viernes, junio 23, 2017

El CETA, la globalización y una serie de catastróficas mentiras (yII)


El populismo, ese monstruo bicéfalo que se han inventado para poder amenazarnos con que nos devorará desde los dos extremos de la campana gaussiana de la ideología, es otro de los elementos que se manejan con fruición ne esto del CETA. 
Y más desde que ayer Pedro Sánchez anunciara que el grupo parlamentario del partido que de nuevo dirige -que ya no sé si ha dejado de ser el PSOE o a vuelto a serlo- no va a apoyar la ratificación del Tratado de Libre Comercio entre Europa y Canadá.
"No apoyar el tratado es aliarse con los populismos", avisan, advierten o amenazan a Sánchez desde el PP, desde Ciudadanos y desde la Administración europea, en manos de partidos como el PP y como Ciudadanos.
De nuevo el reduccionismo. De nuevo la estrategia del saco compartido.
Aún aceptando la definición -que no es el caso-, no existen los populismos. No existen como conjunto, como unidad de destino en lo universal, que diría aquel que hacía otras unidades curiosas como el famoso "contubernio judeo-masónico". 
Porque los ideológicos del involucionismo nacionalista ultraconsevador -¿Tan difícil es llamar a las cosas por su nombre, que en ciencias políticas y sociología casi todas tienen uno? se oponen al CETA por puro proteccionismo económico, nacionalismo político y xenofobia social, en la esperanza de volver a un tiempo en el que sus países eran grandes y la riqueza y los beneficios se quedaban dentro de sus fronteras aunque no se repartieran.
Mientras, los representantes del rupturismo económico de izquierdas, se oponen al acuerdo porque está diseñado por y para las transaccionales, porque la eliminación de aranceles supondrá una disminución de impuestos que sacudirá las arcas públicas, haciendo imposible mantener la inversión social, porque fomentará la precarización del empleo para buscar la competitividad, porque aumentará los beneficios de las empresas pero no contribuirá a la redistribución de esos beneficios en inversiones productivas ni en los bolsillos de aquellos que son parte esencial de los mismos: los trabajadores de las empresas.
Los dos se oponen, cierto. Los dos buscan un sistema económico diferente, cierto. Pero eso no los convierte en una comunidad porque sus puntos de partida, sus objetivos y sus motivaciones son sustancialmente diferentes. 
De modo que meterlos en el mismo saco es una mentira y una manipulación del tamaño de la Pangea.
Y luego está lo del "populismo". Definirlos así para unificarlos es una estrategia para disimular otra realidad que no conviene que se tenga en cuenta. Lo que es el populismo de verdad.
Empecemos por la RAE
"Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares".
O sea que, por definición, todos los partidos políticos hoy en día son populistas. Las clases populares suponen la gran masa del electorado en cualquier país del Occidente Atlántico, en unas sociedades en la que la llamada otrora clase media tiende a la entropía y la desaparición.
Así que si no te atraes el voto de la clases populares no ganas las elecciones. Ergo, y por definición academica, todo partido es hoy en día populista.
Pero no cometamos el vicio de reduccionismo que tanto criticamos. Vayamos a la definición política.
"Clasificación otorgada a un conjunto de medidas tomadas por un gobierno o partido, siendo considerada una de las principales formas de demagogia. Entre sus principales características se encuentra el uso de las masas populares, mediante políticas engañosas que aparentan solventar y cambiar su situación de clase, cuando no hacen más que dar soluciones paliativas, en el mejor de los casos, con fin de obtener votos y perpetuarse en el poder"Antes de que me grite alguien, diré que esto lo dicen en Oxford. No me lo he sacado yo de la manga.
Vayamos por partes.
¿No es una política engañosa firmar un acuerdo de libre comercio que elimine aranceles sin informar de que ese descenso en los ingresos por impuestos tendrá que ser compensado de alguna manera? 
¿No aparenta solventar la situación (el desempleo) decir que el acuerdo fomentará la creación de empleo sin decir que ese empleo se creará con unos niveles salariales muy inferiores a los actuales y que no garantizarán la supervivencia de los asalariados?
¿No es demagogia...? ¡Espera, que estamos de suerte! De demagogia la RAE tiene una definición más amplia.
"2. f.- Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder".
¿No es demagogia decir que seguir la política de globalización aumentará los beneficios y con ello la inversión y los puestos de trabajo cuando en los últimos cincuenta años hay datos de la OCDE que demuestran que en todo el Occidente Atlántico eso no se produce, ya que los beneficios se invierten en especulación financiera y no en reinversión productiva?
¿No es demagogia decir que si no se apoya la globalización no se es democrata, apelando al atávico miedo de la población a los sistemas totalitarios y estalistas -bueno, al menos a los de izquierdas-?
¿No es halagar los sentimientos elementales de los ciudadanos -en este caso el orgullo nacional españolista- que el presidente del Gobierno afirme que "España haría el ridículo si no aprobara este tratado",como si tener buena imagen o no hacer el ridículo fuera más importante que el fondo del tratado?
¿No es demagogia afirmar que hay que firmar el CETA porque “Canadá es un país que tiene unos estándares en términos de respeto a la libertad, los derechos humanos, progreso económico o bienestar social muy similares a los de Europa", como si ese fuera el motivo de la oposición y no el impacto de la globalización en general en nuestra economía y en las libertades de todo el planeta, incluidos nosotros?
En fin, que esto de llamar populista a los que se se les oponen y acusarles de decir lo que la gente quiere oír es simplemente una cortina de humo para ocultar que son los que acusan los que realmente están haciendo esa política, ese populismo, esa demagogia.
Porque la gente quiere oír que ya hay brotes verdes que nos sacan de la crisis cuando en realidad esa supuesta recuperación no se nota en el 70% de los hogares españoles; que el rescate de los bancos no le costará un duro al contribuyente cuando le ha costado 60.613 millones de euros; que el aumento de los beneficios empresariales supone un aumento de la riqueza para todos cuando el índice de redistribución de esa riqueza, no supera el 1%; que se va a crear más puestos de trabajo cuando en realidad lo que suben son las contrataciones porque para cada puesto de trabajo se firman multitud de contratos parciales de días o semanas; que el sistema económico liberal capitalista es bueno y estable cuando lleva 50 años en crisis permanente y su necesidad de crecimiento constante hace necesario que cuente con la miseria de una buena parte de la población del mundo para que funcione a trompicones para la pequeña parte restante.
Porque la gente quiere oír que el CETA y la globalización son buenos y que ellos no son responsables de ese sistema injusto del que ni siquiera se van a beneficiar como sociedad.
Yo diría que, por pura lógica y reflexión, eso es populismo en estado puro.

