso toda su atención en curar y cerrar las heridas del rebelde y el rebelde quiso ayudarle. Todos lo saben aunque ninguno lo vio. Nadie ve lo que ocurre dentro de la Torre del Espino.
Pero no se cerraron, siguieron sangrando. Por encima del vientre y por debajo del corazón dos tenues regueros de sangre dibujaban sus aciagos arabescos sobre la piel del rebelde.
.
- No puedes hacerlo –y la voz del rebelde sonó como la de un padre que sabe que su hijo no podrá ascender un risco, como la de un rey que sabe que su paladín no podrá vencer al del enemigo, como la de un traidor que no acepta el perdón. La voz del rebelde sonó como la tristeza.
.
- Debo hacerlo – y las palabras del verdugo fueron las de un náufrago que nada hacia a tierra en alta mar, fueron como las de un moribundo que se arrastra para terminar una obra inacabada. Fueron frustración.
.
Y la mirada del verdugo comprendió a través de las pequeñas rendijas de su capucha y la mirada del rebelde comprendió a través de la tenue niebla de su dolor que el verdugo había comprendido.
.
Hay una ley más antigua que las leyes de Arland, más antigua que la Torre del Espino y su Señor. Hay una ley que no está escrita en ninguno de los bloques de piedra negra de los muros externos ni en ninguno de los ladrillos de oro y cristal de las paredes internas de La Torre del Espino.
“Las mismas manos que producen una herida no pueden curarla”
Los labios si, pero los labios son la herramienta del amor y en la tierra de Arland el amor está prohibido.

No hay comentarios:

Lo pensado y lo escrito

Real Time Analytics