El CETA, la globalización y una serie de catastróficas mentiras (I)

De nuevo la economía y la política. De nuevo ese esfuerzo por equipararlas, por hacer con ellas un totum revolutum en el que una concepción política sea indisoluble de la economía en la que se sustenta actualmente. 
Y el último ejemplo es el CETA, el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá, sobre todo desde que el PSOE recién estrenado por Pedro Sánchez -por segunda vez- ha decidido replantearse su postura ante él.
Este acuerdo, que elimina las barreras arancelarias al comercio europeo con el gigante americano, de nuevo sirve a los defensores del actual sistema para buscar semejanzas e identidades entre conceptos que no tienen ni las unas y las otras. 
El nuevo tratado les viene como anillo al dedo para expandir otras de sus ideas: la globalización es libertad y quien se oponga a la globalización se opone a la libertad. Uno de esos reduccionismos de titular y tweet de 140 caracteres que tanto le gusta consumir hoy en día al ciudadano occidental atlántico para anestesiarse contra su miedo al presente y al futuro.
Por supuesto, falso. La globalización es la liberalización de los mercados en escala planetaria, lo que solamente serviría para potenciar la libertad si existiera un gobierno que funcionaria a escala planetaria para corregir sus desviaciones y evitar sus excesos.
Mientras no exista, colocar globalización y libertad en la misma frase es casi un oxímoron, como lo es equiparar liberalización de los mercados a libertad. 
La globalización no es libertad para los esclavos en las minas de coltán y diamantes de varios países africanos; no lo es para las niñas que tejen algodón en Burkina Faso o Bangladesh, para las mujeres que trabajan en condiciones prácticamente de esclavitud en India, Marruecos, China, Vietnam, Turquía o Brasil; la globalización de los mercados no es libertad para los trabajadores de los pozos petrolíferos de Omán, Arabia Saudí o Nigeria, o para los cultivadores de café sudamericanos, o de cacao africanos.
Todos ellos trabajan para el beneficio de empresas occidentales atlánticas que utilizan la globalización para aumentar sus beneficios exponencialmente, en una demostración más que fehaciente de que la globalización lo que hace es enquistar un sistema económico en el que los recursos de las tres cuartas partes de la tierra sirven a duras penas para mantener el bienestar exigido por la civilización occidental atlántica y que se obtiene a costa de su miseria.
Y los habrá que digan que a ellos les da igual. 
Pero a esos inevitables observadores eternos de su propio ombligo habría que decirles que la globalización significa deslocalización de los medios de producción para conseguir mayores beneficios a través de la reducción de los costes laborales en países del tercer mundo; reformas del mercado del trabajo que harán descender una y otra vez sus sueldos para que "compitan" a la baja con los ofrecidos por sistemas como el chino, el hindú o el vietnamita; destrucción del sistema de permeabilidad social -fundamentalmente a través de la educación-, en un intento de forzar al mayor número de gente posible a mantenerse en las capas sociales sin formación específica para que se vean obligados a asumir ese mercado de trabajo semi esclavo...
Pero ellos leen liberalización y libertad en la misma frase y compran la falsa equiparación entre un concepto económico y un o político simplemente porque coinciden en varias sílabas.
Otro de esos falsos amigos que nos venden y que compramos por simple egoísmo y por el temor a reconocer que todo lo que teníamos seguro no lo es y que gran parte de lo que nos beneficia es flagrantemente injusto.
Y eso no es todo lo que órbita en torno al CETA. Hay mas

jueves, junio 22, 2017

Ese fuego de artificio de que la democracia no liberal no es democracia.

La cosa se está volviendo ya de mascletá. Hace tiempo que ya era de traca, pero lo de ahora ya es de los fuegos artificiales del 4 cuatro de julio.
Empiezas a leer la entrevista a Macron, al que al menos hay que reconocerle que tenga valor de hablar después del crecimiento repentino de enanos corrompidos que ha tenido en estos últimos días y no se esconda tras un monitor de plasma como hicieron otros. En fin, que cuando vas por la cuarta linea, el presidente francés hace referencia a las democracias "no liberales" y tú piensas: "por fin alguien tira del concepto. Alguien ha entendido que no ser liberal (teoría económica), no significa no ser demócrata (sistema político de representación)".
Debe ser que los señores de El País -ya casi ni me atrevo a llamarles periodistas-  piensan que no tenemos claro lo que es la democracia no liberal porque incluyen un enlace para explicarnos el concepto.
Y cuando pinchas en él no te conducen a un sesudo y enjundioso artículo de algún catedrático de ciencias políticas -¡Uy, lo siento, que los catedráticos de ciencias políticas no saben de política!-, te encaminan a una serie de reflexiones de José María Maravall sobre los populismos en el que deja claro que: "en sociedades grandes y complejas, con intereses heterogéneos, la única democracia posible es la representativa; el vínculo directo entre gobernantes y “pueblo” no es democrático. Los representantes deben dar siempre cuenta de sus decisiones".
Más allá de las críticas que se puedan hacer a estas afirmaciones de alguien que por lo menos es sociólogo, además de ex ministro socialista -que eso también cuenta-, lo que me hace encender las mechas de los petardos y prepararme para la mascletá es el hecho de que cuando Macron habla de democracia no liberal, los señores de El País lo vinculan al concepto de democracia directa.
Comienzan los fuegos de artificio a todo lo que da.
¿Qué tiene que ver el concepto de liberal con el de representación directa?, ¿no se puede tener una democracia no liberal y representativa a la vez?, ¿por qué El País une a través de un enlace virtual "democracia no liberal" con "democracia directa o no representativa"?
Y aquí es donde los petardos, los cohetes y las bengalas estallan todas a la vez para componer de forma luminosa en los cielos las palabra manipulación.
Porque ese es el principal engaño que nos pretenden vender desde que surgieran nuevos partidos en toda Europa que, desde una ideología u otra, cuestionaran el sistema económico imperante: que no puede haber democracia sin un sistema económico liberal capitalista.
Y eso es una mentira como un templo.
El sistema económico no tiene nada que ver con el sistema de representación política; controlar los mercados, regularizarlos e incluso -siento pronunciar el anatema- controlarlos, no va en contra de la representación democrática ni en contra de la libertad.
Establecer un sistema económico en el que se impida la especulación con las fuentes de energía, las materias primas básicas o los bienes y servicios sociales, no afecta en nada a la soberanía popular o al sistema de representación o de elección del gobierno.
Y voy más allá. Legislar sobre la distribución y el reparto de los beneficios empresariales, sobre la cuantía y distribución de las plusvalías, sobre el límite máximo de los rendimientos y beneficios financieros no atenta en nada contra la democracia, sea representativa o no, sea directa o indirecta.
¿Pueden defender ese sistema económico liberal, aunque ya haya muerto y revivido cien veces para volver a morir, dejando a millones de personas en el camino para beneficio siempre de los que se encuentran en los mismos nichos sociales del sistema? Por supuesto que sí. Este es país democrático.

¿Pueden manipular, engañar y hacernos creer que dos conceptos que nada tienen que ver son indisolubles, creando un miedo irracional a la perdida de libertad y aprovechando terrores atávicos para acusar de antidemócratas a los que no aceptan un sistema económico que a ellos les beneficia? Sí, por supuesto que pueden. Pero deberían recordar que este es un país demócrata.
Vamos, resumiendo, que, por más que se empeñen, no ser liberal capitalista no supone no ser demócrata.
Pero eso es lo que están empeñados en hacernos creer aquellos que en realidad no están defendiendo el sistema democrático, sino el sistema económico liberal capitalista y no porque suponga un mayor grado de libertad y capacidad de decisión para los ciudadanos, sino simplemente porque beneficia la posición de sus empresas y su acceso a la riqueza a través de los beneficios empresariales y financieros.
Por eso cuando Macron habla de "las democracias occidentales, que se construyeron en el siglo XVIII sobre un equilibrio ínedito entre la defensa de las libertades individuales, la democracia política y la creación de las economías de mercado", dejando claro que es un modelo de democracia, no el único posible, y que la creación de economías de mercado es solamente un factor de las mismas, ellos lo enlazan con unas reflexiones sociológicas de Maravall que habla sobre perdida de la democracia, imposibilidad de la democracia directa y caudillaje fascista, en un intento desesperado de propagar la falsa idea de que el cambio del sistema económico liberal capitalista nos ha de llevar necesariamente a una dictadura en la que se pierda la libertad y la democracia.
Nadie debería creerles, pero lo hacen. Debería ser imposible que alguien cayera en tan burda manipulación, que mezcla dos conceptos que nada tienen que ver, pero caen y lo repiten una y otra vez como un axioma incontestable.
Y no reparan o no quieren reparar en el hecho más simple y sencillo que anula esa teoría. El cambio de sistema económico no puede ser antidemocrático si lo decide o apoya democráticamente la mayoría de la población.

miércoles, junio 21, 2017

Macron, Francia y la regeneración o el continuo recurso a la inconsciencia

Francia. Una ves más Francia. El ejemplo casi eterno de lo bueno y lo malo, lo radical y lo moderado, la evolución y la regresión europea, lo vuelve a ser en estos días.
Emmanuel Macron, nuevo presidente de Francia, respaldado además por la mayoría absoluta más apabullante de la V República gala, fue con su victoria prácticamente elevado a los altares por aquellos que, por convicción, por interés o por pura ingenuidad, abogaban por eso de que el cambio dentro del sistema es posible, que era cuestión de regeneración y no de cambio, que las lacras que están infectando hasta consumirlo el sistema político y económico del Occidente Atlántico se deben a las personas, a las taras y vicios de unos pocos, no a la esencia del sistema en sí mismo. 
Rivera y su Ciudadanos, escindidos y agarrados al Partido Popular gobernante casi a partes iguales, enseguida se quisieron ver reflejados en el espejo de Macron y su partido. Si el francés había triunfado ellos lo harían. 
Los grandes partidos, los de siempre, aunque algo más recelosos, se colgaron de su europeismo a ultranza, de su capitalismo liberal económico innegociable, para ponerle de ejemplo contra los "populismos", esa bestia parda que se han inventado de la nada, que pretende unir en la misma galera a los que reman a favor y en contra de la libertad, a los que quieren sustituir el capitalismo y a los que quieren radicalizarlo hasta su esencia más cruel, a los pacifistas y a los belicistas... En definitiva, a todos los que quieran encontrar un nuevo sistema que les cambie los esquemas políticos y económicos en los que ahora se mueven con tanta comodidad.
Macron no había salido del sistema y había optado por la regeneración y el pueblo francés -porque a los franceses no les importa que se refieran a ellos como el pueblo, cosas de la Revolución Francesa y tal- le había apoyado. Y ese era el camino. Francia era el ejemplo. Hasta hace tres días.
Porque, igual que el ascenso de su gobierno ha sido meteórico, la demostración de la falsedad de su carácter ejemplificante ha sido igualmente veloz.
En tres días ha perdido cuatro ministros por corrupción, entre ellos ni más ni menos que el encargado de redactar la Ley de moralización de la vida pública, el equivalente más o menos a esa Ley de Transparencia patria que se perdió misteriosamente en el limbo.
Se puede decir que no son del partido de Macron, se puede decir que en otros gobiernos anteriores -tanto franceses como españoles- aunque les hubieran investigado no hubieran dimitido y recordar a Lagarde, Le Roux, Pasqua, Villepin e incluso los presidentes Chirac y Sarkozy.
Pero la realidad ese argumento será poco más que una excusa, que un paño caliente, para ocultar que en tan solo setenta y dos horas se ha convertido en realidad en ejemplo de todo lo contrario de lo que antes era.
En ejemplo de que el camino de la regeneración interna del sistema es una falacia circular de la longitud aproximada de la circunferencia de Júpiter.
Porque la regeneración del sistema es imposible. No porque Macron no la desee, no porque los políticos sean malas personas, sino simple y llanamente porque el sistema lleva impresos en sus genes esos defectos y vicios y regenerarlo no los elimina sino que los reproduce.
Y antes de que alguien se eche las manos a la cabeza preguntándose a gritos "¡¿Cómo va a llevar la democracia impresa la corrupción, el nepotismo, la explotación, la búsqueda del beneficio personal desde los cargos públicos en sus genes?!", intentaré explicarme.
Decir que el sistema en el que vivimos se resume en el sintagma "La democracia" es un reduccionismo banal y sin sentido.
El sistema occidental atlántico es un sistema de democracia representativa indirecta de listas cerradas que se sustenta en el capitalismo neo liberal como organización del sustrato económico, que tiene como fuente de esa organización los mercados financieros especulativos, y que se apoya en los principios filosóficos en la defensa parcial de los derechos individuales, el progreso personal y la competición económica y social.
Eso así, para empezar la faena. Y seguro que algo se me olvida. Pero claro,como eso no cabe en un tuit, en un eslogan ni en una pancarta, tiramos del reduccionismo positivista del "Estado democrático de derechos".
Pero en nuestro sistema esta la esencia de la corrupción porque los políticos viven alejados de la voluntad de los ciudadanos al no acercarse a ella nada más que cada cuatro años y de forma parcial; porque los partidos marcan las leyes, los nombramientos, los tiempos y los ritmos de esos políticos, así como sus caídas y ascensos, más que las urnas; porque el triunfo personal en toda la sociedad se mide por el enriquecimiento; porque el triunfo político depende más del apoyo del partido, de los intereses que le sustentan y de las maquinaciones de pasillo y despacho que de la voluntad de los votantes.
Y si analizamos la parte económica ya podemos ponernos a rechinar los dientes y mesarnos los cabellos. 
Un sistema económico que vive siempre al borde del colapso si no crece y crece continuamente; exigiendo beneficios rápidos y continuos; dirigido por unos mercados especulativos que no tienen en cuenta los derechos ni las leyes nacionales, continentales ni universales -en caso de que las hubiera-; en el que la actividad especulativa produce más rendimientos que la industrial, la comercial y la de servicios todas juntas; en el que no solo es lícito, sino que es aplaudido, operar en la sombra para alterar el precio de bienes y empresas; en el las decisiones políticas marcan el éxito o el fracaso de las empresas y los vaivenes de los mercados imponen unas decisiones u otras a los políticos; en el que el éxito empresarial se mide en beneficios sin contar cómo se obtienen esos beneficios; en el que el apoyo financiero marca la posibilidad de acceder al éxito político; en el que el bienestar, los beneficios empresariales y el crecimiento económico constante de un tercio de la población mundial depende de la miseria del resto del planeta.
Todo aquel que quiera medrar, gobernar o tener éxito económico dentro del sistema precisa recurrir a alguno de los falsamente llamados "vicios" del sistema que, en realidad, son sus marcadores genéticos distintivos. Corrupción, nepotismo, explotación, expolio, etc, etc, etc.
Y hablar de regeneración es un recurso a esa eterna inconsciencia colectiva que supone repetir las mismas acciones una y otra vez en la esperanza de que obtengan resultados distintos. Es como pretender que por el mero hecho de que la serpiente mude de piel, la siguiente cobertura que le salga sea el cálido pelaje de un gatito. Pero realmente sabemos que, no solo será de serpiente, sino que tendrá idéntico dibujo que la anterior.
Todavía los habrá que defiendan que cambiando todas esas cosas en el sistema puede funcionar. Y les doy la razón porque si cambiamos todo eso, habremos cambiado de sistema, no lo habrás regenerado, lo habremos cambiado que es de lo que se trató desde el principio.
¡Ah, antes de que se me olvide!, otra cosa para esos del "prefiero que me gobierne un ladrón a un comunista", que está ahora tan de moda: cambiar no es volver a cosas que ya fallaron también, es inventar algo nuevo. 
El sistema que tenemos -comúnmente falsamente reducido en la palabra democracia- no es, en contra de la cita clásica, el mejor de los posibles. Es el mejor de los que hemos tenido hasta ahora y cambiarlo no significa renunciar a la esencia democrática.
Por si había dudas.

martes, junio 20, 2017

Una furgoneta, un muerto y la oportunidad perdida de no ser yihadistas

"Tenemos que demostrar que no somos como ellos", "Han de saber no van a cambiar nuestra forma de vida"... Ya no sé cuantas veces he escuchado esas frases en discursos, las he leído en editoriales y las he visto impresas y repetidas en cientos, miles, de tuits y posts en las redes sociales.
Pero no es verdad. No estamos dispuestos a hacer eso y la prueba es el último atentado terrorista de Londres. 
La capital de la pérfida Albión, sacudida por la barbarie de la sangre y la muerte no sé ya cuantas veces, lo ha sido una vez más y eso ha servido para demostrar que, lamentablemente no estamos dispuestos a no ser como los yihadistas.
Porque esta vez no han sido ellos, ha sido el otro espectro tenebroso del fanatismo sangriento, los que están en la otra punta de la campana de gauss de una sociedad que se enfrenta a una guerra de poder y de odio. Un loco enfurecido por el odio al grito de "voy a matar a todos los musulmanes" perpetra un acto tan semejante al de los yihadistas, tan fanáticamente aleatorio, que no acepta la más mínima duda sobre su objetivo y motivación.
¿Alguna crítica sobre la reacción gubernamental? Ninguna. 
O sea, para ser más exactos, las mismas que en cualquier otro de los atentados londinenses. Se trata como un atentado terrorista, se reiteran los mensajes de que se va a endurecer la política contra el terrorismo, los gobiernos extranjeros muestran sus condolencias, su rechazo -todos salvo el bueno de Donald que esa noche debía tener el móvil sin batería y no pudo tuitear ningún exabrupto-. Todo como en cualquier atentado. Algo que en este caso es positivo.
¿Y los medios de comunicación? Parece que lo mismo, pero no. Puede que sea hilar muy fino pero no. Recogen el atentado en sus portadas sí, pero más pequeño, con menos relevancia. Y el titular ya cambia el paso por completo: "Un musulmán muerto y varios heridos en un atropello en Londres"?
¿De verdad? ¿un musulmán?, ¿no, una persona?. Ni siquiera un titular como "Una persona y diez heridas en un atropello en Londres a la salida de una mezquita", aunque luego el subtítulo amplié la información de que todos eran musulmanes.
No, directamente "un musulmán", así alejándolo del resto del mundo, separándole en una categoría, al parecer distinta, del resto de las personas muertas en los atentados de Londres.
Y al que me quiera decir que eso es lo reseñable porque es lo diferente, le diré que se equivoca. En todo caso lo destacable es que un individuo fanático y loco atenta contra la comunidad musulmana y causa el caos y el desastre. Lo reseñable es que la locura sangrienta también llega a nuestras calles en el otro sentido. Hay mil formas de titular para dar esa información, pero ninguna incluye el sustituir persona por musulmán.
Y el subtitulo tampoco tiene desperdicio: "La policía considera un acto terrorista el atropello".
¿En serio?, ¿lo noticiable del hecho es que la policía considere un acto terrorista algo que evidentemente lo es?, ¿donde quedó el "Un atentado siembra el pánico y causa varios muertos", que fue el primer titular en un hecho idéntico hace dos meses?
Para alguien que sepa un poco de periodismo eso basta como síntoma de que el asunto no se está tratando igual, pero hay más piezas que completan la visión general. El antetítulo entonces es "Terrorismo yihadista", en este caso es "Atropello", ¿por qué no "violencia islamófoba"?
En fin, que puede parecer que los medios lo tratan igual pero no. 
El día después no sigue en las portadas, no se desgranan editoriales sobre su significado, no hacen un seguimiento del estado de los heridos, no se cuestiona si las autoridades están preparadas o actúan bien en contra de este tipo de violencia. No en absoluto. No parece el mismo tratamiento.
¿Y nosotros? Era de esperar -por lo menos para los que realmente creemos que no debemos ser como ellos-que si no somos como los locos furiosos yihadistas hubiéramos llenado las redes de tuits y e mensajes de repulsa como en los otros atentados. Nada. Era de suponer que habríamos vuelto a mover el  #PrayForLondon o cualquier otro hashtag solidario y emotivo. Nada; es de suponer que hubiéramos llenado de flores la puerta de la mezquita y hubiéramos acudidos a solidarizarnos con ellos. Nada.
Las redes mudas, las gentes mudas y ciegas, la sociedad mirando a otra parte.
Tendríamos que habernos esforzado en demostrar que para nosotros toda vida es importante,que para nosotros todo asesinato es una tragedia y una injusticia, que para nosotros el odio y la violencia religiosa es abominable, que no estamos dispuestos a tolerar que la intransigencia o el odio al islam siegue la vida de personas inocentes. 
En definitiva, que no somos como ellos, como los locos furiosos de la falsa yihad. Pero no lo hemos hecho.
¿Por qué? Porque aunque suene duro y sea -lo reconozco- injusto para muchas personas, nuestra sociedad occidental atlántica no considera a los musulmanes como de los nuestros. Da igual su nacionalidad, da igual que sean pacíficos o no, da igual que sean nativos o inmigrantes, da igual. Los musulmanes no son de los nuestros porque son musulmanes.
Y, como no son de los nuestros, su muerte nos importa mucho menos, de hecho no nos importa en absoluto. Ya sea en Londres o en Alepo, ya sea en Quebec o en Raqa. Y eso no difiere mucho de la construcción mental de nuestros enemigos. 
Una mezquita es atacada cada dos semanas en Reino Unido. Entre 2013 y 2016, se registraron 100 ataques. El 58% de los asaltos denunciados fue contra mujeres. De ellos, en el 80% de los casos, estas llevaban ropa asociada con el islam, como el hiyab o el niqab. O sea que los yihadistas las atacan por no llevarlo y los islamóbos por llevarlo. 
Pero todo eso no genera alarma social por un simple hecho: un islamófobo no es un peligro para nosotros.
Así que a día de hoy los únicos que han demostrado que,como comunidad, como grupo, no son como los yihadistas son los musulmanes que tardaron unos pocos minutos en llenar las redes con reproches al yihadismo, que acudieron a los atentados de Londres a dejarles claro a sus perpetradores que ellos no creían que su religión fuera violencia y muerte.
Nosotros tuvimos ayer la oportunidad de hacerlo y decidimos no hacerlo.

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